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TechGnosis: ¿Es la máquina un vehículo para el alma?

¿Es la tecnología el nuevo opio o una puerta a lo divino? Una crónica psicodélica sobre raves, "pastillas" de silicio, tecnología y liturgia. Así exploramos la TechGnosis.

TechGnosis: ¿Es la máquina un vehículo para el alma?

Íbamos sentadas una junto a la otra, tan apretadas que podía oír con claridad el murmullo de sus auriculares: la voz de Terence McKenna diciendo que la única diferencia entre una computadora y una droga radica en que la computadora es demasiado grande para tragarla.

Sin embargo, ahí estaban chicas y chicos masticando silicio, con sus uniformes, nunca dos iguales, de labios violetas y ojos hundidos, disponibles para cualquier rito heterotópico.

Cauterizar

Nada tiene de secular un sound system o una mezcladora de audio.

Una Sacristía: purifica su cuerpo con agua, elige sus telas cuidadosamente (colores y texturas, accesorios y tintas para su máscara), pulveriza extractos de flores sintéticas en el aire y atraviesa la nube. Encara la calle a la espera de que ese mito llamado bondi le acerque a su acólito de confianza. Eucaristía bajo la lengua para unos pasos eléctricos, mercuriales, hacia el interior de un bosque luminiscente, neón.

La historia de las tecnologías de la comunicación sería indisociable de las creaciones místicas de la conciencia humana. Máquinas mediáticas y mitología popular son entonces territorios yuxtapuestos.

¿Podés escucharlo? Pulso de subgraves que tensa el aire a intervalos regulares y complejos.

Toda esta maquinaria (dispositivos que interpretan y distribuyen la información), toda esta tecnología… Libros, cables y colectivos: ¿serán vehículo también para el alma?

Con un cuerpo (centro motor) en fase, no paro de pensar en la voz del cartógrafo de subconscientes maquínicos, Erik Davis, repitiendo como un mantra un concepto: TechGnosis. La historia de las tecnologías de la comunicación sería indisociable de las creaciones místicas de la conciencia humana. Máquinas mediáticas y mitología popular son entonces, para él, territorios yuxtapuestos. Interrumpido de inmediato por su sombra (también llamada Erik Davis) que replicó: es una especie de enfermedad o proceso, un retorno del problema gnóstico, el drama dualista del plano ideal versus el material, el espíritu y el cuerpo, lo real y lo virtual.

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También argumenta que el deseo de trascendencia, de alcanzar la Gnosis, no desapareció con el auge de la ciencia, la tecnología y la industria. Si era destino de la razón iluminada alejarnos del encantamiento místico, solo ha logrado traducir, enmascarar y por momentos reprimir esa pulsión humana.

Una tecnología lo suficientemente compleja se vuelve indistinguible de la magia. Trae consigo su propia liturgia, sus prácticas.

Y acá estamos nosotras, donde lo virtual y lo real se relacionan en una aparente igualdad ontológica. Con un terrible sabor a déjà vu. Fronteras que se corren, lo lejano y lo cercano mezclados. Y una respuesta recurrente a las crisis de sentido: Escatología, una doctrina de las últimas cosas.

Tirá de ese hilo y, de seguro, te vas a topar con esas estéticas del colapso, con singularidades de IA mesiánicas, distintos formas de milenarismo, o, como prefiero llamarlo: el Gran Juego Cósmico del Eskhaton, y sus dos fuerzas que se tensan buscando acelerar o frenar el apocalipsis.

De cualquier manera, el mapa no es el territorio. Y, si lo real es un desierto, nada me garantiza que lo virtual sea un jardín.

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Una serpiente de entre las ramas de un árbol se revela, dice llamarse *** y ofrece un fruto que al comerlo ilumina, según algunos, con el conocimiento del bien y del mal. Extendés tu mano, tomás la fruta y la mordés. Disociás, por primera vez, a nivel cósmico. Observás hasta las pupilas de Dios y volvés a tu estado natural. Pero algo ha cambiado: te encontrás ahí, sospechando en lo real una especie de simulacro. Y con esa idea de lo perfecto suben escalofríos de intuición por la distancia con lo divino.

Una escisión cognitiva, bostezo epistémico.

Lo que cambia aquí es la percepción. En este estado confuso (donde el Pneuma no se reconoce como tal dentro de la materia) surge el acto de observarse a uno mismo, gatillando la anagnórisis: gesto autoconsciente que dura tan solo un instante, para volver a cerrarse.

Este desplazamiento implica una simetría. El ejemplo es tan solo una forma del drama, pero siempre expone una posibilidad de retorno o salvación; un proceso soteriológico de unión, aunque también de separación radical. Si creemos ver una llave en el mito y sus símbolos, el pivote es cognitivo. Si la caída es epistémica, el retorno también. A esa experiencia la llamaríamos Gnosis. Y a su perversión, trampa de los arcontes, los regentes de los flujos de información que monitorean o diseñan lo que ves.

