¿Ateo, nihilista o devoto de Gilda? No importa: tu mente política está moldeada por el apocalipsis bíblico. Cómo las ficciones y el deseo de un final "con sentido" estructuran nuestra realidad. ¿Vivís esperando que se venga el fin? Descubrí por qué.
No importa si sos cristiano practicante, no practicante, ateo furibundo, agnóstico, vagamente supersticioso, pastafarista, cultor de un nihilismo vitalista o devoto de Gilda, tu imaginación política está atravesada y en gran medida modelada por la potencia narrativa del apocalipsis bíblico.
La tesis de base que me permite argumentar esto fue postulada por el crítico literario canadiense Northrop Frye, quien afirma que las figuras y estructuras narrativas bíblicas forjaron un universo mitológico en el cual se desarrolló la literatura occidental hasta nuestros días. Frye no es el único que cree esto, pero es quién más explícitamente lo plasmó en su estudio de la Biblia, llamado “El Gran Código”. Otra obra de importancia para fundamentar esta tesis es “Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental”, del crítico marxista Erich Auerbach, donde se desarrolla la historia del realismo literario a partir de los modelos narrativos bíblicos. La conclusión es que la escritura realista, paradigma en el siglo XIX de la representación de lo real supuestamente libre de artificios o fantasías, es el fruto tardío de un largo proceso de desarrollo de técnicas narrativas con base en los modos de utilizar el lenguaje, las metáforas y los tratamientos de la temporalidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. En síntesis, la conclusión es que nuestro modo de contar relatos está codificado por la escritura bíblica, y que los relatos en que organizamos la imaginación política no escapan en absoluto a eso.
Nuestro modo de contar relatos está codificado por la escritura bíblica, y que los relatos en que organizamos la imaginación política no escapan en absoluto a eso.
El imaginario apocalíptico bíblico presente en la política contemporánea a veces es explícito (vease el análisis de Juan Ruocco sobre el milenarismo de QAnon) y, más en general, las figuras bíblicas siguen reescribiéndose en piezas narrativas que parecen más alejadas, como Terminator. Acá me interesa profundizar en esa línea, señalando que incluso donde no es tan evidente como en los loquillos trumpistas, el apocalipsis sigue trabajando como una estructura profunda de la imaginación política.
Un poquito de teoría de la ficción no le hace mal a nadie
El elefante en la habitación es que nos estamos manejando en un registro que nos permite hablar de la Biblia, la toma del Capitolio, Terminator y el realismo de Flaubert en el mismo plano de cosas. Esto puede generar ansiedad en quienes quieran conservar un sentido impoluto de lo real, que me obligaría a diferenciar permanentemente entre política “en serio”, religión (oh, no; sospecha de oscurantismo) o “mera” ficción. No lo voy a hacer.
Ese colapso de registros es una de las cosas que me interesa especialmente de 421 y por las que me pone contento estar armando esta nota, porque acá se hace todo el tiempo y todo chill. La constitución ficcional de la realidad fue recientemente tematizada en una excelente nota de Dante Sabatto sobre las hipersticiones, así que voy a intentar profundizar desde ahí en el concepto de “ficción” que estoy usando. Quiero rescatar una noción fuerte de “ficción” que no se opone a lo real ni a lo sagrado, sino que los incluye. Ficción en tanto que ficto, algo construido con estos materiales que tenemos para darle sentido al mundo que son palabras, y sus muchas formas de combinarlas.
Y para alejar el fantasma que más acecha en este punto: “Entonces, roñoso idealista posmoderno, ¿estás diciendo que no existe lo real y que todo es ficción?”. Bueno, ponele que sí. No es que sea tan estúpido de creer que si le erro al mate que estoy tomando y me tiro el agua caliente en la mano no me va a doler porque la realidad no existe. Pero estoy convencido de que cuando intente contarles cómo me quemé como un pelotudo, lo voy a hacer con estructuras verbales donde hay miles de opciones, y que el relato, por más cierto que sea, no va a ser menos ficto.
