"Las ceremonias" de Marcos Aramburu: Crónicas de hundidos y salvados
"Las ceremonias: crónicas de personas que usan drogas": Un retrato de clases sociales y consumo en la Argentina reciente.
Voy a empezar esta reseña siendo autorreferencial: nunca en mi vida me drogué. Podría decir que se debe a mi crianza católica, pero la verdad es que simplemente nunca estuve interesado. Qué sé yo, tampoco tengo una posición conservadora al respecto, no creo que el porro sea siempre “una puerta a otras drogas”, conozco a gente que fuma y le va bien en la vida, mejor que a mí, incluso (no es mucho), la música que escucho hace constante mención al uso de drogas recreativas, y al mismo tiempo entiendo todo el complejo entramado que significa el abuso de sustancias y que son cuestiones que deben tomarse con total seriedad. Podría decir que soy straight edge, pero lamentablemente me gusta mucho tomar alcohol. A Marcos Aramburu, autor de Las ceremonias: crónicas de personas que usan drogas (El Gato y la Caja, 2023), le pasa lo contrario. Dice venir de una familia “progre” y relaciona su uso de drogas a “los impulsos, las decisiones espontáneas, las acciones que empiezan a ejecutarse antes de que puedas racionalizarlas”.
En este libro de crónicas, Aramburu se pregunta: ¿Qué le pasa a la gente que usa drogas? ¿Por qué? ¿Qué circunstancias los llevaron hacia eso? El autor es mayormente conocido por ser co-conductor de Industria Nacional en Gelatina, el programa de streaming conducido por Pedro Rosemblat. Su rol fue siempre el de playmaker, el de romper con la “seriedad” que puede llegar a tener un programa sobre política. Si sucede algo gracioso, más vale que vas a escucharlo tirar una carcajada o un comentario chistoso. También fue la mente detrás del segmento “Fábrica de jingles”, que reversiona canciones de manera humorística, algo que ya se hacía desde los noventa con el “Top Forry” de Videomatch y el “Ranking Musical” de Todo x 2 Pesos pero esta vez aplicado a la coyuntura de la política nacional.
En este libro de crónicas, Aramburu se pregunta: ¿Qué le pasa a la gente que usa drogas? ¿Por qué? ¿Qué circunstancias los llevaron hacia eso?
Personalmente, Aramburu es una figura mediática que me fascina. Así como existe el macho argentino, del kirchnerismo cultural surgió su versión renovada: el chabón argentino. Con un look de camisetas retro y camperas de jean, idolatría por Maradona y el Indio, actitud desfachatada, jodona pero copada e ideales “Nac & Pop”, muchos jóvenes argentinos tratan de encarnar al arquetipo del chabón argentino y fallan miserablemente. Pero Marcos Aramburu no, y eso lo hace él indicado para escribir un libro como Las ceremonias.
Son cuatro crónicas. En Un lugar mucho más bello, Aramburu entrevista a Carola, Trachyn y Sonya, tres travestis que ejercieron la prostitución durante años y ahora trabajan en el Archivo de la Memoria Trans. Incontables anécdotas de juegos eróticos, roces con la ley y el narcotráfico donde las drogas y el sexo se entrelazaban constantemente. En Perseguir al dragón, Aramburu se junta en una pizzería con un viejo amigo de su padre que a en los setenta militaba en Montoneros, fumaba porro y era homosexual, una combinación herética para ese momento. Cuando su hermano, un sindicalista línea Rucci, es asesinado y se pone en sospecha que hayan sido sus propios compañeros, Miguel comienza a depender aún más de la marihuana y durante años cae en una espiral de adicciones, sexo desenfrenado y gasto de dinero constante. Todos estamos acá relata la historia de Alejandro Pasquale, un artista plástico que “milita” pintar bajo los efectos de drogas psicodélicas. En la última crónica, Un yaguareté azul y rosado, Aramburu relata su experiencia personal con la marihuana, la cocaína, el LSD, DMT, los hongos y la ayahuasca. El autor se pone íntimo y hace hincapié en esta última droga debido a su madre, quien, previo a fallecer por cáncer de mama, buscó una solución en la ayahuasca. Entrevista a familiares y amigos de la familia para reconstruir la nebulosa imagen de su madre.
Se trata de un libro publicado en abril de 2023, durante el gobierno del Frente de Todos, gobierno al que Aramburu seguramente votó en 2019 (como yo, no estoy juzgando). Uno podría irse por el camino más vagoneta y decir “pero por supuesto que un progre escribiría un libro sobre cosas de progre como los putos y la droga durante un gobierno progre”, pero Las ceremonias demuestra ser muchísimo más que eso. Hay puntos de confluencia entre estas cuatro crónicas (más allá de las drogas, claro): la política, la militancia, la última dictadura militar, el duelo, la sexualidad y, el más determinante de todos, la clase social.

Las primeras dos crónicas comparten la experiencia de ser una disidencia sexual durante y después de la última dictadura militar, pero también muestran grandes diferencias. Durante la dictadura, Carola, Trachyn y Sonya dieron sus primeros pasos en la prostitución como resultado de la exclusión social por ser travestis. Miguel descubrió la cocaína en el ‘78. Carola, Trachyn y Sonya apenas tienen contacto con la “merca” en los noventa. Miguel pasa de la cocaína a probar hachís en Europa e incluso estudió un tiempo ahí. El conurbano y la cárcel son localidades frecuentes en las anécdotas de Carola, Trachyn y Sonia. Miguel acaba con su adicción en buenas condiciones de salud. Carola, Sonya y Trachyn siguen arrastrando secuelas de los años de uso. Para Miguel, el uso de drogas se trataba de “perseguir al dragón”. Para Carola, Sonya y Trachyn, las drogas eran parte del oficio. Queda en claro que la diferencia en estas dos historias reside en la polaridad integración/exclusión social. Una polaridad que, incluso con el “destape” post dictadura, seguía vigente.