Porque si bien la fábula del jardín puede ser sugerente, hay tanto de fruto prohibido como de trickster (el embaucador) en el asunto. Para los gnósticos, esa peculiar rama del cristianismo primitivo, la realidad era una especie de prisión creada por el demiurgo, una deidad de segunda categoría. Y la información, el dato: una chispa divina que debía ser liberada de la materia. 

Ahora bien, este último concepto era compartido por otra escuela, el hermetismo, pero con consecuencias un tanto diferentes. En ambas tradiciones ese regreso (ese despertar) no implica algo nuevo sino un recordar (anamnesis). Pero precisamente aquí divergen: una chispa encarcelada en un cuerpo de carne o metal, materia. ¿Emprende una huida o busca operar en el escenario de su confinamiento? ¿Espiritualización de la materia o materialización del espíritu?

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Licencia tal vez la reducción, pero donde el gnóstico navega (infonauta) siguiendo la señal del Logos entre toda la interferencia entrópica del mundo material para alcanzar el Pleroma, el hermético con su techne busca crear el orden y la belleza en lo material (neguentropía). Aquí está la trampa sagrada. La culminación del camino hermético, a diferencia del gnóstico que acaba en disolución, es traer a la existencia una obra total (un palacio de memoria o teatro del mundo, donde toda la información del cosmos esté contenida) igualando así a Dios. El truco que ejecuta el trickster está en la amputación: externalizar nuestra mente en dispositivos nos convertiría en cíborgs con capacidades cuasimágicas, pero a costa de perder facultades naturales.

Esa habilidad del saber hacer que prometen los objetos amputados devenidos prótesis (tanto su potencia creativa como la indistinguible simulación de lo imposible) está íntimamente relacionada con Hermes, el dios de las fronteras, patrón de los inventores y traductores, tanto como de los ladrones y mentirosos. Surge entonces una evidente relación entre las ideas de comunicación, comercio, astucia, manipulación y negocios, en última instancia todas formas de danza de verdades, mentiras y apariencias. Danza que no ocurre en el vacío, más bien se despliega en esa capa de pensamiento colectivo, escenario para el Gran Juego Cósmico del Eskhaton.

Externalizar nuestra mente en dispositivos nos convertiría en cíborgs con capacidades cuasimágicas, pero a costa de perder facultades naturales.

Así, la apuesta hermética implica siempre un espejismo.

Hermes te da una prótesis que expande tu habilidad técnica, y a cambio (incluso sin que lo notes) entregás la parte de vos que naturalmente supo ocupar ese rol. Poco a poco te descargás en la materia, como un cuerpo de Teseo, donde al final,  en el punto omega, te espera la terrible singularidad con dientes babeantes asomando de su hocico.

Post Hoc Ergo Propter Hoc planetario de todas maneras. Alucinación consensuada.

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Disolver

Uno de los auriculares colgaba de mi pecho; el otro, todavía prendido a mi oreja, canturreaba la data psicodélica, con ese tono nasal y meditativo típico de Terence.

Entonces su mano sacudió la manga de mi campera. Cibersigilismo de pies a cabeza: cuero, layers, hebillas y pelos imposibles. La mirada oblicua pero no su atención, dada a la pequeña pantalla que disparaba fotones a su rostro. Espejo sintético. Con la precisión de un orfebre distribuía líneas negras desde sus lagrimales contorneando símbolos orgánicos, casi ergonómicos.

—Dale, que en la próxima bajamos. 

Adormecida por el vibrar del colectivo me paré y la seguí. Mi piel contra el ardiente metal de la máquina, articulaciones extendidas, forcejeo de cuerpos indistintos y apretados en una boca húmeda que avanza a 69 km por hora. Masticó y deglutió. Nos escupió gratamente.

Bullicio de ansiedad, paradas en una esquina. Los ojos me vibraron avisando que a tres cuadras un acólito de los que habitaban la urbe cerraba la puerta de su casa y caminaba hacia nosotras.

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Diez impersonales minutos después ya estábamos de vuelta. El frío en la piel nos apuraba el paso, tan enfático el silencio que me incomodaba, así que tuve que preguntar.

—Vos también lo notaste, ¿no?

—Sí, estos androides no me gustan. No sé cómo decirlo, grotesco. Como si no estuviera realmente ahí.

—Yo lo noté extrañamente armónico. Muy modificado. Capas que a un extremo pero…

Me interrumpió de inmediato.

—Mirá, amiga, no sé que habrás visto exactamente, pero no importa.

