¿El Estado es algo obsoleto o nuestra última esperanza? Entre la crisis del 2001 y la IA de Silicon Valley, cabe preguntarse si el aparato público debe (y puede) reconducir la aceleración capitalista. ¿Mito nostálgico o una épica frente al colapso? ¿Podemos hackear el futuro o solo nos queda mirar?
Cursé Ciencia Política en la primera década del siglo. La crisis del 2001 todavía nos respiraba en la nuca: de hecho, me había anotado en esa carrera después de haber participado en una asamblea popular en la plaza de mi barrio. Allá por el 2005, pocos años después del colapso y cuando ya caminaba por los pasillos de Sociales, la revalorización de lo público era parte del clima de época: el Estado era el motor del desarrollo y el instrumento para llevar adelante un nuevo modelo de país. Conquistarlo, era el lema, para después fortalecer un proyecto emancipador. Sonaba mucho “Juguetes perdidos” de fondo, muchas banderas en tu corazón.
Y, de paso, que sirva de tributo.
Ahora un flashforward a 2020. En octubre de ese año, un funcionario del gobierno nacional me mandó un mensaje a mi celular: quería sumarme al equipo que iba a crear el Consejo Económico y Social (CES), un foro para pensar políticas de largo plazo en la Argentina. Yo estudiaba ese tipo de experiencias en el marco de mis estudios doctorales. Necesitaban, me dijo, a un especialista para redactar el proyecto de creación del Consejo. En él iban a participar las uniones empresarias (fundamentalmente la Unión Industrial Argentina - UIA, pero también la Sociedad Rural y otras cámaras) y los trabajadores (con el liderazgo de la CGT), además de universidades nacionales y centros de estudios. El objetivo del entonces presidente Alberto Fernández (o, al menos, lo dicho públicamente por él) era construir un gran acuerdo nacional para diseñar políticas de Estado.
No hace falta el spoiler alert. El Consejo Económico y Social se creó por decreto en febrero de 2021, se hicieron más de una docena de reuniones y para finales de 2022 estaba desmantelado: Nada salió de ahí. Las grandes entidades patronales lo boicotearon, los gremios se despegaron y el gobierno nunca impulsó debates sustanciales. Las propuestas sobre inteligencia artificial fueron para la tribuna, puro humo. No hubo voluntad política, apoyo corporativo ni imaginación como para meter el cuchillo más profundo.
Ambas experiencias (y muchas otras) marcaron mi interpretación sobre lo público: existe una brecha entre ese Estado que debería estar al servicio de la transformación social, y las políticas concretas que se llevan adelante en su nombre. Es la distancia entre el deber ser y el ser. Entre las posibilidades de algo y sus condiciones materiales. Entre la mirada idealista versus la realista. Es el software y el hardware, el corazón que late y el músculo que hace. Distingámoslo según el marco teórico que queramos. Pero la primera dimensión nos habla del papel que debe tener el Estado; y, la segunda, de los fierros, de lo que es capaz de hacer el aparato público en (y con) esta realidad compleja que nos toca vivir.
Existe una brecha entre ese Estado que debería estar al servicio de la transformación social, y las políticas concretas que se llevan adelante en su nombre. Es la distancia entre el deber ser y el ser. Entre las posibilidades de algo y sus condiciones materiales.
Advierto: no voy a dar ninguna respuesta; así que, quien espere eso, puede abandonar ahora. Solo busco dejar algunos disparadores para, espero, imaginar qué Estado queremos y cuál podemos tener.
Pero, antes que nada, una pregunta previa.
¿Por qué discutir al Estado?
No soy inocente. Sé que el Estado contemporáneo atraviesa una crisis tanto de capacidad política como de legitimidad. Es como la frase de Los Simpson: “del que nadie esperaba nada, nada está haciendo”. O, en verdad, el Estado hace, pero cada vez menos y de peor manera.
No todo es su culpa, navega un contexto complicado: el retroceso de las políticas de bienestar a partir de los ochenta, el deterioro progresivo de la participación política en las democracias occidentales, la crisis de representación. Y, por supuesto, un mundo cada vez más globalizado, y que hace muy difícil tomar decisiones soberanas dentro de fronteras agujereadas por los flujos globales de capital. ¿Cómo definir una política para el mercado de trabajo argentino si las tecnologías que más van a impactar sobre él se desarrollan, pongámosle, en Silicon Valley, a miles de kilómetros de distancia? ¿Cómo decidir sobre Internet si las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) dominan el mercado a escala global?
