¿Cómo una llorona torpe redefinió el animé? Origen y ascenso del fenómeno global de Sailor Moon: desde la crisis económica japonesa de los ochenta y el marketing de los juguetes, hasta la psicología de lo kawaii.
Tsukino Usagi tiene catorce años, saca malas notas, llega tarde a todos lados y llora por cualquier cosa. Come demasiado, es torpe, miedosa, y está más interesada en dormir que en salvar al mundo. Es, también, uno de los personajes más reconocibles en la historia del animé.
En 1992, los ejecutivos de Toei Animation aprobaron Sailor Moon. Hasta entonces, nadie había logrado mezclar del todo las audiencias. Los programas de acción eran para nenes; los de romance y amistad, para nenas.
El éxito fue inmediato. Pero fue producto de toda una serie de, a priori, decisiones contraintuitivas. Para entender lo rupturista que fue su creadora, Naoko Takeuchi, conviene, sin embargo, empezar un poco más atrás.
En el nombre de la Luna
El término japonés Mahou Shoujo (魔法少女) se traduce como "Chica Mágica" o "Magical Girl". Es un popular subgénero de la fantasía en el animé y el manga protagonizado por niñas o adolescentes que obtienen poderes mediante un objeto místico (báculos, broches o colgantes) para combatir fuerzas oscuras, balanceando su vida escolar con la salvación del mundo. Es interesante remarcar que el origen de las Mahou Shoujo está inspirado en la famosa serie estadounidense de los años sesenta, Hechizada.
Hechizada (1964).
El primer animé basado en la serie, llamado Mahou Tsukai Sally (1966), trataba de una pequeña brujita llamada Sally que intentaba vivir una vida de mortal, exactamente como en Hechizada. En este animé podemos ver la primera transformación mágica, elemento que tomaría vital importancia en el futuro. En el caso de Sally, todavía era bastante simple.
En 1992, los ejecutivos de Toei Animation aprobaron Sailor Moon. Hasta entonces, nadie había logrado mezclar del todo las audiencias. Los programas de acción eran para nenes; los de romance y amistad, para nenas.
Luego le siguió la serie Hana no ko Runrun (1969), que estaba situada en un ambiente más europeo y su súperpoder consistía en tener el outfit indicado para cada ocasión. Este animé fue mejor aceptado por el público occidental por su similitud con la Cenicienta y otros contenidos que ya se estaban consumiendo en la época. A partir de Runrun, Toei encontró un nicho y lo empezó a trabajar de manera sistemática. Durante años, el Mahou Shoujo fue básicamente una franquicia de un solo estudio y con cada serie nueva fueron sumando un elemento o producto que la siguiente iba a heredar, desarrollar y comprar.
Ya, con una visión más comercial, podemos empezar a pensar en las chicas mágicas y los juguetes.
Relación con los objetos
Sería inocente no considerar el rol que tuvo la dimensión comercial en el desarrollo del género. Mahou Tsukai Chappy (1972) introdujo el primer báculo mágico, combinando el bastón de porrista con el concepto de varita mágica que usarían en shows como Sailor Moon y Sakura Card Captor. Con la introducción de este objeto comenzaron a aparecer una serie de elementos que afianzaron la relación directa que hay entre la promoción de productos y los shows en sí.
Para poder ampliar el mercado aún más, el programa Cutie Honey (1973) comenzó a tomar elementos del Shoneny mezclarlos con el de Shoujo para poder seducir al público masculino. Entre peleas del monstruo semanal y escenas de acción, el elemento que más atrajo a los varones fue la "primera transformación", en la cual mezclaban la morfosis de los Sentai Kamen (al estilo Power Rangers) con desnudez femenina. La secuencia evolucionaría más adelante en un tropo propio de las Mahou Shoujo.
Hola, soy Troy McClure y los dejo con lo que todos querían ver: escenas de desnudos.
En la misma época, el show Majokko Meguchan (1974), siendo Majokko un sinónimode Mahou Shoujo, introdujo elementos que se desarrollarían más adelante. Incluyó, por ejemplo, el personaje tomboy, un rival femenino, y la posibilidad real de que la protagonista perdiera la batalla, con consecuencias que duraban más de un episodio.
Para fines de los setenta, sin embargo, el monopolio que Toei ejercía sobre esta clase de shows generó saturación. La audiencia comenzó a demostrar algunos signos de hartazgo y empezó a tener preferencia por otros animé shoujo sin magia, como Candy Candy (1976).
