La fiebre amarilla de 1871: Cuando Buenos Aires se quedó sin ataúdes
La epidemia que reconfiguró Buenos Aires, obligando a crear un cementerio, un ferrocarril y nuevos hospitales.
Llegué al hospital Francisco J. Muñiz en octubre de 2020, plena pandemia, para realizar mi formación en Infectología. Antes, como parte de la residencia, había pasado un año y cinco meses en el Hospital General de Agudos Bernardino Rivadavia.
Como rosarina recién llegada a la gran ciudad, me pasé los primeros meses coleccionando pequeños choques culturales: la medialuna salada o dulce se convertía en medialuna de grasa o manteca y el carlito, fruto noble de las meriendas, era reemplazado por su primo sin ketchup, el tostado. Pero mientras aprendía a moverme en la ciudad, lo que más me llamaba la atención es que en Rosario hablábamos de zonas (norte, sur, oeste, centro), en Buenos Aires se hablaba de barrios.
Caminando los alrededores, era fácil entender por qué. Las diferencias entre los barrios de ambos hospitales eran muy marcadas para no notarlas: edificios afrancesados, señoras con perritos, farmacias y cafeterías de cadena en el paisaje de Pueyrredón y Las Heras, camino al Rivadavia, en Recoleta. Por otro lado, bajando por Jujuy y doblando en Caseros, en Parque Patricios observaba casas bajas, hinchas de Huracán, laburantes, kioscos de barrio y, junto al Muñiz, el Parque Florentino Ameghino.
Aprendí que los dos barrios habían sufrido, cada uno a su manera, varias epidemias, y que aquella con la que comencé esta historia (la de los barbijos y el alcohol en gel) tenía varias antecesoras en el siglo XIX: el cólera, la viruela y, sobre todo, la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
Aprendí que los dos barrios habían sufrido varias epidemias, y que aquella con la que comencé esta historia tenía varias antecesoras en el siglo XIX: el cólera, la viruela y, sobre todo, la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
Si bien esta enfermedad no era desconocida en la ciudad, ese año dejó una huella profunda, particularmente en los barrios del sur. Para alguien que daba sus primeros pasos en Infectología, esta historia era difícil de ignorar. Estaba escrita, literalmente, en las calles que recorría todos los días. Vale la pena contarla.
Una ciudad a medio hacer
En 1871, la ciudad de Buenos Aires vivía una contradicción. Tenía algunos rasgos de una ciudad moderna: desde 1856 contaba con alumbrado a gas, tranvías a caballo recorriendo el centro y telégrafo hasta Montevideo. Pero las condiciones sanitarias no acompañaban el progreso: no había red de agua potable, tampoco sistema de cloacas ni desagües.
La ciudad estaba minada de pozos negros que contaminaban las primeras napas de agua, la recolección de basura era deficiente y era habitual el uso de la misma como base para nivelar las calles antes de empedrarlas. El Riachuelo recibía los desechos de los mataderos y saladeros instalados en sus orillas, y era frecuente encontrar restos de animales muertos flotando en sus aguas. Con este panorama no es difícil imaginar, cómo describe Felipe Pigna, que no eran precisamente buenos aires los que se respiraban en aquella época.
La ciudad crecía más rápido de lo que podía. Hasta mediados del siglo XIX contaba con unos 70.000 habitantes. Después de la caída de Rosas, con la inmigración vista como motor de progreso, llegaron oleadas de inmigrantes europeos, en su mayoría españoles e italianos. El primer censo del año 1869 menciona 177.787 habitantes, la mitad de ellos inmigrantes.
El barrio sur, que había sido hasta entonces el barrio señorial de las familias tradicionales porteñas, comenzaba a cambiar su demografía, ya que desde 1860 esas familias empezaron a mudarse hacia el norte, dejando atrás sus viejas casonas coloniales. Muchos propietarios encontraron en ello un negocio, subdividiendo las propiedades en piezas mínimas que alquilaban a los inmigrantes. De esa transformación surgieron los conventillos, donde cada familia vivía hacinada en habitaciones alquiladas junto a sus pocas pertenencias.
