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Plagios, fantasmas y el arte en la máquina

Reflexiones en torno a la disolución del yo, el arte cibernético y la autoafirmación de negarse a participar en los rituales de humillación propugnados por el actual paradigma de las industrias creativas.

Plagios, fantasmas y el arte en la máquina

"Terrible fantasma", lo adjetivó, por si fuera poco, después de haberle robado un dragón. Une artiste no binarie exhibía en el Malba, sin la cita correspondiente a Ciruelo, reconocido ilustrador, pese a las semejanzas de ambas obras. Así, daba inicio a una serie de humillaciones dirigidas a él. Bajo el amparo del museo, y las reescrituras ex post facto de textos curatoriales haciendo apología de la copia, le artiste se ensañó con Ciruelo al punto de musicalizarlo con Los Viejos Vinagres, de Sumo. Había ganado. O, al menos, eso había pensado, hasta que hordas iracundas le acorralaron y pidieron su destierro a viva voz.

El Malba, en vez de hacerse responsable del descuido, lanzó a sus guardianes a esgrimir al viento buzzwords urgentes, como ready made y apropiacionismo. Este lenguaje es una forma de agresión a la que John L. Austin llama fuerza perlocutiva. Básicamente, usar la lengua no para comunicar, sino para percutir en el otro a garrotazos lingüísticos. Palabras que, en teoría, hablan del arte, pero sin embargo recuerdan más a burocracias violentas. Como un novio infiel que pronuncia la palabra sexoafectivo.

Los artistas emergentes son presionados a hacer público su historial de traumas. Los gobiernos, concursos, asociaciones de amigos, bancos y otros socios estratégicos recompensan el rol sacrificial, un plusvalor de la obra contemporánea.

Pero el backlash tampoco dejaba un segundo de paz a le artiste, quien desenterró calificativos fulminantes: señor, cis, blanco, heterosexual. Sin embargo, el anacronismo cancelador no sólo fue inefectivo, sino que echó más leña al fuego. El público multiplicaba su ira en miles de comentarios que le artiste curaba en su feed de Instagram: eliminaba intervenciones respetuosas llenas de likes, y mantenía al tope los comentarios más problemáticos para quitar al ilustrador de su rol de víctima.

Que le artiste vulneró la propiedad intelectual de Ciruelo no está en duda en estos párrafos, y es algo que fue expuesto por colegas, periodistas y abogados. En cualquier museo serio debería ser causal de despido ignorar los derechos patrimoniales y morales de artistas, coleccionistas, fotógrafos de obra, sus derechohabientes, etc. Un "error" puede costarle millones de dólares a la institución y convertirse en una pesadilla de Relaciones Públicas. En el rubro editorial, publicar un libro plagiado es un problema legal para el editor. Para suerte de todos, el ilustrador decidió no accionar legalmente.

A pesar de esto, le artiste no paraba y el museo parecía estar defendiéndole, ¿pero era realmente así cuando le dejaron tirade a su suerte siendo tan fácil resolver la cuestión desde el área de comunicación? ¿Acaso no debe el Malba velar por las correctas referencias y estar entrenado en el manejo de estos casos?

El amparo institucional era una ilusión. Le artiste tuvo que explicar su propia obra: una derrota absoluta. Un ritual de humillación en ofrenda a las fuerzas oscuras. No satisfeche con eso, puso sobre la mesa sus desventajas sociales, en particular su género no binarie y las injusticias de su propia biografía. Hay lugar para el optimismo: Internet olvidará, la lección será aprendida y esperamos que su carrera artística no se desplome. Pero no todos los artistas cuentan con la misma suerte.

Collage del autor que transforma y recontextualiza el dragón de Ciruelo y el exhibido por el Malba en la muestra El desentierro del diablo, en diálogo con el instituto ILVEM y El planeta prohibido (1956), yuxtapuestos sobre el fondo Bliss de Windows XP.

