Por qué nos obsesionan los espacios liminales
¿Escuelas vacías, shoppings desiertos? Qué son los espacios liminales, la estética inquietante que se hizo meme en internet.
¿Escuelas vacías, shoppings desiertos? Qué son los espacios liminales, la estética inquietante que se hizo meme en internet.
¿Por qué un martes cualquiera, después de un día monótono de trabajo de oficina, en lugar de buscar una peli o una serie tengo ganas de abrir YouTube y mirar durante media hora un compilado de fotografías extrañas? ¿Qué estoy buscando cuando me detengo en imágenes de pasillos de hotel desiertos, patios de escuela vacíos o estaciones de servicio iluminadas en mitad de la noche? ¿Por qué algunos de esos videos acumulan cientos de miles de vistas? ¿Cuál es la razón de que esta estética esté cada vez más presente en videojuegos, películas y otras experiencias culturales contemporáneas? Y, sobre todo, ¿cómo puedo compartir una emoción tan específica con quien está leyendo esto y no sabe de qué estoy hablando?
Tal vez sea más fácil mostrarlo que explicarlo.
¿Qué sensación te produce esta imagen?

La sensación tal vez es difícil de describir. Puede haber algo de inquietud, pero también de curiosidad. Algo de nostalgia, aunque no sepamos exactamente de qué. Algunas personas dicen que estos lugares parecen sacados de un sueño; otras sienten que ya estuvieron ahí alguna vez, aunque sepan que es imposible. Son imágenes que producen una atmósfera muy particular, una mezcla de fascinación y extrañamiento que resiste cualquier explicación sencilla, y a las que hoy reconocemos como espacios liminales.
Valentina Tenni, en su libro Estéticas liminales, recientemente editado por Caja Negra, sostiene que el elemento que une estas imágenes es claramente esa atmósfera: una que oscila entre "una vaga sensación de desolación, una incomodidad intensa o una nostalgia generalizada". No importa tanto el lugar retratado como la sensación que deja. Incluso, explica Tenni, activa inconscientemente ciertas preguntas: ¿qué hizo que la gente desapareciera? ¿Así se verá el mundo cuando la humanidad se haya extinguido?

No pretendo decir nada muy original acerca del origen del concepto de moda, pero sí me parece necesario hacer un breve recap para el lector desprevenido. La palabra liminal proviene del latín limen, que significa "umbral". Mucho antes de convertirse en una estética de internet, el concepto pertenecía a la antropología. A principios del siglo XX, Arnold Van Gennep lo utilizó para describir la etapa intermedia de los ritos de paso: ese momento ambiguo en el que alguien deja de ser quien era, pero todavía no se convirtió en quien será, siendo la adolescencia el ejemplo más típico. Décadas más tarde, Victor Turner desarrolló la idea y convirtió la liminalidad en una categoría para pensar toda experiencia de transición. Originalmente, entonces, la liminalidad no describía un lugar sino un estado. Era el "entre": entre la infancia y la adultez, entre una identidad y otra, entre una vida y la siguiente.
¿Qué estoy buscando cuando me detengo en imágenes de pasillos de hotel desiertos, patios de escuela vacíos o estaciones de servicio iluminadas en mitad de la noche? ¿Por qué algunos de esos videos acumulan cientos de miles de vistas?
No es casual tampoco que tantas historias fantásticas comiencen atravesando un umbral. Alicia cae por la madriguera del conejo. Lucy entra en Narnia a través de un ropero. Harry Potter atraviesa el andén nueve y tres cuartos. Chihiro cruza el túnel hacia el mundo de los espíritus. David y Lisa atraviesan un puente hacia Terabithia. Antes de comenzar la aventura, siempre existe un espacio de transición: un pasillo, un túnel, una puerta, un puente. Lugares donde las reglas habituales dejan de funcionar.
Internet recuperó esa idea y la convirtió en una estética. Todo comenzó alrededor de 2019, cuando distintos usuarios de 4chan empezaron a compartir fotografías de lugares "extrañamente familiares". No eran paisajes naturales ni ruinas espectaculares. Eran escuelas durante las vacaciones, oficinas vacías, hoteles, estaciones de servicio, supermercados abiertos de madrugada o shoppings completamente desiertos. Espacios cotidianos que, simplemente, fueron capturados por la cámara en un momento en el que no suelen ser vistos.

