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Vida real

El Nahuelito: La ciencia detrás de la leyenda patagónica

La leyenda del Nahuelito se inspira en los plesiosaurios, gigantes acuáticos que surcaron la Patagonia prehistórica.

Por Flor Filippini · 31 oct. 2026 · 12 min

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La fascinación por los reptiles de gran tamaño y las profundidades oscuras de cuerpos de agua ha llevado a los humanos a imaginar un sinfín de monstruos acuáticos. En Argentina no somos la excepción: inspirándonos en las leyendas del misterioso lago Ness y su criatura, adoptamos un animal similar para que habitara uno de los lagos icónicos de Patagonia. La leyenda del Nahuelito atrajo la atención tanto de turistas como de científicos a la zona del Nahuel Huapi para tratar de encontrar rastros o avistar a la extraña criatura. Lo cierto es que el “Nahuelito” sí se encuentra en Patagonia, pero no de la forma en la que uno imagina, y estas criaturas son muy bien estudiadas y conocidas por la paleontología.

Durante la era mesozoica, mientras los dinosaurios dominaban la tierra, el mar era el dominio de varios grupos de reptiles, a los cuales se los llama de manera generalizada “reptiles marinos”. Dentro de este grupo hay varios linajes de reptiles que no están emparentados entre sí, pero se caracterizan por haber conseguido adaptaciones ecológicas similares, en este caso una vida completamente acuática. Uno de los grupos más exitosos y comunes de esta era fueron los plesiosaurios, cuyo nombre significa plesio “cercano a” y saurus “lagarto”, porque antiguamente se creía que eran formas emparentadas con los lagartos y serpientes, pero en realidad pertenecen a un grupo único de reptiles que se denomina Sauropterygia.

Lo cierto es que el “Nahuelito” sí se encuentra en Patagonia, pero no de la forma en la que uno imagina, y estas criaturas son muy bien estudiadas y conocidas por la paleontología.

Los plesiosaurios tienen un formato corporal bien distintivo: un cuerpo ancho de cola corta, con las patas transformadas en grandes aletas y un cuello larguísimo; de hecho, en proporción a su cuerpo, tienen los cuellos más largos de entre todos los reptiles. Y delante de ese larguísimo cuello se encuentra una cabeza con numerosos y puntiagudos dientes, que utilizaban para capturar presas. El primer ejemplar completo de plesiosaurio fue descubierto por la paleontóloga Mary Anning en Inglaterra en 1823, siendo uno de los primeros vertebrados fósiles en ser estudiado y nombrado. Desde entonces se han encontrado ejemplares en sedimentos jurásicos y cretácicos de todo el mundo, incluida la Antártida.

Dibujo del primer espécimen de plesiosaurio junto con la descripción realizada por Mary Anning (izquierda). Fósil de plesiosaurio Thalassiodracon hawkinsi del Bristol City Museum, Bristol, Inglaterra (derecha). Extraídas de Wikimedia Commons.

Dentro de los plesiosaurios, aquellos más similares a lo que tenemos en nuestro imaginario como “Nessie” son los Elasmosauria, que son plesiosaurios con cuellos muy largos y cabezas muy pequeñas. Tenían un rango de tamaño de entre 4 y 12 metros de largo y cuellos con numerosas vértebras cervicales (en promedio, entre 50 y 70), con géneros como Elasmosaurus y Albertonectes con más de 70 vértebras en el cuello. Podríamos decir que formas como Albertonectes tenían una garganta poderosa, pero también profunda (perdón, tenía que hacer el chiste).

A pesar de lo que pareciera y lo que se encuentra en el imaginario popular, el tener el cuello muy largo no implica que sea flexible y se mueva como una serpiente. Las vértebras de los plesiosaurios se caracterizan por ser discos anchos pero cortos, con ambas caras planas, y costillas cervicales cortas, por lo que no tienen mucha robustez para anclar gran volumen de musculatura. De hecho, varios estudios anatómicos indican que el cuello de plesiosaurios como los elasmosaurios era muy delgado y poco flexible, ya que las vértebras tenían un movimiento limitado, lo que impediría que pudieran levantar la cabeza por fuera del agua en altura como un cisne, porque no tenían la fuerza para hacerlo. Y aunque eran capaces de realizar arcos laterales y verticales con todo su cuello y las curvas poco pronunciadas eran posibles, nunca podrían haber logrado una postura en forma de “S” que requeriría más de 360° de flexión vertical.

Reconstrucción del aspecto de los plesiosaurios a lo largo de las décadas que refleja cómo cambió nuestro entendimiento de la anatomía de estos animales extintos, del artista Mario Lanzas.

