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La casa de hojas: la novela que inspiró el terror de Backrooms

¿Puede una casa ser más grande por dentro que por fuera? Descubrí La casa de hojas, la novela que inspiró el terror de la película Backrooms, entre otras producciones. Un viaje perturbador hacia espacios imposibles, obsesiones y el abismo de nuestra propia alma.

La casa de hojas: la novela que inspiró el terror de Backrooms
De una cosa sí estoy seguro: no sucede de inmediato. Terminarán de leer y se olvidarán, hasta que llegue un momento, tal vez dentro de un mes, tal vez un año, tal vez incluso varios años. Estarán enfermos o con problemas o profundamente enamorados o llenos de incertidumbre silenciosa o incluso satisfechos por primera vez en la vida. No importará. Sin previo aviso, sin que puedan localizar la causa, de pronto se darán cuenta de que las cosas no son como las percibían. 

Mark Z. Danielewski, La casa de hojas.

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski, es un libro y a la vez muchos: novela de terror, historia de amor, saga familiar, sátira a la crítica académica y ensayo sobre literatura, física, filosofía y la naturaleza del miedo, entre otros temas.

Danielewski publicó La casa de hojas en el año 2000, después de una década dedicada a escribirlo. Desde entonces se convirtió en un libro de culto. Incluso antes de llegar a librerías ya se leía fuera del circuito tradicional: habían subido fragmentos de la novela a Internet y se decía que circulaban copias impresas pasadas de mano en mano por clubes nocturnos y locales de tatuaje, no muy distintos de los que frecuentaba Johnny Truant, uno de sus narradores. Veinticinco años después, la novela sigue moviéndose de la misma manera: de lector en lector.

Escuché hablar del libro por primera vez a principios del año pasado. Me lo habían recomendado, pero era difícil de conseguir. Es largo, impreso a color y gran parte de sus páginas tienen notas al pie, diagramas y páginas intervenidas en formatos extraños que lo vuelven muy incómodo de leer en digital. Sin muchas expectativas, comenté en redes que tenía ganas de leerlo. Casi instantáneamente se materializó un ejemplar. Un conocido que lo había leído consideró su responsabilidad hacérmelo llegar, y menos de una semana después ya lo estaba recibiendo en mi puerta, como si lo hubiera invocado.

Es largo, impreso a color y gran parte de sus páginas tienen notas al pie, diagramas y páginas intervenidas en formatos extraños que lo vuelven muy incómodo de leer en digital.

Pasé el siguiente mes completamente inmersa en la novela. Por su tamaño, costaba sacarla de casa, así que la leía todas las noches antes de dormir. Cada vez que cerraba el libro, me quedaba desvelada pensando en lo que había leído. Antes de llegar a la mitad, me di cuenta de que no quería devolverlo: quería que quedara en casa, poder anotarlo y doblar las páginas con impunidad. Terminé encargando mi propio ejemplar y, mientras esperaba que llegara, fui señalando pasajes con post-it que pudiera despegar y trasladar al libro nuevo. Así que, cuando por fin devolví el préstamo, lo hice con la seguridad de ya tener una copia idéntica en mi biblioteca.

Este libro se transmite así, por contagio. Esta nota es mi intento (y responsabilidad) de hacer que siga circulando.

Ejemplar viejo, ejemplar nuevo.

Notas para un laberinto

Si el laberinto es una casa, ¿quién vive adentro?

Mark Z. Danielewski, La casa de hojas.

A primera vista, La casa de hojas cuenta una historia sencilla que remite a otras obras de terror. Will Navidson es un fotoperiodista que decide retirarse y mudarse a una casa en el campo para pasar más tiempo con su familia y recomponer su matrimonio. Quiere documentar ese nuevo capítulo de su vida y por eso empieza a filmar los primeros días en su nuevo hogar. Pero enseguida capta una anomalía imposible: al medir la casa, descubre que es unos centímetros más grande por dentro que por fuera. 

Lo que empieza como un posible error de medición pronto se convierte en algo más inquietante: aparecen puertas que antes no existían, que se abren a túneles de una oscuridad infinita. Navidson organiza una expedición por ese espacio desconocido de su propia casa. Pero es muy fácil perderse en esa extensión negra, que tiene en su centro una escalera sin fin. Mientras desciende, empieza a escuchar ruidos. Hay algo, o alguien, en ese laberinto.

