La Anomalía 17: Horror cósmico, biohackers y cíberestado
Corponaciones, deidades lovecraftianas y tecnocapitalismo. Así es la novela del uruguayo Ramiro Sánchiz.
Esta vez, Federico Stahl es un agente de Antropol, una megacorporación que controla y administra buena parte del planeta, empleando una densa red de IAs, simulaciones, drogas sintéticas, sistemas de terraformación y otros dispositivos cibernéticos. No siempre es así. Por ejemplo, en Verde es un escritor que recuerda que, cuando era chico, vio un ser extraterrestre en la Costa de Oro uruguaya. En El orden del mundo, es un experto en aviones soviéticos. En Las imitaciones, es un músico de culto que ha desaparecido. Pero siempre es Federico Stahl, el protagonista de todos los libros del escritor, crítico y ensayista uruguayo Ramiro Sánchiz.
Alguien podría suponer que esto es solo un juego. Que se trata, a fin de cuentas, de personajes distintos que sólo portan el mismo nombre. Que son alter-egos del autor. Que todo es un gran chiste: ¿cómo puede ser que el mismo personaje aparezca en novelas de ciencia ficción especulativa, ensayos sobre música experimental alemana, policiales, textos sobre Bowie o inclasificables libros con títulos como La historia de la ciencia ficción uruguaya? Todo esto cabe en lo que Sánchiz denomina el “proyecto Stahl”, que abarca la totalidad de su obra. El experimento es precisamente ese: concebir todos sus textos, trascendiendo incluso los límites de la ficción y la filosofía, como parte de una misma cosa, una “macronovela”. Para guiarnos (o para reírse de nuestros intentos de orientarnos), el autor incluye en cada libro un diagrama del proyecto.
El experimento es precisamente ese: concebir todos sus textos, trascendiendo incluso los límites de la ficción y la filosofía, como parte de una misma cosa, una “macronovela”.
¿Hace falta tener todo este contexto para leer La anomalía 17? Por supuesto que no. De hecho, la lógica misma de la macronovela es que cada componente es relativamente independiente, que se puede leer de forma aislada, ¿no? Intentémoslo.
La anomalía 17 no es la historia de Federico Stahl: cuando comienza la novela, él está desaparecido, missing in action, se lo presume muerto. Es el relato de su búsqueda, protagonizada por Valeria (otro personaje recurrente del universo de Sánchiz). Ambos son agentes de Antropol, una corporación que opera como una suerte de ciberestado mundial, una máquina de gobierno en un sentido literal. Todo lo que sabemos, cuando empieza la historia, es que Valeria y Federico trabajaron en un evento que ninguno de los dos recuerda (la “anomalía” del título), y que este último no ha sido vuelto a ver desde entonces.
La novela nos larga en medio de esta historia, in media res, con un narrador completamente enfocado en Valeria, que nunca se detiene para explicar nada. El texto, como buen exponente del weird, habla con total naturalidad del “Onomastikon”, de los “Juegos de Guerra en Siberia, Cuba y Texas”, del “Cibernecronomicon de Tunguska”, de las “corponaciones Venepfizer, Messiaen, Bayersil y Afropepsi”, del “Anciano Yottamesh”. Suelta, como si nada, frases como “Powers y Kaldren se fusionaron en una entidad demente llamada Coma y Edgar Varèse emanó doce entidades neocabalísticas que crearon un hipersimu para deliberar”. El universo semántico y simbólico del que se nutre La anomalía 17 es sincrético: combina nociones clásicas de ciencia ficción, elementos tecnológicos reales vinculados al desarrollo de Inteligencia Artificial, geoingeniería y manipulación genética, con imágenes que provienen del gnosticismo, el ocultismo y el horror cósmico lovecraftiano. Le queda al lector la tarea de desenmarañar los sentidos: decodificar, por ejemplo, que una “hipersimu” es una simulación, al estilo de la Holodeck de Star Trek. O que Babalon, Kaneda/Kunasagi/Haflinger y Yottamesh son IAs en pugna, más o menos subordinadas a los designios de Antropol.
Es más sencillo de lo que parece. La novela tiene unas cortas cien páginas, y para la número diez comenzás a entender que hay una forma de dejarse llevar por la narración, que las cosas que no cierran se revelarán a su debido tiempo. El worldbuilding se va construyendo a través de pequeñas explosiones, siempre sorprendentes: por ejemplo, que estamos en una línea de tiempo paralela donde la IA se comenzó a desarrollar en los años 90. O que en este mundo la bioingeniería permite que ciertas personas experimenten años de vida en sólo segundos, o que es posible “copiar” personas, manipular sus recuerdos, reconstruir sus cuerpos, convertirlas en “tulpas”. O (reí en voz alta en este momento) que existe un movimiento de “neobolivianos” (las naciones ya no existen) que siguen marchando por la salida al mar, y confluyen con movimientos de “Neorastaffaris y mimos Luditas”.
Sepan disculpar la enumeración constante de neologismos. Estoy tratando de transmitir, en esta reseña, la sensación de leer La anomalía 17, que es la de despertar de pronto en un mundo desconocido, pero familiar; hipercomplejo, pero extrañamente reconocible. Todo esto se hace sin resignar momentum: la trama avanza incesantemente, sin descanso. La mejor decisión de Sánchiz es no sobreexplicar las cosas, sólo hacerlas aparecer, una otras otras, y forzar al lector a entrar en una especie de trance en el que todas estas palabras comienzan pronto a parecer absolutamente comprensibles.
