El día que James Bond luchó junto a los talibanes
The Living Daylights (1987), la decimoquinta entrega en la saga de Bond, y la construcción ideológica de aliados y villanos en Hollywood.
The Living Daylights (1987), la decimoquinta entrega en la saga de Bond, y la construcción ideológica de aliados y villanos en Hollywood.
Hay películas que envejecen mal. Otras envejecen raro. No porque estén mal hechas ni porque sus efectos especiales hoy desentonen, sino porque el paso del tiempo les saca la máscara ideológica. De golpe muestran algo que, cuando fueron estrenadas, parecía completamente trivial. The Living Daylights (1987), una de las películas de James Bond menos recordadas, pertenece a esa segunda categoría.
La película tiene una escena que hoy produce una incomodidad difícil de esquivar: James Bond combate junto a guerrilleros afganos presentados como nobles luchadores por la libertad. Bond, dicho mal y pronto, termina del lado de quienes más tarde serían leídos por Occidente como parte del gran repertorio del terror islamista. En otras palabras: por un rato, James Bond fue amigo de los talibanes.
La película tiene una escena que hoy produce una incomodidad difícil de esquivar: James Bond combate junto a guerrilleros afganos presentados como nobles luchadores por la libertad.
La frase simplifica, sí. Pero no tanto. Lo interesante no es la anécdota cinéfila sino lo que esa escena deja ver. Porque sirve para pensar algo bastante más amplio que la saga del agente 007: cómo se construye al enemigo en la cultura de masas, cómo mutan los grandes villanos de cada época y cómo Hollywood (porque, aunque la productora es inglesa, gravita en el ecosistema Hollywood) logra dictar consignas que reproducen el clima político del momento. Una maquinaria cultural gigantesca que designa buenos o malos según la coyuntura.
Hay una tentación cómoda: leer esto como un gran complot. Pero lo interesante, al menos para nuestros fines, es casi lo contrario. A veces no hace falta que nadie baje línea de manera explícita para que una representación se reproduzca: alcanza con un sentido común instalado y una industria cinematográfica que reproduzca ese relato. Claro, sí, a veces con una pequeña ayuda de por medio.

Para entender a James Bond nos tenemos que correr durante un momento de las películas. Eric Hobsbawm alguna vez deslizó una hipótesis brillante: James Bond fue, entre otras cosas, una compensación imaginaria para un Reino Unido en decadencia. Cuando el Imperio Británico ya no podía seguir pensándose como el centro del mundo, 007 vino a ofrecer una fantasía reparadora. Si la política global ahora se jugaba entre Estados Unidos y la URSS, el espía inglés permitía sostener la ilusión de que Gran Bretaña seguía siendo una pieza decisiva en el tablero.
No es una lectura caprichosa. Durante la primera mitad del siglo XX, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra tuvo que aceptar algo brutal: ya no mandaba. La retirada de Dunkerque en 1940, el ascenso definitivo de Estados Unidos, la consolidación de la URSS como superpotencia y, pocos años después, la independencia de la India terminaron de mostrar que el viejo imperio estaba entrando en otra etapa. Seguía siendo importante, claro. Pero ya no era el Sol alrededor del cual giraba el resto del mundo.
En ese nuevo universo bipolar signado por la confrontación entre dos bloques, la OTAN y el Pacto de Varsovia, James Bond ofrecía una salida elegante. Inglaterra podía haber perdido volumen material, pero todavía conservaba algo que el mito británico siempre se atribuyó a sí mismo: refinamiento, inteligencia, astucia, sangre fría y flema. Si el músculo ahora era yanqui o soviético, el cerebro podía seguir siendo inglés.
James Bond fue una compensación imaginaria para un Reino Unido en decadencia. Cuando el Imperio Británico ya no podía seguir pensándose como el centro del mundo, 007 vino a ofrecer una fantasía reparadora.
