Fósiles lovecraftianos
Fósiles lovecraftianos
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Fósiles lovecraftianos

Lo lovecraftiano es un término creado en base a la obra de H. P. Lovecraft para referirse tanto a narrativas de horror cósmico como a elementos que aparecen en dichas obras. En el caso de sus monstruos, hablamos de entidades interdimensionales o criaturas alienígenas de proporciones gigantescas, armadas con hileras de tentáculos, simetrías extrañas, múltiples ojos y anatomías tan complejas que parecen ajenas a este mundo.

Pero además de evocar la angustia existencial, un detalle fascinante del terror de Lovecraft son las descripciones anatómicas de sus espantosas, ineludibles y, sobre todo, invertebradas criaturas. El autor, que era un apasionado de la ciencia, describía a sus seres como si fuera un naturalista examinando un espécimen. Y para encontrar anatomías “fuera de este mundo” no hay que irse muy lejos, los invertebrados tienen una historia evolutiva tan extensa y compleja que permitió la aparición de diversos formatos corporales tan extraños que no tienen nada que envidiarle a la imaginación.

Los invertebrados tienen una historia evolutiva tan extensa y compleja que permitió la aparición de diversos formatos corporales tan extraños que no tienen nada que envidiarle a la imaginación.

En esta nota especial, ya que este 20 de agosto celebramos el aniversario del nacimiento de Lovecraft, vamos a ver animales del registro fósil que seguro no tenías idea de que existieron y podrían haber salido de la imaginación del famoso escritor de horror cósmico.

El clásico de los tentáculos: los lobópodos

Para encontrar criaturas verdaderamente ajenas a lo que conocemos, el Paleozoico es la época perfecta para chusmear. Hace 500 millones de años, durante lo que se conoce como el periodo Cámbrico, la vida se desarrollaba y evolucionaba en los mares, con los invertebrados como dueños absolutos de los ecosistemas.

Dentro de este contexto, unos de los grupos más extraños son los lobópodos, un grupo de panartrópodos (invertebrados cercanamente emparentados con los artrópodos modernos) que se caracterizan por tener cuerpos blandos con extremidades tubulares y carnosas similares a un tentáculo llamadas lobópodos, que en sus extremos tienen pequeñas garras. A esto se le suma una cabeza bulbosa con estructuras bucales que varían según el grupo, y ojos de distintos niveles de complejidad también según cada morfotipo.

Los lobópodos podían medir unos pocos centímetros, pero eso nos les impedía ser menos controversiales, como es el caso de Hallucigenia sparsa. Sus restos fueron encontrados en los esquistos de Burges Shale en Canadá en 1977 por Simon Conway Morris, quien le dio ese nombre por su apariencia “extraña y sacada de un sueño”. Este pequeño animalito con un rango de 0,5 a 5 cm no se parecía a nada conocido, ni siquiera estaba claro cuál de los extremos era la cabeza o cual era la parte superior del cuerpo. De hecho, Conway Morris lo interpreto primeramente con los tentáculos para arriba y las espinas como patas. Fue recién en 1991 que salió un trabajo donde, estudiando otros ejemplares de China, pudieron identificar a Hallucigenia como lobópodo, lo que cambió su interpretación. Los tentáculos en realidad eran pares de apéndices que utilizaban para moverse y las espinas eran dorsales y protectoras, además de que pudieron identificar que el lóbulo era una cabeza con pequeños ojos.

Hallucigenia sparsa
Arriba a la izquierda fósil de Hallucigenia sparsa, debajo la reconstrucción de H. Sparsa basada en la descripción original por Conway Morris (Wikimedia commons). A la derecha la reconstrucción actual por Christian McCall.

Dentro de este grupo hay diversidad de formas corporales. Tenemos también al raro Opabinia, hallado en el yacimiento de Burgess Shale (Cámbrico Medio, hace 505 millones de años), que posee un tronco segmentado con pliegues a lo largo de los costados y una cola en forma de abanico, pero su característica más extraña estaba en su cabeza. Poseía una trompa con garras que, muy probablemente, le servía para llevar el alimento hasta la boca y tenía cinco ojos compuestos; el muchacho decidió que lo mejor era tener ojos impares.

