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Aceleracionismo pulsional: de Nick Land a Lacan

Aceleracionismo pulsional (acc/puls): Una cruza inédita entre Lacan y Land que usa la pulsión para hackear el capitalismo acelerado.

Aceleracionismo pulsional: de Nick Land a Lacan

Mi deformación profesional (psicólogo) y oficio (psicoanalista) me hacen leer con sesgos y limitaciones pero también con cierta prudencia la novedad (y a veces con algún atisbo de originalidad anacrónica). Cuando comencé a leer sobre aceleracionismo (incluyendo lo transmitido y sistematizado en 421), no lo hice sin Freud. Hasta acá la anécdota. La cuestión se empezó a tornar interesante al encontrar no sólo algunas sorprendentes convergencias entre el corpus aceleracionista y el freudiano, sino aportes cruzados que se podían hacer entre ambos dominios y que casi nadie efectuó.

Por un lado, reclamar la noción de pulsión para reconstituir una teoría del sujeto allí donde la aceleración lo pasa por arriba. Por el otro, importar críticamente premisas filosófico-especulativas aceleracionistas al ejercicio espiritual analítico, explorando aportes clínicos.

Después de todo, el dispositivo freudiano debe conducirse con lentitud aceleracionista: detenerse en los detalles para estallar los límites del sentido, tratando al enigma pulsional con el rigor de los súper-objetos, es decir, absteniéndonos del romanticismo energético y del sociologismo etológico.

La cuestión se empezó a tornar interesante al encontrar no sólo algunas sorprendentes convergencias entre el corpus aceleracionista y el freudiano, sino aportes cruzados.

En este texto voy a situar mis intuiciones preliminares sobre este cruce, denominado como aceleracionismo pulsional (acc/puls). Si se pretende acelerar ciertos sistemas, el capitalista incluido, sin implosionar la dimensión espiritual y carnal propias de lo humano, el artefacto cultural-pulsional nos permite una paradoja productiva: el tratamiento de la pulsión por lo simbólico frena la aceleración sin eliminarla ni reprimirla. En esto debería consistir cualquier dispositivo que se precie de tratamiento.

La verdadera originalidad de Freud no fue haber descubierto determinadas pulsiones, sino haber inventado un modelo de pensamiento cuyo núcleo es la pulsión. Más que una teoría psicológica, se trata de una alternativa al estructuralismo, al biologicismo y las neuropsicologías adaptativas. Esa lectura permite sacar a la pulsión del consultorio y convertirla en un principio para pensar lo político, la técnica o el aceleracionismo. 

Cual ontología orientada a objetos (OOO), lo pulsional mixtura sistemas complejos, experimentación abductiva, astuta racionalidad, contingencia en la acción, sueños diurnos de máquinas carnales y una disputa por el futuro humano. La pulsión es la pieza que le falta a los aceleracionismos, deprimidos en su marxismo anglosajón cognitivo.

Modelo pulsional starter pack

La pulsión es la noción más original y enigmática del psicoanálisis, y por ello necesitamos dar algunas precisiones para luego acelerarla.

Delimitación fronteriza entre lo anímico y somático, es una “medida de exigencia de trabajo, impuesta en lo psíquico en su trabazón con lo corporal” que es a la vez “agente representante de la representación” (Freud dixit). Una tensión que no es dualismo ni binarismo ni mucho menos maniqueísmo, donde importa su confluencia o desmezcle, siendo una u otra fluctuación la causa ulterior de lo vital o lo mortífero.

Un enigma es un planteo que exige una respuesta: “una pregunta sobre el deseo”, según Oscar Masotta. De ahí que todo saber, más aún acerca de la sexualidad y la muerte, concluye en un enigma, correlativo al abismo existente entre palabra y cosa. Esto es lo que denominamos pulsión, que es el intento inconcluso de Freud por superar el escisionismo cartesiano. 

Publicado en 1980.

Pero además tenemos toda la doctrina de las pulsiones parciales. La parcialidad no constituye una limitación de la pulsión sino precisamente su modo de existencia. Nunca existe una satisfacción plena ni un objeto definitivo; toda pulsión bordea un vacío y encuentra únicamente satisfacciones parciales.

