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Indio Solari: Un poeta que rompió las barreras sociales

¿Cómo una banda de rock creó un lenguaje común en Argentina? La poética del Indio Solari como un puente imprevisto entre mundos opuestos, una lengua para compartir dolores. Cómo se creó un pueblo a través de la música.

Indio Solari: Un poeta que rompió las barreras sociales
De un mudo con tu voz / de un ciego como yo

Escuchar al Indio Solari, ya sea con Patricio Rey o con Los Fundamentalistas, fue siempre un placer y un desafío. Y lo central de mi experiencia no resulta ni de una cosa ni de la otra, sino de la conjunción, del espacio que une a ese disfrute estético con la incomodidad, con la rispidez de un goce fluctuante. Voy a intentar hablar un poco de eso. Aclaro: esto no es un homenaje, es una memoria para el futuro.  

Era la navidad de 1992 y en el árbol Papá Noel me había dejado Gulp. En mi casa ya sonaban los Redondos desde hacía unos meses porque mi hermana, cuatro años mayor que yo, traía todas las novedades musicales de sus amigos: entre otras influencias que me marcaron, en el porta CD, junto a Ramones Manía y el álbum negro de Metallica, teníamos La mosca y la sopa, que sonaba sin parar mientras en el comedor del departamento familiar yo hacía del Indio con un escobillón, intentando imitar pasitos que nunca había visto realizar, pero que me había enseñado Lucas, un compañero del colegio cuyo hermano, un sujeto casi mítico que sí había visto a Patricio Rey en vivo, le transmitía ese saber. A los días, Un baión para el ojo idiota y Oktubre ya se sumaban a los demás.

En marzo, cuando comenzaban las clases, empezó a trabajar en casa Sabina, una muchacha de no más de veinte años. Ya había trabajado en la casa de una tía y venía a la nuestra, también, a hacer la limpieza. Mientras me preparaba para salir al colegio, Un baión sonaba al palo y Sabina me contó que le encantaban los Redondos, que los había ido a ver con su esposo y que bailaban esa música los fines de semana en un boliche. Antes de seguir, entiéndase un punto: yo había sido criado en una familia de clase media de Parque Chacabuco que, si bien tenía rasgos de un pensamiento progresista (mi primer gesto político fue juntar las manos como Alfonsín a un lado y a otro de la cabeza, para el disfrute de mi abuela, por entonces radical), también reunía todos los prejuicios de clase que pueden imaginarse al respecto. Enterarme que Sabina, que vivía en una casilla, como ella la nombró, iba a ver a los Redondos y que bailaba esa música generó un puente inmediato entre nosotros, abrió sobre el abismo de las diferencias un territorio común, aquello sobre lo que seguiríamos hablando los días y las semanas siguientes. Como alguien formado entre los algodones de esa clase media, no tuve que esperar a ver la entrevista en la que el Indio inmortalizó esa frase, me bastó, creo, con escuchar esos discos y abrirme a los encuentros que esa música me depararía los años siguientes, ya no en el departamento de casa, sino en las esquinas del barrio, mientras digería los primeros sopapos entre adoquines.

Enterarme que Sabina, que vivía en una casilla, como ella la nombró, iba a ver a los Redondos y que bailaba esa música generó un puente inmediato entre nosotros, abrió sobre el abismo de las diferencias un territorio común.

Hoy, viendo esto en retrospectiva, siento que ahí algo empezó a fisurarse en mí. Algo de esa educación en el colegio privado y la calidez de la clase social en la que me crié. ¿Cómo pudo realizarse esa posibilidad, una más entre tantas otras experiencias similares para mi generación? No voy a entrar en reflexiones sociológicas ni en magias afectivas, y evidentes, de la pasión. Urge hoy, en pleno duelo de un padre simbólico tan potente, otra deriva. Porque lo destacable de la cuestión sería el funcionamiento de una estética surgida en el under de la experimentación, en la escritura de un tipo que más podía haber pertenecido al culto de un mundo literario reducido, como el de la poesía, o la Revista Literal junto a Osvaldo Lamborghini o Luis Gusmán, antes que al movimiento cultural de masas/bandas más importante de la historia argentina (y, arriesgo: latinoamericana, al menos).

¿De qué está hecha esa estética, fuente o manantial para la expresión de dolores mudos y, a la vez, un dispositivo para el reconocimiento de ese dolor en el otro, para aquellos cuyas dolencias no eran más que nimiedades ante un estómago que cruje por hambre y un cuerpo que sufre por racismo? ¿Cómo se construye ese territorio compartido siempre destinado a un futuro posible o deseado?