Quizás por eso muchas personas sienten que esas imágenes les resultan familiares aunque jamás hayan estado en esos lugares. A esto podemos agregar que el capitalismo reemplazó lo específico de la geografía por lugares que son réplicas unos de otros, como las cadenas de supermercados o los shoppings (los no-lugares de Marc Augé). No reconocemos el sitio concreto; reconocemos la experiencia. Como escribe Valentina Tenni, son escenarios tan arquetípicos que parecen formar parte de una memoria compartida. Imágenes que nunca hemos visto antes pero que se sienten familiares, porque apelan a algo parecido a un inconsciente colectivo.
Había, desde el naciomiento de esta estética, ciertas reglas no escritas para identificar una fotografía de un espacio liminal como tal. Los lugares debían ser artificiales, construidos por seres humanos y, sobre todo, estar vacíos. La iluminación amarillenta, la baja calidad fotográfica, el grano de la imagen y los fuera de foco terminaban de producir esa sensación de realidad ligeramente desplazada.
La pandemia hizo el resto. Durante meses, el mundo entero empezó a parecer una fotografía liminal. Calles desiertas. Aeropuertos vacíos. Cines sin espectadores. Lo que antes era una curiosidad estética se convirtió, de golpe, en experiencia cotidiana. Y desde entonces la colección de estas fotografías en el subreddit r/LiminalSpace o en YouTube no deja de crecer.

Si los espacios liminales producen una sensación tan difícil de describir es porque no pertenecen exactamente al territorio del miedo. No son monstruosos ni violentos, y, a diferencia de lo que ocurre en los backrooms, no hay una amenaza visible o latente. Lo que generan es otra cosa: la impresión de que algo está apenas fuera de lugar.
En su ensayo Lo ominoso (Das Unheimliche), Sigmund Freud intentó explicar precisamente esa clase de experiencias. Lo ominoso no es aquello completamente desconocido, sino algo que alguna vez fue familiar y que, por alguna razón, dejó de serlo. La palabra alemana unheimlich juega justamente con esa ambigüedad: designa aquello que debería sentirse como "hogareño" (heimlich) pero de pronto aparece extrañado, desplazado, como si escondiera un secreto.
Los espacios liminales funcionan de esa manera. Un pasillo de escuela no tiene nada de especial. Tampoco una sala de espera, un aeropuerto o un supermercado. Sin embargo, cuando esos lugares aparecen completamente vacíos, iluminados por tubos fluorescentes o fotografiados desde un ángulo ligeramente extraño, dejan de ser escenarios cotidianos para convertirse en algo difícil de clasificar.
No son monstruosos ni violentos, y, a diferencia de lo que ocurre en los backrooms, no hay una amenaza visible o latente. Lo que generan es otra cosa: la impresión de que algo está apenas fuera de lugar.
Hay algo profundamente inquietante en permanecer demasiado tiempo en lugares concebidos únicamente para el tránsito. Un pasillo está hecho para atravesarlo, no para quedarse. Un estacionamiento no invita a contemplar el paisaje. Una estación de servicio existe para continuar el viaje. Los espacios liminales suspenden esa lógica. Nos obligan a detenernos exactamente donde deberíamos seguir de largo.
Lo inquietante, por otro lado, no surge porque haya algo presente, sino porque falta algo que debería estar ahí. Una escuela sin estudiantes. Una plaza sin niños. Un shopping sin compradores. La ausencia misma se vuelve protagonista. Y nos hace descubrir, de pronto, que el mundo también puede existir sin nosotros.
Existe incluso una palabra para esa sensación: kenopsia. Es el nombre que se le dio a la atmósfera particular de un lugar habitualmente lleno de vida que, por algún motivo, aparece completamente desierto. El crítico cultural Mark Fisher retomó esta idea en The Weird and the Eerie. Allí distingue entre lo extraño (the weird) y lo inquietante (the eerie). Mientras lo extraño introduce algo que no debería existir, lo inquietante aparece cuando percibimos una falla de presencia o de ausencia: cuando falta alguien que debería estar o cuando parece haber una presencia donde no debería haber nadie. Los espacios liminales pertenecen a la primera categoría.
La ausencia de personas se vuelve casi tangible, como si el vacío estuviera subrayado. Y lo inquietante nos atrae: quizás por eso la estética liminal se reproduce en consumos culturales contemporáneos tan distintos como videojuegos (sobre videoclubes desolados, sobre colectivos vacíos), películas de Hollywood o, también, crónicas sobre galerías abandonadas.