Una teoría fuerte de la ficción es perfectamente compatible con un sano realismo cotidiano y con una ontología materialista. Solo hay que considerar que además de tener mundo y estar en el mundo, buscamos decir algo con sentido acerca del mismo, que para hacerlo utilizamos las herramientas que supimos construir y que son estructuras verbales, y que esas estructuras verbales se van desarrollando históricamente, influenciándose unas a otras y mezclándose. Así, por ejemplo, Hayden White demostró que las obras de los historiadores usan arquetipos de trama trágicos, cómicos, románticos o irónicos, y que esta elección, consciente o no, de formas del relato, modifica las implicaciones ideológicas de la obra. O, como Karl Löwith, que señaló que las filosofías de la historia seculares de la modernidad, que nos dejaron nociones tan importantes como “progreso”, tienen su base en el modelo de la providencia cristiana. Si tomamos lo ya dicho de cómo Auerbach muestra los procesos de desarrollo de la narrativa que llevaron al realismo, estilo que tiene el tupé de presentarse a sí mismo como un acceso transparente al mundo, podemos ver que incluso cuando nos apegamos al más austero registro realista estamos usando técnicas ficcionales para crear una noción de lo real.
Bueno, loco, ¿cuándo vas a hablar del apocalipsis?
La palabra “apocalipsis” encierra al menos dos sentidos. En la primera traducción de la Biblia Hebrea al griego, llamada la Septuaginta, “apokalupsis” aparece por la palabra hebrea “gala”. La palabra “gala” aparece más de cien veces en la Biblia Hebraica con un espectro semántico de des-cubrir algo, des-ocultar, revelar. Casi siempre aparece en contextos donde lo que se descubre es el velo de alguien para susurrarle un secreto, o revelar alguna parte del cuerpo, por ejemplo en Génesis 9, 20-21.
Noé, agricultor, comenzó a labrar la tierra y plantó una viña. Bebió de su vino y se embriagó, y quedó descubierto en medio de su tienda.
“Gala” en ese pasaje aparecía por un “descubierto” que bien podríamos traducir por “desnudo”. En la traducción de la Septuaginta, ese sentido se combina con la metáfora griega por excelencia para la verdad: el develamiento, la aletheia, palabra formada del verbo griego “lanthano”, estar oculto, y la privación “a”. Aún hoy, cosa que molesta mucho a quienes quieren que el lenguaje exprese lo “verdadero” sin ambigüedades retóricas, es muy difícil definir “verdad” sin metáforas provenientes de ese lado. La verdad es algo que sale a la luz, que se revela, que debe clarificarse, algo que ilumina. Nuestro concepto de “verdad” depende de la metáfora visual de lo oculto/oscuro contra lo desoculto/iluminado.
“Apocalipsis” reúne los sentidos con que la usamos diariamente: clausura narrativa, final con tiros, lio y cosha golda, pero también resurgir de algo mejor, una revelación significativa.
Todo esto nos ayuda a entender que el título del último libro del Nuevo Testamento, el “Apocalipsis de Juan”, pueda ser perfectamente traducido como la “Revelación de Juan”. En tanto visión profética, es un des-ocultamiento del sentido de todo lo acontecido hasta entonces, una revelación de la verdad última de los tiempos.
Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo (Apocalipsis 1-3)
Y, ahora sí, “apocalipsis” reúne los sentidos con que la usamos diariamente: clausura narrativa, final con tiros, lio y cosha golda, pero también resurgir de algo mejor, una revelación significativa.
Una cosa muy simpática es que de esta unión de conceptos griegos con el súper update que el cristianismo le da a la mitología hebrea surge también nuestro concepto de “crisis”. Fundamental para cualquier diagnóstico de lo que sea. El historiador conceptual Reinhardt Koselleck nos dice que en la antigüedad encontramos “krisis” entre los conceptos fundamentales, irremplazables, del lenguaje griego. Deriva de “krino”, cuyo espectro semántico se mueve entre cortar, seleccionar, decidir, juzgar o mensurar. “Krisis” toma el sentido de decisión, juicio y mensura, la “krisis” de los griegos implicaba una decisión irrevocable, alternativas estrictas que no permitían revisión posterior. En los escritos de Tucídides, krisis alude a las batallas decisivas donde se define el destino de una guerra. Con el Nuevo Testamento, “krisis” gana un nuevo significado tomado del lenguaje legal: el juicio ante Dios. Alude al juicio del fin de los tiempos, el juicio que llega con la segunda venida de Cristo.
