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La figura del nerd: ¿De ícono sexual a consumidor deserotizado?

En su edición del 9 de febrero de 2024, la revista 032c (una publicación online dedicada a pensar la moda desde un enfoque propio de la sociología de la cultura, sin por eso privarse de vender productos de su propia marca de prendas prêt-à-porter) publicó un muy interesante artículo en torno a la injerencia que tiene la figura del nerd para pensar cuestiones de índole erótica. O sea, la fuerza actual que tiene el nerd como subjetividad híper-erotizada, hasta el punto de que el propio discurso especializado de investigadores o fanáticos de la cultura masiva (dos posibles desprendimientos de los nerd, aunque claramente se roza con lo que llamaríamos geek) parecerían emular, y aquí recupero las palabras del filósofo esloveno Slavoj Žižek, un discurso de alto contenido "sexy". La lectura de Žižek es por demás estimulante (y cuidado con el adjetivo), pero también vale la pena señalar que no está por fuera del verdadero campo simbólico que incluye a todos los demás, o mejor lo decimos con palabras del filósofo Gilles Deleuze y el psicólogo Felix Guattari: la máquina de máquinas que hace que todo funcione. Sí, adivinaron: el capitalismo. Žižek armó en 2003 una suerte de ensayo aforístico acerca del vínculo simbólico entre saber y sexualidad en un catálogo de la marca "casual y para todo uso" Abercrombie & Fitch, el A&F Quarterly, y allí dijo cosas como las siguientes:

“No way to escape sex—Even in pure mathematics, it will haunt you: How much energy is released when two bodies hit each other? Or is it that pure mathematics is much sexier than sex?”
"No hay manera de escapar al sexo. Aún en las matemáticas más puras, te seguirá persiguiendo: ¿cuánta energía es liberada cuando dos cuerpos chocan entre sí? ¿No será que las matemáticas puras son más sexys que el sexo?"

El catálogo mostraba a jóvenes emulando adolescentes "volviendo a clases" que, además de concentrarse en cuerpos vigorosos, exultantes y looks que seguían el patrón "James Dean con anteojos", también incluía una onda soft porn de desnudos con colores cálidos que hoy resultaría un tanto más complicado proponer por su obvia relación entre menores de edad y sexo. Pero lo que sin dudas también evidenciaba era el lugar preponderante del conocimiento, de cierto conocimiento, al menos, a la hora de pensar la atracción sexual. El revés de lo que propone Žižek es evidente: el sexo no es una práctica intuitiva, sino que necesita estudio, ensayo, paciencia, aplicación. Lo que en el siglo XVIII, con el Marqués de Sade a la cabeza, podía pensarse como un lema de los libertinos, en la actualidad (en los últimos veinticinco años) debe articularse como un "saber del nerd", como un tipo de conocimiento específico del cual la figura del que sabe puede resultar una metáfora: el nerd comparte con el libertino la aplicación a un saber puntual, de ahí la semejanza que habilita la figura retórica.

Una de las páginas del catálogo de A&F Quarterly

Lo curioso de todo este proceso es que está lejos de ser nuevo. Al menos, excede al recorte usual de los años dos mil. La nota de 032c sostiene una escueta genealogía del nerd como sexy situándola a finales de los noventa, con la inminencia del cambio de milenio y el llamado "efecto Y2K" en lo que se refiere a este nuevo tópico. Sostiene la publicación que se pasó de "parecer nerd" en el comienzo del 2000, con los anteojos, con la idea de mostrarse como un experto puntual en algo (no solamente libros o matemática) o con el uso de prendas identificadas con lo nerd, pero ajustadas a esbeltos cuerpos y poses totalmente pensadas de antemano, a "serlo": cuanto más experto se podía mostrar una persona del stardom, más chances tenía de crecer dentro de un público espectador ávido de ver a su estrella hablando, como suele pasar ahora, de actividades identificadas con el nerdismo, como jugar a LOL, D&D o cualquier TCG. Las máquinas pueden ser sexys, como lo vemos en algunas películas de David Cronenberg, director atento a la "líbido expandida", pero los sujetos (¿devenidos máquinas?) lo pueden ser más aún.