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Esa historia es apenas la primera capa y nos llega a través de un manuscrito de un anciano ciego, Zampanò, que analiza El expediente Navidson, un supuesto documental al estilo found footage sobre la experiencia de la familia Navidson. En sus páginas, Zampanò incluye varias citas de figuras famosas hablando de la película, como Stephen King, Stanley Kubrick, Anne Rice y Jacques Derrida, entre otros. El problema es que esa película no existe. O eso asegura Johnny Truant, un joven tatuador que encuentra el manuscrito tras la muerte de Zampanò y que se obsesiona con él. A medida que avanza la lectura, Truant empieza a registrar sus propias experiencias paranoicas y recuerdos de la infancia como notas de lectura. Hay un paralelismo entre él, Zampanò y Navidson en su fascinación autodestructiva por la casa. Y la presencia monstruosa que encuentra Navidson parece rondar también por fuera de esos pasillos.

Sobre esas tres voces principales se superponen otros anexos: notas de editores, poemas, cartas, índices de palabras, bibliografías apócrifas, entrevistas inexistentes y testimonios contradictorios. Las notas al pie van devorando progresivamente el “manuscrito original” y vuelven la propia estructura del libro un laberinto. La novela se presenta como una investigación, pero cada nuevo documento vuelve más difícil determinar qué parte de la historia es la “verdadera” y cuál fue inventada por alguien más. 

La primera imagen ilustra el uso caótico de las notas al pie en el manuscrito de Zampanò. La segunda está sacada del “Apéndice 1: Zampanò”, que reúne entradas del diario, poemas y hasta una carta para el editor.

Al inicio del libro, Zampanò escribe: con la tecnología que tenemos hoy y nuestra capacidad de edición, ¿cómo podemos saber qué es real? En paralelo, Johnny Truant se pregunta: ¿no serán él y Zampanò personajes en la historia de otro?

Espacios vivos: una casa con nombre

Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Jorge Luis Borges, “La casa de Asterión”.

Cuando en una entrevista, a Danielewski le preguntan si La casa de hojas está basada en su propia casa de la infancia, el autor responde: 

Absolutamente. Había muchas habitaciones que sabíamos que estaban prohibidas y pasadizos en los que nos daba demasiado miedo entrar solos. Además, la naturaleza espacial y las dimensiones de aquella casa cambiaban constantemente. En un momento era cálida y cercana, y nuestro padre decía: “¡Son maravillosos! ¡Son los mejores! Van a ser grandes artistas, y debemos asegurarnos de que vayan a grandes universidades”. Y entonces, sin previo aviso, todo se volvía frío y oscuro, y la promesa del futuro se desmoronaba.

No extraña que Mark K. Danielewski amalgame con naturalidad la figura de la casa con la de su padre. Lo nombró muchas veces como influencia, para bien o para mal, de su obra. Su papá, Tad Danielewski, fue un director de cine famoso en la industria que, como Will Navidson, también filmó una película que se perdió. Era un documental, Spain: Open Door, que fue confiscado por el gobierno franquista (aunque existe el mito de una supuesta copia escondida).

Otra anécdota que cuenta Mark en relación a su padre es de 1990, cuando, mientras Tad estaba internado en el hospital, él le regaló una historia que había escrito en el micro yendo a verlo. La historia se llamaba “Redwood” y era algo entre una nouvelle y un guion que articulaba las emociones conflictivas que sentía hacia su padre. A Tad no le gustó. Lo criticó por escribir sobre él, le dijo que no servía para nada y que debería dedicarse a otra cosa. Mark terminó rompiendo ese manuscrito, pero su hermana Anne lo rescató de la basura, lo recompuso y lo devolvió a sus manos. Cuando le preguntan qué de esa historia terminó formando parte de La casa de hojas, Mark responde:

No sería del todo exacto decir que la novela ‘se originó’ en Redwood, en el sentido de que Redwood anticipara directamente lo que hice después en la novela. Más bien, Redwood tenía una cierta presencia espectral mientras yo comenzaba mi búsqueda formal de la novela.
La edición de “Casa tomada” ilustrada por Juan Fresán (1969), donde el plano es “tomado” por el texto, parece anticipar el movimiento envolvente de las notas al pie en La casa de hojas