Otro formato lobópodo rarísimo es el Ovatiovermis, que se caracteriza por tener los pares de patas delanteras especialmente largas y equipadas con hileras de espinas finas a ambos lados. A diferencia de otros parientes que usaban sus espinas como defensa contra depredadores, Ovatiovermis utilizaba estas extremidades anteriores para filtrar pequeñas partículas orgánicas del agua. Para no ser arrastrado por las corrientes marinas mientras "pescaba", sus tres últimos pares de patas traseras contaban con garras fuertes en forma de gancho, con las que se anclaba firmemente a las esponjas o corales del lecho marino.

Aunque su estética no tenga nada que envidiarle al facehugger de Alien o a una entidad de las profundidades de Lovecraft, la mayoría de estos animales llevaban una vida bastante pacífica, eran detritívoros o filtradores que se alimentaban de la materia orgánica suspendida en el agua o depositada en el sedimento.

Los ojos del abismo: los Thylacocephalos

En la lista de artrópodos extintos (que capaz no tenías idea de que existieron) tenemos a los Thylacocephala. Su nombre viene del griego thylakos, que es “bolsa” o “saco”, y kephale, que es “cabeza” y hace referencia a que poseen un caparazón grande que envuelve todo su cuerpo, como si estuviera dentro de una almeja, siendo lo único que queda por fuera del caparazón sus ojos y sus apéndices. Y una característica llamativa de sus ojos es que son gigantes en proporción a todo su cuerpo, están conformados por numerosas lentes pequeñas como los artrópodos actuales, pero eran tan grandes que ocupaban toda la zona frontal de la cabeza. Esto sumado a los apéndices raptoriales les da un aspecto de una nave alienígena de La Guerra de los Mundos.

Aunque su estética no tenga nada que envidiarle al facehugger de Alien o a una entidad de las profundidades de Lovecraft, la mayoría de estos animales llevaban una vida bastante pacífica.

Estos animales vivieron una extensa vida geológica, desde el Silúrico (hace ∼435 millones de años) hasta el Cretácico Tardío (hace ∼84 millones de años). Y, aunque tengan un aspecto aterrador, eran muy pequeños, varían de pocos milímetros a varios centímetros. Se los encuentra en sedimentos marinos en distintas partes del mundo. A pesar de su extensa historia, su estilo de vida sigue siendo un enigma paleontológico. Debido a la enorme variedad en la forma de sus apéndices y la estructura de sus ojos dentro del grupo, se cree que ocuparon diversos roles ecológicos. Mientras que algunas especies parecen haber sido cazadores activos de pequeños organismos pelágicos utilizando sus patas raptoriales, otras podrían haber sido detritívoras, filtradoras o carroñeras del fondo marino. Se ha propuesto que sus ojos hipertrofiados habrían sido clave para atrapar la escasa luz del abismo oceánico y que eran especies que vivían en grandes profundidades.

tilacocéfalo
Fósil de tilacocéfalo (a la izquierda, fotografía extraída de Haug y colaboradores). Reconstrucción por la artista Yang Dinghua (a la derecha).

Simetría primigenia, los equinodermos

Si hablamos de anatomías con simetrías corporales extrañas, los invertebrados especialistas en eso son los equinodermos. Los seres humanos y la mayoría de los animales estamos acostumbrados a la simetría bilateral (un lado izquierdo y un lado derecho simétricos). Sin embargo, los equinodermos adultos rompieron ese molde y adoptaron la simetría pentarradial, cuerpos organizados en cinco ejes alrededor de un centro, creando patrones que parecen mándalas cósmicos.

Estos invertebrados se caracterizan por estar en este planeta desde la Explosión del Cámbrico (hace más de 515 millones de años). Este grupo cuenta con un endoesqueleto formado por miles de osículos calcáreos articulados. Esta estructura mineral, sumada a un sistema vascular acuífero (un complejo sistema hidráulico interno que mueve sus pies ambulacrales), no solo les da una apariencia de "maqueta viviente", sino que además los convierte en candidatos perfectos para fosilización.

En este grupo se encuentran las estrellas de mar, pepinos de mar, ofiuras, erizos de mar y lirios de mar. Y, si vemos las formas actuales, ya de por sí nos parecen salidas de otro planeta, además de la diversidad de formas corporales que parecen nada que ver una con la otra. Estos muchachos se hicieron famosos por el Stream expediciones del Schmidt Ocean Institute junto al CONICET al explorar las profundidades del Atlántico Sur, en los cuales conocimos a batatita y a la estrella de mar culona, entre otros.

Equinodermo ofiuroideo "cabezas de medusa" ilustrado por el biólogo y artista alemán Ernst Haeckel.