A la paradoja territorial (lo territorializado intentando legislar sobre lo desterritorializado) se suma el poder desproporcionado del capital. ¿Cómo plantarse frente a, digamos, Elon Musk, si su riqueza, estimada en U$S 782 mil millones, es mayor que lo que produce anualmente un país de 48 millones de habitantes (el PBI argentino fue de U$S 638 mil millones en 2024)?
En criollo: el bacalao, ahora más que nunca, no se corta en el sillón de Rivadavia.
Por eso, no es extraño que la gente busque nuevas alternativas políticas cuando va a votar. La crisis del Estado Nación es también la crisis de la democracia representativa occidental. Estado y democracia entran en el mismo saco que La Libertad Avanza, Vox, AfD y demás derechas globales cagan a patadas. Pero la retórica antiestatista no es exclusiva de los populismos neoconservadores. El aceleracionismo (en su vertiente landiana), esa filosofía que adoptaron los CEOs de las Big Tech (nuestros Lex Luthor de carne y hueso), es, quizás, la ideología que mejor sintetiza los tiempos actuales, tanto por sus definiciones como por sus bizarreadas meméticas. Ellos nos dicen: el capitalismo es una fuerza productiva inexorable, desbocada, a la que ni el aparato estatal ni nadie puede ya detener. Hay que soltar el volante, poner quinta y dejarnos arrastrar a toda velocidad hacia el colapso.
Vamos al lugar común: es más fácil imaginar el fin del mundo y coso. Porque es cierto: estamos cada vez más convencidos de que nos espera un destino apocalíptico, y tampoco dentro de mucho tiempo. Las hipersticiones y las fantasías sci-fi calaron fuerte, y, desde luego, también colaboró la realidad angustiante del día a día. Hay futuros a la carta, pero todos siniestros. Nos puede tocar uno de señores tecnofeudales, dueños de ciudades-Estado (el Tokio de Akira o el de Ghost in the Shell); otro en el cual las máquinas derroten a la humanidad (como en Terminator o en Matrix); uno en el que empresas todopoderosas nos digan qué hacer (Weyland-Yutani en Alien o Tyrell Corporation en Blade Runner); un tecnofascismo espacial a lo Warhammer 40.000; o, por qué no, un futuro (algo más divertido) madmaxeano, al estilo Fallout.
Puede que sí, que un escenario ciberpunk sea el más probable. Pero no es inevitable, no tiene por qué serlo. Yo creo que sí hay agencia frente a la aceleración, no compro el fatalismo cuando hablamos de relaciones sociales.
Nota al pie: la retórica del apocalipsis no es nueva. En el siglo XVI, Hobbes era el agorero número uno del fin de los tiempos. De hecho, si leemos los textos originales del Leviatán, hay mil citas bíblicas hablando del apocalipsis. Y, por esa razón, deducía el filósofo, visto tamaño quilombo, era necesario un tirano todopoderoso para Inglaterra.
Muchos, acá y ahora, y desde la sociedad civil, llevan adelante actos de rebeldía para disputar nuestra soberanía cognitiva y limitar las consecuencias de la economía de la atención. Descargar Tor para garantizar nuestro anonimato, hostear una nube hogareña para fortalecer nuestra autonomía y muchas otras acciones cíbercirujas y hacktivistas que fueron descritas en 421. Es más que necesaria una sociedad que se oponga a los “oligarcas del dato”; ahora bien, ¿es suficiente que un grupo de usuarios limite la información para su uso comercial o de inteligencia? Son propuestas valiosísimas. Es mucho más de lo que yo alguna vez hice. Pero me preocupa que estas resistencias individuales sean solo lágrimas bajo la lluvia si no hay un gran relato emancipatorio que las agrupe y les dé sentido.
Ahí entra en escena el Estado.
Pero un Estado hecho mierda. En eso estamos de acuerdo con las derechas.
