En la última década, las izquierdas se apropiaron de un símbolo inesperado, pero que ya moviliza mil charlas: el “Jolly Roger”, la bandera de Monkey D. Luffy, el capitán de los piratas Sombrero de Paja y el protagonista de One Piece. Las imágenes se sucedieron en redes en diferentes protestas. No necesariamente es algo enorme y protagónico. A veces es apenas un puntito en la multitud, entre los carteles escritos a mano, las consignas o las banderas nacionales. Pero el fan nota el detalle y sonríe. Ahí está otro seguidor del capitán, el mismísimo Monkey D. Luffy, ahora símbolo de lucha contra algún gobierno.

La primera vez que se vieron estas imágenes parecía una casualidad simpática. Un otaku marchando, puede pasar. Pero, cada vez empezó a pasar más seguido. En diferentes continentes, en movimientos políticos que no tienen relación uno con otro, con causas o idiomas distintos, termina apareciendo. ¿Derechos humanos? ¿Democracia? ¿Lucha contra la corrupción? Ahí ves la bandera, flameando valientemente.
No hace falta buscar mucho para encontrar los ejemplos. En el estallido social chileno de 2019 causado por el aumento del transporte público, entre el humo de la Plaza Dignidad, no faltaron las banderas. En las protestas de 2022 en Irán tras la muerte de Mahsa Amini, donde mujeres se cortaban el pelo en la calle, apareció Luffy entre las consignas en farsi. En Brasil, durante la tensión electoral entre Lula y Bolsonaro, la calavera se coló entre los símbolos de ambos bandos (aunque claramente más del lado de quienes pedían democracia). En Bangkok, en las protestas estudiantiles contra la monarquía tailandesa (un movimiento que usaba el saludo de tres dedos de Los Juegos del Hambre como emblema), Luffy encontró su lugar. ¿La foto más icónica de todas? El parlamento de Nepal ardiendo de fondo con la bandera de los mugiwara de frente, que causó que el gobierno mismo la incluyera en una serie de prohibiciones que afectó también a redes sociales y otros símbolos.
Es para pensarlo: ¿un dibujito medio mal hecho de un boludo que se estira como símbolo de revolución? Sí, y tiene un motivo muy específico. Pensá en los últimos 30 años de historia, el descreimiento en el sistema, la desconfianza a los políticos, las ilusiones y traiciones que te comiste en tu vida democrática. One Piece tiene una bandera que no pertenece a ningún partido y es reconocible no bien la ves. Está basada en el cómic más vendido de la historia, más que Superman, que la dobla, casi triplica en antigüedad. Su iconografía es un idioma global. Y cuando alguien la levanta en una marcha, está diciendo algo muy concreto: “si esto es el gobierno, voy a ser un pirata”.
No necesariamente es algo enorme y protagónico. A veces es apenas un puntito en la multitud, entre los carteles escritos a mano, las consignas o las banderas nacionales. Pero el fan nota el detalle y sonríe. Ahí está otro seguidor del capitán, el mismísimo Monkey D. Luffy.
Esto es algo que seguramente no se esperaba Eiichiro Oda cuando arrancó a serializar en la revista antológica de cómics Shōnen Jump, de casi 60 años de antigüedad. Ni se le pasaba por la cabeza que un día iba a ser un titán mediático que inspirara juegos de cartas, una serie live action, anime, películas y más, y eso es porque One Piece no es un manga normal. Oda tiene una forma un poco naif de escribir cómics donde, sí, hay acción, pero está en un claro plano secundario respecto a la aventura, el corazón real de la obra. Si alguien lee One Piece, se va a encontrar con que se queda con las ganas si entra buscando solamente el clásico anime del protagonista que se vuelve más fuerte en cada saga hasta que se enoja y le cambia de color el pelo.
Posiblemente por esto, aunque viene publicándose desde 1997, durante años One Piece fue más que nada un fenómeno japonés y en Occidente lo conocían más como “la otra de las Big Three”. Naruto y Bleach se parecían bastante más a Dragon Ball Z, lo que las hizo permear más fácil en el mercado yanki ya enamorado de Goku. One Piece, con más de 110 tomos recopilatorios y 1200 capítulos de anime, no solo se parece más al Dragon Ball sin la “Z” sino también a cómics más al estilo de Asterix o la serie Vickie el vikingo, a la que el propio autor reconoció como inspiración.

