¿Sabías que la física predice el fin del universo y las nuevas derechas intentan usar esta idea a su favor? Desde el apocalipsis de la termodinámica hasta la justificación del autoritarismo, la "entropía" es el concepto científico más disputado. ¿Y vos, sabés qué es?
“Nadie sabe de verdad qué es la entropía”.
John von Neumann, a Claude Shannon.
En 1984, el químico Ilya Prigogine y la filósofa Isabelle Stengers publicaron Order out of Chaos, un libro de divulgación científica que se hizo muy popular. Él, físico-químico ruso nacionalizado belga, había ganado el Nobel en 1977; en 2003, firmaría un “Manifiesto Humanista” junto a figuras como Kurt Vonnegut y Oliver Stone. Ella trabajó con Donna Haraway y Bruno Latour, y fue pionera del nuevo giro materialista en la filosofía europea. Son dos personas destacadas en sus respectivos campos, y con una sensibilidad política que podríamos llamar progresista, si bien no se destacaron por sus expresiones políticas. Su intervención en el debate público fue, más bien, a partir de libros como este.
Algo que ayudó a la popularidad de Order Out of Chaos fue su prologuista: Alvin Toffler, un consultor que basó su carrera en promover una tecnocracia liberal, en la que Silicon Valley ocuparía el lugar de la Comuna de París o el Soviet de Moscú. Toffler fue muy influyente para toda una ola de políticos centristas (demócratas y republicanos) entre los años ochenta y dos mil.
Una buena pregunta es: ¿por qué le interesaría a un propagandista proto-neoliberal un libro de físico-química? ¿Qué tiene que ver la política de Reagan, Bush Sr. o Clinton con las ciencias exactas? ¿Cómo llegamos del humanismo de Prigogine o el posthumanismo de Stengers al radical centrism del complejo industrial Big Tech?
¿Por qué le interesaría a un propagandista proto-neoliberal un libro de físico-química? ¿Qué tiene que ver la política de Reagan, Bush Sr. o Clinton con las ciencias exactas? ¿Cómo llegamos del humanismo de Prigogine al radical centrism del complejo industrial Big Tech?
Una pista la da el mismo título del libro. Prigogine y Stengers hacen una serie de reflexiones sobre termodinámica, planteando que ciertos sistemas abiertos, que llaman “disipativos”, funcionan en condiciones de no equilibrio y eso permite que tengan un devenir no determinista: que produzcan orden desde el caos. Los autores están pensando en estructuras que pueden ser estudiadas por las ciencias exactas: huracanes, organismos vivos, rayos láser. Toffler está pensando en la sociedad: según su argumento, estaríamos pasando de una civilización industrial, que funciona bajo el equilibrio determinista newtoniano, a una nueva sociedad de la información, que es disipativa y caótica. Hoy diríamos “neoliberal”.
No será la primera ni la última vez que la política se apropie del vocabulario científico para legitimarse: del llamado “darwinismo social”, usado muchas veces para justificar la eugenesia, al mismo “socialismo científico”, los ejemplos abundan. Pero en este texto me interesa centrarme en un caso particular: el del concepto de “entropía”.
Breve introducción a la Segunda Ley
¿Sabés, vos, que estás leyendo esto, qué es la entropía? ¿Podrías darme una definición? Creo que la mayoría de la gente tiene en el mejor de los casos una impresión vaga de qué quiere decir algo así como degradación, decadencia. Pero las cosas son un poco más complejas: el concepto tiene su origen en la física, específicamente en las leyes de la termodinámica, pero se popularizó cuando fue retomado, en forma metafórica, por los teóricos de la cibernética en los años cuarenta.
La termodinámica tiene cuatro leyes principales, incómodamente numeradas del 0 al 3. Para este caso nos interesan la primera y la segunda. La primera establece que, en un sistema cerrado, la energía es constante: se puede transformar, pero nunca crearse o destruirse. La segunda ley define la irreversibilidad de los procesos naturales: en un sistema cerrado, la energía tiende a disiparse, es decir, a avanzar hacia un estado de máxima homogeneidad. Esta medida de la distribución de la energía o la temperatura es lo que se denomina “entropía”, y en un sistema cerrado siempre crece. El problema es que el universo es un sistema cerrado: lo que determina la termodinámica es que, dentro de millones de años, el universo mismo llegará a un punto de máxima entropía, donde toda la energía se encuentre homogéneamente distribuida. En ese momento, se llegará a un estado de equilibrio, donde ya no quede energía disponible para que ocurran procesos termodinámicos: es lo que se conoce como la “muerte de calor”, el límite teórico máximo de la vida de nuestro universo.