Bueno, bajo un cambio. Porque, incluso hecho mierda, creo que el Estado y sus fierros siguen siendo útiles. Hay legislación que ordena voluntades (como, por ejemplo, las regulaciones que limitaron el pricing algorítmico y la vigilancia de la sociedad civil), hay políticas públicas que sirven, que cambian la vida de la gente. Hay presupuesto, hay guita para poner en la calle. Además, el Estado argentino tal vez no sea perfecto, pero tampoco es tan malo. Desarrolló la energía nuclear antes que la mayoría de los países, mandó satélites al espacio. ¿Cuántos pudieron hacer eso?
Desde luego, el Estado no es solamente el poder de sus fierros; sino también y, sobre todo, una plataforma insustituible para la construcción de valores culturales, de una visión del mundo compartida, incluso de nuevas hegemonías (hola, Gramsci). Es una relación social que instala temas en la agenda, que induce a debates, que fortalece discursos. Pensemos en los juicios a los milicos, en la ley del aborto, en todas las políticas que lideró el Estado, más allá del apoyo social que tuvieran previamente.
El Estado no es solamente el poder de sus fierros; sino también y, sobre todo, una plataforma insustituible para la construcción de valores culturales, de una visión del mundo compartida.
Si todas esas banderas no las levanta el Estado, ¿quién entonces? ¿Los Partidos, la Familia? ¿La Iglesia y sus encíclicas (muy bien analizadas acá y acá)? ¿Algún movimiento social que todavía desconocemos? ¿Qué otra narrativa, qué otra institución tiene la fuerza para plantarse (aunque sea a los tumbos) frente al avance acelerado del mercado?
Quizás, y esto lo digo dudando, solamente el Estado. No cualquiera (porque ahora también hay Estado, uno que muchas veces legisla a favor de los grandes capitales), sino un tipo de Estado: uno que pone al mercado al servicio de la gente, uno que distribuye, uno que lidera el desarrollo. Pongámosle el nombre que queramos. Tal vez, un Estado así sea la única ficción verdaderamente colectiva, el último Gran Relato del siglo XX que puede prevalecer en nuestros tiempos. Claro que no sirve ponernos nostálgicos: no podemos volver a las políticas benefactoras e industrialistas de nuestros abuelos. Eso ya fue. Pero, sabiéndolo, ¿vamos a abandonar la discusión sobre qué tipo de Estado queremos?
El aceleracionismo de derecha, en su quilombo, tiene algunas ideas del Estado que prefiere. La burocracia, nos dicen, es un freno al avance inexorable del capital y el progreso tecnológico. El Estado actual no debe ser más eficiente, sino que debe ser reemplazado por estructuras de gobierno empresarial-corporativas. Y el ataque al Estado es el ataque a la democracia representativa. Porque muchas de las propuestas implican sustituir la soberanía popular por una arquitectura institucional centrada, básicamente, en el patrimonio. Es el neocameralismo de Curtis Yarvin, la República Tecnológica de Alex Karp, el liderazgo de una élite post humanista en Nick Land.
En la práctica, claro está, las Big Tech no quieren que el Estado desaparezca. Es el gran inversor, por ejemplo, en la IA: más del 50% de los ingresos de Palantir son por contratos públicos, y la empresa fue prácticamente incubada en sus años críticos por el Estado norteamericano. Casi toda la tecnología de un iPhone (GPS, pantalla táctil, Internet) nació de fondos estatales. No existe el mito del "emprendedor de garaje" frente al "Estado elefante". Como señala la italiana Mariana Mazzucato el Estado es, más bien, el protagonista de la vanguardia tecnológica. Las grandes innovaciones no nacen de empresas privadas, la investigación básica y de alto riesgo suele ser financiada con fondos públicos. Con la nuestra.
Las Big Tech lo tienen muy claro, proponen un Estado que vigile y guerree, y que lo haga con las herramientas que ellos le proveen: IA, drones, análisis biométrico.
Ellos quieren ese Estado. Y nosotros, ¿cuál? ¿Lo sabemos?
¿Qué tipo de Estado queremos?
Es la discusión sobre el deber ser. Qué Estado, para qué, que lleve adelante qué políticas, que persiga qué objetivos últimos. Es el universo de la imaginación, de la creatividad heroica. Es el software que queremos que corra en la máquina estatal.