Te meten adentro con un cuento
One Piece arranca simple, inocente. Un chico de 17 años sale en un botecito y dice que quiere ser el “rey de los piratas”, algo que se logra al encontrar el One Piece. ¿Qué significa esto? No, ni idea, dentro de 1000 episodios hablamos. En el camino se hace amiguitos, y todos trabajan juntos mientras van de isla en isla arreglándole problemas a la gente que vive ahí. Sin embargo, con el correr de los episodios, comenzamos a ver indicios del telar de fondo. Existe un Gobierno Mundial que, por supuesto, es malo remalo, y es una entidad supranacional que mantiene el monopolio de la fuerza a través de los Marines y la Justicia.
Los malos de los cómics son por lo general “un chabón”, no “un sistema”, y eso de por sí ya es innovador. Pero con la aparición de Nico Robin la cosa se complica aún más. Resulta que ella es capaz de leer poneglyphs, misteriosas rocas escritas con la historia del Siglo Vacío, un periodo de tiempo suprimido de la historia conocida con el fin de que no incite revoluciones. Literalmente, se borra la memoria colectiva. Así nos enteramos que el Gobierno Mundial, la institución que se presenta a sí misma como garante del orden y la paz, fue construida sobre una mentira para proteger a doce familias nobles, los llamados “Dragones Celestiales”, que son una élite que usa escafandras para no tener que respirar el mismo aire que los plebeyos.

Peor aún: cuando vemos el flashback de la infancia de Nico Robin en Ohara (uno de los momentos más devastadores de la serie) nos enteramos de que el Gobierno Mundial masacró a una isla entera de académicos solo por tener la osadía de leer sobre esa época prohibida. Al final, resultó que One Piece era un dibujito, sí, pero que también tenía dientes. Entonces, primero te meten adentro con un cuento: Luffy y los amigos llegan a un lugar, comen, se hacen amigos de otra gente y le pegan a un malo. Pero la historia “grande” está de fondo, avanzando de a poco en una trama que ya lleva décadas y sorprendentemente no pierde la calidad. Esto nos lleva a preguntarnos: “¿quién escribe la historia?”.

El resto de los Sombrero de Paja también tienen historias potentísimas que redondean la obra. Una ladrona que pasó años traicionando a quienes confiaban en ella, un tipo que desguaza barcos porque su figura paterna asesinada por el gobierno los construía, un músico que vive como esqueleto y tras la muerte de su tripulación solo desea volver a ver la ballena que adoptaron... Estos personajes no tienen mucho en común salvo que Luffy les enseñó a soñar de nuevo. Nadie firmó nada ni les hicieron un test de pureza ideológica. Eso resuena de una manera muy específica en la generación Z que desconfía de los partidos, de las estructuras verticales, de la política. La tripulación de Luffy es, sin que nadie lo haya planificado, un modelo de cómo se organiza gente que no quiere que le digan cómo organizarse.
Una de las cosas que hace especial a One Piece es que Luffy justamente no es Goku: sí, será el que le da la piña final al malo de turno, pero cierto es que facciones locales, héroes de cada pueblo, personas normales, el resto de la tripulación, todos se ven inspirados por él. El tipo no paterna: inspira el esfuerzo colectivo.
El poder de la ambigüedad
Tiremos un palo obvio: la derecha trata de agarrarse a la figura de Borges con todas sus fuerzas porque sino tiene que quedarse con el Dipy. Podemos asumir que la obra de Asimov es un poco liberal clásica por Fundación (ojo, lo estaríamos leyendo mal, porque él no usa términos como “fuerzas del mercado”, sino sacados de la sociología y psicología). También podemos conceder que el ultranacionalista japonés Yukio Mishima hizo grandes contribuciones antes de su golpe de Estado fallido que lo llevó a cometer suicidio ritual mediante seppuku.
La generación Z desconfía de los partidos, de las estructuras verticales, de la política. La tripulación de Luffy es, sin que nadie lo haya planificado, un modelo de cómo se organiza gente que no quiere que le digan cómo organizarse.
Sin embargo, usualmente el arte que trasciende es, en algún punto, contestataria y antisistema: Charly García, Picasso, los Beatles, Godard, casi todos los movimientos culturalmente relevantes del siglo XX (punk roooock, loco). En este marco, la derecha contesta bajándole el precio al “arte” en general, o diciendo: “bueno, pero bien que Tom Morello/Bad Bunny/Roger Waters/Pablito Lescano viven como capitalistas” o “mucho blablá, pero no deja de ser un dibujito/librito/cómic pedorro”.
Pero hay una realidad: lo que es abiertamente partidista tiende a ser malísimo. No es un tema de antipolítica, sino que, cuando el arte es muy directo en su mensaje, se vuelve paternalista. Umberto Eco aseguraba que las mejores obras son las que están estructuralmente diseñadas para dar un margen de ambigüedad, con cierta tensión entre la intención del autor y la libertad del que lee. Más interesante todavía, en Los Límites de la Interpretación dice que no cualquier lectura vale, y hay algunas que el texto simplemente no sostiene y ahí es donde se discute fuerte.