La propia historia del término lo ilustra. El alemán trieb deriva del verbo treiben, que remite a impulsar, poner en movimiento, hacer brotar o conducir. Comparte raíz con drive y con deriva. Sin embargo, cuando se tradujo como "instinto" se contribuyó a un gran extravío que dio lugar a una lectura naturalista ajena al proyecto freudiano.

El instinto supone un objeto predeterminado y una finalidad adaptativa. La pulsión, por el contrario, carece de objeto natural, puede cambiar indefinidamente sus modos de satisfacción y depende de la inscripción del cuerpo en el lenguaje.

Esta diferencia no es meramente terminológica: gran parte de las críticas dirigidas al psicoanálisis, así como numerosos intentos de reducirlo a una psicología biológica, descansan sobre esa confusión.

En Pulsiones y destinos de pulsión (1915), Freud distingue sus cuatro dimensiones fundamentales:

-una fuente, localizada en un proceso corporal;
-un empuje (drang), que expresa la intensidad de la exigencia;
-una meta que apunta a alcanzar la satisfacción mediante la disminución de la tensión;
-un objeto, que es el elemento más contingente de la serie, ya que es el medio circunstancial para una satisfacción provisoria.

A partir de 1920, con la introducción de la pulsión de muerte, el modelo pulsional adquiere una radicalidad mayor. Abandona definitivamente cualquier comprensión homeostática del psiquismo, la vida anímica ya no puede describirse únicamente como búsqueda de placer: la compulsión a la repetición empuja hacia experiencias dolorosas o (auto)destructivas. Desde entonces, la clínica freudiana deja de organizarse exclusivamente alrededor de la satisfacción y pasa a considerar también el goce que insiste más allá del bienestar: el más allá del principio de placer.

Si Freud había mostrado que la pulsión no posee un objeto natural, Lacan sostendrá que tampoco persigue realmente un objeto perdido. Lo decisivo no es el objeto sino el recorrido de la pulsión alrededor de una falta estructural. La pulsión consiste precisamente en ese rodeo o circuito: encuentra satisfacción no al alcanzar una meta sino al repetir el movimiento que bordea aquello imposible de colmar.

En el Seminario XI del año 64' reorganiza las pulsiones parciales alrededor de cuatro objetos privilegiados: el pecho, las heces, la mirada y la voz. Las dos últimas (pulsión escópica e invocante) adquieren un estatuto especial porque muestran que la pulsión ya no depende únicamente de funciones biológicas sino también de dimensiones específicamente simbólico-imaginarias. La mirada no coincide con el acto fisiológico de ver (mirar no es ver), del mismo modo que la voz sobrepasa la palabra pronunciada: ambas funcionan como objetos petit a.

Histeria: un cuerpo acelerado

En Tres ensayos de teoría sexual (1905), Freud causa la indignación de la mayoría de sus contemporáneos postulando que la sexualidad infantil no se organiza alrededor de la genitalidad ni la reproducción, sino como una multiplicidad de pulsiones vinculadas a distintas zonas erógenas del cuerpo. La boca, el ano o la piel pueden convertirse en soportes de satisfacción. La sexualidad humana nace, por lo tanto, fragmentaria y polimorfa. Sólo posteriormente estas satisfacciones parciales se subordinan (nunca completamente) a la organización genital. El cuerpo freudiano no es un organismo cerrado sino una geografía erógena cuya cartografía depende de la historia del sujeto.

El cuerpo freudiano no es un organismo cerrado sino una geografía erógena cuya cartografía depende de la historia del sujeto.

Las neurosis demuestran las consecuencias de esa organización. En la histeria, por ejemplo, determinadas regiones corporales pueden adquirir una significación sexual desplazada, tal como la célebre tos de Dora como sustituto de la excitación genital. 

De nuevo la paradoja: el síntoma revela que el cuerpo pulsional no coincide con la anatomía biológica, pero el dolor psíquico se convierte en físico. Se trata de un cuerpo atravesado por significaciones, fijaciones y desplazamientos. El cuerpo histérico está tomado por la aceleración, y por ello se constituye como modelo para el tratamiento del afecto por vía de la palabra.