Nadie sospechaba del mosquito
Hoy sabemos que las condiciones sanitarias deficientes, el crecimiento urbano desordenado, sumados al verano y las lluvias, son el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de Aedes aegypti. Este pequeño mosquito de manchas blancas es el protagonista de un capítulo enorme de la infectología llamado, no muy originalmente, "enfermedades transmitidas por mosquitos". Es el mismo vector que hoy transmite el virus del dengue, zika y chikungunya, y el que también puede transmitir la fiebre amarilla en su ciclo urbano. Pero era 1871, faltaban años para entender cómo funcionan estos mecanismos.
En ese momento el paradigma que explicaba los padecimientos colectivos era la teoría miasmática, que atribuía la ocurrencia de enfermedades al “aire viciado” que emanaba de la basura, el hacinamiento, el agua estancada y los cuerpos en descomposición.
La ciencia equivocada y los prejuicios de clase se retroalimentaban. Si el "aire viciado" nacía de la basura y el hacinamiento, resultaba fácil para los vecinos y la prensa asociar enfermedad con pobreza. Ese argumento, cuando llegó la epidemia, terminaría justificando la segregación, la discriminación y la xenofobia. Los conventillos y sus habitantes pasarían a verse como el origen natural del brote, más que como sus primeras víctimas.
Faltaba todavía una década, de la mano de Robert Koch y el nacimiento de la era bacteriológica, para que la ciencia comenzara a aceptar a un microorganismo como agente causal de enfermedades.
Sin saberlo, así era como la ciudad esperaba a la fiebre amarilla. Una enfermedad que probablemente había comenzado su viaje por el río Paraná antes de proliferar en sus calles, desde un territorio convaleciente de guerra.
La guerra como antecedente
La fiebre amarilla no era desconocida en la región. Circulaba de forma endémica en Río de Janeiro y otros puertos brasileños desde hacía décadas, y llegaba periódicamente al Río de la Plata a través del tráfico comercial entre ambas costas. De hecho, Buenos Aires y Montevideo habían recibido brotes menores en 1852 y 1858.
A esa ruta marítima se sumó la del litoral fluvial. La Guerra de la Triple Alianza acababa de terminar con la muerte del presidente paraguayo Francisco Solano López en la batalla de Cerro Corá. Paraguay había quedado devastado, sin estructura sanitaria y con buena parte de su población masculina muerta en combate o por enfermedad. Barcos, tropas y prisioneros comenzaron a desplazarse desde una Asunción en ruinas hacia el litoral argentino, en un tránsito sin controles sanitarios que pronto tendría consecuencias más allá del campo de batalla.
El primer caso confirmado del lado argentino fue el 14 de diciembre de 1870 en Corrientes. Se trató de un comerciante que murió a las 48 horas de contraer la enfermedad. La cadena de transmisión continuó primero a su propia familia y después a su comunidad. Las autoridades correntinas reaccionaron rápido pero nada alcanzó. La epidemia siguió avanzando a un ritmo tal que se contabilizaron 2.000 fallecidos entre diciembre y junio en una ciudad de 11.000 habitantes. De ahí la enfermedad avanzó hacia el sur y golpeó finalmente a Buenos Aires.
San Telmo, enero de 1871
Aunque hay indicios de casos previos, el 27 de enero fallecieron tres personas en el barrio de San Telmo. Los casos se concentraban en una manzana delimitada por Bolívar, Perú, San Juan y Cochabamba. El doctor Luis Tamini, que había examinado a los enfermos, comunicó a la Comisión Municipal que se trataba de fiebre amarilla. Sus colegas elevaron entonces el diagnóstico al Consejo de Higiene Pública para que lo confirmara oficialmente. Pero mientras el dictamen se demoraba, las autoridades eligieron el silencio y retuvieron la noticia durante varios días con la esperanza de contener el brote antes de que cundiera el pánico.

