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Sirât, techno y el conflicto en el Sahara Occidental

Entre el techno y la tragedia colonial, Sirât, una película (y también un concepto islámico), expone el histórico conflicto del Sahara Occidental.

Sirât, techno y el conflicto en el Sahara Occidental
Microwaving your brain with monotonous bullshit while the world ends all around you. Everyone says to go outside and touch grass but that’s all burned up too.

Sirât es una palabra árabe que significa camino, sendero, o vía. Según la teología islámica el Sirât atraviesa el infierno, es imposiblemente fino y peligroso y algunas almas lo cruzan fácilmente y otras caen. Es el puente que las almas deben cruzar el día del Juicio para llegar al paraíso. También, es una película dirigida por el director Oliver Laxe, producida por los Almodóvar, ganadora del Premio del Jurado en Cannes y nominada a Mejor película internacional y Mejor sonido en los Oscar.

La premisa es simple y funciona como un ansiógeno que persiste en toda su duración. Un padre (Sergi López), su hijo (Bruno Núñez Arjona) y su perra se encuentran en una rave en el desierto, buscando a Marina, su hija mayor y hermana, quien lleva meses desaparecida. Las personas bailan al fragor de una música techno finísimamente producida (Kangding Ray) para la película y es presentada una estética post-apocalíptica con reminiscencias a Mad Max. La cinematografía es excelente y la imagen tiene su movimiento: un lugar donde contrastan y se equilibran la euforia colectiva y el dolor íntimo. La vida, la muerte y todo lo que hay en el medio.

Según la teología islámica el Sirât atraviesa el infierno, es imposiblemente fino y peligroso y algunas almas lo cruzan fácilmente y otras caen.

Dicha fiesta se ve interrumpida por un conflicto mundial no muy bien definido, deliberadamente, por el cual deben evacuar el lugar. En medio del estado de emergencia, los personajes deciden seguir a un grupo de amigos que saben que cerca de ese lugar hay otra rave, donde podría estar su hija. Mitad meditación y mitad odisea psicodélica, la búsqueda continúa hasta un punto de no retorno. 

España, Marruecos, el Sahara: History repeats itself

La única indicación espacial en toda la película es la frase "Hacia el sur, cerca de Mauritania". Los elementos implícitos resultan inquietantes.

Reproduce aquello que no es inocente afirmar: Marruecos comparte frontera con Mauritania. No sabemos si es el mismo director el que afirma aquella situación geopolítica, o si son los mismos ravers, que desconocen a qué territorio se están exponiendo. Resulta ser que esa línea de contacto entre dos países es el producto de una de las ocupaciones coloniales más prolongadas del mundo contemporáneo.

Marruecos llega a Mauritania porque entre ambos se extiende el Sahara Occidental, territorio que fue colonia española para ser posteriormente abandonado en 1975 sin un proceso de autodeterminación y que, desde entonces, permanece ocupado militarmente por el reino alauita. Sin esa ocupación, no habría frontera. El Sahara Occidental fue parte del Estado español desde 1884, cuando España se asentó en Villa Cisneros durante el reparto colonial de África. Durante décadas fue una colonia marginal, valorada por su posición estratégica en el Atlántico sur y su potencial pesquero. Los saharauis, pueblo nómada de origen árabe y bereber organizado en tribus, vivieron bajo administración española como ciudadanos dentro de lo más bajo de la jerarquía social.

Para 1975, Francisco Franco se encontraba enfermo y España estaba paralizada por la transición hacia la democracia. Del otro lado del continente, el Marruecos imperial llevaba años reclamando el Sahara, en nombre de una extensión que pretendía incluir territorios de Mauritania y España. En octubre de ese año, el Tribunal Internacional de Justicia emitió un dictamen que negaba soberanía tanto a Marruecos como a Mauritania sobre el Sahara Occidental, reconociendo el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación. 