El apocalipsis pasa de inminente a inmanente en la dinámica de los “Gordos se viene”.
Lo que nos queda en el lenguaje de esta noción de “crisis” es un momento de indefinición extrema, y donde está todo mal y sumado al apremio del tiempo, ya no hay tiempo para nada porque la decisión tiene que darse ahora. Por el otro lado de la etimología, claro, la noción de “crítica” como separación y examinación. Según Habermas, es Marx el primero en dar una significación política a “crisis”, palabra que entra fuerte en el idioma alemán recién después de la Revolución Francesa. Y, como sabemos todos los que vivimos en Argentina, este se convirtió en un concepto político de uso indiscriminado. Le diagnosticamos una crisis a todo lo que produzca sombra (y no tenga un mango). Pero incluso en esa incontinencia de crisis, el problema es que no llega el juicio. Tenemos crisis sin apocalipsis. Esto no es otra cosa que la batalla bíblico-político-twittera entre los "gordos se viene" y los "gordos no pasa nada". Los "gordos no pasa nada" pueden admitir la instancia de crisis, pero dudan que tenga un desenlace. Los "gordos se viene" claman la inminencia del juicio final.
Es el final, mi amigo, es el final…
La disputa apocalíptica es entonces por el final. Y el tema mismo del final es uno de los grandes grandes aportes del apocalipsis bíblico a la narrativa occidental. La noción de que el final condensa todo el sentido. Nuevamente, una magia de la unión entre cultura grecolatina y cristianismo. Pensemos en la estructura de la tragedia griega. Un gran hombre, mejor que vos y yo, comete un exceso, le empieza a ir como el orto, nos identificamos, tememos por su suerte y por la nuestra, se la recontra da contra el destino, al final tiene un reconocimiento, se da cuenta de su error y llega la catarsis, la purificación final en que entendemos y aceptamos lo cruel de vivir. Ya hay un final que condensa el sentido, claro. Pero con el apocalipsis llega algo más.
Graffiti sobre el capítulo 183 de Los Simpsons, “Fandom and religion”. Fuente: https://fansplaining.com/183-fandom-and-religion/
La Biblia entera está llena de figuras que funcionan entre sí como “tipos” y “antitipos”. Cuando Jesús resucita y les habla a sus apóstoles, que dudan al verlo, les dice:
Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros, que era preciso que se cumpliera todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí.
San Juan, 24, 44-45.
Pablo, en su Epístola a los Romanos 5,14:
Pero la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aún sobre aquellos que no habían pecado, como pecó Adán, que es tipo del que había de venir.
El Antiguo y el Nuevo Testamento están escritos como un sistema de espejos, donde ambos se reflejan mutuamente. Auerbach, que propone llamar a los “tipos” y “antitipos” por los nombres más claros de “figura y “consumación”, interpreta esto como una estrategia narrativa para darle universalidad a los relatos que hasta entonces habían sido la mitología de un pueblo específico, pero además como un movimiento de autolegitimación de los escritores neotestamentarios.
El apocalipsis funciona narrativamente como la consumación de todas las figuras. El alfa y la omega, el principio se une con el final en una totalidad de sentido.
¿Cómo probamos la verdad y la relevancia de los personajes y eventos del cristianismo? Mostrando que están vinculadas con los personajes y eventos del Antiguo Testamento en una relación de figura y consumación, de umbra e imago. Con una técnica interpretativa semejante, el verdadero sentido de la historia de Moisés solo se revela con Cristo. Lo posterior reescribe lo anterior y le otorga un nuevo sentido en una narrativa más grande que cierra como una totalidad.
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios [...]. Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe, porque estas son las palabras fieles y verdaderas. Dijome: Hecho está. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin.
Apocalipsis, 21, 1-7.
El apocalipsis funciona narrativamente como la consumación de todas las figuras. El alfa y la omega, el principio se une con el final en una totalidad de sentido. La estructura narrativa que se forma es una en la que todo lo acontecido, por más carente de sentido que parezca, tiende hacia un final, un telos.
