Muñiz: Pionero de la ciencia argentina
Muñiz: Pionero de la ciencia argentina
No sé si a ustedes les pasa, pero suelo preguntarme quién habrá sido la persona que le da el nombre a una calle. ¿Qué hizo? ¿Habrá sido buena persona? Casi siempre la respuesta es que no: Ramón Falcón tiene una avenida, sin ir más lejos. Pero a veces te llevás una sorpresa. Hace poco me mudé a un pasaje que se llama Gertrudis Medeiros. Obvio que busqué quién era y era una capa total. Nació en 1780 y era la cabeza de una red de inteligencia que le aportaba informes a Miguel de Güemes sobre las tropas realistas. Según leí por ahí, usaba granos de maíz que se iba poniendo en distintos bolsillos para contar las tropas enemigas: un bolsillo para artillería, otro para caballos y así. De hecho, en 1814 los españoles la detuvieron y la ataron a un algarrobo antes de llevarla a Jujuy, donde estuvo presa un tiempo. Aunque se las ingenió para seguir haciendo informes de inteligencia aún detenida.
Suelo preguntarme quién habrá sido la persona que le da el nombre a una calle. ¿Qué hizo? ¿Habrá sido buena persona?
Otro que tiene calles, una ciudad, un hospital, UN CRÁTER EN LA LUNA, y que también fue un groso es Francisco Muñiz. Y, además, es el protagonista de esta historia.
Muñiz nació en 1795, llamándose Francisco Javier Tomás de la Concepción. Cuando tenía once años fueron las invasiones inglesas y quiso enrolarse como cadete en el regimiento de andaluces, porque sus padres eran andaluces (y porque quería defender la Patria). Peleó contra los ingleses y lo hirieron en una pierna. Ahí lo atendió Cosme Argerich (otro que da nombre a un hospital) y, según contó después, a partir de ahí quiso ser médico.
Ya recibido, en 1825, fue nombrado cirujano del Regimiento de Coraceros en la frontera de Chascomús, un sitio bastante importante porque ahí terminaba Argentina en esa época. Más allá de Atalaya era territorio de los Pampas. Igual faltaban 120 años para su inauguración y tampoco existía la medialuna como la conocemos hoy porque la trajeron los inmigrantes italianos y franceses a principios del siglo XX.
La cuestión es que ahí a Muñiz le pasaron dos cosas importantes. La primera fue que se hizo amigo de Juan Lavalle y la segunda fue que empezó a interesarse por la naturaleza, sobre todo en los huesos de animales enterrados.
A fines de ese año comenzó la Guerra del Brasil, que enfrentó a las Provincias Unidas del Río de la Plata con el Imperio del Brasil por el control de la Banda Oriental. En 1826 Muñiz se incorporó al Ejército Republicano como médico militar y llegó a desempeñarse como cirujano principal, con grado de teniente coronel. En mayo de 1827, durante el combate de Yerbal, Lavalle recibió un balazo en la pierna izquierda. Muñiz, en ese momento, estaba lejos, pero apenas se enteró, viajó durante seis días para atenderlo, atravesando zonas manejadas por Brasil. Llegó y Lavalle se recuperó sin perder la pierna, cosa que en 1827, sin antibióticos, era un montón.
Terminada la guerra, en 1828 Muñiz se instaló en Luján, donde pasó alrededor de veinte años y empezó a forjar una amistad con Juan Manuel de Rosas, de quien terminó siendo su médico personal. De hecho, en 1841, Muñiz le entregó su primera gran colección paleontológica: once cajones de fósiles.
El siglo XIX, a pesar de haber sido un siglazo, tuvo tres problemas importantes: el ya mencionado asunto de las medialunas, la también ya mencionada inexistencia de los antibióticos y el hecho de que no se sabía de la existencia de los dinosaurios. En realidad, para entonces ya se habían encontrado algunos restos de dinosaurios. La palabra dinosaurio fue usada por primera vez en 1842, pero lo cierto es que la gran mayoría de las personas no sabía que esos animales habían existido.
Durante sus años en Luján, Muñiz excavó las barrancas del río y reunió fósiles de gliptodontes, megaterios, mastodontes, caballos extinguidos y otros animales de la fauna pampeana. No descubrió él solo al gliptodonte, pero consiguió el ejemplar más completo hasta el momento.
En 1844 describió un gran felino fósil de dientes enormes y lo llamó Muñi-felis bonaerensis. Sí, le puso su propio nombre: seguramente, Francisco fue una persona con un ego importante, imagínense que salvó a Lavalle, era amigo de Rosas y estaba encontrando animales que nunca antes nadie había visto.

Pero esto recién empieza. Muñiz vivió hasta la década del setenta del siglo XIX.