Juego con el what if. ¿Cuáles serían nuestras propuestas si pudiéramos susurrar al oído de un ministro dispuesto a escucharnos y llevar adelante nuestros consejos? ¿Tendríamos alguno para ofrecerle?
Hay una crisis de imaginación, está claro. Pero, ¿es nada más que obligarnos a imaginar y listo? En parte, sí. Pero imaginación no es solamente pensar políticas a largo plazo, sino ideas que convoquen, que conmuevan. Porque no es que no se piensen cosas para paliar los problemas actuales: los Objetivos de Desarrollo Sustentables 2030 de la ONU, por decir algo, ofrece un horizonte a futuro. Pero este tipo de narrativas no interpela; nadie va a militar con el corazón hacer compost en su terraza, es aburrido separar las botellas de plástico de las cáscaras de banana. Y son nada más que parches, por eso tampoco entusiasman a nadie. Más aún cuando, del lado de los aceleracionistas, nos dicen: “vamos a trascender en las máquinas y ser inmortales”, “vamos a viajar a Marte”, “te vas a poder implantar un súperbrazo robótico”. ¿A qué bondi te subirías vos? ¿Cómo competir con ese relato de futuro?
Por eso, se trata de construir nuevos mitos. Grandes Relatos. Grandes Épicas, para que nuestro presente no sea hackeado por hipersticiones ni por las profecías de quienes se excitan con el apocalipsis. Implica pensar otros futuros, maneras distintas de organizar nuestras vidas, otros modos de producción, quizás hasta otro Estado. Eso es épico. Y requiere una discusión humanista más profunda, sobre qué es ser plenamente humano. “La liberación del hombre por el hombre”. "De cada uno según su capacidad; a cada uno según su necesidad". “Donde hay una necesidad nace un derecho”. Ese tipo de mitos.
Pero, de vuelta, no se trata de volver atrás, no podemos ser vagos. No da tocar covers de éxitos pasados. Hacen falta más hongos, más psicodelia, como decía Mark Fisher, más drogas de los sesenta. Cosas que nos ayuden a comprender que la realidad es maleable, flexible, y no algo ya petrificado. Impulso creativo, mucho, para construir narrativas para nuestra época y nuestras problemáticas. Relatos que puedan instrumentarse, llegado el caso, desde el Estado. Porque si el Estado y sus instituciones culturales (en términos althusserianos) no cuestionan la narrativa de la IA (por poner un ejemplo), lo hará el mercado bajo la lógica de la eficiencia extractiva. Siguiendo a Morozov, corremos el riesgo de caer en el “solucionismo tecnológico”, donde los problemas políticos, sociales y, fundamentalmente, humanos se traten como simples "rompecabezas" técnicos que solo Silicon Valley puede reparar, mediante un algoritmo. O sea, el discurso tecnocrático de siempre, en el que los debates y desacuerdos de la política democrática son oídos como un ruido desagradable. Es, por derecha, una lectura simplona de la psicohistoria de Asimov; y, por izquierda, la vuelta del Cybersyn de los años setenta.
También es importante el músculo, la realpolitik, conocer los límites que nos impone la época. No se trata todo de voluntarismo político. Se necesita fuerza para llevar las ideas a la práctica. Hard power. El hardware estatal en buenas condiciones. Eso que Peter Evans llama “autonomía enraizada” y, Guillermo O´Donnell, “estatalidad”. Es decir, la capacidad del Estado para ser efectivo, para penetrar capilarmente con sus políticas en la sociedad y el territorio: que la SUBE se utilice en todo el sistema de transporte, que el agua corriente llegue a todos los barrios.
Conozco el sector público, estuve casi quince años ahí. Sé lo que es trabajar con una conexión a Internet que se cae por horas, columnas de asbesto y baños sin papel higiénico. Cualquier coworking palermitano es Google al lado de una oficina de Desarrollo Social. No busco abonar con esto al imaginario popular sobre lo público. Tampoco reducir todo a la estética (aunque el Estado también esté hecho de cosas mundanas, como dice Latour). Amé, durante mucho tiempo, trabajar en el sector público. Pero un Estado así poco puede hacer frente a un tardocapitalismo desbocado.
También es importante el músculo, la realpolitik, conocer los límites que nos impone la época. No se trata todo de voluntarismo político. Se necesita fuerza para llevar las ideas a la práctica.