El nerd comparte con el libertino la aplicación a un saber puntual, de ahí la semejanza que habilita la figura retórica.

Efecto democratizador o efecto de mercado (o ambas cosas a la vez), la práctica de pocos comenzó a expandirse de tal manera que hoy no es raro pasar un fin de semana con amigos o parejas jugando un board game mientas algún neófito pregunta por cosas del lore marveliano para no quedarse tan afuera de la última película o serie (aún cuando las pelis de superhéroes parecerían estar a la baja). Y de ahí: tener algo nerd pareció convertirse en un elemento atractivo. Inclusive, su revés, el incel, parecería funcionar también bajo la misma lógica de sexualización de lo nerd. Allí no habría una oposición, sino un complemento: el odio, propio de la frustración de la identidad incel, tendría más que ver con reflujos fascistas de una ya asentada subjetividad preponderante en el mercado. Como todo reflujo, puede durar un tiempo largo o corto, pero responde a algo mucho más complejo que es esta sexualización o represión a viva voz de la subjetividad tardocapitalista. El nerd es el patrón de consumo, analizarlo es entender cómo funciona el capitalismo contemporáneo y, a su vez, las contradicciones de las que se alimenta o sobre las que se organiza.

Pero, si esta modelo no es nuevo, ¿cuál sería su "origen"? O mejor, para no someternos a una lectura interpretativa que explica lo actual por su punto cero: ¿qué antecedentes podemos encontrar en la cultura masiva de décadas anteriores acerca de la sexualización del nerd?

La venganza será terrible

Póster de la película Revenge of the Nerds (1984)

Aparecida en 1984, Revenge of the Nerds (traducida aquí como La venganza de los nerds), dirigida por Jeff Kanew, fue un filme que inició una franquicia compuesta por cuatro películas, las cuales seguían un poco esa estela de cintas que giraban en torno a esa otra cosa que acompaña a la identidad nerd, o acompañaba, al menos, en este tumultuoso punto de partida que hemos elegido: la iniciación sexual. Títulos como Porky's (1981), The Last American Virgin (1982) y Fast Times at Ridgmont High (1982) ya habían resultado obras exitosas que mostraban el "picante humor" de tener sexo por primera vez, al mismo tiempo que trabajaba con los vínculos sociales de los jóvenes, sus interpretaciones de la realidad y también las frustraciones que formarían su personalidad (cosa mucho más evidente en la última película de esta humilde lista, dirigida por un también joven Cameron Crowe). Ahora bien, en todas esas películas el nerd es uno más: no está en el centro de la escena y, si lo está, es más un comic relief antes que lo representado por el personaje que sostiene la peripecia humorística. La cual, como todos sabemos desde Aristóteles, indica que una comedia empieza mal y termina bien (a diferencia de la tragedia, claro). Puede pasar que el protagonista tenga "algo de nerd", pero no está del todo integrado en un tipo, o sea, no encarna una tipología. Siempre tiene otros condimentos que lo hacen más personaje que estereotipo, al menos, al comienzo: en ese sentido, el personaje de Judge Reinhold, el goofy looking Brad Hamilton, posee sólo esa característica de lo que después será un modelo más cerrado y, aparentemente, más unidimensional de lo nerd.

Ser gordo hoy
El concepto de “gordo” se resignificó en internet y la obesidad hasta puede ser una expresión de identidad, pero entraña múltiples estigmas y genera muchísimos problemas.

A diferencia de las películas anteriores, Revenge of the Nerd muestra de manera plena el estereotipo del nerd, consolidando una imagen que venía construyéndose desde los cincuenta y sesenta, y había empezado a adquirir un uso mucho más extendido en la cultura americana de los setenta. En esa película, Lewis Skolnick (interpretado por el recientemente fallecido Robert Carradine, sí, el hermano del protagonista de Kung Fu) y Gilbert Lowe (Anthony Edwards, quien luego encontraría un rumbo médico en el drama E.R.) ingresan al Adams College con claros intereses de dedicarse al estudio de la programación y la robótica. Los miembros de la fraternidad Alpha Beta, comandados por Stan Gable y cuyo "campeón" no era otro que Frederick Aloysius "Ogre" Palowaski, representaban un colectivo más amigo del fútbol americano que de la mínima empatía.