De a poco se fue haciendo conocido y sus trabajos llegaron a Europa. Terminó mandándose cartas con Charles Darwin, nada menos. Aunque Darwin había pasado por Argentina unos años antes, en 1833 no llegaron a conocerse. Con Rosas sí y de hecho charlaron un rato. Darwin lo describe en su diario como una persona que hablaba muy bien inglés, era increíble montando caballos y seguramente iba a ser alguien importante muy pronto.
A Darwin le interesaba una variedad de ganado de hocico corto conocida como vaca ñata, sobre todo, cómo se habían modificado las características en animales domésticos. Darwin utilizaba los datos que le mandaba Muñiz y, de hecho, le agradece en la segunda edición del Origen de las Especies.
Francisco fue una persona con un ego importante, imagínense que salvó a Lavalle, era amigo de Rosas y estaba encontrando animales que nunca antes nadie había visto.
Igual, para mí, lo más importante que hizo Muñiz fue la primera producción pública de vacunas de la historia de América. Y no estoy exagerando. Desde 1828 Muñiz quedó encargado de administrar la vacunación antivariólica en el departamento de Luján. La única vacuna disponible en ese momento. Había sido descubierta en 1798 cuando Edward Jenner le aplicó a un niño de 5 años el líquido de una roncha de una vaca similar a las que provocaba la viruela humana en las personas.
Hoy sabemos que esa roncha le aparecía a las vacas por un virus muy similar al de la viruela humana (el de la viruela de vacas). Al entrar en contacto con ese virus, que no es capaz de enfermarnos (porque es un virus de vacas) el sistema inmunológico genera una respuesta de memoria contra este virus que, por suerte, alcanza para protegernos de la viruela humana. Así el niño de cinco años se convirtió en la primera persona vacunada de la historia de la humanidad.
Gracias a la vacuna antivariólica logramos erradicar la viruela en 1978, un virus que mató, sólo en el siglo XX, a más de 300 millones de personas.
Volvamos a Muñiz. En 1844 Buenos Aires se quedó sin vacuna. La vacuna venía de Europa y a veces el abastecimiento se complicaba sobre todo cuando tenías un bloqueo anglo-francés en el Río de la Plata. Rosas, entonces, le pidió a Muñiz que resolviera el problema.
Muñiz viajó desde Luján con una de sus hijas, que tenía pocos meses y había sido vacunada recientemente. Como la vacuna generaba unas ronchas pequeñas pero de las que se podía extraer el líquido, se podía transportar la vacuna dentro de las personas. Con el líquido de las vesículas del brazo de la beba se vacunó a varias decenas de personas, de cuyas ampollas se extrajo el liquidito y a partir de ellas pudo reiniciarse la cadena.
Pero además, viviendo en Luján, un lugar donde había muchísimas vacas, Muñiz empezó a buscar algo similar a lo que vio Jenner y así poder producir la vacuna en Argentina, a partir de vacas. Finalmente la encontró e hizo una prueba a pequeña escala, es decir, vacunó a algunos niños con ese preparado que funcionó, porque no se contagiaron de viruela. Unas décadas después, se empezó a producir la vacuna en nuestro país a partir de vacas con el método de Muñiz.
En 1844 Buenos Aires se quedó sin vacuna. (...) Rosas, entonces, le pidió a Muñiz que resolviera el problema.
El 3 de febrero de 1852 ocurrió la batalla de Caseros, probablemente el conflicto bélico más importante de la historia Argentina que, en pocas horas, terminó con dos décadas de hegemonía de Juan Manuel de Rosas. Desde el levantamiento de Urquiza, que culminó con la batalla de Caseros, Muñiz, ya con 56 años (que en esa época era mucho), se encargó de organizar el cuerpo médico del Ejército Federal y estuvo atendiendo a los heridos luego de la batalla. Lo mismo hizo en la Batalla de Cepeda, organizando la sanidad del ejército que enfrentaba a Urquiza.
También fue diputado y senador. Y se sacó al menos una foto, cosa rarísima en esa época. También fue médico del Ejército Argentino en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Dios, vivió casi toda la historia Argentina desde adentro.

Lo gracioso es que yo llegué a Muñiz hace relativamente poco tiempo gracias a la Epidemia de Fiebre Amarilla de 1871, evento que me obsesiona desde hace años. La epidemia provocó la muerte de alrededor del 10% de la población de Buenos Aires, hizo que se evacuara la ciudad por única vez en la historia y se creara un cementerio (el de la Chacarita) y un tren para llevar a los muertos.
Cuando la epidemia ocurrió, Muñiz tenía 75 años, vivía en Luján, tenía una linda casa y había vivido más del doble de la esperanza de vida de la época. Podría haber dicho “ya fue, que se encargue otro”. Pues no, Muñiz viajó a Buenos Aires, probablemente en el Ferrocarril Oeste, que luego se llamó Sarmiento, a asistir a los enfermos. Se contagió y murió el 8 de abril de 1871.
Después de todo eso, me parece bastante justo que hoy tenga calles, un hospital, una ciudad y un cráter de 29 kilómetros en la cara oculta de la Luna.