Pulsión, deseo, goce

Si el deseo pone algo en movimiento, el goce explica por qué ese movimiento insiste incluso cuando produce sufrimiento. En Freud ambos conceptos todavía aparecen relativamente mezclados bajo la problemática de la satisfacción pulsional. Será Lacan quien establezca una diferencia más precisa. El deseo adviene de la falta sin encontrar un objeto capaz de colmarlo definitivamente y, precisamente por eso, permanece abierto. Desplaza, inventa, produce nuevas significaciones y mantiene vivo el movimiento del sujeto. No apunta tanto a obtener un objeto como a sostener una distancia respecto de él.

Por todo esto, cuidado: el axioma que dice que el deseo se extingue al alcanzar "su" objeto es precisamente la neurosis.

El goce, en cambio, ya no depende de la falta sino de la repetición. Allí donde el deseo busca, el goce insiste y queda fijado. Mientras el deseo se desplaza de objeto en objeto, el goce vuelve una y otra vez , incluso cuando esa repetición resulta dolorosa, destructiva o mortificante.

Recapitulemos:

-Freud distingue placer de pulsión. Para él la pulsión alcanza una satisfacción siempre parcial y provisoria cuando logra cumplir su meta, que puede no ser placentera. Estamos aquí en los límites de la velocidad moderna. 

-Lacan radicaliza esta idea al mostrar que la pulsión no encuentra su satisfacción alcanzando un objeto, sino repitiendo el circuito que lo bordea. El nombre de esa satisfacción específicamente pulsional es "goce". 

El goce no designa un "placer intenso" sino la modalidad paradójica mediante la cual la pulsión se satisface. Un territorio complejo donde se cruzan anhelo, exceso, sufrimiento y los propios límites de la constitución subjetiva. Una relación con la imposibilidad misma.

El empuje al goce, mandato superyoico posmoderno, resulta bien retratado en Fanky de Charly García, dando cuenta del pasaje de la velocidad a la aceleración: 

Por eso no quiero parar
Ya no tengo dudas
No voy a bajar
Déjalo que suba
Gozar, es tan parecido al amor
Gozar, es tan diferente al dolor 

Todo esta glosa apunta a una desambiguación pero sobre todo a una advertencia: si todo es goce terminamos en un conductismo lacanioso, es decir, una hipergocemia que destruye las sutilezas y autolimitaciones del aparato clínico-conceptual comenzado por Freud, trastornando su potencia subversiva en esnobismo pseudo académico.

Máquina gozante: capitalismo según Lacan

La distinción deseo/goce permite comprender mejor el desacuerdo de Deleuze y Guattari hacia el psicoanálisis, dirigido a su contemporáneo Lacan; pero también resulta especialmente fecunda para pensar el aceleracionismo. 

Cuando critican el psicoanálisis por reducir el deseo a la carencia, su interlocutor privilegiado sigue siendo, en gran medida, un cierto Freud y una determinada lectura estructural del deseo. De allí que propongan reemplazar la lógica de la falta por una ontología de la producción: el deseo no carece de nada sino que produce realidad. 

Deleuze y Guattari primero, y Nick Land luego, han trabajado desde el concepto de máquina deseante (desarrollado aquí), que es precisamente el nombre de esa productividad inmanente.

Sin embargo, la noción lacaniana de goce desplaza el problema hacia otro terreno. Lo decisivo ya no es si el deseo nace de una falta o de una potencia productiva, sino explicar por qué el sujeto repite aquello que lo hace sufrir. El capitalismo no captura únicamente el deseo sino la estructura pulsional del goce.

En 1972 Lacan presenta en Milán una formalización realmente adelantada a su época, o al menos lúcidamente a la altura: el discurso capitalista. Partimos de aquí para distinguir y articular la máquina deleuziana y el goce lacaniano. 

En El Anti-Edipo sostienen que el inconsciente no representa sino que produce: “no es un teatro sino una fábrica”. El deseo deja de ser carencia para convertirse en producción maquínica. Las máquinas deseantes son acoplamientos que producen flujos, cortes y conexiones. Lacan tampoco describe un intercambio simbólico tradicional sino un dispositivo de producción de plus-de-goce (plus-de-jouir).