Sin embargo, Marruecos obvió el fallo y organizó la Marcha Verde: 350.000 civiles marroquíes, acompañados por tropas regulares, cruzaron la frontera portando banderas y coranes en lo que, pese a su apariencia pacífica, fue una invasión planificada. En noviembre de 1975, España, Marruecos y Mauritania firmaron los Acuerdos de Madrid. España se comprometía a retirarse, cediendo la administración a los dos países vecinos. Los acuerdos se firmaron sin pasar por las Cortes españolas, sin consultar al pueblo saharaui, y en directa contradicción con las resoluciones previas de la ONU. Carecen, por tanto, de validez jurídica en el derecho internacional.

El primer problema es ontológico: España no era dueña de lo que cedía. En el derecho que regula la descolonización, una potencia colonial no es propietaria de un territorio no autónomo y no pueden transferirlo a terceros. Los Estados coloniales tienen la obligación expresa de conducir hacia la autodeterminación del pueblo. El segundo problema es la ausencia del sujeto principal. El Frente Polisario, representante legítimo del pueblo saharaui, no fue consultado. El tercer problema es la contradicción con el marco jurídico: la ONU había reafirmado el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación, y el Tribunal ya había negado legitimidad a los pedidos de Marruecos y Mauritania. Los Acuerdos de Madrid violaron estas resoluciones. 

El Sahara Occidental sigue siendo hoy, en términos de derecho internacional, un territorio no autónomo pendiente de descolonización, con España como potencia administradora aunque haya abandonado el territorio de facto hace medio siglo. España es legalmente responsable de un territorio que no gobierna, no controla y del que no habla.

A partir de la retirada colonial, Marruecos y Mauritania se repartieron el territorio: el norte para los marroquíes, el sur para los mauritanos (léase Sudán y Sudán del Sur; Etiopía y Eritrea; Nigeria y la autoproclamada República de Biafra; Ruanda y Burundi, la República Democrática del Congo).

La guerra de liberación casi no es mencionada por la academia occidental. El Frente Polisario, apoyado militar y diplomáticamente por Argelia, comenzó una guerrilla contra las potencias ocupantes. Marruecos intensificó la ocupación: se llevó a cabo una campaña del terror. Se estima que fueron asesinados aproximadamente 650 saharauis sólo en las ciudades de El Aiaiún, Esmara y Villa Cisneros. Sin embargo, la violencia más brutal fue localizada en el desierto, contra los civiles que escapaban hacia Argelia.

Se estima que fueron asesinados aproximadamente 650 saharauis sólo en las ciudades de El Aiaiún, Esmara y Villa Cisneros.

Los campamentos de refugiados fueron bombardeados por la aviación marroquí adquirida de Francia y Estados Unidos. El Um-Draiga fue el lugar que se atacó durante 48 horas seguidas, utilizándose napalm y fósforo blanco. El napalm es similar a la gasolina pero espeso y pegajoso, como si fuera un gel, y se hizo particularmente conocido en las guerras de Vietnam y de Corea. El fósforo blanco, por su parte, es una sustancia que se enciende rapidísimamente al entrar en contacto con el aire; su uso es conocido en las guerras de Vietnam, Irak, Siria y Ucrania y usado en los conflictos en Gaza. En Argentina lo conocemos por la matanza de Flores.

El ataque a los campamentos, que dejó como saldo el asesinato de aproximadamente 3.000 civiles sahrauis, fue documentado y verificado por testimonios, pero no hubo ningún proceso internacional. El genocidio de Um-Draiga sigue sin ser reconocido por ninguna organización, salvo por su pueblo.

Los sobrevivientes huyeron hacia Argelia, donde el gobierno, defensor histórico de los movimientos de liberación africanos, cedió tierras en Tinduf, un desierto no habitado cerca de la frontera con el Sahara Occidental. Allí se levantaron los campamentos de refugiados, los cuales siguen hoy en el mismo lugar. 

El berm: ingeniería militar

Durante la década de los ochenta estaban dándose la Guerra Fría, el conflicto entre Irán e Irak, la guerra civil Libanesa, la guerra de Malvinas, la guerra civil Salvadoreña, las dictaduras de Chile, Argentina, Guatemala, la guerra civil en Angola, el apartheid en Sudáfrica, la guerra de independencia de Namibia, la invasión soviética de Afganistán, la masacre de Tiananmén, el conflicto en Sri Lanka; y, al mismo tiempo, se construía en el desierto una de las obras de ingeniería militar más extensas del siglo XX. 

