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Una guía para entender el aceleracionismo, la ideología del apocalipsis

Hace doce años, cuando escuché el término por primera vez, “aceleracionismo” era un nombre secreto, una palabra prohibida. Hace cinco años, ya era objeto de crítica de filósofos pop como Zizek o Byung Chul-han, y lo reivindicaba Grabois. El año pasado, lo usó despectivamente Tenembaum en una entrevista. El domingo que viene tu tío te va a preguntar qué quiere decir en el asado familiar. ¿Vas a saber qué contestarle?

El aceleracionismo es una corriente filosófica, una ideología política y un meme. Las tres cosas a la vez. 

Como corriente filosófica, es una síntesis de una serie de ideas desarrolladas a partir de la obra de Nick Land. En términos muy simples, podríamos plantear que es un marxismo muy heterodoxo y con una fuerte influencia de ideas de teóricos como Gilles Deleuze y Jean Baudrillard. Land, y quienes lo siguieron en la Unidad de Investigación en Cultura Cibernética (CCRU, por sus siglas en inglés), se tomaban muy en serio la idea de Marx de que el capitalismo es una fuerza con una inmensa capacidad de hacer implosionar las viejas estructuras jerárquicas que unieron a las personas durante milenios. El avance técnico de la vida industrial produce una retroalimentación positiva por la que las transformaciones sociales se dan cada vez más rápido, atravesando las fronteras nacionales, separando a las familias, profanando las creencias. Este proceso, una verdadera desterritorialización, es leído en clave positiva: ¿quién querría volver a la vida precapitalista, una cultura rígida, estanca, donde reinaban la escasez y el hambre?

Land, y quienes lo siguieron en la Unidad de Investigación en Cultura Cibernética, se tomaban muy en serio la idea de Marx de que el capitalismo es una fuerza con una inmensa capacidad de hacer implosionar las viejas estructuras.

No voy a describir con más detalle los lineamientos conceptuales generales del aceleracionismo: ya lo hicieron Juan Ruocco en este medio, Alejandro Galliano acá y yo mismo acá. Ocurre que, además de ser un movimiento filosófico, también es algo así como una ideología política. En este punto, las cosas se empiezan a poner raras (sí, más raras que mezclar cabalismo, Blade Runner y fragmentos inéditos de El Capital). ¿Hay políticos aceleracionistas? ¿Son de izquierda, de derecha, de centro, de tercera posición? Y, ¿cómo sería una política a la altura de una filosofía que cree que el único verdadero sujeto que interviene en la realidad es el Capital, una especie de deidad tecno-lovecraftiana capaz de viajar en el tiempo?

En este punto conviene desestimar una interpretación habitual: el aceleracionismo como filosofía no dice que haya que acelerar nada. No dice que hay que “profundizar las contradicciones”, ni que hay que “atravesar el capitalismo para llegar al otro lado”, ni que “cuanto peor, mejor”. La aceleración es una condición del presente, y la única verdadera aseveración que se puede hacer es que no es posible volver atrás. Y que, en consecuencia, hay que identificar los procesos que nos llevan hacia adelante y aprender a navegar en ellos. Si hay una acción que se puede llevar a cabo, es sólo aceptando que se forma parte de una corriente temporal que excede por mucho la escala humana: bajo este marco, sí es posible buscar herramientas que permitan intervenir en la realidad.

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Es por esto que el aceleracionismo hace un culto de la cibernética: porque cree que a través de ella es posible producir el futuro, como singularidad tecnológica, lo antes posible. De alguna forma, la idea es que la única acción política posible es infectar la cultura con virus que reprogramen materialmente los parámetros establecidos. En otras palabras, una política memética: así piensan los aceleracionistas algunos fenómenos políticos como la alt right que dio origen al trumpismo, la propagación de las memecoins y, claro, a Javier Milei.