Por eso James Bond no es solo un héroe de acción. Es también una fantasía geopolítica. La fantasía de que el mundo no se define tanto por grandes estructuras económicas, por guerras industriales o por movimientos sociales de masas, sino por operaciones finas: una contraseña, una infiltración, un secreto de Estado, un hombre bien vestido entrando al lugar correcto en el momento exacto. Un guiño perfecto para la lógica de la Guerra Fría, el escenario ideal para creer que la historia dependía menos de procesos largos y más de hombres excepcionales con licencia para matar. Algo de verdad hay, sin lugar a dudas, detrás de eso.
De todas las películas de la saga, The Living Daylights tiene un valor especial para mirar esta cuestión. No porque sea la mejor, ni mucho menos, sino porque hoy se deja leer casi como un documento involuntario de época.
La trama, bastante clásica, gira alrededor de una red de traficantes de armas, operaciones encubiertas y engaños entre bloques. Lo importante aparece cuando la película se corre hacia Afganistán y Bond entra en contacto con la resistencia armada que pelea contra los soviéticos. Estamos en 1987. La URSS lleva años empantanada en la guerra afgana, ese “Vietnam soviético” que desgastó al bloque oriental. Del otro lado, distintos grupos islamistas reciben apoyo, financiamiento y armamento de Estados Unidos. En el lenguaje político de entonces, esos combatientes son presentados como resistencia anticomunista. En la práctica, muchos de esos núcleos van a alimentar después las formas más reaccionarias y violentas del islamismo político en la región.

La película no trabaja ninguna de esas complejidades. Hace algo mucho más simple: ordena el mundo moralmente. Los soviéticos aparecen como brutos, crueles, torpes. Los afganos aliados de Bond, en cambio, cargan con todos los atributos de la dignidad épica. Hay honor, coraje, sacrificio, lealtad. Uno de ellos, Kamran Shah, resulta además un comandante refinado, educado en Oxford, casi británico en sus modales. Es el otro correcto: extranjero, sí, pero reconocible; exótico, sí, pero del lado bueno de la historia. El mensaje es de una transparencia cristalina. En ese momento, para la sensibilidad occidental dominante, el enemigo absoluto sigue siendo el comunismo soviético. Quien combate contra él puede ser integrado sin demasiados problemas al campo del bien.
Vista desde hoy, la escena tiene una ironía espectacular. Porque lo que más tarde sería mostrado como el rostro mismo de la barbarie había sido, no mucho antes, un aliado táctico perfectamente aceptable. Y eso no ocurrió porque aquellas fuerzas se hayan desviado de repente o porque un día se hayan despertado convertidas en monstruos. El fundamentalismo reaccionario, el autoritarismo teocrático y la violencia extrema ya estaban ahí. Lo que cambió no fue su naturaleza sino la lectura estratégica de Occidente hacía de ellas.
Frente a eso, la explicación más tentadora suele ser: Hollywood miente, el poder baja línea, todo está guionado desde arriba. Hay algo de eso, obvio. Ninguna industria cultural gigantesca es políticamente inocente. Sin dudas existen personas con enormes cuotas de poder que dictan el destino de industrias enteras. Pero la idea de una conspiración todopoderosa, de un grupo de iluminados diseñando quién será el villano de la próxima década, tiene un problema: ordena demasiado. Permítanme el pragmatismo: aún si el mundo funciona así, quizás no sea la mejor manera de abordarlo.