Muchas imágenes liminales parecen haber sido encontradas dentro de una caja de recuerdos olvidada. La resolución suele ser baja. Los colores aparecen apagados. Hay ruido digital, desenfoques, flashes demasiado fuertes y encuadres algo torcidos, descentrados. Incluso cuando fueron tomadas hace pocos años, parecen venir de otra época.
Esa estética produce una sensación curiosa: despierta nostalgia sin remitir necesariamente a un recuerdo concreto. Existe un término relativamente reciente para describir esa experiencia: anemoia, la nostalgia por un tiempo que nunca vivimos. Muchos espacios liminales recurren a estéticas de los años ochenta y noventa (alfombras geométricas, luces fluorescentes, carteles de plástico, cadenas de locales de comida) que evocan una infancia idealizada incluso para quienes nacieron después. No recordamos esos lugares exactamente como fueron; recordamos la idea de haberlos habitado alguna vez.
Sin embargo, reducir la fascinación por los espacios liminales a una simple nostalgia sería perder de vista algo importante. La nostalgia tradicional suele mirar hacia atrás. Supone que hubo un pasado mejor al que sería deseable regresar. Es una emoción profundamente conservadora porque busca las respuestas al presente en un tiempo ya cerrado. No por casualidad buena parte de la cultura contemporánea parece obsesionada con los remakes, los revivals, la estética retro o incluso fenómenos políticos que prometen restaurar una supuesta Edad Dorada. Desde las fantasías de volver a los roles tradicionales de género, como las tradwives de TikTok, hasta la estética musical de las nuevas derechas, el fashwave, gran parte de la imaginación contemporánea parece orientada hacia un pasado idealizado.
Los espacios liminales operan de otra manera. También son nostálgicos, pero esa nostalgia nunca resulta cómoda. Hay algo inquietante en esas imágenes, como si el pasado apareciera vaciado de aquello que lo hacía habitable. Las luces siguen encendidas, los edificios permanecen intactos, pero la vida ya no está allí.
Valentina Tenni escribe que "el pasado se fue para siempre, y aunque pudiéramos regresar, estaría vacío". Esa frase captura perfectamente la experiencia liminal. No hay un deseo de volver. Lo que hay, más bien, es la conciencia melancólica de que el tiempo deja morir incluso los lugares que parecían eternos.
Aquí resulta útil recuperar otro concepto de Mark Fisher: la hauntología, que retoma a su vez una idea de Jacques Derrida. Para Fisher, el presente no está acechado solamente por el pasado, sino también por los futuros que alguna vez imaginamos y nunca llegaron a existir. Vivimos rodeados por los fantasmas de promesas incumplidas: ciudades futuristas que nunca fueron construidas, utopías políticas abandonadas, tecnologías que iban a cambiarlo todo y terminaron reproduciendo las mismas lógicas de siempre.
No hay un deseo de volver. Lo que hay, más bien, es la conciencia melancólica de que el tiempo deja morir incluso los lugares que parecían eternos.
Eso puede explicar por qué tantas obras contemporáneas parecen incapaces de imaginar algo realmente nuevo. En Realismo capitalista, Fisher, citando a Jameson, sostiene que nuestra época naturalizó tanto el capitalismo que le resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema (sí, ya sé, hay que dejar de robar con Fisher por dos años, perdón). Pero una consecuencia de eso es que el futuro dejó de sentirse abierto y empezó a parecer una prolongación indefinida del presente.
Quizás ahí resida la extraña potencia política de los espacios liminales. Aunque miren hacia atrás, no idealizan el pasado. Lo muestran como algo definitivamente perdido. Y precisamente porque ese pasado ya no ofrece refugio, obligan a volver la mirada hacia adelante. No prometen un regreso imposible; abren una pregunta.