En 1982, Studio Pierrot comenzó a competir con Toei con Magical Princess Minky Momo, que pasó de temáticas naif a unas un poco más maduras. En este animé, la la transformación hacía crecer en edad a una preadolescente gracias a un espejo mágico (que, por supuesto, salió a la venta junto con muchos otros productos). Fue el primer programa de shoujo que utilizó el método de banco de imágenes para ahorrar tiempo en producción y poder reutilizar ciertas secuencias. Gracias a esto, la transformación duraba como 23 segundos y lo ponían hasta en la sopa, por supuesto, con momentos de desnudez.
Candy Candy (1976).
Por otro lado, esta serie dio pie a nuevas generaciones de Mahou Shoujo para que pudieran permitirse temáticas más oscuras, ya que la protagonista moría atropellada por un camión (esta escena es vista como algo chistoso en retrospectiva y hasta fue una influencia para el setup clásico del género isekai moderno).
Para terminar de dar forma a las convenciones del género, Studio Pierrot, que había lanzado varios shows de Mahou Shoujo, decidió sacar Majokko Club Yoningumi, una película crossover en donde todas las chicas unían fuerzas. Así se formó el primer equipo de chicas.
Finalmente, si mezclamos todos estos elementos (escuadrón de chicas mágicas que tienen transformaciones largas y bastones coloridos junto con un montón de acción), llegamos a 1991 con Pretty Soldier Sailor Moon.
Arte original del manga por Naoko Takeuchi.
La caída de la masculinidad
Para poder entender un poco el avance de chicas entrando en acción, es importante entender el contexto sociocultural que permitió que una idea de este estilo pudiera prevalecer en un mundo que todavía tenía consumos culturales sumamente segmentados.
Hacia el comienzo de la década del noventa, Japón sufrió una desaceleración en su economía luego de casi cuarenta años de prosperidad económica, dando lugar a la Década Perdida Japonesa o Ushinawareta Juunen. Esto dio comienzo a un período lento de reestructuración empresarial, desempleo y una gran ansiedad social.
Esto dio lugar a un gran cambio en materia de valores sociales, entre ellos, al cuestionamiento de la figura masculina. Los cambios económicos y el desempleo afectaron particularmente a los hombres, que anteriormente eran percibidos como oficinistas de clase media proveedores. La caída del “hombre que trae el pan a la mesa” se manifestó en el surgimiento de nuevas masculinidades que hasta el día de hoy marcan a Japón.
A mí no me preguntes, sólo soy un chico.
Lo kawaii como respuesta
Con la masculinidad japonesa en crisis, era el turno de las chicas de luchar contra el crimen en los programas de televisión. Obviamente, este enroque vendría de la mano de productos para vender de a montones y, ya que había caído el ideal masculino, reinventar el femenino. Desde el surgimiento de las modas en Harajuku y los movimientos estudiantiles, Japón pasó desde un pasado aguerrido y con muchas espadas, hacia un futuro suave y amigable.
En ese contexto, muchas mujeres japonesas desarrollaron un estilo híperfemenino que no estaba dirigido a la mirada masculina, sino a ellas mismas, una feminidad construida por y para mujeres que en su hipertrofia generó fenómenos estéticos fascinantes.
Las breves apariciones de hombres en los Mahou Shoujo de la década de los noventa son, por lo general, a través de personajes andróginos o con un rol secundario, como el padre de Sakura o Tuxedo Mask.
Las breves apariciones de hombres en los Mahou Shoujo de la década de los noventa son, por lo general, a través de personajes andróginos o con un rol secundario, como el padre de Sakura o Tuxedo Mask (su asociación con las rosas y ser el “caballero en apuros”), demostrando así que un hombre no siempre tiene que ser fachero o rudo, sino que también puede ser hermoso y vulnerable. Esta clase de estética es una directa oposición al modelo de feminidad de "esposa sumisa y callada" construido en Japón. Negándose a ser “esposa de”, surgen personajes masculinos que son “el marido de”, alcanzando niveles de nomenclatura similares a “exmarido de Pampita”.
El papá de Sakura.
Las heroínas conservan el previo arquetipo del superhéroe adolescente varón, que debe mantener el balance entre su vida pública y privada, teniendo que cumplir con obligaciones y responsabilidades. A su vez, para mantener la idea de Mahou Shoujo en conjunto con las responsabilidades propias de la adultez, se concentraron en realizar transformaciones que realcen la pureza y lo naif (en lugar de los desnudos), en un cambio creativo de lo que implica ser lindo y tierno.