Los elasmosaurios fueron en su mayoría marinos y habitaron los océanos durante el Cretácico, hacia el final de la era de los dinosaurios (hace entre 133 y 66 millones de años). Eran depredadores de peces y moluscos, e incluso algunos evolucionaron para ser filtradores de plancton. Se caracterizaban por tragar a sus presas enteras y para poder moler su comida usaban rocas estomacales (gastrolitos), que son piedras ingeridas voluntariamente por el animal. Aunque existe una enorme diversidad de plesiosaurios, hoy nos enfocamos en este grupo por dos grandes motivos: su innegable parecido anatómico con el mítico “Nessie” y, fundamentalmente, porque sus fósiles son parte del registro paleontológico de nuestro país.

Nuestros monstruos marinos

Como ya vimos en notas previas, la Patagonia fue tierra de gigantes terrestres, y además nuestros mares albergaron monstruos marinos. La historia de los plesiosaurios argentinos comenzó en 1940, con el hallazgo en Chubut del primer fósil de este tipo de reptil, descrito y nombrado por Ángel Cabrera al año siguiente como Aristonectes parvidens. Los restos fósiles de esta especie fueron encontrados en lo que se conoce como Cañadón de los Loros, en Paso del Sapo, provincia de Chubut, y enviados al Museo de La Plata. El ejemplar se encuentra bastante incompleto: consiste en un cráneo parcial articulado con la mandíbula, 29 vértebras y el miembro anterior izquierdo incompleto. Su nombre proviene del griego aristos, que significa “mejor” o “superior”, y nectes, que es “nadador”, por lo que sería “el mejor nadador”, nombrado así por ser el plesiosaurio más completo encontrado en Argentina en ese momento. Mientras que su nombre específico parvidens significa “pequeños dientes”.

Aristonectes siempre ha sido difícil de clasificar por ser un ejemplar bastante incompleto, pero fue el puntapié inicial del estudio de estos reptiles en el Hemisferio Sur. En la Formación La Colonia, en Chubut (hogar de nuestro icónico Carnotaurus), se encontraron dos especies muy particulares adaptadas a aguas cálidas y poco profundas. Por un lado, el Kawanectes lafquenianum, un plesiosaurio pequeño de cuello corto (3 a 4,8 metros) que solía vivir en zonas de estuarios. Su nombre homenajea al Kawa, el antiguo mar que cubría la región, y al término mapuche para mar (lafquen). Por otro lado, compartiendo el mismo ecosistema, nadaba el Chubutinectes carmeloi. Su esqueleto se preservó tan completo que durante la excavación se encontraron asociados 350 gastrolitos en su zona estomacal.

Cráneo de Kawanectes lafquenianum del trabajo de O'Gorman y colaboradores (2026) (arriba a la izquierda) junto con un diagrama de comparación de tamaño con un humano (arriba a la derecha). Fotografía del fósil de Chubutinectes carmeloi in situ en la excavación (abajo), extraída de Wikimedia Commons.

Los registros de estos monstruos marinos no se restringen a la Patagonia: la Antártida también es un lugar clave para estos fósiles. De la isla Vega, en la península Antártica, se extrajo al Vegasaurus molyi, un animal de 6,5 metros y 800 kilos. Rescatar su esqueleto casi completo requirió tres expediciones durante los veranos antárticos entre 1993 y 2005; de hecho, su nombre rinde honor a Juan José Moly, un técnico paleontológico que participó en 17 campañas a la Antártida. Cerca de allí, en la isla Marambio, en el archipiélago James Ross, se descubrió al Marambionectes molinai, un “nadador de Marambio” de más de 7 metros de largo del cual se preserva parte del cráneo.

La historia de los plesiosaurios argentinos comenzó en 1940, con el hallazgo en Chubut del primer fósil de este tipo de reptil.

Entre los últimos hallazgos hay uno que literalmente salió del agua, pero en pleno siglo XXI. El Argentinonectes calafatensis fue descubierto sumergido bajo medio metro de agua en la costa del lago Argentino (Santa Cruz). Para extraerlo, el equipo tuvo que construir diques con bolsas de arena y drenar múltiples veces el agua de la zona para poder trabajar en la excavación. El esfuerzo logró sacar a uno de los fósiles de plesiosaurios más completos que además muestra la presencia de paquiostosis (engrosamientos del hueso) en las costillas, una característica típica de vertebrados marinos que les permite a los animales contrarrestar la flotabilidad del cuerpo en el agua y bucear con facilidad.

