¿Vivís por FOMO o por deseo? Entre el escroleo de Instagram y la precarización del laburo, el tiempo se volvió un lujo. La deserción y el no-hacer (desde una relectura del taoísmo) como actos de soberanía frente a la tiranía de los planes.
Hay palabras que aprendí primero del mundo cripto. Por ejemplo, FOMO (fear of missing out) salió de esos ciclos alcistas de BTC en los que entraban compradores nuevos que no querían quedarse afuera. Cuando la gente empieza a hacer cosas por miedo a perderse algo, el efecto no es solo individual: la suma de esas decisiones genera un movimiento colectivo. Ese mismo mecanismo se puede ver con bastante claridad en el mundo del consumo. Las ofertas, por ejemplo, no solo apelan al FOMO: lo producen, lo trabajan directamente.
Desde que mostrar lo que hacemos se volvió una compulsión, muchas personas comparten todo lo que hacen en historias de Instagram o en los estados de WhatsApp. En algún momento, alguien entendió que somos profundamente needy y decidió capitalizar nuestras inseguridades, volviendo la exposición cada vez más accesible hasta convertirla en adicción. Ya sea por una necesidad más o menos desesperada de atención o simplemente por ganas de hablar con alguien, mostramos lo que hacemos esperando reacciones: un fueguito, una respuesta, el inicio de una conversación. Este último, mecanismo típico del cortejo chonguístico.
En algún momento, alguien entendió que somos profundamente needy y decidió capitalizar nuestras inseguridades, volviendo la exposición cada vez más accesible hasta convertirla en adicción.
Es en este contexto que, como prosumidores que somos, ir a un recital o a un evento se convierte en contenido posible. No digo que hayamos perdido la capacidad de disfrutar de la música en vivo, sino que hay algo del orden de un market sentiment que explica, por ejemplo, los diez River que metió Coldplay en la pospandemia. Son cada vez más los músicos que dan recitales en estadios y que hasta hace muy poco no llegaban a juntar esos volúmenes de público o alcanzar esos valores de entradas. Como cuando decimos “esta reunión podría haber sido un mail”, podríamos decir “este River podría haber sido un Niceto”, si no fuera por el FOMO y por las formas en las que se crea escasez y ansiedad desde las estrategias de promoción y preventa.
Vengo sospechando con los planes desde la pospandemia, pero en este último año el tema tomó un matiz más personal, que me atraviesa en lo vincular y no sólo como diagnóstico del mundo contemporáneo. Acá en Argentina fue muy claro: cuando pudimos volver a salir y hacer planes con muchas personas de cuerpo presente en el mismo lugar, se empezó rápidamente a ver este fenómeno de los recitales masivos y el boom de la venta de entradas. En ese momento todos veíamos que había una necesidad de volver a juntarse, pero ese ansia por el encuentro estaba enmascarando que las personas habíamos pasado meses encerradas con nuestros teléfonos y computadoras y habíamos aprendido a ver el mundo a través de ahí. Más allá de cómo haya pegado la pandemia en cada uno, dejó marcas compartidas. A eso se suma la disminución progresiva de la capacidad de compra y de ahorro de la clase asalariada, un proceso de precarización que continúa hoy su inexorable rumbo y que impacta directamente en nuestras formas de consumo, y por qué no, en nuestros deseos (una amiga se ríe cuando digo “gusto de quien gusta de mí”: acá sería querer tener lo que podemos comprar). Licuada nuestra capacidad de ahorro y la posibilidad de orientar ese resto hacia fines más sustanciosos (cambiar la compu, hacer un viaje, ni hablar de un vehículo o una propiedad), esa mínima plata que sobra a fin de mes, se quema en consumos más accesibles: una entrada, una salida, un plan. Algo para hacer y, eventualmente, mostrar. Experiencia y contenido.