Lo nerd dejaba de ser solamente una forma de identificación de alguien con escasas habilidades sociales y dueño de un conocimiento admirable (sobre una sola cosa) para convertirse en plataforma de nuevas indagaciones eróticas que se amigaban con el deseo.

Por cuestiones de la historia, procedían a tomar las habitaciones de los recién llegados rechazados por todas las otras fraternidades, y así un grupo de misfits termina armando una duradera amistad, primero, en la cancha de basketball y después en una flamante casa, ahora adoptados por los Lambda Lambda Lambda (una fraternidad de afrodescendientes). Lewis y Gilbert representan los dos espectros de lo nerd: el primero es extrovertido, confiado y tiene muy en claro que la vida universitaria implica la posibilidad de conocer chicas. Gilbert, por otro lado, es tímido, le cuestan las relaciones sociales y será, al final de la película, el que verdaderamente se convierta en el héroe, ya que pasa de ser alguien cerrado a convertirse en portavoz de la igualdad entre los grupos opuestos. Del lado de los nerds encontramos también una fuerte presencia de los afrodescendientes, no sólo por la fraternidad que elige protegerlos, sino también por la presencia de personajes como Lamar, interpretado por Larry B. Scott, quien además asume con contundencia su identidad queer, lo cual permite generar un fuerte contrapunto con los blancos, heterosexuales y violentos de los Alpha Beta.

Lewis y Betty luego de su primer (y polémico) encuentro sexual

Vía Lewis, encontramos la sexualización de lo nerd en todo su esplendor: el personaje no deja de ser optimista, sabe a quién quiere conquistar y hace todo lo posible para lograr vincularse con Betty Childs, la novia de Stan, cosa que logra en un juego de feria disfrazado de Darth Vader. En esa primera relación sexual, la cual concluye la peripecia de Lewis (Gilbert tendrá, como se anunció en el párrafo anterior, un destino más político en el sentido tradicional del término), el personaje afirma que hace bien el amor (disculpen el uso de un castellano neutro de película de los ochenta) porque es nerd, y los nerd piensan todo el tiempo en el sexo, en oposición a los "atletas" que piensan todo el tiempo en deporte. Es interesante ver cómo Lewis, con todo lo claramente criticable (¡de una película de hace 42 años!) en torno a la idea misma de "conquista" de Betty, que supone el engaño de identidad, pone por delante la dimensión erótica por sobre la más prolija y ordenada vida corporal de los atletas: son dos usos diferentes de los cuerpos, uno para el amor, otro para la guerra (porque, claro está, los Alpha Beta son duramente entrenados en algo que parece menos un deporte que la colimba, comandada por el entrenador, John Goodman).

Póster de Weird Science (1985).

Esa sexualización de lo nerd comienza a funcionar con fuerza, desde este filme en adelante, como un subgénero de las películas de iniciación sexual adolescente, con hitos como Weird Science (1985) y con formas más elaboradas del drama juvenil que incluyen a la identidad nerd, ya mucho menos estereotipada, como The Breakfast Club (también de 1985). Justamente, en esa misma película, a cargo del prolífico John Hughes (director de ambas), se terminaba la historia de los cinco adolescentes menos asumiendo su tag social (el deportista, el rebelde, la princesa, la rara, el nerd) que subrayando la inutilidad de esas identificaciones, como si hubiese un trasfondo mucho más complejo detrás de cada uno de esos nombres.