Creo que está claro por qué el concepto de entropía resulta tan atractivo. De alguna forma, la física reintroduce una imagen del apocalipsis, que ya no es religioso sino científicamente probable. Y, lo que es peor, parece ser necesario.
La entropía juega un papel complejo: por un lado, prueba que la percepción que tenemos las personas del sentido lineal del tiempo es empíricamente constatable. La física clásica, newtoniana, einsteniana, podría funcionar igual si el tiempo corriera de atrás para adelante o de adelanta para atrás; la termodinámica no. La termodinámica tiene una dirección única, irreversible, lo que llamamos “la flecha del tiempo”: hacia adelante, la entropía aumenta; hacia atrás, disminuye. Según el clásico ejemplo: todos hemos visto un vidrio caer al piso y hacerse añicos, pero es casi imposible que un montón de añicos espontáneamente formen un vidrio.
Por otro lado, la entropía hace un juego imposible: permite que algo constante se pueda acabar. Si, como establece la primera ley, la cantidad de energía es constante y no se destruye, ¿por qué debería haber un estado de muerte de calor? Porque la energía tiende a disiparse, a existir en una distribución homogénea tal que no hay diferencias de energía significativas que permitan que existan procesos termodinámicos. Para que haya movimiento, es necesario que existan diferencias entre un sitio y otro: cuando todo está a la misma temperatura, nada se mueve. En este sentido, la entropía produce la imagen de una muerte que no se da por disminución o desaparición, sino por simple quietud. Un buen ejemplo es el carbón: cuando lo encendemos, parte de la energía que se halla disponible en él se transmite en forma de calor, es verdad, pero hay una parte que queda inutilizable en las cenizas. Y, recordemos, el tiempo es irreversible: nunca vamos a obtener de las brasas un nuevo carbón.
Está claro por qué el concepto de entropía resulta tan atractivo. De alguna forma, la física reintroduce una imagen del apocalipsis, que ya no es religioso sino científicamente probable. Y, lo que es peor, parece ser necesario.
Estas características van a generar que, en los años cuarenta, un grupo de científicos (matemáticos, físicos, psiquiatras, incluso antropólogos) hagan uso de este concepto con un fin nuevo. En una serie de conferencias multidisciplinares, estos hombres y mujeres van a intentar fundar una nueva disciplina que promete unificar las ciencias exactas y naturales con las sociales y humanas: la cibernética. Si se me permite una simplificación brutal, la cibernética propone que distintos sistemas, tanto biológicos y físicos como sociales y psicológicos, funcionan bajo una misma lógica, definida por la adaptación al medio a través de ciclos de retroalimentación. Lo importante, para nuestro enfoque, es el uso que le dan los cibernetistas a la entropía: para ellos, es un elemento central en su teoría de la información. De este modo, legitiman a partir de la termodinámica su polémica nueva disciplina científica.
Los sistemas cibernéticos se definen por su relación con la información: deben obtener información de su entorno para modificar su comportamiento y, así, volver a iniciar el loopde retroalimentación. En este contexto, ¿qué representa la entropía? Lamentablemente, hubo un encontronazo entre dos líderes de la cibernética, que usaron la misma palabra con definiciones literalmente opuestas. Para Norbert Wiener, la entropía es lo contrario a la información: cuanto más homogéneo es un mensaje, menos posible es discernir nueva información. Es decir, es equivalente al ruido. Para Claude Shannon, la entropía es equivalente a la información, porque mide el nivel de desorden: un mensaje completamente ordenado es completamente predecible, no aporta información nueva; un mensaje de alta entropía, desordenado, tiene mayor aleatoriedad.
Esto no fue un problema grave para los cibernetistas: para entender una fórmula de Shannon, Wiener simplemente agregaba un signo negativo al comienzo, y viceversa. Pero las consecuencias para el uso popular de la entropía son enormes: ¿la entendemos como ruido o bien como información?
Lo importante, a fin de cuentas, es que si bien Wiener y Shannon emplearon para la cibernética ecuaciones similares a las termodinámicas, el sentido que le dan al concepto de entropía sigue siendo simbólico, metafórico. En física, la entropía es una única cosa; en cibernética y teoría de la información, está abierta a interpretaciones. Desde allí, ingresa al sentido común y, lo que es más interesante, al vocabulario político.