Durante el alfonsinismo, Fogwill hablaba de una “herencia cultural del proceso”, de que, incluso después de diciembre del 83´, había ciertas continuidades de esos siete años en la política nacional y el inconsciente colectivo de los argentinos. “Años de dictadura han llevado a confundir el concepto de democracia (gobierno del pueblo) con los conceptos de libertades y garantías, eso que tanto empeño se ha puesto en conceder a la población. Nada hay más fácil, para el gobierno que asumió en diciembre de 1983, que establecer libertades y garantías: para ello le basta con actuar por omisión”, escribió. Este “actuar por omisión” se vuelve evidente en la primera crónica. Aún acabado el proceso, mujeres como Carola, Trachyn y Sonya seguían siendo excluidas del mundo laboral, violentadas por la policía, abusadas sexualmente y terminan en la cárcel casi rutinariamente. Miguel, aún con lo que conllevaba ser puto y peronista en los setenta y sin desmerecer su tragedia personal, tenía acceso a un capital social, económico y simbólico al que Carola, Trachyn y Sonia no podían. Lo mismo se puede decir de Pasquale e incluso de Aramburu, que lo hacen cuestiones de descubrimiento personal. Pasquale lo hace por “militancia” por la psicodelia (argumenta que las prohibían en los sesenta porque “les abría la cabeza” a las jóvenes y “hacían que no quisieran ir a la guerra”), mientras que Marcos lo hace por el “impulso”, por el simple hecho de hacerlo.
Estoy seguro de que Aramburu es consciente de todo esto. Las ceremonias no es un libro que le esquiva el bulto a las dinámicas de clase, hasta diría que hace un buen trabajo en exponerlas. Cuando entrevista, no juzga ni describe con condescendencia; su curiosidad sobre estos personajes es bastante genuina y, si bien escribe todas las crónicas desde una primera persona y tira un par de reflexiones personales, tampoco se pone en modo gonzo y sabe cuándo borrarse del escenario cuando la historia lo precisa. En esto residen los puntos más fuertes de Las ceremonias: en que no solo es una mantequita para leer, sino que no mira a sus protagonistas de manera condescendiente o moralizante, al contrario, la mirada de Aramburu es empática y curiosa, incluso en sus momentos más flojos.
Las ceremonias no es un libro que le esquiva el bulto a las dinámicas de clase, hasta diría que hace un buen trabajo en exponerlas.
Los problemas de Las ceremonias residen más bien en el orden de las crónicas. ¿Qué dice del libro el hecho de que la primera crónica sea la que más expone el efecto de las drogas y la injusticia sistémica en comunidades marginalizadas y que la última se trate sobre las drogas como descubrimiento personal? ¿Qué dice eso de la época? O, mejor dicho, ¿Qué dice eso del contexto en el que fue publicado? Lo que se veía en abril de 2023 era una crisis institucional, económica y cultural del último gobierno peronista/kirchnerista y previo a que La Libertad Avanza impusiera en las PASO de agosto y la burbuja cultural peronista/progresista/Nac & Pop entrara en una nebulosa desesperada por volver a enamorar al pueblo argentino. En parte, Las ceremonias puede leerse como un réquiem de lo que fue la cultura del kirchnerismo tardío, justo antes de que la cultura mileísta diera vuelta todo y obligara a sectores políticos y culturales a repensarse.
Me quedo con una parte en específico de la primera crónica donde se menciona a la iglesia evangélica. Desesperada por encontrar ayuda espiritual para terminar con su adicción, Carola acude a su vecina Yanina (también trans), que la introduce al evangelismo. “No es casualidad que en la provincia de Buenos Aires gran parte de los centros de rehabilitación para adictos estén manejados por evangélicos”, revela Aramburu. Cuando le pregunta si los evangélicos tienen algún programa de rehabilitación, Carola le responde que no tienen “ningún programa”, pero que sí le consiguieron trabajo “limpiando en varios lugares” y eso le permitió “cambiar de vida”. Con el diario del lunes, llama la atención cómo no se hace tanto hincapié en la presencia de la iglesia evangélica en los sectores más vulnerables de la sociedad sabiendo que el próximo gobierno tendría tanta afinidad con la institución. Aramburu, en cambio, lo racionaliza de la siguiente manera: “Casi todos necesitamos sentirnos parte de algo más grande. Del universo, en el caso de los que consumen psicodélicos, del reino de Dios, en el caso de los evangélicos y de Carola”. Es en pasajes como este donde la clase se borra o ignora como factor determinante y expone cierta miopía del progresismo de esa época (miopía que yo también tuve, de nuevo, no estoy juzgando).
Como había señalado antes, uno de los fuertes de Aramburu como cronista es que no juzga ni moraliza a sus personajes y dudo que su objetivo con este libro fuera preguntarse a quién vas a votar este año, pero es en estos detalles y omisiones, en la estructura (su selección de historias y su orden) donde se puede vislumbrar hacia dónde se dirigía el país. Las ceremonias es, entonces, un compilado de crónicas bastante correctas, de una pluma simple y empática sobre consumidores de drogas, que indaga hasta el fondo para saber de dónde viene ese estilo de vida. Al mismo tiempo, es un artefacto cultural de un tiempo que, incluso solo habiendo pasado tres años, ya parece lejano.
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