Durante el Paleozoico este grupo experimento con el formato corporal, teniendo diversas formas y simetrías. Uno de los grupos más llamativos son los Homalozoos, que se caracterizan por ser asimétricos y con el cuerpo formado por una teca de placas de calcita y un único apéndice largo. Dentro de este grupo los más extraños en aspecto son los estilóforos, un grupo que posee una teca con dos caras y de formato más complejo. Durante más de un siglo los científicos estuvieron debatiendo si el apéndice era una cola o si era un brazo, hasta que un fósil excepcional de Marruecos reveló que el único apéndice que tiene posee pies ambulacrales, por lo que era un brazo alimenticio.

Estos muchachos se hicieron famosos por el Stream expediciones del Schmidt Ocean Institute junto al CONICET al explorar las profundidades del Atlántico Sur.

Dentro de los equinodermos ancestrales y raros, existían aquellos que tenían un diseño helicoidal, como es el caso de Helicocystis moroccoensis. Este equinodermo que vivió durante el Cámbrico medio (hace 520 millones de años) media pocos centímetros de largo y poseía una forma de cigarro muy particular, con la boca en la parte superior. Las placas esqueléticas que formaban su cuerpo se disponían en un patrón en espiral, pero con la simetría pentámera, es decir 5 hileras de placas en espiral, este es un precursor de la simetría radial, que van a poseer posteriormente los equinodermos.

Otras formas paleozoicas de equinodermos extintos son los blastoideos, formas pequeñas que vivían fijados en el fondo marino y eran filtradores. Su cuerpo (teca) estaba formado por placas calcáreas entrelazadas con una simetría pentarradial perfecta. La boca se ubicaba en el centro superior, rodeada por cinco áreas ambulacrales dispuestas en forma de pétalos. Esta estructura encapsulada les daba el aspecto de un capullo o cocoon de origen alienígena.

Para cerrar este grupo, hay un fósil que le rinde homenaje explícito al maestro del terror cósmico: Sollasina cthulhu. Perteneciente a los ofiocistioideos (un grupo extinto emparentado con las holoturias y erizos), este animal de apenas unos centímetros de diámetro poseía un cuerpo bulboso rodeado por 45 tentáculos tubulares.

blastoideo
Izquierda: fósil de blastoideo del género Pentremites (Wikimedia commons). Reconstrucción de Sollasina cthulhu (derecha) hecha por Elissa Martin (extraída de Rahman y colaboradores, 2019).

Todas estas formas fósiles remiten inevitablemente, tanto a su anatomía como a su extraña arquitectura a los Antiguos (Elder things). De hecho, en la novela En las montañas de la locura, Lovecraft los describe como seres de anatomía vegetal y animal con simetría pentarradial, cuerpos en forma de barril y masa de tentáculos apicales, por esa descripción podrían tranquilamente entrar en la clasificación como equinodermos alienígenas.

Los hijos de Cthulhu: Cefalópodos gigantes

Hasta ahora, todos los animales que mencioné tenían un aspecto indudablemente lovecraftiano, pero carecían del factor “tamaño”, ya que eran organismos de pocos centímetros que podríamos agarrar con nuestras manos. Sin embargo, hay un grupo de invertebrados que logró alcanzar proporciones colosales dignas del título “monstruos de las profundidades”: los cefalópodos.

A lo largo de su historia evolutiva, los cefalópodos han logrado alcanzar el gigantismo múltiples veces. Y mucho antes de que los reptiles marinos o los cetáceos dominaran los océanos, ellos eran los depredadores topes del planeta.

Mucho antes que los peces desarrollaran mandíbulas, el rey indiscutido de los mares paleozoicos era Endoceras giganteum (endo: “dentro”, ceras: “cuerno”). Un cefalópodo del ordovícico (470-450 millones de años) que conocemos por su gigante conchilla calcárea. A diferencia de los pulpos o calamares actuales, la mayoría de los cefalópodos del Paleozoico poseían grandes conchillas calcáreas externas que protegían su cuerpo blando. La conchilla de Endoceras era un cono alargado y recto con un tubo interno (sifúnculo) donde se acumulaban conos de depósito o endoconos.

El registro más grande de Endoceras corresponde a un espécimen Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, cuya reconstrucción de su conchilla alcanza los 5,73 metros de largo, lo que lo convierte en uno de los cefalópodos más largos del Paleozoico. Sin embargo, a pesar de su longitud, su cuerpo era relativamente estrecho. Se calcula que un adulto rondaba los 100 kg de peso, muy por debajo de los 300 kg que puede alcanzar un calamar gigante moderno (Architeuthis dux). Aun así, Endoceras era el predador más grande del Ordovícico, cazando por emboscada y dejándose caer sobre sus presas, lo cual lo hace bastante aterrador.