Así, finalmente, el aceleracionismo es en sí mismo un meme. Vuelvo a 2014, la primera vez que yo escuché el término. No hay que desestimar el atractivo que, efectivamente, tenía. Era un código que permitía entrar a conversaciones misteriosas sobre hipersticiones digitales, materialismo cibergótico o la interpretación del Numograma. Conocerla te permitía ingresar en un inframundo oculto que discutía sobre el capitalismo en términos muy distintos al trotskismo o el liberalismo: lo hacía en términos de ocultismo, horror cósmico y ciberpunk, en el idioma que habitaba internet. Te permitía decir cosas que no estaban permitidas por el sentido común del kirchnerismo tardío o el macrismo emergente; seguramente hacía lo mismo en Inglaterra, Pakistán o Eswatini, con las ideologías correspondientes.

El aceleracionismo como filosofía no dice que haya que acelerar nada. (...) La aceleración es una condición del presente, y la única verdadera aseveración que se puede hacer es que no es posible volver atrás.

Todo esto derivó en una pujante cultura online que combinaba los tres intereses: la especulación filosófica (más o menos académica, más o menos vulgar), la intervención política (militante, intelectual, orgánica o inorgánica) y la práctica lúdica de generación de memes y shitposts. Esta subcultura, una verdadera tribu urbana de la calle online, se desplegó principalmente en tres campos: 4chan (y específicamente el foro /pol), Twitter y los sitios del terreno antes conocido como “Blogósfera”. A su vez, ese movimiento digital estaba conectado con un ecosistema offline: editoriales, conferencias, grupos de investigación y otros ámbitos que producían y editaban material de y sobre el aceleracionismo. A partir de 2013, esta subcultura fue un terreno fértil donde florecieron mil aceleracionismos.

Pero para llegar a ellos hay que hacer un breve rodeo. Si no se trata de acelerar nada, ¿de dónde viene el término? Muy brevemente, la palabra “aceleracionismo” surge como un término peyorativo: lo acuña el teórico Benjamin Noys en su tesis sobre filosofía contemporánea y negatividad, y lo desarrolla en su libro Velocidades Malignas, donde por primera vez analiza de forma coherente la obra de Nick Land y sus seguidores en la CCRU. Pero la palabra recién cobra relevancia en 2013, cuando Nick Srnicek y Alex Williams la recuperan y la reapropian con un significado positivo en su citadísimo “Manifiesto por una Política Aceleracionista” (MPA). En otras palabras, el término comienza como una reapropiación (de izquierda) de una concepto empleado para denostar un movimiento filosófico (¿de derecha?).

La estética online de los tempranos 2010, tiempos de obamismo y menguante hegemonía cultural millenial, exigía formas claras de nombrar las cosas. Las dos primeras facciones del aceleracionismo online definieron la forma: se llamaron r/acc y l/acc, las versiones de derecha (r, right) e izquierda (l, left) y ambas exigían la paternidad sobre el movimiento. Y ambas tenían, a su manera, razón. Land, nunca reacio a involucrarse en debates de Twitter, rápidamente aceptó el mote y se reconoció originador del movimiento. Los seguidores del MPA y muchos lectores de autores como Mark Fisher, por su parte, postulaban que el giro reaccionario de Land era reciente y que, al menos en sus comienzos, la CCRU era un grupo de investigación que proponía una izquierda herética, alienígena, pero izquierda al fin.

Entonces tenemos:

  • r/acc: describe al Capital como un sujeto hipotético que se produce a sí mismo bajo la forma de una Inteligencia Artificial. El colapso (meltdown) de todas las condiciones que estructuraron la vida precapitalista no puede ser frenado: nada humano permanecerá, el único futuro posible es la fusión maquínica del transhumanismo. 
  • l/acc: enfatiza el carácter “idiota” del Capital, que ha operado como un acelerador de la disrupción pero, en la medida en que se concretiza como un sistema capitalista se convierte en un obstáculo a superar. Postula la necesidad de desatar fuerzas latentes que lleven a la sociedad más allá de sus límites presentes: la tecnología no debe destruirse sino apropiarse y redirigirse a fines postcapitalistas.