"Aunque me fuercen, yo nunca voy a decir / que todo tiempo por pasado fue mejor. / Mañana es mejor."
Spinetta.
Hay algo en estas imágenes que resiste cualquier descripción fácil y es casi imposible de capturar con palabras. Pero algo que sí puede decirse es esto: en un espacio liminal no hay nadie a quien mirar, y por lo tanto no hay identidad que juzgar. Raza, género, clase; todo lo que organiza nuestra vida social se vuelve, por un momento, irrelevante. No porque el mundo lo haya resuelto, sino porque el mundo, ahí, está vacío.
Esa vacancia recupera algo del sentido original de la palabra. Lo liminal, para Van Gennep y Turner, como dijimos, no era un lugar sino un estado: el umbral entre una identidad y otra. La filósofa y youtuber Contrapoints señaló algo parecido al hablar de la experiencia de transición de género: es también un estado liminal, un tránsito donde todavía no se es lo que se será. Una mudanza, la adolescencia, un pasillo de aeropuerto: todos son formas del mismo umbral. Y este cuestionamiento a las categorías binarias, que deberían ser inmutables, dice Contrapoints, también supone una amenaza directa al orden simbólico.
Aunque miren hacia atrás, no idealizan el pasado. Lo muestran como algo definitivamente perdido. Y precisamente porque ese pasado ya no ofrece refugio, obligan a volver la mirada hacia adelante. No prometen un regreso imposible; abren una pregunta.
Mark Fisher, refiriéndose a los psicodélicos, habla de una percepción que también puede pensarse desde lo liminal: la de una realidad en mutación, maleable, que ya no se siente cerrada ni definitiva. Los formalistas rusos hablaban de la desautomatización: la literatura como una forma de interrumpir el piloto automático con el que atravesamos el lenguaje. Las imágenes liminales hacen algo parecido, pero con la percepción del espacio.
Por eso creo que encuentro más afinidad entre lo liminal y la imaginación, que entre lo liminal y la nostalgia. Como dijimos, la nostalgia mira hacia un mundo cerrado: supone que las respuestas quedaron atrás y que sólo queda intentar replicarlas en el presente. La imaginación, en cambio, necesita que el sentido permanezca abierto. Necesita umbrales.
Quizás por eso los espacios liminales me resultan (y nos resultan) tan fascinantes. No porque escondan un significado secreto, sino porque suspenden momentáneamente los significados que damos por sentados. Un aeropuerto deja de ser un aeropuerto y se convierte en otra cosa, imposible de nombrar del todo. Un pasillo ya no conduce únicamente de un lugar a otro: se vuelve un lugar en sí mismo. El mundo deja de funcionar como un conjunto de objetos con usos definidos y recupera algo de la indeterminación que probablemente tenía cuando éramos chicos.
Tal vez por eso estas imágenes me producen una mezcla tan difícil de clasificar, pero que oscila entre la tristeza y el alivio. Me recuerdan que todo pasa, que los lugares sobreviven a quienes los habitan y que ninguna forma de organizar el mundo es eterna. Hay algo profundamente melancólico en esa certeza. Pero también algo liberador. Tal vez la imaginación empiece exactamente ahí: en el momento en que dejamos de mirar el mundo como algo terminado.

Unos últimos apuntes, a modo de hipótesis.
Los espacios liminales suelen describirse como lugares vacíos. Creo que ocurre exactamente lo contrario. Están llenos de posibilidades. Cuando todo deja de estar definido por un instante, cuando un shopping deja de ser un shopping, una escuela deja de ser una escuela y una estación de servicio parece el mismísimo borde del mundo, también nosotros dejamos de ser exactamente quienes éramos. Durante unos segundos, la realidad recupera algo de su misterio. Las cosas vuelven a parecer extrañas y, precisamente por eso, cambiarlas vuelve a parecer posible.
Todo pasa, los lugares sobreviven a quienes los habitan y ninguna forma de organizar el mundo es eterna. Hay algo profundamente melancólico en esa certeza. Pero también algo liberador.
Pienso entonces que la imaginación más radical tal vez no comience por inventar mundos completamente nuevos, sino apenas por volver a mirar este mundo nuestro como si todavía pudiera ser distinto. Los espacios liminales nos regalan, por un instante, esa mirada, y a mí me permiten sentir con claridad esa emoción que solo aparece ante el misterio. No ofrecen respuestas ni prometen futuros mejores. Apenas suspenden la certeza de que todo está decidido. Y esa suspensión, tan breve como el tiempo que tardamos en recorrer un pasillo vacío o mirar una fotografía granulada de un shopping desierto, alcanza para recordarnos que el presente tampoco está terminado.
Quizás ese sea el verdadero poder de esta estética de los umbrales: no invitarnos a escapar de la realidad, sino devolverle su capacidad de sorprendernos. Abrir una grieta en el medio de lo cotidiano, un día de oficina cualquiera. Recordarnos que el mundo siempre contiene más posibilidades de las que solemos concederle. Y que, como cantaba Spinetta, el pasado no tiene por qué ser nuestro horizonte. Mañana es mejor.