Mientras que la máquina produce deseo, el discurso capitalista produce sujetos que consumen ese deseo bajo la forma del goce. Donde Deleuze construye una ontología del deseo, Lacan termina construyendo una economía del goce.

Esto sí fue registrado por Benjamin Noys, aunque a mi modesto entender desde una lectura algo parcial y negativa de la noción de goce, pero igualmente amerita trabajarlo en otra ocasión.

Ahora bien, cuando Land lee El Anti-Edipo radicaliza esta tesis. Ya no existe sujeto ni falta, sino sólo procesos automáticos de aceleración. Ya no habría un Amo clásico ni nada parecido. En cierto sentido, el capitalismo deja de ser una formación histórica para convertirse en una inteligencia inhumana. Curiosamente, el discurso capitalista de Lacan parece describir el mismo movimiento desde otro lugar.

Los 4 discursos junto con el Capitalista, cuyo bucle rompe la topología signada por la imposibilidad aun manteniendo las mismas 4 letras: $ (sujeto), S2 (saber), a (plus de goce) y S1 (significante Amo). Será el trastocamiento de la relación entre los lugares (que son, de abajo a la izquierda, Verdad, Agencia, Otro, resto/producto) lo que le otorga su eficacia maquínica.

Allí donde todo discurso, por ejemplo el del Amo (que es el discurso de lo inconsciente) encuentra su limitante respecto al acceso a la verdad (el lugar de abajo a la izquierda), el capitalista elimina todo punto de imposibilidad, arrojando al sujeto a un acceso inmediato (fetichista) al objeto. El circuito gira solo, la máquina funciona. 

El capitalista elimina todo punto de imposibilidad, arrojando al sujeto a un acceso inmediato (fetichista) al objeto. El circuito gira solo, la máquina funciona.

Land describe al capitalismo como una máquina sin sujeto, Lacan como un discurso que rechaza la castración. Aunque no exista como tal, desde el corpus lacaniano hablaríamos de máquinas gozantes, siendo el discurso capitalista totalmente maquínico dado que:

-transforma entradas en salida;
-genera objetos y exceso de producción;
-acelera la circulación y elimina detenciones;
-reduce la mediación simbólica.

El discurso capitalista muestra cómo la producción de la máquina deleuziana se organiza mediante posiciones estructurales del sujeto, el significante y el goce, eliminando cualquier rodeo propio del lazo social. Una consumación donde el propio sujeto termina funcionando como un objeto de goce. Comprá, consumí, actualizá, likeá, scrolleá. La inmediatez obliga a repetir indefinidamente el circuito.

A continuación una aplicación posible del discurso capitalista, donde se reemplazan las letras originales por términos coloquiales, resaltando el lugar secundario del agente, consumidor de sí mismo:

Del obrero que vende su fuerza de trabajo (Marx) al sujeto que además de venderla pone en circulación su goce. Es esta sutileza lo que muchos marxistas omiten y que, por caso, el peronismo supo leer: la grandeza de la Nación pero antes la felicidad del pueblo.

El capitalismo no produce únicamente mercancías para el sujeto, produce al sujeto mismo como mercancía y como fuente de plus de goce.

Humanismo pulsional

Deleuze y Guattari describen algo parecido cuando hablan de los flujos desterritorializados. El capitalismo libera flujos para inmediatamente volver a capturarlos, nunca deja que circulen completamente. La aceleración siempre produce una nueva captura.

Los loops de retroalimentación resultan entonces analogía del circuito pulsional en su versión primera y homeostática: los loops positivos como goce y los negativos como la interdicción del saber, pero recordando que todo saber eventualmente implica una satisfacción pulsional, goce de sentido o, en criollo, paja intelectual.

Para Deleuze las máquinas deseantes siguen siendo máquinas del inconsciente. Para Land son procesos técnico-económicos autónomos y autopropulsados (IA, el mercado cripto, los algoritmos, etc.). Aquí la mutación filosófica: la máquina deja de ser psicológica, se vuelve cosmológica. Pero en ese alejamiento de lo psi es que inesperada y paradójicamente podemos retomar la cuestión humana por vía de la pulsión.