No sirvió de mucho. La noticia corrió igual y la prensa empezó a hacerse eco. Pero conocer el problema no era lo mismo que tomarlo en serio. Durante los primeros días de febrero, mientras se contabilizaban entre uno y siete fallecidos diarios, el diario La República llegó a afirmar que aquello no era fiebre amarilla. Su director, Manuel Bilbao, aseguraba haber visto la enfermedad de primera mano años antes, en Lima y Guayaquil, y sostenía que los casos de Buenos Aires no se parecían en nada a lo que él conocía. Mientras tanto, buena parte de la ciudad tenía la cabeza puesta en otra cosa: se acercaba el carnaval.
La epidemia siguió avanzando a un ritmo tal que se contabilizaron 2.000 fallecidos entre diciembre y junio en una ciudad de 11.000 habitantes. De ahí la enfermedad avanzó hacia el sur y golpeó finalmente a Buenos Aires.
Se estableció un cordón sanitario para aislar San Telmo, donde se concentraban la mayoría de los casos. Por un momento pareció que la medida podía contener el brote, pero la fiebre amarilla ya había empezado a aparecer fuera de ese perímetro. A fines de febrero surgió un nuevo foco en un conventillo de la calle Paraguay, entre Artes (hoy Carlos Pellegrini) y Cerrito, lejos de San Telmo. La casa había sido construida para unas cincuenta personas, pero vivían más de trescientas.
A partir de entonces, la epidemia se extendió por distintos puntos de la ciudad. El mosquito entraba por la misma ventana, fuera la de un conventillo hacinado o la de una casona con jardín. Se la conocía como “la enfermedad del vómito negro”, por las hemorragias digestivas que aparecían en los casos graves. El nombre con que la conocemos hoy, "fiebre amarilla", viene de otra de sus manifestaciones, la ictericia, ese tono amarillento de piel y mucosas que aparece cuando el hígado falla.
Los que se quedaron, los que se fueron
Hacia marzo, la mortalidad se había disparado hasta alcanzar entre 150 y 200 muertos diarios. La ciudad, aterrada, necesitaba ver que alguien tomara el timón. En ese escenario se conformó la Comisión Popular de Salud Pública, integrada por vecinos que se repartieron las tareas de asistencia, recolección de fondos y organización sanitaria. Muchos de ellos terminaron pagando ese compromiso con la vida.
Francisco Javier Muñiz, médico y naturalista, murió atendiendo enfermos. Roque Pérez, abogado y presidente de la Comisión, se contagió mientras coordinaba la asistencia y falleció el 26 de marzo. Manuel Argerich, también médico, lo acompañó hasta el final. Ambos terminaron inmortalizados por Juan Manuel Blanes en una de las imágenes más conocidas de la epidemia, entrando a un conventillo de la calle Balcarce para asistir a una mujer moribunda junto a su bebé.

Pero mientras algunos se organizaban y daban respuesta, otros escapaban. El éxodo hacia el norte, protagonizado por quienes tenían recursos para costearlo, se multiplicó. Hacia mediados de abril, entre la mitad y dos tercios de la población porteña había abandonado la ciudad.
Pero la huida más polémica la protagonizó el propio presidente Domingo Faustino Sarmiento. No lo hizo en silencio, organizó un tren especial, se rodeó de una comitiva y partió hacia Mercedes.
La reacción no se hizo esperar, un editorial de la época del diario La Prensa calificó el hecho como una muestra de cobardía:
Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos.
Cuando Buenos Aires se quedó sin ataúdes
El 10 de abril fue el día más letal de la epidemia, dejando 563 muertes en 24 horas. Inmediatamente se decretó un feriado de veinte días que terminó de paralizar la ciudad, al punto que ni la Legislatura ni el Tribunal Superior de Justicia lograban reunir quórum para sesionar. Un cronista de la época resumió el drama de esos días en tres palabras:
terror, feria, fuga.