Habiendo hecho estos descargos, me concentro ahora sí en lo que me está pasando con los planes. Me gustaría decir que no a todo plan al que se me convoca. Dejando de lado el riesgo del ostracismo amistoso (quedarme sin amigos, o que dejen de invitarme a cosas), que honestamente no es lo que me preocupa, ese rechazo igualmente no es gratuito. Me cuesta decir que no, atravesar el FOMO y soportar la sensación de estar perdiéndome algo, poder vivir tranquila con esa abstención. Y algo más molesto todavía, ese FOMO se me vuelve personal: me lo tomo mal, como si cada invitación viniera a interrumpir o desviarme de lo que realmente quiero estar haciendo.
Claramente las redes sociales o Internet en general, no ayudan con el FOMO, sino que trabajan con él. A veces pareciera que están pasando demasiadas cosas al mismo tiempo, más que las que pasaban antes; ¿o es que vemos más cosas? Desde la aceleración que desató la pandemia, y sospecho que también con la adopción masiva del home office, aumentó el escroleo. El tiempo de ocio se atomizó en mini momentos de distracción en donde desconectamos de lo que estamos haciendo para escrolear, quizás simplemente porque aumentó la compulsión. No quiero generalizar, por supuesto que también hay personas que se dedicaron a otras cosas (tener hijos, por ejemplo).
Mi escritorio I.
En mi circunstancia actual estoy queriendo avanzar en la escritura de un libro, y como todavía no consigo que me paguen por hacer lo que me gusta (mal de muchos consuelo de tontos), para sentir que progreso en la tarea, tengo que escribir en tiempos que le robo al trabajo y a otras responsabilidades que tengo, y que preferiría no tener. Soy esclava de un montón de responsabilidades económicas por elegir vivir en una ciudad carísima (igual nadie ha muerto nunca de contradicción). Siguiendo este deseo de avanzar con la escritura de mi libro, si en algún momento “me sorprende la inspiración” de que se me ocurra una idea para desarrollar, o quiero quedarme a escribir o quiero estar en mi casa haciendo nada para que se me acomoden las ideas, voy a tener que sacrificar planes para poder hacer eso. Entonces, lo que me sucede es que cada vez que mis amigos me invitan a un plan, como en el fondo me cuesta decir que no, esas invitaciones me generan un malestar y lo siento como algo ofensivo. Como en un FOMO invertido: no el miedo a perderme algo, sino la sensación de que algo se ve amenazado, como si la invitación ya viniera a invadir o desordenar un equilibrio frágil.
La primera auto sospecha que esto me genera, es que en el fondo, mi rechazo a los planes sea una forma de demostrar un punto, de confirmar algo que no termino de sostener por mi cuenta. Como si el gesto mismo de decir que no, el ausentarme, funcionara más que el tiempo que efectivamente gano no yendo a ese plan. La segunda es que mi rechazo sea una forma de alardear de mi fuerza de voluntad, en un gesto que se corresponde más con una pretensión, consciente o inconsciente, de superioridad moral o de statement medio meritocrático de “quien se esfuerza, quien renuncia, consigue lo que quiere”. En cualquiera de los dos casos el problema pareciera ser el mismo: mi dependencia de la valoración externa, mi inseguridad. El rechazo se convierte así en una acción performativa que da cuenta de una necesidad de aprobación, condicionada por el peso de la mirada ajena.
Cada vez que mis amigos me invitan a un plan, como en el fondo me cuesta decir que no, esas invitaciones me generan un malestar y lo siento como algo ofensivo. Como en un FOMO invertido.
Como clausura directa para estos interrogantes podríamos nombrar la ineludible verdad de la escasez de tiempo. El oro es escaso porque cuando se acabe lo que hay en las minas no vamos a poder producir más (a esta altura, permítanme dudar). El tiempo es escaso, es dinero, y se convirtió en un privilegio. No sólo porque hay que hacer cada vez más cosas para subsistir, sino porque incluso el ocio se instrumentaliza. Bien podríamos concluir que no se puede todo, que para hacer unas cosas hay que dejar de hacer otras. El día tiene 24 horas que no se pueden extender como un chicle. Esa es una ficción neoliberal que promueve la responsabilización individual del malestar: creer que podríamos estar optimizando tareas todo el tiempo, y la culpa que nos da no estar siendo eficaces.
