Camionero no es solo un dúo; es la banda que cacheteó al rock argentino. Con riffs pesados y una mística obrera, Joan Manuel Pardo y Santiago Luis logran en Pruebas de contacto (2026) una síntesis perfecta entre el blues clásico y el futuro.
Desde hace unos años un fantasma recorre Argentina: Camionero.
El dúo, integrado por Joan Manuel Pardo en guitarra y voz, y Santiago Luis en batería y coros, sacó dos EP inaugurales (EP 1 y EP 2) en 2018, después otro disco de mediana duración, Confianza en ti solo y tres discos largos, el último de los cuales tiene unos pocos días: Club Camionero (2021), Todo lo sólido se desvanece en el aire (2023) y Pruebas de contacto (2026).
Su comunidad también merece un párrafo. Durante los últimos dos años, el ciclo Tracción a Sangre se convirtió en un punto de encuentro del “Camión”, apodo de la banda que usan los fans. La idea de banda-vehículo se amolda bien al proyecto. El concepto es algo más que una marca, y el dúo, junto a su público, apela al campo semántico camionero para ampliar su mundo: una cooperativa de artesanos comercia parches, latas de cerveza, remeras y otros objetos estampados con la gráfica del grupo: el acoplado. Otro grupo de fans se organizó para convocar y gestionar movidas solidarias ante carencias o desastres: la rueda de auxilio.
Pero más allá de su trayectoria y sus fans, ¿por qué Camionero es tan importante? ¿Qué nos dice su irrupción del momento que vive el rock nacional? Son dos preguntas que trataremos de abordar en esta nota.
Música blues de rock and roll
En Camionero las influencias son rastros que llegan al guiño y, por momentos, una intertextualidad hecha de estructuras, sonidos y cadencias.
En los dos primeros EP está la esencia del banda: el camión transporta riffs pesados, a veces mediados por punteos filosos y letras en donde, aunque ya se dice mucho, lo primero que el oyente recibe es cómo se comporta la sílaba en la estrofa y el estribillo. Camionero empieza donde empezó el rock pesado: blues melancólico, virtuosismo y diálogo entre la percusión y la melodía.
Más allá de su trayectoria y sus fans, ¿por qué Camionero es tan importante? ¿Qué nos dice su irrupción del momento que vive el rock nacional?
La fórmula es autosuficiente en su aparente minimalismo. La pedalera de Joan Manuel (la "cuarta integrante", si el productor Dylan Lerner es el tercero), ya despliega sus posibilidades: un abanico de graves y agudos contenidos entre el bombo y el hi-hat, microfoneados con precisión. La guitarra es procesada con las texturas que pide cada canción. El resto de la atmósfera la completa la otra voz del guitarrista: su aparato fónico, capaz de dulzura y de ese canto popular que puede cautivar a grandes audiencias y convocar al coro. Los White Stripes y los Black Keys sonreirían si escucharan su legado vivito en Camionero.
Son solo marcas en la memoria de allí
Confianza en ti solo, el tercer EP, es una especie de transición oscura que contiene ya una madurez en el swing coronada por la participación de Juanse en la canción “Agua Asesina”. Invitación honorífica que los inserta en una tradición que, en aquella época parecía mirar más al pasado que al futuro. Es que, a veces, la música no tiene tiempo.
En Espectros de Marx (1993), Jacques Derrida acuña el término “hauntologías”, jugando con ontología, el estudio del ser. A su vez, en inglés, “haunt” significa acechar, que en francés se dice “hanter”. El neologismo significa, entonces, el estudio de aquello que, como un espectro, merodea el devenir de un orden mundial que había elegido su modelo. Los espectros de Marx, luego de la caída del bloque soviético, acecharían, sin estar vivos ni muertos, al capitalismo occidental.
Mark Fisher, en Los Fantasmas de mi vida (2014), agarra el término, lo lee en el marco de la paulatina cancelación del futuro que señalaba Bifo Berardi y sentencia que los fantasmas que verdaderamente nos acechan son los de los futuros que no llegan a existir porque no nos animamos a imaginarlos.
El marco teórico para pensar la cultura es genial, pero me voy a correr levemente. Cuando Fisher habla sobre música, sentencia que el último cuarto del siglo XX fue una de las épocas de la historia de la música que menos se animó a mirar hacia el futuro. Para Fisher, esto es lo contrario a hacer arte sin ataduras.
Pero lo viejo funciona, Juanse. Invitar al líder de los Ratones Paranoicos a tocar la guitarra y cantarse unos versos fue un gesto que valoró una tradición (que podía parecer vetusta) y creó un presente musical.