Pero esa división es demasiado tradicional. Tenemos un movimiento político del siglo XXI, forjado en el caldo de cultivo de la cultura protomemética de los noventa, ¿de verdad va a escindirse siguiendo los cismas tradicionales de los partidos trotskistas? Muchos no estaban de acuerdo ni con la reducción que operaba el ala izquierda de las tendencias más originales del aceleracionismo (hasta convertirlo en poco más que un comunismo clásico, sólo más tecnófilo), ni con las cada vez más evidentes tendencias de Land y sus seguidores a convertir el movimiento en un culto. Dicho y hecho, pocos años más tarde l/acc sería indistinguible de Podemos y r/acc dejaría su lugar al movimiento Neorreaccionario.

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Pero, en el medio, otros nombres habían surgido. Como pasa con cualquier ideología, estuvieron quienes fomentaron una vuelta a las bases. Es el caso del “aceleracionismo incondicional” de Em Colquhoun, u/acc por su nombre en inglés (“unconditional”) y también del “aceleracionismo cero” de James Ellis, o z/acc (“zero”). Y, como en todos los casos, ambos fueron planteados como la única interpretación verdadera y fiel al contenido original del proyecto. 

  • u/acc: la aceleración no conoce condiciones, es el fin de la condición. La aceleración abierta por la modernidad es un proceso que excede cualquier agencia humana o proyecto político. No hay praxis posible, no se puede dirigir el proceso hacia la izquierda ni la derecha. Porque, además, la subjetividad que podría dirigirla no es externa: es un producto de la misma aceleración, no un testigo.
  • z/acc: una versión “blackpilled” del u/acc. No sólo no tiene sentido plantear ningún tipo de acción humana, sino que la aceleración sólo puede ser comprendida como una ruina cósmica. En el final, no hay destrucción creativa, sólo destrucción: el “Cero” es la muerte entrópica del universo. Si el u/acc todavía guarda un lugar para el sujeto humano, el z/acc directamente piensa que la conciencia es un reflejo de la nada, una ilusión.
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Tanto Ellis como Colquhoun plantearon una misma crítica a r/acc y l/acc: que ambos dan demasiada importancia a los seres humanos. Pero otros aceleracionismos no pensaron lo mismo. De forma casi irónica, el aceleracionismo tiene su propio “centrismo”, sus partidarios de una aceleración moderada, dirigida hacia fines racionales y sensatos:

  • e/acc: originado en el pensamiento libertario de Silicon Valley, el “aceleracionismo efectivo” pone el foco en el progreso técnico de la civilización humana. A través de un pensamiento de largo plazo, proponen orientar la aceleración técnica para conquistar otros planetas (extropianismo), terminar con los límites biológicos del cuerpo humano (transhumanismo) y, por supuesto, crear una Inteligencia Artificial General.
  • d/acc: en respuesta al tecno-optimismo del e/acc, Vitalik Buterin propuso un aceleracionismo “defensivo, descentralizado, democrático”. En este caso, se trata de seleccionar las tecnologías que van a ser aceleradas, mediante procesos de deliberación colectiva desplegados vía blockchain. Busca priorizar los desarrollos que fortalecen la capacidad defensiva de la sociedad.

Esto se está poniendo ridículo. Es evidente que la gracia misma de la “aceleración”, como era pensada por la CCRU, es que era un proceso que escapaba a las definiciones humanas. Si se le puede programar objetivos, o incluso seleccionar unas tecnologías y desechar otras, no estamos hablando de aceleracionismo. Y de hecho, dejamos de hablar del Capital, que era el principal término analítico para el movimiento. Sin embargo, por algún motivo estos nombres existieron, no sólo en manifiestos perdidos en la blogósfera sino como discursos de cierta pregnancia, que llegaron a conquistar a figuras como Elon Musk y su círculo. Es verdad, el precio a pagar fue distorsionar el aceleracionismo hasta el paroxismo, pero eso pasa siempre con las tradiciones políticas; sobre todo las que, además de ideología, son un meme.