Pero el proceso de sexualización ya había sido iniciado: lo nerd dejaba de ser solamente una forma de identificación de alguien con escasas habilidades sociales y dueño de un conocimiento admirable (sobre una sola cosa) para convertirse en plataforma de nuevas indagaciones eróticas que se amigaban con el deseo. Lewis Skolnick empieza a ser el modelo de un nerd sexualizado, erótico, atractivo, que pone el deseo por delante y no lo reprime en una especie de caparazón social. Si bien hubo un intento de transformar a la afamada película en una serie de televisión (con un piloto que hasta usó footage de cinta original para hacerse), hubo que esperar a la década de los dos mil para que la figura del nerd tuviera un protagonismo fuerte, ya no como comic relief, como pasó en varias series de los noventa, sino como personajes con contradicciones y desafíos por superar. O sea, narrativamente, subjetividades con una sexualidad distinta a esta representación pícara de los ochenta.

Sin bandera

El gran hito dentro de la televisión norteamericana en representar a la figura del nerd es, sin dudas, The Big Bang Theory (2007-2019). Con casi 300 episodios en su haber, en esta historia cuatro amigos, Leonard, Sheldon, Howard y Raj, veían su mundo cerrado e incel (al menos, para tres de los cuatro) conmovido por la presencia de una vecina, Peggy, quien encarnaba la white trash de/en la costa oeste del país del norte. Ella representaba en todo sentido el lugar de la sexualidad en esa mónada de científicos de las ciencias duras: cerca, en el departamento de enfrente, pero de difícil comprensión y misteriosa en sí.

Escena de The Big Bang Theory: "Fun with Flags".

¿Qué desea? ¿Cómo se comporta? ¿Qué podría pasar si se abre la interacción con esa figura ominosa? La exuberante Peggy no tardará en convertirse en el objeto amoroso de Leonard, protagonista de la serie, quien luego irá perdiendo territorio a medida que Sheldon, una suerte de "nerd de nerds", empiece su particular periplo de transformación. Sheldon representa lo más abstracto de lo abstracto, inclusive, en su orientación en el saber: un físico teórico que desprestigia cualquier aplicación práctica de conocimiento (de ahí la tensión con Howard, apenas un ingeniero). Resulta hasta paradójico y totalmente in character que Sheldon sea fanático de las banderas del mundo: lo único que sabe de la realidad son los símbolos, no pone en juego nada puntual, preservando su intimidad y hasta abogando por mantener lo más que se pueda la rutina diaria que armó con su roomate Leonard. La dinámica de la serie entre lo femenino y lo masculino replica un poco el modelo de Friends, en donde tenemos también dos departamentos identificados con el lugar de la mujer y el lugar del hombre, sólo que aquí, al menos, en el planteo inicial de la serie (que en su piloto tenía una nerd femenina desde el comienzo), lo masculino es cerrado y plural y lo femenino es abierto (al contacto social) y singular.

Desde lo ochenta en adelante se ha convertido a la identidad nerd como el patrón para las subjetividades, reconduciendo la energía libidinal hacia el consumo y no hacia lo erótico (que siempre implica un contacto con el otro).

El proceso de transformación de lo nerd empieza así a resultar sintomático de esta transformación del nerd sexualizado de los ochenta al nerd asexual de los dos mil: Sheldon, como modelo de lo nerd, si bien sigue la lógica del estereotipo, parecería el súmmum de la falta de contacto con el deseo enfocado en el sexo y transforma eso en un rasgo de su personalidad fundante. No quiere ver su vida alterada, no quiere conocer a nadie, rechaza cualquier tipo de relación que incumba el contacto físico. El saber está puesto no como un camino hacia lo erótico, sino como su forma de cerrarse sobre sí y rechazar abiertamente esa condición. Eso no quita que luego, cuando conozca a Amy, en el desarrollo esperable de una serie tan larga, se tope con un desafío: amigarse con su naturaleza libidinal en sentido pleno y redirigir esa energía al acto físico y la amistad. Todo el arco de Sheldon implica esa apertura hacia lo otro, hacia el afuera: así como se suman personajes femeninos a la serie, equiparando la pluralidad de los miembros masculinos, el efecto de contagio hace que ingrese también la pregunta por las relaciones sociales en alguien que rechazaba todo intento de vinculación. El éxito de la serie se apoya más en la identificación subjetiva con un personaje que no pone lo sexual como primera búsqueda. Insisto: esa peripecia del personaje, marcada luego por la serie, su transformación y adecuación a esa vida social que tanto posponía, no quita el hecho de que la presentación de esos rasgos individualistas hayan promovido la popularidad del producto. Se podría hablar de una "evolución" de la figura del nerd, tal como lo postula un breve video de la página IMDB sobre tal posible fenómeno, pero eso supondría que un modelo de lo nerd es mejor que el otro. Pero en verdad hay solo un funcionamiento diferente de esa figura. ¿A qué se puede deber esa transformación?