Simon Reynolds cita en Retromanía (2011) una frase que le dice Norman Blake, de Teenage Fanclub: "Cualquier música que no suene como alguna otra cosa en la historia del rock siempre suena terrible". El crítico musical no está de acuerdo con la cita, aclara, pero podríamos lanzarnos a afirmar que desoír a la propia tradición no te posiciona automáticamente en el futuro. Hay movimientos de avanzada que buscaron la novedad en el pasado. A su vez, está claro que los gestos rupturistas requieren valentía, pero estos no siempre corren la suerte de ser entendidos muchos años después como adelantados. O, como diría la banda argentina Placer: La novedad no es el futuro / la novedad es el pasado que taparon.
Y lo que se interponga tendrá la forma que yo disponga
Club Camionero (2021) fue entonces la celebración de la refundación mitológica del rock and roll, sintetizada en “Genio del Abasto”, que narra un duelo de cuchilleros urbanos y nos habla a su vez de la violencia necesaria para que un paradigma caiga, dejando lugar a lo nuevo.
Sobre Lavalle brilló la / navaja antes de hablar / Seamos extraños: / no midamos daños.
Semblanza de un anónimo genio que se encuentra con un amigo vuelto extraño, duelo de navajas con el Abasto de escenario y obra coreada hasta el pogo y, para algún afortunado, su consecuente mosh.
Así llegamos a Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Oh, no esperaré a mañana
Todo lo sólido se desvanece en el aire (2023) se suma a una tradición intertextual inaugurada por Marshall Berman, que había encontrado en la frase de Marx y Engels una imagen que ilustra cómo el modernismo construye sobre los hombros (y escombros) del mundo viejo.
En el Manifiesto Comunista (1848) se expone que cada etapa de la historia se construye sobre los cimientos de la anterior. La burguesía logró derribar al feudalismo y de las entrañas de su sistema, de las crisis, la superproducción, la expansión del comercio y la propiedad surge otra clase. La primera parte del Manifiesto aborda la cuestión del proceso de modernización y el acercamiento al clímax revolucionario.
La burguesía ha ejercido en la Historia una acción esencialmente revolucionaria.
Esclavo del dueño de la fábrica y del capital, el proletario protagoniza y es el destinatario directo del Manifiesto.
Es un texto fundamental y un diagnóstico que todavía convoca por su actualidad:
Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo, es decir, cuanto más progresa la industria moderna, con mayor facilidad es suplantado el trabajo de los hombres por el de las mujeres y los niños. Las distinciones de edad y sexo no tienen importancia social para la clase obrera. No hay más que instrumentos de trabajo, cuyo precio varía según la edad y el sexo.
La operación de Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982) consiste en usar al marxismo como marco teórico para pensar el modernismo. Desde el Fausto de Goethe entendiéndolo como “la primera expresión de la búsqueda espiritual moderna”, pivoteando con Nietzsche, Dostoievsky y la poesía de Baudelaire, que le sirve, como le sirviera a Walter Benjamin en su Libro de los pasajes(escrito entre 1927 y 1940, y publicado póstumamente en 1983) para pensar la constitución de la subjetividad del hombre moderno.
El anteúltimo disco de Camionero contiene todavía más densidad conceptual. Desde la tapa, articulada con la evanescencia marxista hasta la poética, denunciante de la opresión, pero también abierta a la melancolía, la mitología urbana y la conciencia plena de que las mercancías culturales contienen una fetichización con la que el artista lidia. En “Películas anónimas” Joan Manuel canta:
Partículas por celular / Películas anónimas / Estallan despacio en el aire.
Imágenes compartidas que podrían ser (y, bien miradas, son) películas.
Como la burguesía y el urbanismo, el rock es un palimpsesto. Sobre lo anterior se escribe lo nuevo.
Un torrente violento sacude mi cuerpo
Durante y después de la pandemia, el do it yourself, uno de los estandartes del punk, se trasladó la composición por medio del software. Las infinitas posibilidades de grabarse hicieron de la producción de música algo más accesible. Pero, en cierto momento, las maquetas digitales dejaron de reemplazarse por producciones más sofisticadas y un sector de la música popular vivió, otra vez, un período donde lo más importante fue la actitud, el mensaje, el personaje. Las maquetas empezaron a publicarse (otra vez) como versiones finales.
A su vez, el rock fue visto como algo caro y difícil de transportar, y muchas fechas y festivales prefirieron no pagar o pagar considerablemente menos los cachés. Pero llegaba un período lo-fi que se imponía y proliferaba en la juventud, las plazas, las bateas y, sobre todo, las plataformas digitales. Hubo un auge repentino de bandas que llenaban lugares y parecían constituir un movimiento, todavía sin nombre.
A mí me pasó que los distintos programas de Inteligencia Artificial, sobre todo los procesadores de texto y de imagen, me llevaron a apreciar aún más aquello producido por humanos. Imagino que a otras personas les puede haber sucedido también, porque soy un bicho gregario que habla, lee y se entiende como parte de los hechos colectivos. Como el rock and roll.