Fotografía del sitio de excavación de Marambionectes molinai (arriba), extraída del diario 9 de julio; junto con la reconstrucción del aspecto y escala del plesiosaurio por el artista PaleoHistoric (abajo), extraída de DeviantArt.

Breve historia del Nahuelito

El aspecto de los elasmosaurios siempre estuvo asociado inequívocamente a la imagen del monstruo del lago Ness o “Nessie” y, para no quedarnos atrás, también a la de nuestro mito local: el Nahuelito del lago Nahuel Huapi. Aunque las leyendas sobre Nessie son bastante más antiguas (con reportes de avistamientos desde el siglo XIX), el mito patagónico tiene un origen mucho más reciente y documentado.

La historia inició en 1922, con la difusión de un supuesto avistamiento ocurrido años antes, en 1910, por parte de un trabajador estadounidense afincado en la zona de Epuyén. La crónica publicada por el periódico canadiense Toronto Globe describía una criatura de entre 5 y 7 metros de largo cuyo cuello y cabeza sobresalían 2 metros por encima del agua. Ese mismo año, el director del Zoológico de Buenos Aires, el Dr. Clemente Onelli, recibió una carta de un buscador de oro que afirmaba haber visto enormes huellas en la orilla del lago Nahuel Huapi y a una bestia colosal adentrándose en sus aguas.

Noticia publicada sobre la expedición de Onelli en búsqueda del Nahuelito en un diario internacional, extraída de La quinta dimensión.

Convencido del reporte, Onelli decidió organizar una expedición oficial para capturar al animal. El equipo incluyó cazadores armados con rifles de alto calibre (como para cazar elefantes) e incluso llevaban dinamita. Semejante arsenal provocó fuertes trabas burocráticas con el Ministerio del Interior para obtener los permisos para realizar la expedición. Finalmente, se realizó… con cero resultados.

Siete meses después, sin nuevos avistamientos, llegó a manos de Onelli una carta desde Bariloche que aseguraba que la criatura había sido capturada. La noticia generó un revuelo mediático impresionante, tanto nacional como internacional. Sin embargo, todo era una broma: la “captura” no era más que una carroza construida por el empresario Primo Capraro para un desfile local. Capraro le había sacado una foto al muñeco para hacer circular el rumor, en una magistral estrategia publicitaria para promocionar el turismo en la zona (¡qué viejo baitero!).

Aunque desde entonces el turismo en la Patagonia no paró de crecer y el Nahuelito se popularizó, nadie ha podido aportar jamás una sola evidencia gráfica real de la existencia del monstruo. Si quieren profundizar en el origen de este mito, la comparación con Nessie y los detalles de la historia local del lago Nahuel Huapi y su “monstruo”, les recomiendo muchísimo el documental argentino Plesiosaurios vivos. A lo largo del año van haciendo proyecciones en distintas ciudades del país. Les dejo su página de Instagram (@plesiosauriosvivos) para que sigan las fechas y novedades; si tienen la oportunidad no se lo pierdan porque es muy completo y entretenido.

¿Es posible que vivan plesiosaurios en el Nahuel Huapi?

Capaz esta respuesta es medio obvia, pero los plesiosaurios se extinguieron junto con los dinosaurios hace 66 millones de años, así que, en primera instancia, sepan que no, no es posible que haya plesiosaurios hoy en día porque no hay registros de este tipo de animales desde hace millones de años. Pero juguemos un ratito con la posibilidad de que estos reptiles sobrevivieran a la extinción.

Primero que nada, si hablamos de animales, porque son animales, no monstruos de fantasía o mágicos, no sería posible que existiera solo uno que tenga millones de años de existencia. Tendríamos que estar hablando de una población de estos animales que viven en estos lagos y que son lo bastante escurridizos para no verlos en absoluto, lo cual es bastante difícil para animales que mínimo miden 7 metros de largo y pesan 800 kilos. Si hubiera una población de estos animales en estos lagos ya nos habríamos cruzado con alguno, dudo mucho que pasaran tan desapercibidos.

Reconstrucción de Nessie como un plesiosaurio a las afueras del Museo de Nessie en Escocia (izquierda), extraída de Wikimedia Commons. Nahuelito de hierro planificado para ser parte de la ciudad de Bariloche por su aniversario (derecha), extraído del diario Bariloche 2000.