La obra del Indio es la máxima expresión de un mandato estético ajeno, en general, al sentido común del consumo: la eficacia de la forma, frente al imperio de la imposición semántica. No significa esto que no fluyan entre sus letras ciertos significantes reconocibles, palpables por una cultura nacional. Hacer del lenguaje una zona de experimentación y de la lengua una herramienta flexible, maleable, a las trampas que se le pueden tender ante las obligaciones que ella, por su condición comunicativa, demanda (para parafrasear un poco a Roland Barthes). El Indio habló al oído de los mudos y fue un cachetazo para la ceguera de los prejuicios de clase. Postuló la ilusión de una voz compartida, un espacio común que fue catalizador para esos dolores escondidos en la alfombra mágica del olvido social, y móvil de reconocimiento para entender que entre ese dolor y la indiferencia del mundo era donde, precisamente, se instalaba la posibilidad de lo común, lo que es de todos sin ser de nadie pero que en cada uno y cada una actúa, como la fuerza de la gravedad o el efecto del alcohol. La obra del Indio, entre Patricio Rey y los Fundamentalistas, inventó ese gesto de eficacia para la forma estética en la cultura argentina.

El Indio (y aquí intento eludir un lugar común para darle otro derrotero a lo común de los lugares que transitamos) no le dio voz a nadie. El dogma del dar la voz me repele porque reproduce la relación desigual del que tiene y el que no. El Indio hizo que una masa enorme de pueblo encontrara una voz. No se la dio prefabricada, la tuvieron que anudar y desanudar entre letras en las que flotaban significaciones irregulares, frases para tatuajes y existencias para eso que tanto se nombra y tan poco se encuentra: el Otro. Cada otro. El Indio articuló algo excedente a las palabras en esos significantes que flotaban como globos a los que aferrarse para sobrevivir a un naufragio. No cabía la racionalización: ni las que, algunos años después, encontraríamos en la recepción como metáforas insistentes de la falopa en cada verso, solo para justificar que estuviéramos ahí, esas noches, peinando papeles de la urgencia; ni las otras que veíamos como instrucciones para sobrevivir a las penas de amor porque no éramos ni payasos ni campeones.

El Indio hizo que una masa enorme de pueblo encontrara una voz. No se la dio prefabricada, la tuvieron que anudar y desanudar entre letras en las que flotaban significaciones irregulares, frases para tatuajes y existencias.

La estética del Indio fue un modo para decirnos a los que nos educaron como especiales y únicos que no lo éramos tanto. Y fue la lengua común de los que encontraron allí el futuro prometido y nunca cumplido. El futuro que no llegó, eso que permanece oculto en el revés de una época que dilata para otro tiempo, siempre postergado, la vida añorada. Así, esas letras que, como dice Pierre Froidevaux en otra nota de 421, representan “uno de los más grandes estremecimientos que conocimos”, se afirman en una perspectiva sobre lo estético en el que la forma se vuelve creación de un espacio de encuentro inexistente con anterioridad al propio hecho musical. El Indio, entre los Redondos y los Fundamentalistas, participó (y nos hizo partícipes) de un Big Bang Bang! fundacional que reunió lo disperso e inventó lo inesperado. Una música que abrió un tajo en la realidad para que esas voces mudas dispongan de una resonancia, y para que la ceguera de otros tantos experimente a su poética como lazarillo en la tempestad.

Porque ahí anida otro de los nudos inexplicables de la gesta de Solari: ¿con qué filiar a los Redondos, hacia qué pasado más o menos inteligible dirigir una comprensión genealógica para su explosión fundacional y para su obra? Si pensamos en lo que aconteció luego de los Redondos, la descendencia musical es clara: La Renga, Callejeros, Los Piojos, Los Caballeros de la Quema, los imitadores del tono de su voz: en todos ellos podemos reconocer una resonancia del espíritu de Patricio Rey. Pero, siendo autonomistas en el campo del rock, nada anticipa la emergencia de los Redondos. Se trata de un origen desplazado, que debe buscarse en la cultura del under, en la teatralidad de los primeros recitales, en los buñuelos de ricota que repartía El Doce, en el baile de Monona. Todo el andamiaje crea la ilusión de un surgir de la nada. Patricio Rey nace en una mitología performatizada como ex nihilo para el mundo del rock.

A ese sujeto que aparece en los escenarios de la masividad con cuatro décadas encima y que no responde, así, al suelo eterno de la juventud rockera, lo veía en esa una indumentaria que era la misma que podía usar mi viejo para salir a cenar en familia un sábado por la noche, y el ícono del rockero lookeado en el reviente se desmoronaba. ¿Qué había ahí, que no respondía a ningún parámetro aprendido por mí en los videos de Music21 o de MTV? Solari me imponía respeto. Solari me desplazaba de Freddy Mercury, Axel Rose, James Hetfield, todos esos músicos que me abrieron una puerta cuando vi el tributo a Freddy. El Indio no. ¿Y dónde encontrar lo Indio? ¿Dónde ver el despliegue de ese salvajismo que se pintaba en la lengua de la escuela y de los adultos cuando uno se portaba mal (¡parecés un indio!)? Solari era el anuncio de otra cosa. Solari anunciaba con esa voz única. Solari descolocaba, abría la posibilidad imaginaria de un mundo otro. Con esa voz. Lo de Solari era un montón.