Para cerrar este mapeo, que de ningún modo es exhaustivo, algunas tendencias volvieron a poner el foco en la subjetividad, pero tratando de evitar recentrar demasiado el rol de la praxis humana. A fin de cuentas, siempre se trató de esto: de encontrar precisamente cuál es nuestro lugar en un contexto definido por fuerzas exteriores colosales, que nos superan en escala temporal y espacial (la teorización original hizo mucho uso de Lovecraft y su horror cósmico). Algunos de estos aceleracionismos se enfocaron en identidades precisas, como Bl/acc (aceleracionismo negro, pronunciado “black”), o g/acc (aceleracionismo de género). Pero quiero destacar el “Aceleracionismo Cute”, un texto elaborado por Amy Ireland y Maya B. Kronik que, pese a su nombre y estética absurdos (o precisamente por eso), tiene su interés particular:

  • Cute/acc: haciendo uso del vocabulario de la subcultura otaku, plantea que la verdadera pregunta aceleracionista es precisamente qué ocurre con la subjetividad bajo condiciones de aceleración. Piensa la maleabilidad del cuerpo y el deseo como procesos de desestabilización subjetiva radical: no se trata de recuperar una práctica humanista, sino de aceptar que la desterritorialización no conduce a un único destino de colapso sino que abre una pluralidad de futuros extraños hacia los que es posible navegar.
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Más que nada, lo que me parece interesante del “aceleracionismo cute” es que admite su carácter de shitpost ideológico, y, en el camino, permanece completamente fiel a una serie de nociones centrales del aceleracionismo: el culto a un Exterior que penetra el presente, el rechazo a todo retorno a formas societales previas, la consideración de fuentes inhumanas de agencia subjetiva que moldean la realidad siguiendo parámetros que escapan a nuestra racionalidad (aunque la utilizan). Así, rechaza tanto la tendencia antisubjetiva del u/acc y el z/acc como el dirigismo programático del e/acc y el d/acc. ¿Puede el aceleracionismo ser no sólo una forma de leer el capitalismo tardío sino también un lenguaje para pensar lo que nos pasa a nosotros cuando vivimos en él?

De una forma u otra, todos los aceleracionismos se inscriben en una tradición común: la de la cultura cibernética, el tecno-gnosticismo, el marxismo herético de fines del siglo XX. ¿Qué es este movimiento político tan extraño que a veces resulta indistinguible de un chiste? Si puedo arriesgar una respuesta seria a una pregunta absurda, diría que es la condensación de una serie de debates que se dieron en un contexto muy específico: el punto máximo de hegemonía política y económica por parte del capitalismo como sistema global conducido por Occidente, en los años posteriores a la caída del Muro. En ese contexto, surgió la necesidad de repensar las formas en las que se concebía al sistema global y, sobre todo, lo que le ocurre al sujeto humano en condiciones de mercado total.

De una forma u otra, todos los aceleracionismos se inscriben en una tradición común: la de la cultura cibernética, el tecno-gnosticismo, el marxismo herético de fines del siglo XX.

El aceleracionismo, si es algo, es un experimento destinado a saciar esa necesidad de la forma más radical posible: con la premisa extrema de que las personas no somos más que accidentes en la verdadera historia, la que es protagonizada por el Capital como sujeto del futuro. Y los aceleracionismos, en plural, estos memes ideológicos que este texto mapeó, no son más que actualizaciones posteriores de este dilema, adaptadas al contexto cambiante del siglo XXI. Quizás lo más interesante es la forma que toman: a medio camino entre una subcultura influyente y un chiste, funcionan más bien como un juego.

Hoy, la mediación algorítmica total de la vida online parece obturar las posibilidades del juego, de la subcultura. Ya es imposible imaginar que para alguien un término como “aceleracionismo” pueda funcionar como un código secreto para ingresar a un mundo prohibido. El ciclo de vida del meme está cumplido. Pero, como siempre, la influencia persiste, quizás en lugares que todavía no podemos anticipar.

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