El muro marroquí o berm es una estructura de entre dos y tres metros de altura que se extiende por más de 2.700 kilómetros a través del desierto. Diseñado y construido con asistencia técnica israelí, el muro es el perímetro de un campo minado. Se estima que entre los campamentos en Tinduf y el berm hay entre 7 y 10 millones de minas sembradas en el suelo del desierto. Se trata del mayor campo minado continuo del planeta, activo décadas después de haber sido instalado, produciendo todavía asesinatos y mutilaciones de combatientes, civiles, adultos y niños. 

El berm, por más material que sea, también cumple un simbolismo político. Fue diseñado para que ningún saharaui pueda regresar a su pueblo sin someterse al relato de que el Sahara es territorio de Marruecos y, al mismo tiempo, sin asimilarse como marroquíes.

En 1991, la ONU creó la MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental) con el fin de celebrar un referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui en pos de elegir la independencia o la integración a Marruecos. 30 años después, dicho referéndum nunca se celebró. 

El berm, por más material que sea, también cumple un simbolismo político. Fue diseñado para que ningún saharaui pueda regresar a su pueblo.

La estrategia: desde 1975 Marruecos colonizó demográficamente el Sahara Occidental trasladando masivamente colonos propios, logrando que hoy superen a la población saharaui, lo que predeterminaría cualquier referéndum.

Esta táctica se replica en distintos lugares. Se coloniza un territorio, se lo puebla con ciudadanos propios y luego se invoca a la democracia para legitimar la ocupación (Israel y Palestina, China y el Tíbet, Italia y Trieste, Malvinas). En derecho internacional esto lleva distintos nombres: colonialismo de asentamiento o ingeniería demográfica. 

En noviembre del 2020, el Frente Polisario rompió el alto al fuego tras una intervención militar marroquí en el corredor de Guerguerat, iniciando un estado de conflicto armado de baja intensidad, casi sin cobertura mediática alguna. Ese mismo año, Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el territorio como parte de los Acuerdos de Abraham, a cambio de la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel. Hoy los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf son el hogar de entre 150.000 y 200.000 personas.

Los campamentos tienen nombres: Smara, El Aaiún, Ausserd, Dakhla, ciudades del Sahara Occidental a las cuales no pueden entrar sin la obligación de reconocerse ciudadanos marroquíes.

The desert has eyes

En rasgos generales, la dicotomía aparece entre los neo-críticos de cine. La película, para el grueso del público (más bien progresista), carece de argumento (tanto narrativo como político), o tiene uno, pero que no llega a ningún lado. Para mí, lo que parece ser un choque de opuestos en las discusiones (así como en la trama), revela algo más grande que los mismos. Recientemente Scorsese afirmó aquello por lo que Seba De Caro venía siendo criticado: la trama no importa. En mi caso, creo que la mera tragedia es el argumento. La muerte es la justificación.

Pero el cine no tiene por qué justificarse. Me pregunto: ¿verdaderamente hay una bajada intelectual y moralista como la de Ruben Ostlund en, por ejemplo, El triángulo de la tristeza? ¿Se trata de pornomiseria y shock value del estilo de Gaspar Noé, Lars Von Trier, Haneke? ¿O, en realidad, estas películas son las sucesoras de un formato tan antiguo y clásico como el de la tragedia? 

En este sentido, y agradezco, no existe una explicación político-ideológica en bandeja. Si nos interesa, la tenemos que buscar nosotros. Son dos caminos: soberanía cognitiva o ignorancia. 

A diferencia de la mayoría del público (que sostiene que es una película apolítica y negligente), creo que la crítica al neocolonialista moderno existe y es fuerte. Lo que a priori parece ser onírico, pesadillesco y absurdo, es suficientemente concreto.

La metáfora del Sirât se condensa en una especie de juicio divino: mientras se persigue la trascendencia a través de la música y placeres terrenales, el desierto (la historia, el territorio) se impone. Es un personaje más. El que tenga ojos para ver, que vea, y el que tenga oídos para oír, que oiga.

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