Pero no me quedo conforme con ninguna de estas conclusiones y decido extremar un poco las sospechas, por mero deporte. Que las personas podamos dedicar tiempo a hacer las cosas que nos generan placer y felicidad, es para mí el único horizonte posible y esperable de autonomía. Pero esta autonomía se configura muy rápido como repliegue individualista, y como el individualismo es capitalista por definición, me pregunto cómo desmarcarlo de ahí. Intuyo, no sin cierto recelo, que puede haber algo en esto de “ponerte tu propia máscara antes de ayudar a otros” que nos podría dar algunas pistas. Entonces, si no tengo tiempo para hacer lo que me gusta, y no puedo renunciar a mi trabajo (porque no quiero tener que irme a vivir con mis viejos o con mi pareja), ¿cómo me libero tiempo? ¿Será que la única forma de liberación que queda es la de esquivar las demandas, la de la deserción?
No hacer nada es la cosa más difícil del mundo. Priorizar lo que nos da placer también, porque muchas de esas cosas no se pueden mostrar, no comunican nada, no nos hacen ver como los más sociables o con mil amigos, o los más productivos o exitosos. Una forma de retirada sería entonces plegarse a la lógica de hacer pero no mostrar, bajar un poco los niveles de exhibicionismo narcisista. Esta alternativa implicaría bancarnos que nadie se entere, volver a la privacidad, a hacer las cosas para uno, y en ese gesto mínimo, recuperar algo de soberanía cognitiva sobre la propia atención.
Vale aclarar que cuando hablo de cancelar planes no me estoy refiriendo a planes locos o rebuscados, o culturalmente redituables. Nada de ir a una feria editorial un domingo al mediodía, a una juntada mil veces pospuesta con amigos de amigos, a una fiesta donde toca alguien que te gusta pero empieza tardísimo, a una lectura de poesía en la loma del orto, a una cena con compañeros de un taller que hiciste hace mil, a una muestra que hay que ver antes de que cierre, a un evento que te invitó alguien que hace mucho que no ves. Tampoco estoy hablando de planes familiares o de cuidado (visitar a padres, abuelos, cuidar hijos), que responden a otras lógicas y necesidades. Me estoy refiriendo a una cena con amigos del primer cordón, a juntarse a tomar un vino, una birra, un mate con los amigos más cercanos.
No hacer nada es la cosa más difícil del mundo. Priorizar lo que nos da placer también, porque muchas de esas cosas no se pueden mostrar, no comunican nada, no nos hacen ver como los más sociables o con mil amigos, o los más productivos o exitosos.
Hace poco se estuvo hablando bastante de la cultura de ponerse al día, o catch up culture (a ver, me empezó a aparecer en el feed y de repente da la sensación de que es un tema de agenda, de que todo el mundo está hablando de eso, filtro burbuja mediante). Juntarse con amigos para simplemente ponerse al día de la vida del otro porque ya no hay tiempo para compartir juntos, para boludear. Este tipo de comportamiento reproduce las lógicas de valorización del capital, haciendo que todo responda a una check list donde el tiempo se piensa como tiempo invertido en algo para que dé un retorno. La única forma de autonomía y soberanía sobre el tiempo, se genera liberando el tiempo de finalidad, de utilidad. Porque generalmente cuando algo es útil, está respondiendo a demandas externas, a ideas de éxito que no son propias. Porque boludear es importante: tener el tiempo para aburrirse, mirar el techo, apagar la tele del cerebro, hacer espacio mental. Como cuando se abren las ventanas para que entre el aire. El vacío, para el taoísmo, no es falta sino condición.