Para los noventa, los productos en venta se fusionaron con el concepto de idol japonés. Las protagonistas del Mahou Shoujo pasaron a cumplir el mismo rol que Barbie en Occidente. No se vendían solamente juguetes, sino un ideal estético, y las nenas que compraban el espejito mágico de Minky Momo o la varita de Sailor Moon estaban comprando también una imagen de lo que se suponía que había que ser. Los trajes de Sailor Moon son una reinterpretación del uniforme seifuku japonés para realzar lo inocente. En contraste, las villanas son mujeres adultas más seductoras y con una apariencia menos naif. Takeuchi, la creadora de Sailor Moon, directamente tomó prendas de pasarela de Mugler o Yves Saint Laurent para vestir a sus villanas.
Usando un Thierry Mugler 92’.
El término “Sailor Moon” se origina en el mito popular japonés de que hay un conejo cocinando en la Luna. El nombre de la protagonista, Tsukino Usagi, es un juego de palabras entre Tsuki no usagi, que significa “Conejo de la Luna”. La traducción lo modificó a "Serena", para que al menos tuviera algo que ver con la Luna.
La biología de la ternura
Para entender por qué lo kawaiiterminó ocupando tanto espacio en Japón, hay que hablar, extrañamente, de pájaros.
En la década del cincuenta, el Premio Nobel y etólogo neerlandés Nikolaas Tinbergen describió un comportamiento bizarro entre las aves: la preferencia de lo exagerado por sobre lo real. Los estímulos súpernormales son versiones maxxeadas de estímulos naturales que provocan una respuesta instintiva superior a la del estímulo original. Uno puede engañar a un pájaro para que alimente a un títere antes que a su propio polluelo solamente porque el títere es, supongamos, muchísimo más azul. Es tan azul que la madre ni se da cuenta de que su cría de verdad está ahí, al lado, con su boca abierta esperando ser alimentada.
Otro ejemplo, más humano, es la pornografía y la comida con azúcar. El organismo evolucionó para desear azúcar porque es escasa en la naturaleza. Entonces ahora nos metemos cantidades venenosas hasta sufrir graves consecuencias.
Tinbergen descubrió que el sistema nervioso responde a los estímulos súpernormales, no a la autenticidad.
¿Sucederá lo mismo con la ternura? Un estudio de Aragón et al. (2015) demostró que más de la mitad de las personas siente, aunque pudiera parecer contradictorio, niveles altos de agresión frente a estímulos elevados de ternura. Es el famoso caso de las niñas que asfixian a sus mascotas al abrazarlas con todas sus fuerzas.
El animé funcionó porque sostiene la contradicción sin resolverla: la ternura extrema que también genera el impulso de destruirla, la heroína imperfecta que salva el universo.
La denominada cute aggression, que genera pellizcos, mordidas y deseos de apretujar a las criaturas tiernas, son respuestas automáticas a estímulos generados por características presentes en bebés y cachorros. Según estos estudios, es una forma de regulación emocional en la que se activa un impulso opuesto para compensar el otro. El cerebro libera la presión del desborde positivo con el vocabulario de la agresión, sin ninguna intención de daño real.
Según investigadores como Sianne Ngai, estas respuestas son utilizadas como motores de consumo. De ahí el mercado de lo kawaii.
“El objeto kawaii, en su exagerada pasividad y vulnerabilidad, incita simultáneamente el deseo de protegerlo y el de poseerlo, controlarlo, aplastarlo con afecto. Siempre hay algo de violencia en la ternura extrema. Y esa tensión es, precisamente, el motor del consumo”.
Tal vez sea por el sincretismo japonés, esa capacidad de absorber opuestos sin necesitar que se resuelvan. Lo kawaii se comporta de esa manera. Y Sailor Moon llevó lo kawaii al extremo. El animé funcionó porque sostiene la contradicción sin resolverla: la ternura extrema que también genera el impulso de destruirla, la heroína imperfecta que salva el universo, la estética inocente que activa el deseo de consumo, lo naify el empoderamiento, cuya otra cara es la mercantilización y el fanservice. Sailor Moon es un hecho cultural que no colapsa en sus propias contradicciones, sino que las explotan. Ahí, creo yo, radica su éxito.
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