¿La organización vence al tiempo?
La primera ley de la termodinámica, la que señala que la energía no se crea ni se pierde, es más conocida como “ley de la conservación de la energía”. No debería sorprender, entonces, que gran parte de los usos políticos de la termodinámica tengan un tinte conservador.
Es inevitable que la primera pregunta que aparezca, cuando confrontamos el concepto de la entropía, es si es posible detenerla o revertirla. Es intolerable pensar que el universo se dirige inexorablemente a la muerte, que los mismos principios que rigen el funcionamiento de la realidad tienden necesariamente al fin. Poco importa que falte una cantidad exorbitante de tiempo, que muy probablemente la especie humana se haya extinguido mucho antes de llegar a la muerte de calor, y que sin ninguna duda no vaya a afectarnos a nosotros, ni a los nietos de los nietos de nuestros nietos. La formulación más famosa de esa ansiedad existencial sobre la entropía está representada por un cuento de Isaac Asimov: “La última pregunta”, publicado en 1957. El texto relata la existencia de una supercomputadora, Multivac, que se va haciendo más poderosa a lo largo de miles de años; en distintas oportunidades, alguien le pregunta cómo puede hacerse para revertir o detener la entropía. Cada vez, Multivac responde que no tiene suficiente información para resolver el problema. En la última escena, cuando el equilibrio termodinámico está llegando a su conclusión, la computadora finalmente tiene una respuesta: dice “que se haga la luz”. Y la luz se hace.
El sentido es evidente: en el punto límite, las preguntas teológicas y científicas coinciden; la única solución posible al problema de la muerte de calor es un nuevo big bang. Pero esa respuesta es poco satisfactoria, porque tiene bastante poco que ver con la acción humana.
En 1910, el historiador estadounidense Henry Adams dio una conferencia donde intentó aplicar el concepto de entropía a una historia civilizacional. Para él, la segunda ley de la termodinámica demuestra que todo gasto de energía la altera, la degrada, la echa a perder de alguna forma. La humanidad se encuentra en una posición especial: al ser capaz de pensar, tiene una capacidad mucho mayor de acelerar la entropía; de hecho, Adams terminará argumentando que la misma actividad del pensamiento es un gasto entrópico. De este forma, va a ir elaborando una concepción fundamentalmente antiprogresista de la historia: contra las teorías cientificistas del progreso, sobre todo apoyadas en el evolucionismo darwiniano, Adams propone que la humanidad es la especie que más rápido se degrada y que degrada todo a su alrededor. Sorprendentemente, por derecha, sus argumentos parecen anticipar ciertos discursos contemporáneos sobre el cambio climático.
Sin embargo, Adams no es un profeta del colapso. Quiere dar una respuesta a este problema. Para eso, va a hacer una (muy mala) lectura de un experimento teórico: el del Demonio de Maxwell. Este fue un ejercicio intelectual elaborado por el físico James Clerk Maxwell para intentar disputar la segunda ley de la termodinámica: su propuesta es imaginar una entidad (un demonio) que opera una puerta entre dos cámaras, y sólo permite pasar a un lado las partículas de menor temperatura, permitiendo así reducir la entropía total del sistema. El consenso sobre el experimento es que no tiene demasiado sentido, en la medida en que es imposible que una entidad tal exista sin consumir ella misma energía. Más allá de estos pormenores, lo que me interesa es que la idea de que la entropía debe poder ser combatida es compartida por físicos e historiadores, químicos y políticos. En el caso de Adams, va a argumentar algo así como que la militarización de la sociedad es el único proceso que revierte la entropía, funcionando como un “Demonio de Maxwell de la Historia”. No hace falta detenernos demasiado en esto.
Avancemos unos años: en 1944, Erwin Schrödinger (sí, el del gato que está vivo y muerto a la vez) publicó What is Life?, un libro donde introduce el concepto de “neguentropía”, que sería algo así como lo contrario a la entropía. De acuerdo con él, los organismos vivos son formaciones que mantienen una organización interna por cierto tiempo sin que haya degradación de la energía: son neguentrópicos.