Endoceras
Reconstrucción a escala de Endoceras (izquierda), arte de Fabio Alejandro. Fósiles de cefalópodos de paleozoicos de la colección de Jefferson County Missouri (The Ordovician Period).

Ahora bien, si hay una especie fósil que desafiaría los límites de tamaño de los cefalópodos que conocemos hasta la fecha, ese es el Nanaimoteuthis. Genero fósil de pulpos conocido solamente por sus picos, ya que es la única estructura que se puede preservar en el registro fósil, ya que los pulpos carecen de conchilla. Fue encontrado en lo que sería el Cretácico (100-72 millones de años) de Canadá y Japón en 2008.

Recientemente, el análisis de nuevos especímenes reveló mandíbulas fósiles excepcionalmente grandes. En la anatomía de los cefalópodos, la capucha es la sección dorsal curva que forma la "visera" del pico superior; en el espécimen más grande de Nanaimoteuthis, esta medida es de 86,4 mm, un tamaño 1,5 veces mayor que el pico de un calamar gigante actual (Architeuthis).

No hace falta mirar a las estrellas ni invocar dimensiones paralelas para encontrar seres que parecieran desafiar la lógica humana. Los lobópodos, tilacocéfalos, equinodermos y cefalópodos gigantes no eran aberraciones de la naturaleza, sino organismos que formaban parte del gran árbol de la vida.

Nanaimoteuthis pertenecería al grupo de los Cirrata (pulpos cirrados) que son cefalópodos abisales que poseen aletas a los lados de la cabeza para desplazarse y pequeños cirros en sus brazos (acá entra el famoso "pulpo Dumbo" que pudimos ver en las transmisiones del fondo del mar de CONICET). Teniendo en cuenta esto, a partir del tamaño de su pico y la escala de sus parientes actuales, se estimó que la longitud total de Nanaimoteuthis podría haber oscilado entre los 6,6 y los 18,6 metros. Aunque algunos paleontólogos sugieren que el límite superior de 18 metros puede estar sobrestimado (ya que solo contamos con sus mandíbulas y no sabemos el aspecto real del animal), lo cierto es que sus picos no pertenecían a un pulpo pequeño.

A diferencia del mito popular del Kraken luchando contra reptiles marinos, las marcas de desgaste en los picos de Nanaimoteuthis indican una dieta durófaga, esto quiere decir que usaba sus robustas mandíbulas para triturar animales con caparazón duro, como los grandes amonites de la época. Al igual que en los invertebrados actuales, el gigantismo está estrechamente vinculado a las aguas frías y profundas (gigantismo abisal). Por lo tanto, si pudiéramos viajar al Cretácico, no podríamos avistar a estos pulpos gigantes en la superficie, sino que estarían ocultos en las tinieblas del fondo marino, tan enigmáticos e inalcanzables como los calamares gigantes de hoy.

predadores marinos gigantes
Fotografía de las mandíbulas inferiores de las dos especies de Nanaimoteuthis (A y B) comparadas con las de un Calamar gigante (C) (arriba). Gráfico (abajo) que muestra las escalas de tamaño de predadores marinos gigantes en donde se compara el largo total del cuerpo y el tamaño de las mandíbulas (Imágenes: Ikegami y colaboradores, 2026).

Al final, no hace falta mirar a las estrellas ni invocar dimensiones paralelas para encontrar seres que parecieran desafiar la lógica humana. Los lobópodos, tilacocéfalos, equinodermos y cefalópodos gigantes no eran aberraciones de la naturaleza, sino organismos que formaban parte del gran árbol de la vida, en el cual la evolución ensayó con simetrías y arquitecturas corporales increíbles mucho antes de nuestra llegada, e incluso algunas perduran al día de hoy. Las criaturas lovecraftianas siempre estuvieron acá nomás, escondidas en las rocas del pasado y son parte de la normalidad de la vida en la tierra. El verdadero horror cósmico no es lo que encontramos en el registro fósil, sino la certeza de que la inmensa mayoría de criaturas que existieron sobre la faz de la tierra no lograron fosilizarse, un abanico extenso de formas y anatomías increíbles que perdimos en la penumbra del tiempo.

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