Sacrificios de sangre

Los párrafos anteriores pretenden ilustrar cómo los artistas emergentes son presionados a hacer público su historial de traumas. Los gobiernos, concursos, asociaciones de amigos, bancos y otros socios estratégicos recompensan el rol sacrificial, un plusvalor de la obra contemporánea, fenómeno no muy alejado de la pornografía de la inspiración que suelen denunciar personas con discapacidad al verse obligadas a conmover auditorios de personas sin discapacidad.

Una vez iniciado el sacrificio ritual, no hay vuelta atrás. Cuando se trata de jóvenes artistas, las consecuencias pueden ser catastróficas. Sin ir más lejos, en la década pasada, ese pedido tácito de autoflagelación se terminó cargando a los jóvenes LGBT+ Effy Beth y Ioshua, consagrados después de muertos. La obsesión por superar el techo profesional de los centros culturales clandestinos les activó la forma más ancestral del sacrificio ritual: la sangre.

Ioshua se cortaba en el escenario recitando poemas sobre historias homosexuales, entre dibujos de revólveres, gorritas y penes eyaculantes. Mientras, Effy regaba la ciudad con su propia sangre en un via crucis reafirmante de su identidad de género, en el que cada derramamiento era transubstanciado en menstruación a través del hecho artístico. Era la respuesta a alguien que una vez le había dicho que nunca sería mujer por no ovular: "siempre soy mujer".

Ioshua, según sus amigos, murió de "frío y SIDA", mientras que Effy murió por su propia mano. No es que el arte sea inmediatamente responsable, pero las estructuras que impulsan a sus jóvenes a brindar espectáculos de sangre frente a un público emocionado no pueden dar contención al lado B de sus conductas preocupantes.

Las búsquedas laborales de artistas y estudiantes facilitan que jóvenes compitan entre amigos por exponerse más y se inmolen en las narrativas de sus traumas por abusos en la infancia, discriminación por clase, raza o género, corporalidades no hegemónicas, discapacidades o neurodivergencias que, cuando se hacen conocidas, excluyen a los candidatos de las búsquedas laborales, pero les prometen una mínima chance de pegarla en alguna beca o muestra organizada por instituciones millonarias que dan voz a minorías que se obsesionan con su yo. El mecanismo cerebral detrás de estas ilusiones es el mismo que está detrás del muy contemporáneo flagelo de los casinos online: el error de predicción de recompensa. El ratón acciona la palanca pero no puede saber cuándo va a recibir la comidita y entra en loop dopaminérgico. Quizás el próximo concurso sí me mande a Europa.

Las búsquedas laborales de artistas y estudiantes facilitan que jóvenes compitan entre amigos por exponerse más y se inmolen en las narrativas de sus traumas por abusos en la infancia, discriminación por clase, raza o género.

El sacrificio de la vida privada es el límite entre unos y otros. Del otro lado están los profesionales del arte con recibo de sueldo y/o herencia que no necesitan desnudarse y muchos menos desangrarse ante el mundo y sus depredadores sin retribución ni contención a cambio. Lo que se presenta como un acto de justicia social es, en realidad, el ejercicio del privilegio a veces sociopático de los pocos que pueden darse el gusto de resguardar su intimidad y dedicarse a las industrias culturales sin necesidad de ser un libro abierto tan vulnerable como explotable.

Criptografía del cementerio

En 2022, la novela+tecnoesotérica VideoDreams incorporó un fantasma real a su trama. Hace menos de veinte años, la humanidad escuchó una voz desencarnada que habló y cantó desde un mundo en el que no existía la grabación de sonidos.

Édouard-Léon Scott de Martinville fue interdisciplinario: imprentero, taquígrafo, inventor y lingüista francés del siglo XIX. Su obsesión con la traducción de estímulos provenientes de una zona del sensorio a otra categóricamente distinta lo llevó a construir el fonoautógrafo, máquina que patentó en 1857 y cuya finalidad esencial consistía en la empresa sinestésica de representar el sonido de forma visual. El artilugio estaba inspirado en el oído humano y era capaz de trazar las oscilaciones del sonido en tiras de papel. Lo que no se había propuesto Scott de Martinville era regalarle a la humanidad su propio fantasma. En el año 2008, los trazos fueron escaneados, calibrados y transducidos a ondas de sonido. La voz, finalmente, fue desencriptada. En el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, Scott de Martinville se manifestó cantando la primera canción grabada de la historia: Au Claire de la Lune, una canción de cuna.