Los medios de transporte fúnebre colapsaron. Como faltaban ataúdes, los cuerpos se cargaban apenas en sábanas. Para trasladarlos se construyó un ramal ferroviario hacia un nuevo cementerio. Era conducido por una vieja locomotora, “La Porteña”, con capacidad para dos viajes diarios, insuficientes para el volumen de cuerpos que se acumulaban en el depósito de la terminal.
El destino final de la mayoría fue el Cementerio de la Recoleta y el Cementerio del Sur. Este último había sido inaugurado apenas cinco años antes, en un terreno que ya para entonces se sabía demasiado chico. Con la epidemia colapsó definitivamente. Fue entonces cuando el gobierno municipal adquirió siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales (actual parque los Andes) y creó allí el nuevo Cementerio del Oeste, que 15 años más tarde se trasladó a pocos metros, en el actual Cementerio de la Chacarita.
Sesenta años después, Jorge Luis Borges le dedicaría un poema, donde escribe que "Buenos Aires no pudo mirar esa muerte".
Después del pico de abril, los casos empezaron a bajar de forma progresiva. Con la llegada del invierno, el 22 de junio se registraron los últimos casos aislados, y la epidemia se dio por terminada. La cifra oficial de muertos fue de 13.614, el 8% de la población porteña, la mitad de ellos, niños. Estos números adquieren su verdadera dimensión al ser confrontados con los datos de mortalidad del año anterior: 5.886.
150 años después
Más de un siglo después, los recuerdos de la epidemia siguen escondidos a simple vista en el paisaje del sur porteño. Muñiz y Argerich nombran hoy dos de sus hospitales. José Penna, médico epidemiólogo y sanitarista que estudió y reconstruyó la historia de la epidemia, le da nombre a otro.
Penna fue la figura que impulsó la creación de la Casa de Aislamiento, destinada a la atención de enfermedades infectocontagiosas, antecedente directo del actual Hospital Muñiz. También pensó su diseño con pabellones separados entre sí por un bosque de árboles, buscando que el propio entorno natural ayudara a aislar a los pacientes.
A pocos metros, el parque Florentino Ameghino guarda varias capas de historia. Antes de ser cementerio, allí estuvo la quinta de la familia Escalada, donde murió en 1823 Remedios de Escalada, esposa de José de San Martín, víctima de la tuberculosis a sus 25 años. Décadas después, el mismo terreno se convertiría en ese Cementerio del Sur donde fueron enterradas las casi 14.000 víctimas de la fiebre amarilla. En 1882, buena parte de esos restos fueron trasladados a Chacarita. En 1940, durante una remodelación, aparecieron ataúdes y huesos bajo la tierra. Nadie puede asegurar que no quede alguno más.

Hoy el parque es uno de los espacios verdes más lindos del sur porteño. Entre semana lo cruzan personal de salud, pacientes, vendedores ambulantes y vecinos. Los fines de semana aparecen los bombos de la batucada, rondas de mate y chicos jugando a la pelota o aprendiendo a andar en bici. En el centro, un monumento levantado en 1873 recuerda a las víctimas de aquella epidemia y a quienes murieron intentando salvarlas.
Más de un siglo después, los recuerdos de la epidemia siguen escondidos a simple vista en el paisaje del sur porteño. Muñiz y Argerich nombran hoy dos de sus hospitales.
A pocos metros, el Hospital Muñiz sigue siendo uno de los bastiones de la salud pública argentina, dando respuesta a las epidemias de siempre y preparándose para las que vendrán. Entre una y otra, sigue formando generaciones de infectólogos.
Queda, sin embargo, una deuda que la ciudad todavía no termina de saldar. Los barrios que se llevaron la peor parte en 1871, hoy la comuna 4, siguen apareciendo del lado menos favorecido del mapa porteño en buena parte de los indicadores de salud actuales. La comuna presenta peores condiciones habitacionales y socioeconómicas que el promedio de la ciudad. La tuberculosis, la misma que llenaba las salas del Hospital Muñiz hace un siglo, sigue golpeando en los barrios del sur con fuerza.
Las notas de 421 no tienen paywall
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.