Y la primera vez que fui a un Tracción a sangre, sentí como si Camionero hubiera interpretado esa sensación. El ciclo les había abierto la puerta a los artesanos, reivindicando la parte más importante de la música popular: su humanidad.
Apelemos a la elipsis: el 12 de mayo de este año, el grupo largó su tercer LP, mezclado por Dylan Lerner y masterizado por Brian Lucey, que trabajó con Depeche Mode, Arctic Monkeys o Black Keys, entre varias otras bandas.
Pruebas de contacto es un acercamiento a los cables. También, hay que escuchar muchas veces las letras para entender cada verso, como un misterio musical que dice mucho, escondido en la ambigüedad. Joan Manuel y Santiago entran en contacto, en su circuito cerrado. La fuente siempre alimenta el quilombo, los electrones recorren su trayectoria y la corriente deriva en esa carga infalible que es la canción de rock.
El 12 de mayo de este año, el grupo largó su tercer LP, mezclado por Dylan Lerner y masterizado por Brian Lucey, que trabajó con Depeche Mode, Arctic Monkeys o Black Keys, entre varias otras bandas.
“Colocando deuda en Navidad” es el primer verso de “Mala suerte, varón”, canción que abre el disco. Después de un rasgueo con guitarra acústica, los canales eléctricos se abren para darle forma a un gran comienzo de álbum: denuncia de las trampas del poder, picaresca, maridaje entre ironía y sordidez; swing entrenado, sonido al palo y manija creciente.
El siguiente parador es “Amuletos”. En el lenguaje discográfico de esta extraña década del mundo, hay cuatro canciones prioritarias en un disco: los dos primeros adelantos (este disco no los tuvo), la primera canción del disco (se habla de un “adelanto encubierto”) y el focus track, que es la canción que sintetiza la búsqueda de la obra. Si el artista o el grupo trabaja con una distribuidora, esta deberá intentar posicionar el tema principal en las listas de reproducción. Bien: “Amuletos” podría haber sido un adelanto, pero también un focus track. Si hubiera sido un adelanto, hubiera contenido una especie de engaño respecto a lo que el disco comunica. Me explico: Joan Manuel usa un octavador que emula los graves del bajo. Las muchas veces que ese pedal no está, el bombo se lleva la marca de los graves, en diálogo con otras texturas que aporta la guitarra. La cuestión es que en “Amuletos” la línea de la guitarra procesada por el octavador es tan parecida a la que haría un bajo que quien escucha bien podría entender que la banda incorporó un nuevo instrumento y quizás integrante. Mucha fue mi sorpresa cuando, sorprendido por el sonido, escuché los versos:
Antes éramos lo mismo / Hoy sonamos tan distinto/ ¿qué pasó?
No me hubiera extrañado que los muchachos problematizaran el hecho de que son dos músicos haciendo el trabajo de un montón. Abandonar los amuletos como un gesto iconoclasta, dispuesto a cualquier cosa con tal de entrar en contacto con los fantasmas del futuro. Y todo dejando entornada la puerta del misterio, porque bien podría tratarse de un simulacro: la imagen de los espectadores en el cine saltando de sus butacas cuando el tren se acerca desde el fondo de la perspectiva. Aclárese: somos los espectadores y el bajo en Camionero sería el tren.
O capaz es algo más tranqui. Casi siempre es algo más tranqui.
La canción que le sigue, "Una última oferta", también podría haber sido focus track. Ricotera y Camionera, es la canción más hegemónica del disco. Melódicamente compleja, el riff es encantador y arranca con el sonido de "La Distancia", en intertextualidad con la obra propia, que es algo que solo pueden hacer bien los grandes.
La segunda parte del disco se permite la oscuridad y la belleza. Si mantenemos el marco teórico discográfico, “Criaturas calientes” podría haber sido un adelanto o un focus track. El puente de melodía y canto celestial que parece invocación de lo sagrado es una especie de marca registrada del dúo. Es una forma de planchar la situación antes de una explosión que en vivo funciona bárbaro.
La guitarra de "Catedrales" es muy parecida a la de El Mató a un policía motorizado en "La síntesis O’Konor", ese disco que les cambió la carrera. Aunque la canción habla de la muerte, el recuerdo, la distancia o la trascendencia, elijo interpretar que es también un homenaje a ese sonido fundacional que puso el límite en el cielo. Reconocer a maestros y citarlos con devoción y honestidad intelectual también es cosa de grandes.
El análisis podría seguir, inútilmente.
Lo importante es que el disco ya se presentó en el Teatro de Flores, el viernes 22 y el sábado 23 de mayo.
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