A la vez podemos tender un diálogo entre Freud, Lacan, Deleuze y Guattari, y Land sin reducir unos a otros, formulando una tesis que, hasta donde conozco, no ha sido desarrollada sistemáticamente: el aceleracionismo no acelera el deseo sino el circuito pulsional. Lo pulsional contiene aquello que Land termina privilegiando: automatismo, repetición, circuito, impersonalidad, indiferencia respecto del objeto y una dinámica que puede prescindir del sujeto consciente. La pulsión como el verdadero "motor" metapsicológico del aceleracionismo, siendo el deseo apenas uno de sus efectos subjetivos. 

¿Realizó Land, inconscientemente, una ontología de la pulsión? La máquina landiana como una emancipación de la pulsión respecto del sujeto psicológico. Land retroilumina a Freud no porque éste vaticinara el capitalismo digital sino porque la lógica formal de la pulsión describe mejor que muchas teorías cibernéticas la dinámica de las máquinas contemporáneas.

Land retroilumina a Freud no porque éste vaticinara el capitalismo digital sino porque la lógica formal de la pulsión describe mejor que muchas teorías cibernéticas la dinámica de las máquinas contemporáneas.

Por ello es que resulta pertinente una toma de consciencia crítica respecto a los usos posibles de la pulsión para encauzar la discusión y acción política aceleracionistas. Nuestro sistema de seguridad humano, además de valerse de los diques kantianos y de derechos, debe incluir también el tratamiento simbólico del real que implica el goce en el cuerpo.

Pulsión: anacronismo retrofuturista 

Con pulsión referimos a una episteme o sistema de pensamiento, subversivo por lo inquietante, un enigma significante hecho carne. El circuito pulsional tiene la potencia de relevar a la retórica cognitiva (sea de izquierda o de derecha) allí donde su ilusión a veces mesiánica de “retroalimentación” se desnuda más bien como autolimitación, técnica antes que ética. Hablamos de una noción retrofuturista con la capacidad de proyectar un post-capitalismo con espacio para la singularidad y lo común, entendiendo a la primera menos como en las ciencias humanas que como la concibe la mecánica cuántica.

Ampliar el campo de batalla pulsional desde el aceleracionismo permite repensar el tratamiento de problemas anímicos complejos: impulsiones, adicciones, estados anhedónicos, lo traumático, el desamparo y la desafiliación.

¿Qué es la depresión ansiosa sino la expresión subjetiva y en bruto del aceleracionismo?

Lo inconsciente es lo “por defecto” [default] humano. El hackeo freudiano consiste en una poiesis bizarra (valiente), espiritualmente encarnada, donde el algoritmo neurótico comienza a arrojar sentida poesía. De ahí la vigencia de un dispositivo fallidamente moderno para combatir al capital tecno-exotérico.

Fuente: Carmen Casado/The Guardian.

En un psicoanálisis no se pueden hacer muchas cosas, sino solamente una, presente desde sus inicios, previa pero inexistente antes de su fundación, y que de hecho le otorgó su especificidad: el arte de afectar la realidad sin desmentirla. Hablamos de operar lo afectivo en su materialidad misma, causando un trabajo de fantaseo contrario a la alienación. Una intensidad sutil que permite estar en silencio con los fantasmas. 

Afectar la realidad consiste en desentrañar sus montos anímicos, que son cantidades mórbidas colapsadas de data (analógica y etérea) pero totalmente carentes de sentido. Y no me refiero a Internet, la IA o ese tipo de cosas, sino a lo digitado del lenguaje.

Desde lo dicho, visto y oído hacemos que el dato atraviese la carne, haciendo que el dígito pase a través del fallido. De esta grieta intentamos un habitable abismo deseante. Poder mirar y hablar el abismo sin tener que arrojarse.

Suerte de transmutación, de eucaristía más o menos laica. Hacer consciente lo intangible, operando lo inconsciente en lo tangible. Si agrietada, torcemos la realidad allí donde lo digital la hace invivible.

Lo inconsciente se funda al romper la virtualidad de la repetición y deja de ser mera neurosis de destino para funcionar como una hiperstición, siendo la pulsión su materia prima: acc/puls.

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