Game Of Thrones: la vuelta al pasado de una saga sin futuro
Game Of Thrones: la vuelta al pasado de una saga sin futuro
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Game Of Thrones: la vuelta al pasado de una saga sin futuro

La serie de HBO Game of Thrones (2011 y 2019) se sintió como el último gran fenómeno de la cultura de masas, de la gloriosa y terrible industria cultural homogeneizadora del siglo XX. Su presencia era ubicua e inevitable. De cada capítulo surgían parodias, memes, análisis críticos. Sus protagonistas eran mencionados en contextos inesperados. Mucha gente que por edad u algún otro motivo no había comulgado con la versión cinematográfica de The Lord of the Rings de Peter Jackson se vinculó con el fantasy por primera vez a través de las aventuras de Daenerys Targaryen, Jon Snow, Tyrion Lannister y otra veintena de personajes memorables. Y todos aquellos que no la veían tuvieron que acostumbrarse a lidiar tanto con las referencias permanentes como con los estados de ánimo cambiantes de sus espectadores más comprometidos.

Recuerdo cuando, más o menos a mitad de la serie, unos amigos me regalaron para mi cumpleaños parte de la serie de novelas en las que está basada, conocida colectivamente como A Song of Ice and Fire (“Canción de Hielo y Fuego”) y escritas por un autor del que muchos no teníamos noticia previamente: George R. R. Martin, un norteamericano barbudo con la pinta de nerd más estereotipada de los nerds jugadores de rol. De hecho, Martin ya había escrito cosas importantes, y había ganado el premio Hugo por Sandkings (traducida al español como Los reyes de la arena) en 1979.

La serie de HBO Game of Thrones se sintió como el último gran fenómeno de la cultura de masas, de la gloriosa y terrible industria cultural homogeneizadora del siglo XX.

Para el momento del regalo yo ya era adicto a la serie, pero había renunciado a la idea de leer las novelas porque me parecía una inversión de tiempo excesiva (son largas) para un género del que había disfrutado mucho en la adolescencia, pero que en ese momento me parecía literariamente menor. Recuerdo haber visto los dos gordos tomos que me entregaron mis amigos en el patio de Puán (la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) y pensar: uh, ¿ahora tengo que leer esto? Yo estaba a mitad de mi doctorado, cuyo corpus principal consistía en textos en latín de los siglos XV y XVI, y me parecía un compromiso demasiado grande. Pero cuando empecé a leer, no pude parar. Quedé atrapadísimo. Recuerdo haber pensado: ah, cierto que la literatura es también esto. Lo mismo me pasó, varios años después, con la trilogía de El problema de los tres cuerpos de Cixin Liu.

George R. R. Martin
George R. R. Martin. Foto para The Guardian de Karolina Webb.

Pasé entonces a ser uno de esos que miraban la serie y las comparaban con los libros, pero hice un esfuerzo por valorar cada medio por lo suyo. Durante las primeras cuatro temporadas, eso era fácil. Incluso encontraba más de una vez resoluciones más prolijas en la adaptación de Benioff y Weiss (los showrunners de HBO), aunque también extrañaba algunos personajes secundarios y la narración de ciertas batallas que en la serie probablemente no filmaron por cuestiones presupuestarias.

A partir de la quinta temporada, empezó el desbalance. La serie, que estaba adaptando las novelas A Feast for Crows (“Festín de cuervos”) y A Dance with Dragons (“Danza de dragones”) empezó a encontrar obstáculos mayores. Algunos surgían del material base: esas dos novelas abren un montón de caminos paralelos que se conectan más débilmente con la trama central, e integrarlos de forma eficiente en la televisión iba a ser difícil. Los espectadores, presumiblemente, no iban a tener ganas de conocer diez personajes nuevos y dejar fuera de foco los protagonistas con los que se identificaron durante cuarenta capítulos. Pero todavía la serie encontraba apoyos fuertes en algunas de sus tramas. “Todavía sirve”, decíamos muchos lectores optimistas y tolerantes, aunque la distancia entre nosotros y  los que se limitaban a la adaptación crecía.