Los muertos cantan y también bailan. Todos los fines de semana a metros del Obelisco, sin ir más lejos. El Pantheon (hoy Réquiem) fue el boliche dark reinante de la última parte de los noventa, situado en el sótano del edificio del Instituto de Lectura Veloz, Estudio y Memoria (ILVEM) en Avenida de Mayo al 950. El establecimiento permanece casi sin cambios, con excepción de la decoración, los reservados y la escalera hacia ningún lado que brindaba resguardo a prácticas secretas de las criaturas de la noche. Desde hace décadas, los ritmos oscuros acompañan el aleteo de cueros negros en un cementerio subterráneo, atados a la inexpugnabilidad del pasado que se encripta en cada baile de sombras. 

ILVEM, originario del edificio, prometió durante décadas una agenda de actualización mental a través del desarrollo de habilidades cognitivas y cibernéticas, presente tanto en el logo transhumano donde una cinta electromagnética reemplaza un cerebro como en el amalgamiento entre hombre y máquina de sus cursos: perfoverificación, graboverificación, programación en assembler. ILVEM fue fundado por los hermanos Krell.

Los krell, a su vez, son una civilización desaparecida en El planeta prohibido (1956), hito del cine de ciencia ficción. De los krell sólo queda como huella una máquina planetaria capaz de materializar (¿generar?) los objetos de la imaginación, pero también los objetos debajo de ella: los Monstruos del Ello. La bestia, el primitivo sin mente. Una especie eliminada por su propio subconsciente

En esta época de máquinas que generan objetos de nuestra imaginación y auguran nuestra propia desaparición solemos quejarnos del robo de propiedad intelectual en los datasets de entrenamiento. Artistas y escritores encuentran regurgitaciones de su obra con otra firma y sin alma. ¿Pero no es ese un conflicto de superficie? ¿No es la máquina de plagio una reproducción de un asunto por demás humano, con la diferencia de que pretendemos que el horror cósmico de los data centers absuelve el crimen, como si declarásemos que no hubo asesinato en el Expreso Oriente al fundirse entre sí las evidencias de su autoría?

¿Qué oscuros recovecos navegar para encontrar hechos artísticos ajenos a las lógicas de la máquina que, en definitiva, son las del narcisismo de la especie?

En la pantalla se abre una consola.

telnet://104.248.108.24

La IP aparece al azar por la ciudad en stickers. El proyecto circula con el apodo Telnet. No hay información al respecto, nadie se asigna la autoría, nadie está ganando puntos académicos ni prominencia en ningún grafo social. No aparece en Google, no se sabe si esconde contenido ilegal, si es una competencia de ciberseguridad al estilo Capture The Flag. Nada. Un fantasma.

Las imágenes que arroja la web que funciona de interfaz y paratexto de la consola son, cuanto menos, desconcertantes. Un auditorio de niños con máscaras de Mickey Mouse a mitad de siglo XX, una captura con una aparición pixelada en medio de la noche. La sociedad del espectáculo. Al empezar a investigar, es claro que estamos frente a niveles de encriptación que revelan referencias explícitas e insistentes a la obra de Borges (El Aleph, en particular) escondidas detrás de distintos tipos de cifras, desde las más ancestrales hasta las cibernéticas. Un desafío psicogeográfico envía al usuario coordenadas específicas del cementerio de Chacarita en búsqueda de un token para acceder al próximo nivel. La pérdida física de este token quizás explica la reaparición de un comando que accede al libro de visitas del servidor, en el que una comunidad de anónimos deja saludos, comparte pistas y permite anclar algunas coordenadas al proyecto, que parece estar activo desde el 2018 y captar la atención de las comunidades cybercirujas, Pungas de Villa Martelli y la conferencia de ciberseguridad Ekoparty, para tranquilidad del usuario que no sabe si está por acceder a una videoteca snuff. Aunque nada puede asegurarse.