Cuando falleció Tad, sus hijos descubrieron por su testamento (escrito antes que el relato de Mark) que él quería que esparcieran sus cenizas en un bosque de secuoyas (“redwoods”, en inglés). Fue mientras volvían de cumplir esa última voluntad cuando Mark Danielewski tuvo la primera visión de una casa más grande por dentro que por fuera. Años después, se daría cuenta que ese era el lugar donde vivían las ideas y personajes con los que había estado conviviendo los últimos meses:

Mi inconsciente me había mostrado cómo todos los hilos de sentido que venía explorando (todas esas variaciones e ideas sobre la memoria, la muerte, el arte y la vida, la juventud y la vejez, la naturaleza del miedo, y tantas otras cosas), así como todas las tramas en las que me había enredado, podían condensarse en un único icono.

El horror liminal

La casa que imagina Danielewski tras el funeral de su papá, con sus puertas que dan a ninguna parte y sus escaleras y pasillos infinitos, puede ser entendida como un “espacio liminal”. Los espacios liminales son lugares de transición, umbrales de un estado o lugar a otro. Uno no va a estos lugares para quedarse ahí, son zonas de paso. ¿Pero qué pasa cuando estos espacios no llevan a ninguna parte?

Foto tomada del subreddit r/LiminalSpace.

En la estética de Internet hay una fijación con los espacios liminales vacíos o abandonados, sin un objetivo claro: como una oficina sin gente, sin computadoras ni muebles; o un shopping de noche, con negocios cerrados y patios de comida vacíos. Son ambientes en los que se eliminó cualquier aspecto humano. Generan incomodidad, da la sensación de que no deberían existir o de que no deberíamos estar ahí en ese momento. También pueden causar nostalgia, porque son lugares que reconocemos y que nos evocan recuerdos. Da la sensación de que estuvimos antes en esa pileta, garaje o sala de espera. Podemos recordar su olor, su textura, su sonido, aunque nunca hayamos estado efectivamente en ese lugar.

El horror liminal aparece cuando esos lugares rompen con lo esperado. Si lo ominoso surge de la distorsión de lo familiar, en este caso se da porque nos encontramos con un tipo de espacio que vimos miles de veces antes pero que de pronto da la sensación de estar “mal dibujado”. Un pasillo que se prolonga indefinidamente, una puerta que no lleva a ninguna parte, una habitación donde la geometría no tiene sentido. Algo no está bien, pero no podemos explicarlo, y eso produce una sensación de uncanny valley, porque es familiar y extraño a la vez. Abre la pregunta de quién construyó esa arquitectura sin sentido, inhumana, y para qué.

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Los pasillos que explora Navidson dentro de su casa tampoco siguen ninguna lógica aparente. No tienen razón de ser ni contienen nada adentro. Son kilómetros y kilómetros de túneles y cuevas vacías, cuyas dimensiones cambian azarosamente. Es difícil transmitir su carácter inconmensurable, la sensación de vacío infinito. Tal vez por eso, La casa de hojas se considera imposible de adaptar al cine con los mismos resultados que el libro.

Aunque no haya una película de la novela, sí hay otras obras que se inspiraron en el libro, sobre todo juegos. Existe un mod para el Doom II lanzado en 2023, llamado MyHouse.wad, que cita como referencia a la novela de Danielewski: el juego se centra en una casa que cambia constantemente de manera inquietante y genera lugares “imposibles”. Otros juegos, como el Stanley Parable (2013) o el Beginner’s Guide (2015), creados por Davey Wreden, reproducen la sensación de estar atrapado en espacios liminales fuera del tiempo, simulaciones incompletas o rotas de las que no se puede salir, o mundos desolados. En otro ejemplo, Blue Prince (2025), un personaje hereda una mansión y debe encontrar la habitación número 46 para conservar su herencia, con el obstáculo de que la casa se rearma cada noche; para avanzar, el jugador debe bocetar una y otra vez el plano (blueprint) de habitaciones. El creador de Blue Prince cita como influencia un libro diferente de La casa de hojas pero con la misma lógica laberíntica, Laberinto: Resuelve el rompecabezas más desafiante del mundo (1985), donde cada página representa una habitación o espacio hipotético de una casa, que puede llevar a otras habitaciones o a callejones sin salida.