Ahora, en retrospectiva, eso no fue nada frente a lo que pasó después. La primera novela de GRRM, A Game of Thrones había salido en 1996, la segunda, A Clash of Kings en 1998 y la tercera, A Storm of Swords, en 2000. Dos años por novela, todo muy prolijo. La cuarta, la mentada A Feast for Crows tardó más: cinco años. La quinta, A Dance with Dragons, seis años: salió en 2011, cuando la serie había empezado hacía poco. Pero, para 2016, cuando la serie terminó su sexta temporada, no había más novelas que adaptar. Un escenario temido que ya varios habían anticipado. ¿Y ahora qué?

Daenerys Targaryen
Daenerys Targaryen en su momento más icónico. Tomado del episodio "Fire and Blood" (HBO, 2011).

Los showrunners salieron a aclarar que GRRM les había transmitido el final de la saga, con lo que no había tanto de qué preocuparse. La serie terminaría de forma armónica y siguiendo los planes originalmente concebidos en reuniones que habían tenido lugar hace muchos años. No había nada que temer. Quién sabe, podía uno pensar, quizás ahora sin tener que esforzarse por adaptar esos últimos dos libros difíciles, la cosa iba a fluir mejor e íbamos a volver a la gloria indiscutible de las primeras cuatro temporadas. Pero no. Las últimas dos temporadas de A Game of Thrones son de los peores crímenes que ha cometido la humanidad en lo que respecta a la ficción, solo comparables a atrocidades como la última trilogía de Star Wars. La serie se fue al tacho. Un desastre tras otro. Realmente no hay palabras para describirlo. Todavía hoy, siete años después y habiendo transcurrido en el interín una pandemia y muchas otras calamidades, no puedo recordarlo sin dolor. Hijos de puta, arruinaron todo.

GRRM se despegó (un poco): dijo que las novelas tendrían su propio final, porque las diferencias entre las tramas, que empezaron siendo pequeñas, fueron creciendo como una bola de nieve. Se abrió una nueva grieta, ahora entre los lectores de la saga. Unos decían: hay que tener esperanza, GRRM nos va a salvar de este desastre con dos novelas (la saga supuestamente tendría siete tomos) que pondrán las cosas en orden y revelarán, finalmente, que la “Canción de Hielo y Fuego” es para los lectores de fantasy y no para los meros televidentes ocasionales, que tendrán que sentarse a leer si no quieren resignarse a la bazofia de HBO. Otros, más pesimistas, dijimos: no, lo que pasó es mucho peor. El final de la serie reveló que GRRM de hecho no tiene un plan razonable para cerrar las mil tramas que armó, y por lo tanto o las novelas van a terminar siendo casi igual de fallidas que la serie o incluso… no las va a terminar de escribir nunca.

Las últimas dos temporadas de A Game of Thrones son de los peores crímenes que ha cometido la humanidad en lo que respecta a la ficción, solo comparables a atrocidades como la última trilogía de Star Wars.

Y henos aquí, 2026, más de 15 años después de A Dance with Dragons, sin que se publique la sexta novela, cuyo título será (si es que existe alguna vez) Winds of Winter (“Vientos de invierno”). GRRM tiene ya 77 años. Antes hacía promesas sobre fechas de publicación, e incluso salieron algunos capítulos como preview, pero últimamente, ya ni eso tenemos.

Y aun así, no todo está perdido. Pero antes de meternos con la forma en la que el universo GoT logró reencauzarse en estos años, metámonos con algunas de sus características centrales.

El poder y la magia

Podría decirse que los dos títulos de la saga ilustran sus dos temas principales. Uno, Juego de tronos (el título de la primera novela y de la serie de HBO) apela a la confrontación política. El grueso de la trama transcurre en el continente llamado Westeros, dividido hace muchísimo tiempo en nueve regiones, siete de las cuales fueron alguna vez reinos independientes. Hasta que llegó un invasor extranjero, Aegon Targaryen, equipado con tres dragones (criaturas originarias del otro continente, Essos) que unificó los siete reinos bajo el mandato del “trono de hierro” que él mismo forjó usando el fuego de su dragón con las espadas de los ejércitos derrotados. Desde ese entonces solo hay un rey en Westeros y el resto son “lords” o señores de distintas jerarquías, pero como siempre pasa en estos casos, se trata de una armonía difícil de sostener. Con conflictos varios, los descendientes de Aegon se las arreglaron para dominar Westeros por muchas generaciones, durante las cuales la cantidad y la fuerza de los dragones fue menguando hasta que se extinguieron. Finalmente, un alzamiento feudal liderado por Robert Baratheon depuso a Aerys, al último rey Targaryen, e inició una nueva dinastía. Pero la hija más joven de Aerys sobrevivió oculta en Essos y no solo eso: logró que nazcan tres nuevos dragones de huevos aparentemente petrificados. Se reinicia el ciclo. Ante la crisis, florecen nuevos pretendientes al trono.