Pero esta no es sólo una decisión estética. Tiene que ver con una cierta noción del poder. Los elementos que componen el mundo de La anomalía 17 son dispares, heterogéneos, no forman sistema. Conviven, en el mismo universo, “corponaciones” que evidentemente remiten al entramado capitalista de nuestra realidad, deidades lovecraftianas, posibles entidades extraterrestres, comunidades de hackers y biohackers, recuerdos implantados, clones. Lo mágico, lo religioso y lo tecnológico aparecen fundidos, inseparables.
Y esto refleja una forma estructural de concebir el mundo: no como una totalidad cerrada donde existe algo así como “el poder”, una forma de dominación top-down; pero tampoco como un terreno libre, completamente abierto donde cualquier cosa puede ocurrir. Se trata de un campo de fuerzas en pugna, parcialmente centralizadas pero siempre en flujo. Antropol controla una red de IAs, sí, pero estas parecen siempre a punto de rebelarse, o son portadoras de cierta agencia que las habilita a fundirse, mezclarse, transformarse. En todos lados existe resistencia al cibercontrol de Antropol: se sospecha que el mismo Federico Stahl es un traidor, Valeria contacta a un hacker llamado Rex que actúa en las sombras. Y en niveles más profundos: la protagonista teme ella misma haber sido secretamente “programada” por la corporación para actuar contra su propia voluntad. Y más lejos todavía: Antropol no es controlada por individuos específicos ni parece tener una única voluntad, sino que todo el tiempo se sospecha que puede estar siendo socavada, impulsada en direcciones opuestas a la vez.
Rige, así una forma de paranoia muy peculiar. No es, claro, la que corresponde a las distopías totalitarias estilo 1984 (miedo a la persecución estatal capilar, top-down), pero tampoco la del ciberpunk estilo Blade Runner (sospecha de que uno mismo es un yo falso, una entidad corporativamente creada). No es ninguna de ambas, porque persiste cierta estatalidad (la única que puede ser verosímil en el siglo XXI: un gobierno global orientado al control planetario a nivel ambiental), pero no sólo está corporativamente capturada sino que despliega una serie de redes hipercomplejas que resulta imposible mapearlas de forma completa. Esta hipertrofia de lo técnico (deberíamos decir de lo tecgnóstico) es la forma en que Sánchiz construye estéticamente una concepción del poder en el capitalismo tardío.
Esta hipertrofia de lo técnico (deberíamos decir de lo tecgnóstico) es la forma en que Sánchiz construye estéticamente una concepción del poder en el capitalismo tardío.
Esta concepción se expresa, por supuesto, en el misterio que mueve la trama. Antes del comienzo de la novela, ocurrió algo, un evento que no podemos conocer nosotros, los lectores, pero tampoco los personajes (Valeria) ni la misma Antropol. La anomalía 17 es un evento incognoscible, del que sólo vemos sus consecuencias: la desaparición de Stahl, cuya búsqueda requiere, obviamente, descubrir qué fue ese acontecimiento reprimido. Este núcleo psicoanalítico está narrativamente sobredeterminado: la amnesia se explica a la vez por los mecanismos de la ciencia ficción (manipulación de la conciencia humana por medios técnicos) y del horror cósmico (superación de los límites de la experiencia sensible por lo radicalmente alienígena). Este cruce señala, también, la perspectiva contemporánea de la novela: habría sido imposible, antes de los años 90 al menos, concebir en un mismo sentido estos dos campos de significado. Hoy, en cambio, es cada vez más difícil separarlos; bien lo sabe Sánchiz, traductor de Nick Land e investigador en el campo del aceleracionismo, los nuevos materialismos y otras formas de filosofía especulativa.
La anomalía 17 se inscribe en la misma línea de otros clásicos de la ciencia ficción contemporánea, como This Is How You Lose The Time War, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone, o There Is No Antimemetics Division, de qntm. Estas novelas comparten concepciones similares sobre el poder post-estatal, emplean narrativas análogas sobre la adulteración de los recuerdos y la experiencia sensible; contienen, también, historias que abordan el cruce entre lo conspirativo y lo especulativo. Son historias que, desde un punto de vista, pueden parecer clásicas (las tres que cité se basan, a fin de cuentas, en el concepto de una pareja que se ve separada por elementos sobrenaturales/ciberficcionales y debe volver a reunirse). Pero si nos enfocáramos en eso, perderíamos de vista lo importante: que ninguna de estas obras es una “novela de tesis”, que hay una fusión efectiva del proyecto intelectual que las anima y el programa estético que efectivamente despliegan. El riesgo, en obras de este tipo, es que sean ensayos disfrazados de novelas. Pero La Anomalía 17 no podría haber sido un artículo sobre IA, tecnocapitalismo y horror cósmico; en este sentido, y sólo en este sentido, se puede hablar verdaderamente de ciencia ficción especulativa: una especulación que sea efectivamente ficcional, y no que se valga de los mecanismos del género como una máscara.
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