No es que Oda (o cualquier otro artista) sea consciente de esto cuando trabaja, pero sí es algo que ayuda a mejorar la lectura. Ahí pasa algo que ya deja de estar bajo el control del creador. Roland Barthes lo llamó "la muerte del autor": el sentido no está dado por quien escribe, sino construido por quien lee. Oda puede ser todo lo naif y comercialmente prudente que quiera. Eso no cambia lo que la gente hace con su obra cuando la lee.
El gobierno, en One Piece, son los “malos”, y no cabe duda. Son una élite: ¿los multimillonarios? ¿La “K”asta?. Esto resuena con los reclamos de cualquier “bando”. Tanto izquierda como derecha acusan a los medios de venderse al poder de turno vía pauta, y así poder controlar el discurso. También la crítica a la corrupción.
Sin embargo, “Luffy es de derecha” suena, en algunos ámbitos, como una frase repetida y sin sentido, porque el texto de One Piece no la sostiene. La derecha intentó apropiarse de la idea del esfuerzo como oposición a la de igualdad, y de ahí agarrar a cuanto protagonista de anime pueda, entre ellos, Luffy. Pero no es incompatible el esfuerzo con ser de izquierda, sino que la búsqueda política de la equidad fue, más bien, igualar especialmente las condiciones de partida.
Postal que nos llega de la plaza ♥️ pic.twitter.com/H7Xn7TXwnA
— Anime Argentina (@anime_argentina) March 24, 2026
Las banderas de Luffy no son necesariamente político partidarias. El tipo está más bien definido por su terco optimismo, la persecución de su sueño (encontrar el One Piece y convertirse en “el hombre más libre del mar”), y la confianza ciega en sus amigos. Eso es lo que lo hace naif: busca “la felicidad”, y esa definición es lo suficientemente vaga como para que cualquiera se identifique con ella. Pero, a la vez, no es una persona egoísta: está mal que el gobierno tenga esclavos, está mal que los civiles sean oprimidos y no tengan comida y, ante todo, siempre simpatiza con los de abajo y nunca con los poderosos.
¿Diríamos que estos son ideales de izquierda? No necesariamente, pero en el mundo ultrapolarizado donde vivimos, y donde la derecha es cada vez más recalcitrante, este discurso hace eco. En cualquier otro mundo, Luffy sería tibio: en el nuestro, es un símbolo de lucha, un tipo al que su gobierno trata de “zurdo pone bombas”, pero que es un tipazo. El símbolo no se buscó conscientemente, emergió en marchas en Santiago, en Bangkok, en Irán, en Brasil… Y en Argentina, donde fue usado el 24 de marzo, frente a un gobierno que, al igual que One Piece, quiere borrar la historia (en nuestro caso, de la dictadura). ¿Cómo no te vas a sentir identificado con Luffy? La calavera no está ahí porque alguien creyó que One Piece es el manifiesto comunista o que Oda es Perón reencarnado. Está ahí porque alguien, en algún momento, sintió que describía exactamente lo que vivía: un sistema que oculta su propia historia, una élite que respira un aire distinto, y la idea (naif, terca, indestructible) de que los de abajo pueden ganar si no se rinden y confían en los que tienen al lado.
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