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Desaparecer hasta que aclare: naturaleza, ambient y silencio

Frente a la aceleración digital, la inmensidad natural y la música abren una salida: desaparecer no para huir, sino para reaparecer de otro modo.

Desaparecer hasta que aclare: naturaleza, ambient y silencio

I

Como miles de millones de seres humanos, estoy acelerado y cansado. Me imagino a mí mismo como un electrón, tirando órbitas alrededor de un núcleo. Como un malabarista con pelotas, clavas, espadas, fuego. Como un sistema solar al que le está cayendo un lluvia de meteoritos. Capaz en ese meteorito vienen los elementos químicos para la vida, pero qué tensión, hermano.

Leo mi respiración hípercortita como un mensaje: “hora de pasar a otro régimen de velocidad”. Para eso necesito salir del agujero exterior: ir a un lugar de baja presencia humana, donde cundan entes muy anteriores a los homínidos, como montañas y ríos de deshielo; donde pueda prestarle atención a flujos de información no digitales. Desacelerar hasta que aclare.

Necesito un lugar donde transmitir no equivalga a hablar, y atender no equivalga a escuchar. Que te quieran callar puede ser un acto represivo pero querer guardar silencio puede ser un acto de cuidado, incluso de autodefensa. Al lugar ya lo elegí: es la zona que conecta la meseta patagónica con la cordillera, a la altura de Corcovado, Chubut.

II

6 de febrero de 2026. Llegamos a Corcovado. Me paso dos días suspirando. Como si me desinflara. Suspiros profundos, tectónicos. Con cada suspiro tengo una percepción más amplia de mi cuerpo. La respiración corta era nasal, estas exhalaciones son pulmonares. Inspiro bien profundo y siento las costillas presionando contra mi piel. Me produce un placer no buscado. Si no sabemos lo que puede un cuerpo es, en parte, porque no sabemos dónde hay una zona erógena inexplorada.

Llegamos a Corcovado. Me paso dos días suspirando. Como si me desinflara. Suspiros profundos, tectónicos. Con cada suspiro tengo una percepción más amplia de mi cuerpo.

Miro el río y suspiro. Camino por un sendero y suspiro. Me hago un mate para mirar la montaña y suspiro. Todo el día así. De afuera puede parecer un problema de salud, pero desde adentro es un signo de salud.

Esta salud se está construyendo sobre un gesto, en apariencia, simple, pero socialmente difícil, casi un privilegio: desaparecer por un tiempo. Suspender hábitos de movimiento, trocar lo familiar por lo desconocido, ir a lugares de los que no tengo imágenes, resolver problemas y llegar a conclusiones que no puedo anticipar, no pensar en las cosas que pienso todo el año, y no pensarlas de la manera en que las pienso durante el año. No mirar demasiado el teléfono. Escribir a otra velocidad. Badear un río durante dos horas, con el agua de deshielo en la cintura, tratando de no romperme los tobillos. Aprender a cocinar un salmón. Identificar hongos comestibles. Escribir sobre cosas que no suelo escribir. Mirar un caballo hasta sentir que es la primera vez en mi vida que veo un caballo.

III

9 de febrero. Mi ánimo cambió notablemente. Respiro profundo. Estoy tranquilo. No siento necesidad de resolver pendientes. Pienso en el futuro y en lo por hacer, pero no aparecen como compromisos, amenazas o promesas que exigen cumplimiento inmediato. Aparecen como un campo de juego: jugueteo con las ideas, los proyectos, lo que me gustaría hacer en los próximos años. Especulo o, como me gusta decir parafraseando a Stanislaw Lem, “sopeso posibilidades”. Acompaño procesos en sus posibles derivas.

Pienso en la relación entre desaparición, tranquilidad y futurización. Nada que ver con “vivir el momento”: no me siento encapsulado en lo actual, sino involucrado en una recombinación de lo actual con lo posible. Prolongando las metáforas fisiológicas: induzco una oxigenación.

Pero también pienso hacia los costados y en medio de lo que me rodea. Me impongo ese ejercicio. Texturas, aromas, sonidos. Toco los árboles. Sigo el vuelo de los pájaros. Veo liebres maras saltar de improvisto y salir rajando. Escucho el crujido del sotobosque bajo mis pasos. Escucho el canturreo de Paz, que camina delante mío. Dejo que el entorno avance sobre mí. Como novedad, afecto y signo de lo inmenso que es el planeta y prueba de las millones de cosas de las que no tengo ni idea, ni siquiera una imagen.

IV

Pienso mucho en el desaparecer. Se me impone. Lo reduzco a su sentido mínimo: des-aparecer. Para des-aparecer hay que haber aparecido. Antes de la aparición las cosas no están desaparecidas. Desaparecer es la destrucción de la aparición, de la presencia. No presentarse. Existen formas extremas, como morir, que implica ya no poder presentarse ante nada ni nadie, o ser secuestrado, que supone una violencia de extracción (que me hace pensar en la continuidad entre la dictadura militar y el extractivismo). Mi desparecer, en cambio, es regional y finito. No destruye el aparecer como tal, sino una forma de aparición. Quiero aparecer con otras características. Y para eso apelo a buscar nuevas condiciones, nuevas afecciones.

Con los años me di cuenta que, cuando quiero desaparecer, busco lugares amplios. El Mar del Sur, el desierto, la Puna, la Patagonia. Nunca son ciudades (a las que busco cuando quiero acelerar): siempre son gigantes geológicos y poco poblados. Mi desaparecer tiene muy en cuenta las miradas humanas, busca dejar de aparecer ante ellas. Pero esto no reduce a la montaña o el mar a escenarios o simples testigos.