La segunda cuestión a plantear es el lugar en el que estos animales vivirían. Porque no estamos hablando de extensos y profundos mares, lo cual podría dejar un poco más de posibilidades para un animal tan grande de “escaparse” u “ocultarse” de nuestra vista. Además, habrían tenido que desarrollar adaptaciones a la vida dulceacuícola, porque los plesiosaurios eran mayoritariamente marinos; pero supongamos también que es posible que se adaptaran a vivir en otro tipo de ambiente acuático. Justo los dos lugares planteados como hábitat, el lago Ness y el Nahuel Huapi, son lagos de agua dulce, extensos, sí, pero no muy aptos para estos reptiles. Veamos un poco más sobre estos cuerpos de agua.

El lago Ness es uno de los cuerpos de agua más grandes de Escocia, abarca 56 km² de superficie, alcanza unos 230 metros de profundidad, con una forma estrecha y alargada porque se asienta sobre una antigua falla geológica conocida como la Gran Falla del Glen (Great Glen). Sin embargo, al lado del Nahuel Huapi se queda muy corto: el gigante patagónico se extiende por 557 km² de superficie y roza los 400 metros de profundidad (¡mi país, mi país!).

A pesar de la diferencia de tamaño, ambos comparten un origen común: son lagos glaciares. Aunque miles de años nos parezcan un abismo de tiempo, en términos geológicos son formaciones extremadamente recientes. Ambos lagos se moldearon durante la última Era del Hielo, cuando el avance y retroceso continuo de enormes masas de hielo fue excavando las cuencas sobre la geografía preexistente. Con el deshielo final, esas enormes depresiones se llenaron de agua, proceso que continúa hasta hoy alimentado por el derretimiento de los glaciares. El lago Ness posee una antigüedad estimada de entre 10.000 y 12.000 años, mientras que la del Nahuel Huapi es de aproximadamente 19.000 años. Así que, si estaban pensando que podrían haber sido un oasis en el que un relicto de plesiosaurios sobrevivió millones de años, tampoco dan las cuentas.

Fotografías del lago Ness, Escocia (izquierda) y del Nahuel Huapi (derecha), extraídas de Wikimedia Commons.

Otra característica que comparten estos lagos es su baja productividad biológica; en términos ecológicos, se los conoce como lagos “oligotróficos”. Al ser tan profundos, fríos y de origen glaciar, poseen una cantidad muy pobre de nutrientes en suspensión. Como la base de la cadena alimentaria es tan escasa, la fauna que logran sostener es mínima y está dominada por pocas especies de peces de tamaño pequeño. En resumen, no existe el volumen de biomasa necesario en estos lagos para sostener a una población reproductiva de depredadores gigantes que requerirían devorar decenas de kilos de carne al día.

Justo los dos lugares planteados como hábitat, el lago Ness y el Nahuel Huapi, son lagos de agua dulce, extensos, sí, pero no muy aptos para estos reptiles.

A la falta de alimento también se le suma la temperatura. Los plesiosaurios prosperaron en los mares del Mesozoico, una época donde la temperatura global era considerablemente más alta que la actual. Sumergir a un reptil marino (incluso asumiendo que tuvieran algún grado de regulación térmica avanzada, como sugieren algunos estudios recientes) en las aguas heladas de un lago glaciar moderno sería una condena asegurada para el pobre animal.

De hecho, tanto en el Ness como en el Nahuel Huapi, los grandes cazadores de la costa son las nutrias (la nutria europea allá, y nuestro simpático huillín en la Patagonia). Y aunque son mamíferos alargaditos, excelentes nadadores y bastante escurridizos, más allá de algún susto en la penumbra, difícilmente podríamos catalogarlos como monstruos acuáticos.

Fotografía de nutria europea o Lutra lutra (izquierda), extraída de Aquaportail. Fotografía de huillín o Lontra provocax por Paul Tavarez.

Así que, como verán, por cuestiones geológicas, biológicas y ecológicas no es posible que un plesiosaurio se encuentre viviendo plácidamente en estos lagos, siendo extremadamente bueno en esconderse y sin dejar rastro alguno de su existencia. Lo cierto es que los mitos de Nessie y del Nahuelito se retroalimentaron por décadas gracias a fotografías trucadas junto a relatos exagerados y esa tendencia tan humana de buscar misterios donde solo hay una sombra en el agua. Lo innegable de toda esta historia es nuestra fascinación por los reptiles gigantes, la cual data de hace siglos. Los verdaderos monstruos marinos sí existieron, solo hay que saber en qué rocas buscarlos. Aun así, le tengo que dar crédito al folclore. Porque, seamos sinceros, no importa que una paleontóloga te explique punto por punto con toda la evidencia científica que el Nahuelito es imposible que exista. Cuando viajes al sur y vayas a visitar el Nahuel Huapi, te vas a parar en la orilla, admirar la inmensidad del agua y te vas a preguntar “¿y si lo veo?”.

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