trono de hierro
El trono de hierro ilustrado por Marc Simonetti (https://art.marcsimonetti.com/)

Ahora, el título de la saga de novelas, como dijimos, es otro: A Song of Ice and Fire. Este título remite al aspecto menos político y más mítico. Del fuego ya hablamos. El “hielo” alude a una amenaza existencial que va más allá de los conflictos entre señores feudales. En el extremo norte de Westeros se encuentra el muro, una pared de hielo gigantesca construida por los Primeros Hombres (o sea, mucho antes de la invasión de Aegon y sus dragones) para evitar que un mal primigenio y helado la cruce y destruya la humanidad. Se trata de los “caminantes blancos”, criaturas en términos generales antropomórficas pero poseedoras de poderes mágicos entre los que se destaca uno: revivir a los muertos y usarlos como armas, un ejército de zombis de hielo. Según una profecía de mucha importancia para la trama, solo “el príncipe prometido” (o “la princesa prometida”, porque en el idioma de la profecía, el valyrio, no existe la diferenciación por género en esas palabras) podrá evitar el apocalipsis. Buena parte de la discusión en el fandom es quién de los personajes ocupará ese rol. La serie lo “resolvió” de la peor manera posible, pero ni entremos en eso.

A estos elementos narrativos hay que sumarles tres cuestiones que, típicamente, sirven para contrastar esta saga con su antecesora más ilustre, El Señor de los Anillos (LOTR por sus siglas en inglés). En primer lugar, incluso con sus dragones y magos de hielo, el mundo de GRRM es el mundo de la realpolitik. Los personajes ya no se ordenan entre los que sirven al Señor Oscuro y los que pelean por Todo lo que es Bueno. Nos encontramos en cambio con una maraña de intereses políticos, de conflictos dinásticos e interpersonales en los que a menudo no podemos discernir la luz de la oscuridad. E incluso cuando podemos, las motivaciones son complejas y variadas. Los personajes que intentan hacer todo según normas morales claras pueden (y suelen) morir rápidamente. Otros, incluso siendo en términos generales virtuosos, recurren a recursos que Aragorn, Gandalf y Frodo jamás aprobarían.

White Walkers
Los White Walkers ("caminantes blancos") en la adaptación de HBO

En segundo lugar, el mundo de GOT (sea la serie o las novelas) es un mundo notablemente violento. Está claro que LOTR no carece de sangre, pero las diferencias son notables incluso si solo comparamos las versiones audiovisuales de las sagas. Uno de los numerosos méritos de Tolkien es haber logrado combinar una historia de batallas y héroes con espadas con el mundo de la Comarca de los hobbits y el corazón noble de Frodo y Sam, que prácticamente no matan a nadie para lograr su cometido. No es el caso de GOT, en donde la violencia domina desde el principio al final y nada ni nadie puede escapar a su imperio.

En tercer lugar, y ahora sí aludiendo a las novelas específicamente, hay una diferencia obvia de estilo. El de Tolkien es un inglés elevado, por momentos medievalizante, propio de un erudito y de un filólogo de mediados del siglo XX. GRRM fue mejorando su prosa entre la primera novela y la última, pero sus méritos no son prosísticos, son narrativos. Los que solo buscan en la literatura orfebrería verbal, o los que piensan que el fantasy debe ser escrito en un idioma digno de un elfo, difícilmente encuentren muy atractivas sus novelas. Sus méritos como escritor residen, en todo caso, en su construcción de un mundo complejo construido en simultáneo desde distintos puntos de vista, y en su capacidad innegable para la creación de personajes que se sienten a la vez cercanos (a menudo vemos sus pensamientos y obsesiones) y distantes, porque están atravesados por relaciones de poder que van más allá de lo que la mayoría podremos vivir.