Siempre me atrajeron las ideas un poco radicales: en su momento tuve mi crush con el aceleracionismo, y más acá, con la deserción que propone Bifo Berardi. Me sorprende ver cómo las ideas pueden cambiar con el paso del tiempo, cómo envejecen o se vuelven otra cosa. La compilación sobre aceleracionismo de Caja Negra es de 2017 y recuerdo que, en ese momento, el aceleracionismo de derecha me parecía interesante como hipótesis especulativa sobre el futuro, algo lejano, delirante. Hoy en un panorama global atravesando una deriva reaccionaria, que aparentemente nos costó tanto ver venir, y en un contexto local donde es noticia que empresarios cínicos como Peter Thiel pasen temporadas en Buenos Aires haciendo negocios con el gobierno, lo que antes era una teoría medio fantasiosa empieza a encontrar formas de encarnarse en la realidad. Ideas como las de Nick Land, que leía como abstracciones filosóficas, encuentran hoy formas más concretas de existencia. Intentar poner en un mismo plano al aceleracionismo y a la deserción sería una estrategia demasiado lineal. Las junto sólo porque veo en ellas algo de lo radical: ambas aparecen como respuestas a la dificultad de sostener la vida en las condiciones actuales. Ambas abandonan la esperanza de que la cosa cambie, o mejore, una empujando y la otra sustrayendo.
Mi escritorio II.
La deserción que propone Bifo implica la retirada, el repliegue, el rechazo. La primera crítica que se le podría hacer es bastante evidente: no todos pueden hacerlo. Hay que contar con una determinada posición material para que esa retirada sea siquiera una posibilidad. Y además a mí, como mujer latinoamericana, me cuesta comprarle ese plan a un varón blanco europeo; hay algo ahí que me hace ruido. Ese parece ser la fisura de la propuesta: que no todos pueden retirarse sin quedar expuestos. Para algunos la deserción podría prometer autonomía, y para otros, el riesgo de perderla. En ese sentido, pareciera haber un sesgo de privilegio en esa posibilidad de correrse. Pero al mismo tiempo, no puedo descartar la potencia de la idea: ¿¡alguien puede pensar en la deserción!? Esta sirve, al menos, para desnaturalizar el trabajo asalariado, esa primera estafa piramidal, y para abrir la posibilidad de otra relación con el hacer. Ahí es donde aparece algo que también me interesa, la cercanía con el taoísmo. El wu wei, el no hacer, el no forzar, el no sobreproducir. No como retirada heroica, sino como una forma mínima, más silenciosa de correrse (como en las relaciones de pareja, donde a veces la única forma de ganar la discusión es perdiéndola). No responder, no entrar, no insistir. Si el aceleracionismo empuja, la deserción se va; y el taoísmo, en cambio, se queda mirando el techo. No interviene, no se opone, suspende.
La única forma de autonomía y soberanía sobre el tiempo, se genera liberando el tiempo de finalidad, de utilidad. Porque generalmente cuando algo es útil, está respondiendo a demandas externas, a ideas de éxito que no son propias.
Bifo dice que “solo la deserción sería capaz de restituir un carácter colectivo a la acción, incluso si la acción consiste en el no actuar”. Acá vuelve a operar el punto ciego del individualismo. Sería hermoso coincidir en el “interés común para buscar el máximo placer para todos los seres sensibles”, pero parece contraintuitivo hacerlo desde la postura de la renuncia individual. ¿Quizás podríamos pensar en una especie de “autismo estratégico", una retirada colectiva de la participación? Si el capitalismo necesita del libre flujo de nuestras energías libidinales, pienso, a partir de Bifo, en cómo hacer una retirada común de esas energías. Cambiar los slogans: del Just do it al preferiría no hacerlo. ¿Sería entonces, y finalmente, la deserción la que podría ser capaz de producir aquellos efectos de la buena vida que ninguna representación política tiene?
Dejar de hacer cosas de la manera en que venimos haciéndolas, o directamente dejar de hacer cosas. Pensar en no ir al plan, no solamente como un gesto de rechazo o una toma de posición, sino como una forma simple de hacer lugar. Y bancarse hacerle lugar a algo que no siempre es claro, que no siempre es productivo, que no siempre se puede mostrar. Sí, llegué tarde porque no quería venir. Es falta de ganas que busca transformarse en otra forma de atención, otra forma de estar en el tiempo, de operar con él.
Soy artista visual devenida escritora. Escribo sobre arte, internet y cultura contemporánea. Investigo sobre la potencia de los procesos artísticos y el rechazo al trabajo. Toco la guitarra en una banda de cumbia.
5.000+ lectores no pueden estar equivocados. Ensayos, guías y análisis que no vas a encontrar en otro lado — más todos los números de la revista digital.