Las teorías del complot son seductoras justamente por eso. Ofrecen un mundo legible y simple. Si las imágenes cambian, alguien las cambió. Si el enemigo muta, alguien decidió mutarlo. Si millones de personas repiten una representación, debe haber un centro secreto coordinando la operación. Y por eso mismo quien puede detectar el complot tiene el riesgo de caer en el espejo de Narciso: la ilusión de que lo entiende todo. Por eso mismo quizás es más útil pensar que las sociedades producen sentidos comunes, climas de época, repertorios disponibles de interpretación. Cuando una visión del mundo se vuelve dominante, muchas de sus operaciones se reproducen casi automáticamente. Ahí está la clave. Hollywood no necesita inventar desde cero a cada enemigo. Le alcanza con traducir uno ya existente al lenguaje de la narración masiva. Le pone rostro, acento, vestuario y música a una amenaza ya presente en la sociedad. Si de ejercicios pedagógicos se trata, es más estimulante desatar los nudos de nuestra ideología que buscar nombres de líderes ocultos tramando planes en la sombras.

Por eso los nombres cambian, pero la estructura se repite. Ayer fueron los nazis. Después los soviéticos. Más tarde los narcotraficantes, los árabes, los norcoreanos, los terroristas. Las diferencias históricas entre unos y otros son inmensas, pero en la pantalla suelen cumplir una función bastante parecida: encarnar una alteridad demonizada, una figura del mal que vuelve simple un mundo que, en realidad, es cualquier cosa menos simple.
El teórico Edward Said escribió que en Estados Unidos existe una tendencia persistente a deshumanizar al otro, a convertirlo en una presencia diabólica. La observación sigue siendo útil porque señala algo más profundo que un prejuicio puntual. Cuando una cultura necesita reafirmarse, suele hacerlo mediante contrastes absolutos. No alcanza con decir quiénes somos; también hay que inventar con claridad quiénes no somos.
Hollywood no necesita inventar desde cero a cada enemigo. Le alcanza con traducir uno ya existente al lenguaje de la narración masiva. Le pone rostro, acento, vestuario y música a una amenaza ya presente en la sociedad.
Ahí aparece el enemigo ideal: cruel, fanático, irracional, atrasado, impermeable al diálogo. Un otro sin matices. Ese mecanismo no solo organiza la política exterior o el discurso mediático. También da tranquilidad. Porque un mundo lleno de villanos nítidos es un mundo más fácil de leer. Si enfrente hay monstruos, entonces de este lado estamos nosotros: los razonables, los humanos, los civilizados. La operación es infantil, pero eficaz. Reduce complejidades, borra responsabilidades compartidas y ofrece una coartada moral bastante confortable.
James Bond funciona muy bien dentro de esa maquinaria. Sus películas prometen que el caos global tiene una forma secreta que puede ser descifrada. Siempre hay una amenaza central, siempre hay un núcleo maligno, siempre hay alguien que quiere destruir el orden del mundo. Y siempre, por supuesto, hay un héroe elegante capaz de detectar el mal, aislarlo y neutralizarlo. No importa demasiado si ese mal lleva uniforme soviético, turbante, cicatriz o acento extranjero. Lo decisivo es que sea reconocible como tal.
Por eso volver a The Living Daylights no es solo revisar una película vieja. Es mirar en funcionamiento una forma de sensibilidad política. Ver cómo un aliado de ayer puede convertirse en el monstruo de mañana sin que la máquina narrativa tenga que cambiar demasiado su estructura. Cambian los nombres. Cambia el decorado. Cambia el idioma del villano. Pero la lógica permanece.
La lección no es que antes nos engañaban y ahora sí entendemos todo. Más bien al revés. Probablemente siempre haya algo del presente que estamos leyendo a través de simplificaciones parecidas. También hoy tenemos nuestros enemigos listos para el consumo rápido, nuestros grandes villanos globales, nuestras categorías morales servidas en bandeja para no pensar demasiado.
Tal vez por eso conviene mirar estas películas con un poco menos de nostalgia y un poco más de sospecha. Bond va a seguir salvando al mundo con moño, ironía y Martinis. El problema nunca fue Bond. El problema es la comodidad que produce un relato donde los malos siempre están bien identificados, lejos de nosotros y del lado correcto de la frontera moral. Cuando el mundo se deja dividir demasiado fácil entre héroes y monstruos hay algo que funciona mal.