El revival retrospectivo

El fracaso de GRRM para terminar su saga y el vergonzoso derrotero de la serie de HBO no dieron, pese a todo, un golpe mortal al universo de crearon. Esto se debe a que en los últimos años el enfoque consistió en expandir hacia atrás. El final quizás sea un nudo irresoluble, pero hay cientos de años de historia ficcional ubicada en un mundo atractivo y complejo que logró revitalizar al fantasy de formas inesperadas. ¿Por qué desaprovecharlo?

Esto se ve por ahora en dos series de HBO que están a su vez basadas en obras de GRRM. Una (cuya tercera temporada está saliendo mientras escribo este artículo) es House of the Dragon (“La casa del dragón”), que narra una guerra civil (o más bien, familiar) en la dinastía Targaryen en la época en la que todavía contaban con una cantidad importante de dragones. Está basada en el libro Fire and Blood, una crónica de la dinastía Targaryen. No es una novela propiamente dicha, ya que está escrita como si el autor fuera un cronista del mundo ficcional. La segunda es A Knight of the Seven Kingdoms, basada en la serie de cuentos de GRRM sobre las aventuras de dos personajes, Dunk (Ser Duncan) y “Egg” (Aegon), que transcurre cuando los dragones ya se extinguieron, pero los Targaryen siguen firmes en el trono. En esta última, GRRM colabora directamente en la producción. Benioff y Weiss, los showrunners de GOT, no participan en ninguna de las dos.

House of the Dragon
Daemon Targaryen y su dragón, Caraxes, de House of the Dragon (HBO, 2022)

Lo cierto es que ambas son buenísimas, y logran diferenciarse de su célebre antecesora incluso si no alcanzaron el mismo nivel de masividad (que quizás ya nada vuelva a alcanzar, por otro lado). House of the Dragon nos muestra un conflicto en el que los dragones funcionan como armas de destrucción masiva y en el que la política palaciega se mezcla con el dramón familiar. Dragones y Dramones, se podría llamar. Pero la construcción de personajes, conflictos políticos y batallas sigue siendo superlativa, y la ausencia de la amenaza de los caminantes blancos no se extraña en absoluto.

El mundo de George R. R. Martin, en cambio, todavía encuentra aire cuando mira hacia su pasado, aunque su futuro permanezca congelado.

A Knight of the Seven Kingdoms va por su primera temporada, y su estilo minimalista, basada en la vida de un escudero pobre tras la muerte del caballero que lo tomó bajo su ala, es conmovedora y al mismo tiempo energizante. Tras más de una década de personajes moralmente ambiguos, muchos señalaron como esta serie vuelve a poner en escena a dos héroes inmediatamente queribles y sin segundas intenciones. Tampoco se trata acá de conflictos entre doce o veinte pretendientes al trono ni a sus familias interconectadas de formas imposibles de recordar. Un hombre, un niño que escapa de una familia tóxica, y el deseo de convertirse en un Caballero que lucha por la justicia y la defensa de los débiles son más que suficientes para movilizarnos.

A Knight of the Seven Kingdoms
Dunk y Egg en la adaptación de HBO de A Knight of the Seven Kingdoms (HBO, 2026).

El contraste con LOTR resulta, de nuevo, inevitable. También el universo de Tolkien intentó expandirse en los últimos años, primero con la olvidable trilogía cinematográfica de The Hobbit y luego con la serie The Rings of Power. Pero, más allá de sus ocasionales aciertos puntuales, ninguna de esas obras consiguió despertar el entusiasmo sostenido ni la sensación de estar agregando algo verdaderamente indispensable a la Tierra Media. Quizás la historia del Anillo Único y su destrucción sea, sencillamente, demasiado perfecta para admitir prolongaciones que no parezcan apéndices. O quizás dependa de algo más difícil de reproducir: del talento irrepetible de Tolkien, un escritor para el que, por ahora, no parece haber sucesor posible. El mundo de George R. R. Martin, en cambio, todavía encuentra aire cuando mira hacia su pasado, aunque su futuro permanezca congelado. Y así seguimos, dieciséis años después de A Dance with Dragons, con el fallido final televisivo de Game of Thrones acechando la memoria de los espectadores y con la promesa incumplida de su autor de darle un sentido último a uno de los mundos de ficción que muchos aprendimos a amar.

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