El plano de Blue Prince, que muestra las habitaciones que vas bocetando al avanzar.

Algo de esa lógica de juego interactivo está en la novela de Danielewski, que tiene una lectura no lineal, a través de “hipertextos” conectados entre sí. A fines de los noventa, en una época en la que cada vez cobraba más importancia lo digital, Danielewski se interesó por métodos de lectura ramificados, donde un usuario pudiera elegir su recorrido. No es casual que cada mención a la casa dentro de la novela sea en azul, igual que un hipervínculo (o un blueprint).

En todos los juegos mencionados, la arquitectura se presenta como algo inestable. Es un animal vivo que crece y muta, una proyección de quien lo recorre. Pero quizás la adaptación más cercana de La casa de hojas es una que fue escrita colectivamente en Internet: los Backrooms, un fenómeno de folklore digital que nació como un posteo anónimo de Internet y derivó en la película homónima estrenada este año.

Los Backrooms: ir “detrás” de la realidad

Los Backrooms nacieron en Internet a partir de una imagen anónima publicada en 4chan en 2018: una oficina vacía, iluminada por tubos fluorescentes, extrañamente familiar pero perturbadora. En 2019, otro usuario agregó un texto a esa foto que terminaría definiendo el mito.

Backrooms
"Si no tenés cuidado y hacés noclip fuera de la realidad en el lugar equivocado, vas a terminar en los Backrooms, donde no hay nada más que el olor a humedad de una alfombra vieja, la locura del amarillo monocromático, el zumbido incesante de tubos fluorescentes al máximo de su vibración y unos seiscientos millones de millas cuadradas de habitaciones vacías, segmentadas al azar, en las que quedar atrapado. Que Dios te ayude si escuchás algo merodeando cerca, porque podés estar seguro de que eso ya te escuchó a vos" (Anónimo).

La idea del noclip viene de los videojuegos y designa la posibilidad de atravesar paredes, pero también de salir de los límites físicos de un escenario dado y explorar mapas descartados. En la mitología de los Backrooms, esta acción implica atravesar accidentalmente los límites de la realidad.

La popularidad de los Backrooms explotó durante la pandemia. Aeropuertos vacíos, oficinas abandonadas y espacios públicos desiertos hicieron que la estética de los Backrooms pareciera extrañamente cercana. En esa época, la serie de videos de Kane Parsons (aka Kane Pixels) ayudó a consolidarlos y los llevó a una audiencia masiva.

Si dejamos de lado el agregado posterior de entidades no humanas, niveles y reglas, los Backrooms son ante todo un espacio liminal. Lo ominoso está en el mismo funcionamiento del ambiente. Así como el laberinto clásico representa un viaje interior o una prueba iniciática, explorar los Backrooms supone hundirse en los rincones oscuros de la memoria y de nuestra concepción de lo real. El verdadero horror no viene de ser perseguido por un monstruo, sino de estar atrapado eternamente en ese no-lugar y enfrentarse a aspectos desconocidos o reprimidos de uno mismo.

Dan Erickson, creador de la serie Severance (2022), nombró los Backrooms como una de sus influencias.

El color de los Backrooms es tan integral como el azul en la casa de Danielewski. La imagen original, con su piso y sus paredes de un amarillo enfermizo, recuerdan al cuento El empapelado amarillo (1899) de Charlotte Perkins Gilman o a El rey de amarillo de Robert W. Chambers, dos obras donde el color está asociado a un progresivo descenso a la locura. 

Pero si nos fijamos en la foto (que fue rastreada a un local de muebles en Wisconsin, Estados Unidos, que ya no existe), no hay nada que la haga destacar entre otras miles de fotos que podemos encontrar en el subreddit r/LiminalSpace. Lo que la diferencia es ese texto anónimo que fundó su historia.

El verdadero horror no viene de ser perseguido por un monstruo, sino de estar atrapado eternamente en ese no-lugar y enfrentarse a aspectos desconocidos o reprimidos de uno mismo.

Aunque no haya forma de comprobarlo, hay un usuario, Black August, que desde 2019 se adjudicó la autoría del posteo original. En una entrevista (ver abajo), este usuario reconoce que su búsqueda original era ver cómo tomar un término de los videojuegos, el no-clipping, y explorarlo como un concepto de terror: el de sumergirte en un lugar secundario al que no deberías acceder. Black August leyó a Danielewski y reconoce la influencia de su novela en la concepción de los Backrooms: la casa imposible, los espacios infinitos, la idea de acceder al “detrás” de una realidad.