Y morirme en un telos con vos…
Presentado entonces, el gran legado narrativo apocalíptico, el sentido de un final. Esta última expresión es el título de un libro bellísimo de Kermode que, si alguien les diera un link para piratearlo, les diría que salgan corriendo a leerlo. Con el gran modelo del apocalipsis, la cultura occidental construyó un edificio monumental de ficciones sobre el fin. Claro que aquí cabe distinguir los dos sentidos en que utilizamos la palabra. Veámoslo con dos ejemplos.
Si yo digo que la finalidad de mi vida es tomar fernet todos los días, estoy hablando de “fin” como “sentido” al que todo tiende.
Si yo digo que el fin de mi vida fue por tomar fernet todos los días, estoy hablando de cirrosis, y por tanto de un fin temporal, de un corte en la cronología.
Convencionalmente distinguimos estos dos sentidos con las palabras griegas “telos” como finalidad de sentido y “éskaton” como fin temporal. En el apocalipsis bíblico hay una concordancia de telos y éskaton, pero esto no ocurre siempre. En la noción apocalíptica de que el mundo se termina en pocos años por una crisis climática hay un eskaton sin telos. Todo se termina, y no significó nada. En las grandes filosofías de la historia hay telos sin eskaton. En el pensamiento de Marx, por ejemplo, hay una finalidad de sentido de la historia, la sociedad sin clases. Y está todo el modelo narrativo apocalíptico ahí: crisis, momento decisivo, revolución, juicio que define y redime las injusticias de todo el pasado, fin de una historia y resurgir purificado de un mundo nuevo. En general, todas las definiciones políticas fuertes que tienden a un optimismo histórico son teleológicas, y las desengañadas son escatológicas. De ahí, por ejemplo, que la frase ultraquemada (pero qué le vamos a hacer) de “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” pueda interpretarse como que en una época de fuerte escepticismo respecto al sentido, es más facil imaginar cualquier éskaton espantoso que algún telos deseable. Respecto a la necesidad de crear nuevos mitos que den alguna clase de sentido al vacío político de todos los días, vuelvo a linkear la nota de Robi porque está buenísima.
En nuestros sueños políticos de una comunidad organizada con armonía entre capital y trabajo, de una sociedad sin clases, o de lo que fuere, hay una noción narrativa de fin que concilia la totalidad de la historia en una plenitud de sentido.
Creo que es momento de darle un cierre a esto porque el fin está cerca. Lo que intenté mostrar fue cómo en nuestras ansiedades cotidianas de “no puede ser que un tipo con pañales que le habla a perros muertos nos gobierne y no pase nada” hay siempre actuando una exigencia apocalíptica de un desenlace que muestre que lo que no tenía sentido en verdad lo tiene. Que en nuestras imaginaciones históricas “ahora Peter Thiel se vuelve soberano del mundo con Palantir y todos vamos a ser sus esclavos sexuales” o “está empezando la tercera guerra mundial con unos nukes que nos van a matar a todos” hay una compulsión narrativa a ubicarnos en el momento de una crisis que es decisiva, donde se va a definir nuestro destino. Y que en nuestros sueños políticos de una comunidad organizada con armonía entre capital y trabajo, de una sociedad sin clases, o de lo que fuere, hay una noción narrativa de fin que concilia la totalidad de la historia en una plenitud de sentido. Juro que esto último lo digo sin ningún sentido despectivo, y retomo como arranqué. Cada quién creerá en lo que quiera, pero la imaginación apocalíptica es una herramienta poderosísima de nuestra cultura que opera aunque no creamos en ella. Tomarla en nuestras manos es una forma de impedir que se nos venga encima y ser parte de la discusión sobre qué apocalipsis queremos y cómo lo vamos a hacer.
Nací en 1995. Marplatense. Doy clases de Filosofía de la Historia en la Universidad Nacional de Mar del Plata y estoy haciendo mi tesis doctoral sobre el aceleracionismo como filosofía especulativa de la historia. Trabajo con teorías de la ficción.
5.000+ lectores no pueden estar equivocados. Ensayos, guías y análisis que no vas a encontrar en otro lado — más todos los números de la revista digital.