Un posible lector de Schrödinger, y seguro lector de Wiener, fue Ramón Carrillo, el mítico primer Ministro de Salud de la Argentina, bajo el peronismo. En una serie de textos olvidados, Carrillo propuso una “cibernología” como arte de gobierno, que se basa en una “biopolítica” (sí, usó el término bastante antes que Foucault), una política de la salud y la vida de la población. Inspirado en sus lecturas de la cibernética, Carrillo continuará este trabajo de antropología filosófica en su exilio en Belém do Pará, Brasil, donde escribió los fundamentos de una “teoría general del hombre” (!). En esta teoría, la entropía ocupa un lugar central: implica una serie de procesos de desagregación, pero que serían reversibles mediante otros procesos de unión e integración. Más allá de las derivas místicas en las que incurre Carrillo, su obra es un clásico ejemplo de organicismo: concibe a la sociedad (e incluso al planeta entero) como un organismo, contra las lecturas vitalistas o mecanicistas. Esta es, tradicionalmente, una posición conservadora, en el doble sentido político y energético.
El problema que conlleva esta clase de pensamiento es el de si el organismo es un sistema abierto o cerrado. Sólo podríamos hablar de una refutación del terrible destino de la segunda ley si, en un sistema cerrado, se pudiera hacer reducir la entropía. Sin embargo, como sabemos, los organismos vivos intercambiamos energía con nuestro entorno: en este caso, es posible que internamente seamos neguentrópicos, pero lo hacemos trasladando la entropía hacia el afuera. Da igual, en este caso, que consideremos un organismo individual, una sociedad o incluso al planeta entero: siguen siendo sistemas abiertos dentro del enorme sistema cerrado universal.
En la actualidad, los usos políticos de la entropía tienden a hacerse cargo de este dilema. Al viejo concepto de “neguentropía”, como una potencial fuerza que revirtiera la degradación energética, prefieren oponer el de “extropía”, que implicaría acelerar la disipación hacia el exterior para formar un enclave que resista al caos. El movimiento Neorreaccionario, con Curtis Yarvin y Nick Land a la cabeza, busca teorizar precisamente esto. Leen los procesos de disgregación social como procesos entrópicos: la inmigración, el pluralismo étnico y político, la diversidad sexual, la caída de la legitimidad de las instituciones familiares y estatales, pero también la globalización y la transnacionalización del intercambio bajo el capitalismo.
Tiene sentido, desde ese punto de vista, ser autoritario y liberal al mismo tiempo. (...) Para Land, Yarvin y sus seguidores reaccionarios o libertarios, de lo que se trata es de llevar todo el potencial disgregador de la entropía hacia afuera, a través de los canales del capitalismo global, para conservar un estado no-entrópico dentro del organismo.
En este sentido, su crítica de la democracia liberal debe entenderse en clave termodinámica: las democracias liberales internalizan la entropía, mientras que los sistemas conservadores, hiperjerárquicos que promueven los Neorreaccionarios la exteriorizan. Así, se entiende que no hay una verdadera contradicción entre adorar la aceleración capitalista mientras se rechazan los efectos sociales que esta trae; en otras palabras, que tiene sentido, desde ese punto de vista, ser autoritario y liberal al mismo tiempo. Porque de lo que se trata es de aprovecharse extrópicamente de ciertos procesos entrópicos: para Land, Yarvin y sus seguidores reaccionarios o libertarios, de lo que se trata es de llevar todo el potencial disgregador de lo que entienden como entropía hacia afuera, a través de los canales del capitalismo global, para conservar un estado no-entrópico dentro del organismo.
Y, sin embargo, cabría preguntarse si esto no sigue siendo mero cope. Ese enclave extrópico sólo podrá resistir frágilmente, temporalmente, a un proceso entrópico que sigue siendo inexorable. Todos los usos políticos del concepto de entropía que buscan combatirla están condenados, físicamente, al fracaso. Algunas preguntas que me surgen, al final de este ensayo: ¿tiene sentido que gastemos nuestro tiempo en intentar combatir un proceso termodinámico constitutivo del universo? Pero, al mismo tiempo, ¿no es la respuesta más natural querer escaparle a la muerte, rechazar el destino final de la destrucción cósmica? ¿Qué otra cosa podríamos hacer? En otras palabras: quizás la entropía, una vez descubierta, se vuelve necesariamente un objeto de disputas sobre cómo organizamos la vida humana: cómo gastamos la energía, cómo la administramos, de qué fuentes la extraemos, con qué eficiencia; esas son preguntas entrópicas, porque la política, como arte de decidir y gobernar nuestra vida en común, es entrópica.
Dante Sabatto es sociólogo. Investiga y escribe sobre pensamiento contemporáneo, con un foco en aceleracionismo, horror cósmico y postcapitalismo. Sus textos exploran la intersección entre estética, técnica y política en la cultura del siglo XXI.
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