Ya hablé más arriba de la globalización acelerada, de la crisis de representación y de la paradoja territorial. Pero a estos obstáculos globales se suman los específicos de la región latinoamericana. Empezando por nuestro capitalismo, nuestras condiciones materiales. Las economías de la región se caracterizan, según la literatura científica, por ser periféricas (es decir, alejadas de los epicentros productivos globales), dependientes (necesitadas de maquinarias/bienes industriales importados y capital externo para su desarrollo) y extractivistas (dominadas por sectores altamente concentrados que se especializan en la extracción y exportación de materias primas sin valor agregado, sean litio, soja o petróleo).
Asimismo, dentro de la variedad de capitalismos existentes a nivel mundial, la economía latinoamericana está catalogada como una economía de mercado jerárquica. El elemento jerárquico tiene que ver con la preponderancia de grandes empresas de control familiar (pensemos en los Bulgheroni, los Cabrales, los Macri, los Rocca y así hasta el infinito) y también de filiales de empresas multinacionales (Fiat, Accenture, Google, la que sea). Esta jerarquía de empresas no solo concentra la riqueza nacional, sino que también controla la innovación y la inversión en la tecnología de punta. Y se coordinan entre sí cuando hay que presionar al Estado por políticas concretas que las benefician o para boicotear las que las perjudican.
Vamos con un ejemplo: en 2021, las grandes empresas petroleras puentearon al Consejo Económico y Social y negociaron la política de su sector directamente con Alberto Fernández y sus ministros. Un conjunto pequeño de conglomerados familiares nacionales (Pluspetrol, Pan American Energy, Vista), multinacionales (la alemana Wintershall Dea, la francesa Total Austral, y en menor medida la brasileña Petrobras) y, por supuesto, YPF, presionó por un proyecto de ley que buscaba aumentar el precio del barril en el mercado primario y así incrementar los márgenes de ganancia en la exportación de crudo. A esto nos referimos cuando hablamos de economía extractivista, periférica y jerárquica.
Además, el proyecto se negoció en un despacho a puertas cerradas, y este último dato es clave. Porque la estructura dependiente y jerárquica se combina en América Latina con lo que O’Donnell llama “la otra institucionalización”. En palabras más coloquiales, la rosca por debajo de la mesa entre gobierno y empresarios. Es Peter Thiel reuniéndose con Caputo durante horas, sin que nadie sepa de qué carajo hablaron. Eso es la “otra institucionalización”, una caja negra. En suma, las reglas formales no predicen el comportamiento de los actores. Cuando las empresas, en nuestro ejemplo, vieron que “no pasaba nada” en una institución como el CES, buscaron los canales informales de siempre: el mensaje de WhatsApp al ministro, y a otra cosa.
Ojo, esto no significa que en otros países no exista informalidad institucional o acuerdos espurios entre conglomerados familiares. Pero, siguiendo a Ben Schneider, en las economías latinoamericanas es más generalizado. Y estos no son los únicos obstáculos a la capacidad estatal en nuestra región. La importación de instituciones extranjeras (el copy y paste tan berreta de "buenas prácticas" internacionales) o el diseño institucional rápido y en contextos de incertidumbre extrema son otros factores que explican los déficits. En Argentina, la alternancia de programas gubernamentales radicalmente opuestos (CFK-Macri-Alberto-Milei) provocó la activación/desactivación constante de ciertas instituciones (pensemos en el Consejo del Salario Mínimo, ahora casi muerto).
La lista de problemas sigue, no soy exhaustivo. En estas olas surfeamos. Son nuestras condiciones, los límites del Estado argentino actual. Es el punto de partida de cualquier otra posibilidad.
Pero nunca el límite.
¿Una propuesta?
El CES argentino no era una mala idea, al menos en los papeles. Sentaba a los capotes del gobierno, de las empresas y del movimiento obrero en una misma mesa. Los ponía a discutir y a pensar proyectos de país, los empujaba a comprometerse con políticas estratégicas. No, no era una mala idea. Estos foros fueron exitosos en los países nórdicos europeos, donde cogobernaron junto con el parlamento. Muchos Estados de América Latina los utilizaron como herramientas para coordinar estrategias de industrialización, como en el caso brasileño.