Sheldon Cooper (CBS).

Con todas las complejidades del caso, es probable que haya que pensarlo en sintonía con la organización libidinal del tardocapitalismo. Por más que vivamos en tiempos de un reflujo fascistoide de las subjetividades (digo: el regreso del varón heterocis que asume la violencia como camino, el mundo de los "atletas" incels), es interesante ver cómo la lógica del consumo de mercancías se alía con ese modelo del nerd que reconduce lo libidinal hacia un saber específico. El saber no se "abre" a lo sexual, como en la lógica pícara (no podemos decir "picaresca", eso sería otra cosa) de los ochenta, sino que se "cierra" sobre lo que sabe, profundizando el desarrollo de su modo de consumo. Sheldon todo el tiempo sabe puntualmente lo que quiere, lo que lee, lo que toma, lo que come, cómo se viste: una neurotización tal de su vida cotidiana responde a este modo de concentración sobre los elementos de su rutina, transformándolo en el consumidor híper-específico de nuestro presente. ¿No somos todos "nerds" en cuanto sabemos claramente lo que queremos con lujo de detalles? ¿Y que eso que queremos pueda pedirse con tal especificidad en nuestras rutinas de consumo, tanto en el modo en que compramos productos (más vía internet), como en lo que esperamos ver en un bien de la llamada "industria cultural" (término acuñado por Adorno y Horkheimer que parece haber perdido su capacidad crítica para convertirse en un concepto positivo)?

Así, Sheldon es el opuesto diacrónico histórico de Lewis: no quiere saber nada con el otro, prefiere consumir en soledad, se queda con su saber. Que después termine la serie ganando el Nobel y admitiendo con matices sus sentimientos, o que se abra al intercambio sexual (casi como favor) de una Amy que parece por momentos muy cercana al comportamiento del Lewis de Revenge of the Nerds no revela otra cosa que la más irritante verdad: desde lo ochenta en adelante se ha convertido a la identidad nerd como el patrón para las subjetividades, reconduciendo la energía libidinal hacia el consumo y no hacia lo erótico (que siempre implica un contacto con el otro). Lo que veíamos al comienzo se complejiza: el nerd es erótico porque es imposible, un objeto de deseo que no desea.

Habría que pensar de qué modo las variaciones en las formas de la sexualidad y de la autopercepción, en su claro avance por sobre los modos heteronormados de identificación, no deja de tener, como todo dentro del capitalismo, su funcionamiento ambiguo y hasta preocupante: la necesidad de poner por delante la etiqueta antes que al sujeto en sí, la tipología antes que los seres reales. El cierre de la sexualidad en lo nerd, la lógica incel implantada hoy como modelo para pensar las derechas extremas, convive con un mundo en donde otras formas de vida sexoafectiva son reconocidas y respetadas. Esas tensiones políticas internas ya están en la representación de lo nerd en la pequeña o gran pantalla: el atractivo de lo distante y cerrado sobre sí reemplazó al misterio de conocer a un otro. Las propias aplicaciones para conocer gente siguen este modelo: el erotismo ha perdido la pregunta por conocer a alguien y se ha transformado en una lógica de consumo bastante rutinaria. Antes de saber del otro, tenemos que tenerlo identificado en una grilla perfecta que me permita saber qué quiero antes de encontrarme con la realidad. Lo nerd permita pensar lo peor: el devenir objeto de consumo de una actividad tan humana y aparentemente alejada del fetichismo de la mercancía como (meloso redoble de tambores) el amor.

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