Sus ojos encendidos caían hacia sus manos abiertas que ofrecían una pequeña puerta (tal vez una broma, tal vez un truco). No pude más que morderme el labio con sospecha.

—Es un regalo, hay que celebrarlo —me dijo.

Llevó sus dedos índice, cordial y anular hacia su entrecejo, cadera izquierda, hombro derecho: signación por pentagrama. Claramente, había elegido su respuesta. El regalo era un portal. Reduje mi tamaño y crucé el umbral con una disposición casi doméstica, un reflejo. El desagrado de notarme autómata me dislocó lo real, me noté observándome a mí misma, una iteración nublada y permanente. Un cuerpo que mira un cuerpo, que mira un cuerpo.

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Sexo, drogas y rock and roll. Un starter pack conceptual y cultural sobre el flash, una “psylist” de puntas musicales y la importancia del flash como parte del mindset contemporáneo.

Pasos sobre el pasto. Pulsos graves van creciendo entre los árboles, tropezando hacia adelante como si mi cabeza fuera de un tamaño desproporcionado. Mi mano fundida a otra mano. Veo esos monolitos de madera forrada en telas negras, martillos de presión y ritmo; múltiples sombras iridiscentes como sorbidas por el viento venerándolos. En el centro, patrones eléctricos y el monje de turno se funden en gracia del tiempo, arquitectura dinámica en el aire. Invocación cronestésica, entrando y saliendo convulsamente del ahora. Porque una rave es prácticamente una máquina del tiempo.

¿Qué clase de despertar era este? Sucesivo y constante. Repetitivo.

Era, de seguro, una broma. Una puesta en escena. Pura performance.

El regalo era un portal. Reduje mi tamaño y crucé el umbral con una disposición casi doméstica, un reflejo. El desagrado de notarme autómata me dislocó lo real, me noté observándome a mí misma, una iteración nublada y permanente. Un cuerpo que mira un cuerpo, que mira un cuerpo.

Make it, make it, don't fake it! Gritan esos monstruos en la película de Korine. Performance: creer ser algo, pero no serlo. Un circo de artefactos donde el mago y el loco son la misma carta. Atarme a ese flujo evanescente de percepción. Disponerlo como alteridad en esos campos comunes de información, puntos efímeros de preguntas abiertas. Interacción social cual antídoto para el infómano. Que en su pendiente resbaladiza confunde lo exquisito de la experiencia con el arconte que monitorea la estructura de su placer híper ubicuo.

Rezando por Dios en el otro, por ser sacra comida para gusanos. Conjugando belleza y terror. Como quien devora una montaña para extraer de ella fragmentos de metales raros,  transportarlos a través de los océanos y extensos campos de tierra. Implicar ingeniería de escala planetaria. Suburbios que segregan microchips y centauros en la ruta como venas que abastecen una estructura bestial. Para terminar recibiendo los fotones que rebotan en un rostro hacía un pequeño lente. Entrada a un cerebro digital que los traduce en un espectro lumínico ultra específico, que imita, que imprime en tiempo real unos ojos que se delinean tribales en la comisura; en un colectivo rumbo a una fiesta.

Ghost in the Shell (1995)
Basado en el manga original, el director Mamoru Oshiii no sólo entrega acción e imaginación sobre el futuro, sino que también problematiza algunos asuntos humanos complejos.

No puede ser otra cosa más que una broma. Puente con lo irracional. Con lo que está donde no se supone. Transracional y umbralada su deriva, tan familiar. La rareza va en aumento. Son esas máquinas vivas que sueñan mirarme desde todos los ángulos posibles. Ojo externalizado, un persistente observador fuera, un lente convergente. Simetría o espejismo. De cualquier manera, un tipo de paranoia o fe, que sabe encontrar sus múltiples nombres. 

Tan complejo el simulacro que solo inspira liturgia. Así nada tiene de secular un sound system, una mezcladora de audio. Juegos santos para imaginaciones sagradas. Y tantos fetiches como monedas de cambio o condenas.

Umbrales

Fuego en una flor y me pregunto: ¿Qué mierda acabo de leer?. Terrorismo esteticista. Cada carácter y su correspondiente imago. Trucos de magia y sugerencias de Hermes Thot. Una pose.

El propio acto volitivo es una forma de rito, de invocación, un intento de señalar algo que no está ahí. Todo el juego de agencias y arcontes, dioses de pies alados y demonios confusos. Un vaivén eléctrico de contracciones y alivios.

Y una acá, con un mapa y sin suelo. Mejor detenerse a un lado del camino por un instante y prender un cigarrillo cognitivo con sabor a sueño, lleno de rareza e intimidad, como quien escribe, antes de entrar al bosque donde la música espera.

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