Y en nuestro país también se implementó: desde 1946 y hasta 1955, el CES fue un instrumento de Perón para legitimar su planificación mercadointernista e industrial. Más cerca de nuestros tiempos, en febrero de 2002, en el medio de un quilombo fenomenal, el presidente Duhalde también quiso convocar a un CES. Cristina Kirchner, en 2008, llamó a todos los sectores a un Pacto del Bicentenario. Incluso, el FMI le pidió a Javier Milei que creara el Consejo de Mayo, compuesto por gobernadores, sindicalistas y empresarios, para darle mayor viabilidad a sus políticas de ajuste.
Con esto no quiero bajar línea sobre este tipo de instituciones. De hecho, lo que narro es la crónica de un fracaso: el CES no sirvió para imaginar nada, tampoco para darle más músculo al Estado. No hubo voluntad del gobierno ni compromiso de las organizaciones por institucionalizarlo.
Pero sí creo que foros como el CES pueden servir como un puntapié para recuperar al Estado como un lugar de encuentro, un poco al estilo nórdico. Un espacio donde reunirnos y crear nuevos futuros. En nuestro caso, el argentino, para discutir lo que importa hoy: la crisis medioambiental, la protección y el uso de nuestros recursos naturales, la economía de la atención, la inteligencia artificial, el mercado laboral de la Argentina, la salud mental, el acceso a la vivienda, etcétera, etcétera, etcétera. Y así diseñar políticas disruptivas y de largo plazo sobre estas cuestiones. El Estado que queremos, las políticas que queremos. Es decir, el software.
Y, además, en estos foros por lo general se sienta gente que tiene poder, además de imaginación. Son lugares de confluencia del soft y el hard, del deber ser y el ser. No se trata solo de imaginar, sino también de fortalecer las capacidades estatales al servicio de un proyecto que incluya, por lo menos así me gustaría, a la gran mayoría de los argentinos.
Una última digresión. El filósofo Jürgen Habermas (quien, dato de color, supervisó la tesis doctoral de Alex Karp en la Universidad de Frankfurt) inspiró muchas de estas instituciones con su idea de democracia procedimental deliberativa. Según Habermas, es necesario que el Estado fortalezca una esfera pública donde agentes libres deliberen hasta alcanzar acuerdos basados en el intercambio de argumentos. Estos espacios son valiosos porque permiten acercar dos tipos de discursos: el discurso “pragmático”, que expresa los intereses de grupos específicos (quién gana qué, quién pierde qué, y cuánto); y el discurso "ético-político", que expresa temas generales sobre fines y valores.
Pese a las críticas al paradigma habermasiano (principalmente, en relación a la viabilidad de alcanzar un consenso superador de los intereses sectoriales), lo cierto es que el enfoque puede servirnos como base teórica para recrear instituciones donde imaginar futuros. Y, por qué no, donde también los discursos particulares (como el de los cíbercirujas o el de la soberanía cognitiva, soñemos) se transformen en discursos generales. Es decir, convertir lo contrahegemónico en hegemónico, que dejen de ser acciones de guerrilla para ser alternativas políticas colectivas y posibles. En ese sentido, también podemos pensar estos foros como cajas de resonancia que amplifiquen narrativas actualmente subalternas.
Obvio que toda discusión debería ser conducida por el Estado. Porque sino es una jipeada sueca, una asamblea estudiantil de Puán, una paja mental. Las voces nunca pesan lo mismo: Pérez Companc no es igual a un dirigente Wichi. El Estado debe mediar, equilibrar, ecualizar.
Este tipo de foros son solo ejemplos, hay otras instituciones y otras formas de intervención que podríamos imaginarnos. Porque todo se trata de eso, de las propuestas de futuro, de los grandes mitos que podamos crear. Sigo convencido, como cuando tenía veinte y cursaba en Sociales, que el Estado, con sus capacidades y recursos, y también con sus deficiencias, sigue siendo una herramienta valiosa que queremos tener de nuestro lado y al servicio de nuestras nuevas épicas. Y, más todavía, para alejarnos de esos futuros horribles que proponen las Big Tech y los aceleracionistas.
Y vuelvo a preguntarme: si conquistamos democráticamente el Estado, después ¿qué vamos a hacer con él?
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