Más allá de si creemos o no que sea el verdadero creador del concepto, los Backrooms no son propiedad de nadie, sino más bien un fenómeno coral, igual que La casa de hojas. En los dos casos hay múltiples narradores que se reapropian de un “original” misterioso y elusivo. En la novela de Danielewski, una película deriva en un libro, que se expande en anexos y apuntes de lectura. En el caso de los Backrooms, en un camino similar pero inverso, una imagen y una nota suelta derivan en un lore digital y eventualmente en una película. En ambos se abre la pregunta por la autenticidad: cuál es la fuente original, si es que hay una. 

En la portada de La casa de hojas, Zampanò figura como su autor, con “introducción y notas de Johnny Truant”. Pero la acumulación de capas y voces hacen imposible definir quién realmente está narrando esa historia y con qué fin. Danielewski explica en una entrevista:

Podemos decir que no hay un texto sagrado. La noción de autenticidad u originalidad es refutada constantemente. La novela no le permite al lector decir: ‘Ah, ahí entiendo: esto es lo auténtico, el texto original, exactamente como se veía, lo que siempre debió decir’.
En la primera imagen, Borges asoma desde un collage; en la segunda, se ve la casa de Navidson dibujada en un sobre de papel (ambas tomadas del “Apéndice 2: Johnny Truant”).

La apelación a un original “auténtico” como prueba de veracidad está también en el uso del found footage. Los videos de los Backrooms de Kane Parsons toman prestado de una tradición de películas de terror, como Blair Witch Project, que usan el recurso pseudo-documental para generar una sensación de realismo. Del mismo modo funciona el tópico literario del “manuscrito encontrado”. Podemos ver ambos casos en La casa de hojas, en la transcripción de los videos filmados por Navidson cuando se adentra en los túneles y en el manuscrito de Zampanò que encuentra Johnny Truant (y hasta en sus propias notas, presentadas por el editor). 

El recurso del found footage obedece a ese instinto humano de detenerse a mirar hasta en los momentos más peligrosos: cuanto más increíble, más necesidad de saber qué es y documentarlo. Es el mismo impulso que nos lleva a adentrarnos en la oscuridad para descifrarla.

Adentrarse en lo oscuro

En Fear of Depths, el youtuber Jacob Geller analiza la fascinación que tenemos con el vacío. Para esto, se centra en la exploración de las cuevas más extensas del mundo. 

Las cuevas son organismos vivos, que respiran, crecen y que tienen sistemas de circulación, digestión y excreción; pueden enfermarse, lastimarse y curarse. Entrar a uno de estos organismos es sumergirse en un lugar oscuro donde no entra la luz. Una vez adentro, estás rodeado de un negro puro, donde no se cuela ni un rayo de luz. Tus ojos nunca se ajustan a esa oscuridad, en la que todo es extraño y ajeno, pero no silencioso. Las cuevas suenan a humedad, al eco de gotas resbalando por la roca. Y a la vez, se tragan las voces y cualquier sonido humano. “Parece que todo en una cueva está diseñado para alterar la forma en que normalmente percibimos el mundo”, explica Jacob Geller. Y lo más extraño, agrega, es que siempre hay una forma de avanzar, un pasaje hecho a tu medida que te llama a adentrarte más y más con una insistencia seductora y autodestructiva.

Cuando Navidson se sumerge en el pasillo oscuro con su cámara, este se abre en espacios descritos como cuevas. Salas enormes donde se pierden de vista los límites, una boca oscura que se abre infinitamente para tragarte dentro. Pero aun así, él no puede evitar avanzar.

Al principio del libro, Johnny Truant previene al lector: ojalá no sean como yo, ojalá puedan olvidarse del libro y dejar de demorarse en la oscuridad, buscando. Porque en ese vacío infinito se esconde lo más aterrador: “la criatura que son en realidad, la criatura que somos todos, enterrada en esa negrura anónima que es un nombre”. Pero probablemente no puedan soltarlo, ni dejar de pensar en él. Y hundidos en ese laberinto, solo les quede llamar a otros.

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