Fuente: telnet://104.248.108.24

Lo que sí puede asegurarse es que todo este trabajo, participación, creatividad y coordinación de esfuerzos permanecen ajenos a la academia especializada del arte y la literatura digital. Telnet es apenas una muestra de que proyectos independientes, hechos por vocación, que no ponen nombres ni categorías al frente, pocas chances tienen de ser visibilizados. Pero, por otra parte, no parece que a Telnet le interese, a casi una década de su existencia con esfuerzos mínimos por visibilizarse. Y esa es su lección importantísima: disociar entre visibilidad y supervivencia. Transcender las presiones del yo. Pensar proyectos únicos, técnicos y especializados fuera del capital cultural. Mientras tanto, en laboratorios para nada secretos se están superando barreras evolutivas.

Disociar entre visibilidad y supervivencia. Transcender las presiones del yo. Pensar proyectos únicos, técnicos y especializados fuera del capital cultural.

Así como los krell de El planeta prohibido y los hermanos Krell de ILVEM, estamos atravesados por obsesiones de upgrades cerebrales de los que no podemos escapar. Uno de los bastiones de la agenda transhumanista en los albores de la Inteligencia Artificial General es la actualización neurotecnológica de la especie, como el recientemente interrumpido Building 8, laboratorio telepático de Meta, los avances diarios en implantes humano-máquina de Neuralink, o protocerebros humanos de probeta que juegan al Doom. Más allá de estos experimentos, esta actualización de la especie ya viene siendo una realidad materializada en miles de usos clínicos de la neurotecnología, como los implantes cocleares, los moduladores para tinnitus, Parkinson y síndrome de Tourette o, sin ir tan lejos, las drogas psiquiátricas. 

El fin de la excepción humana de Jean-Marie Schaeffer se trata precisamente de eso: no hay nada en la especie que la excluya de cultivar sus propios cerebros de probeta, a pesar de la insistencia normativa de los Estados en afirmar de manera más o menos directa la existencia del alma. No es descabellado reconocer en estas condiciones los primeros atisbos de una futura singularidad tecnológica no ya bajo la forma de la superinteligencia artificial, sino en cuanto mente colmena materializada en la biología actualizada y modificada. Un movimiento neurocolonialista que viene poniendo las mentes en condiciones hace casi dos décadas a través del hackeo de los ciclos dopaminérgicos, el rediseño de la personalidad y la conquista de dominios cognitivos que previamente pertenecían al fuero íntimo de los cerebros. Ya la naturaleza susurra la transcendencia más allá de las fronteras de la vida, como el tumor uterino de Henrietta Lacks que continúa vivo y creciendo a 74 años de la muerte de su dueña, y en el flujo de las ideas entre cerebros sin mediación, como les ocurre las siamesas craneópagas Krista y Tatiana Hogan, que comparten estructuras cerebrales y tramitan juntas pensamientos y experiencias sensoriales que nos son irrepresentables en nuestro carácter tristemente monádico.

Quizás, estas experiencias puedan ser notas al pie para pensar nuestra propia práctica artística, sobre todo para quienes nos reconocemos en una o más minorías, sorteando las tentaciones atávicas de los algoritmos, que no son más que la amplificación de los instintos más bestiales que no podemos dejar de inyectar en la máquina y que muy probablemente auguren nuestra desaparición. No traficar nuestro sufrimiento. Hacer algo por el impulso de hacerlo. Aprender a programar sin trabajar de eso. No robar dragones. Mirarse al espejo y decir en voz alta: "nadie me debe nada". Imaginar la integración de nuestras experiencias sensibles en un egregor que ya no conoce la muerte. Abrazar ser fantasma. Tropismos que nos alejan de las piedras sacrificiales destinadas a que ellos consuman nuestras vísceras y hasta la última gota de nuestra sangre. 

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