¿Cómo (permanece la pregunta o el síntoma de algo que perfora las palabras, esa obra tan experimental y tan radical en el escamoteo del sentido directo) pudo ser creado ese espacio que me acercó primero a Sabina, esa joven que limpiaba el comedor de mi casa mientras yo escuchaba música y mientras nuestras vidas corrían por carriles paralelos e intocables como toda recta que se proyecta al infinito de su concepto? No es necesario, me repito ahora que la insistencia me abruma, buscar la respuesta precisa. Porque la respuesta no existe. Ahora, me digo, mejor es pensar en que la falla de esa explicación no está tanto en la perspectiva que adopto o en los datos que podría recolectar sobre nuestra cultura. Ahora, me convenzo, nada de eso sirve porque si algo se me impone, si una idea gana por sobre cualquier otra intuición o deducción, es que esa posibilidad no preexistía a la obra del Indio. Esa fisura subjetiva la inauguró esa obra. Una obra que inventó esa posibilidad, y esa posibilidad, una vez abierta, dirigió el destino de esa obra. Tal vez el único fenómeno similar de la escena argentina en el que se pueda pensar es en Leonardo Favio y el éxito de taquilla de Juan Moreira, gran blockbuster de nuestro cine, solo superado en masividad por Relatos salvajes, de Damián Szifron, cuarenta años después.

¿Qué había ahí, que no respondía a ningún parámetro aprendido por mí en los videos de Music21 o de MTV? Solari me imponía respeto. Solari me desplazaba de Freddy Mercury, Axel Rose, James Hetfield.

Vuelvo a lo anterior: para pensar el antes hay que salir del rock, ir a la literatura, al teatro, al cine. En todo caso, debemos también ir más allá de la música y del arte, y desplazarse a lo comunitario, al encuentro de los cuerpos y su goce mutuo, a las resonancias de las voces en la canción. Salirse del confín, desarraigar al objeto estético en el territorio de lo común, de la posesión compartida, de la falta de propiedad; alejarlo del deseo cerrado sobre sí mismo, apto para la diversión y la permanencia en lo igual: lo privado. La obra del Indio es una forma de fuga, de apartarse de lo conocido para mantener el estado de ánimo a salvo; con la salvedad, permítaseme la redundancia, de que ese estado de ánimo ya no es individual, sino que acontece cuando los cuerpos se saben más que sus extremidades y las palabras aparecen como objetos de pasión que han perdido su condición instrumental. Ahora, es el propio sujeto, desatado en la interacción con el otro, el que se vuelve instrumento de una melodía que lo reinserta en la vida, costándose solo a sí misma. En la vida que así se instala, como acontecimiento, emergencia imprevisible, pero siempre sostenida en los afectos pasionales con los que se defiende un destino común que se arrebata por habitar un horizonte de promesas incumplidas, ante un paisaje rodeado por ellos: ahí los vemos, esos formidables guerreros en Jeep (Grand Cherokee, sin dudas) que se aprestan, como los titanes que son, a defender el orden viril del goce individual, del plumaje blanco, de la propiedad. El tiempo que abre esta obra es aquel en el que cualquiera puede demandar su turno para tirar.

No habría, al principio, entonces, nada. Nada. Y aunque Juan José Saer puede brindar una frase, la historia de los Redondos no sería más que un dato anecdotario en el libro de las memorias del under o del rock si no hubiera ocurrido lo inexplicable, aquello que crea ese espacio donde el dolor y su reconocimiento, los ciegos y los mudos, las voces y las miradas, encuentran un futuro posible, un destino común que los reúne, y les dice: somos parte.

Las frases del Indio, dichas por los sectores más heterogéneos de la sociedad, son como los versos del Martín Fierro, deambulando entre una autoría imposible y la pura folclorización del hecho lingüístico. En ese horizonte, mi encuentro con Sabina en el comedor de mi casa se resignifica: ya no somos dos personas de edades y clases sociales diferentes y estilos de vida en tensión los que allí se encontraron. Fue, mejor visto, el ingreso a una lengua, a una tradición en gesta, a un común que no puedo no pensar como un pueblo por venir, cuando escucho a periodistas gozar en el rechazo al otro que está sufriendo, ahora, en el duelo (“esos no son el pueblo”, “esos son lúmpenes, turba zoológica”), mientras disfrutan la Nueva Roma efímera que los cobija en el instante fugaz de una hegemonía transitoria (como otras hubo antes). Un pueblo que no se superpone al de la nación pero que le disputa un lugar, un modo posible de ser entre lobos y corderos, todos, por igual, atados y sueltos. Visto así, entonces, en el gesto retroactivo que funda cada sentido para la estadía humana en este mundo, la obra del Indio modificó el futuro compartido o, más aún: la trama sensible misma que permite imaginarlo.

Un millón de personas visitando el cajón inerte de un cuerpo frío así lo constatan.

           

 

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