Mi desparecer es regional y finito. No destruye el aparecer como tal, sino una forma de aparición. Quiero aparecer con otras características.

En Lago Espolón, Chile, escribí: ¿Por qué recurro a la enormidad? ¿Por qué me interesa acercarme e inmiscuirme en gigantes con velocidades no humanas, a veces lentísimos, a veces rapidísimos? Los testigos enormes me ponen en una escala que me aligera, incluso en momentos críticos. Hace unos años fui a la comarca andina argentina a tomar decisiones importantes. Para hacerlo, me interné en la montaña. Caminaba todo el día y dormía en refugios. Cuando bajé, me tomé un bondi y me pasé una semana solo en una cabañita frente al lago Futalaufquen, en el Parque Los Alerces. Modo eremita. Soledad y decisión. Entorno bajo en humanos para que la introspección pueda desplegarse. Porque mi introspección no implica sólo ir hacia adentro, sino estar en otro afuera.

Este año, en el que no siento el peso de una gran decisión sino el agotamiento de un año interminable, ansiógeno y con tsunamis de caca gubernamental llegando uno tras otro, que fue puliendo esa respiración cortita y rápida (controlen su respiración: está llena de data), la inmensidad me abraza y yo me dejo abrazar y voy perdiendo mi forma.

V

Estoy eufórico en un plano que no tiene que ver con la elocuencia. Es una euforia expresiva corporal. Puedo caminar muchas horas sin parar, o quedarme quieto otras tantas. Este desaparecer no implica agitación ni quedarse quieto, sino moverse en otra clave, afinado en otras notas. Cambia el sentido del cansancio, cambia mi noción de malestar. Si no, es inexplicable que pueda caminar casi diez kilómetros con los pies repletos de abrojos que lograron atravesar mis botas y me destruyen los tobillos y los empeines; o que escale una elevación cuya cima parece un laberintos de cuevas en las que, me advirtieron, podría haber pumas; o que me quede mirando un larguísimo rato un recodo del río.

En ese movimiento lateral (quiero decir: un movimiento más atento a lo que sucede en la inmediatez) me descubro como un tejido que se va extendiendo. No sufro el desgarro, al contrario. Me potencia. Me compenetra más con el entorno que con mi acción. Estar en lo impropio: ese es el desaparecer del que hablo.

No me quiero morir, pero tampoco tengo miedo a morir. Le digo a Paz: podría morir acá y no sería tan grave.

VI

Ya no sé qué día es y no tengo necesidad de saberlo. Me siento a mirar un cerro. El Cabeza de Indio. Hermosa formación de 1600 metros. Me dijeron que los dueños son unos millonarios argentinos. No me dijeron sus nombres. No me los quisieron decir. Sólo que no se puede ir sin su permiso porque hay que pasar unas tranqueras. Increíble. Un hijo de puta se compró un cerro. No vive ahí, no debe ir nunca. Quizá tenga algún mineral explotable. Cualquier argumento me parece una pelotudez. La historia del capitalismo es de las más absurdas que hayan existido. El capitalismo es tan injusto como absurdo. Pienso en esos dueños y me producen tanto odio como lástima. Miro el cerro y no puedo creer que no esté disponible para el que lo quiera caminar. En la Patagonia las superficies alambradas son tan vastas que a veces se genera la ilusión óptica de no existir, pero es un asunto de escala. Pienso en que la propiedad privada es un límite a esa fuerza que me impulsa a pensar hacia los costados, a diluirme, a confundirme. Es una pared que rechaza ese movimiento. El capitalismo es una gran operación para limitar las posibilidades de aparecer pero también, y esto siento que lo entiendo ahora, de desaparecer. La lucha de clases es también una lucha por las condiciones y posibilidades de no estar. Y aunque las lógicas del capital hayan derivado del encierro al control, que es como decir de la gestión de los perímetros a la gestión de las trayectorias, para intensificar el movimiento, lo que sigue latiendo en su centro es la imposición de modos de estar y modos de no estar. Valorización y/o muerte.

VII

No siempre me interesaron las posibilidades de desaparecer. Pero hoy, incluso con reservas, las tengo en cuenta. Y leo fenómenos como signos: no puede ser casual que todo esto coincida con el momento musical más ambient de mi vida. Un momento que empezó justo antes de la pandemia y todavía no se cerró. En la cuarentena de 2020 llegué a la conclusión de que estaba escuchando mucho ambient porque lo experimentaba como una suerte de barrera sanitaria acústica. Un modo de atemperar preocupaciones, amigarme con la suspensión; hacer espacio para encarar lo que había que encarar.

En el último tiempo escucho mucho a Hiroshi Yoshimura, Satoshi Ashikawa, Iu Takahashi, Eric Olsen, Lumtz, Loscil, Laraaji, Federico Durand, neosika, Slow Attack Ensemble y colosos del género como Eno, Pauline Oliveros, Suzanne Ciani Aphex Twin y William Basinski. Hay otros que, sugeridos por las plataformas, escucho pero no me detengo a ver quiénes son. El ambient es un género muy rico, lleno de variaciones instrumentales y tímbricas, pleno de texturas y colores musicales. Logra incluso producir diferencias donde parece haber sólo repeticiones: el caso del drone es el más evidente.

El ambient es un género muy rico, lleno de variaciones instrumentales y tímbricas, pleno de texturas y colores musicales.

Además, sus lugares de producción se vuelven marcas estéticas: el ambient japonés difiere del ambient sueco; el ambient de la comarca andina argentina tiene tonalidades que no encontrás en los ingleses. Veámoslo así: el río Corcovado tiene un rumor único, como el Amazonas, como el Danubio. Siendo que dialoga con el arte sonoro y las grabaciones de campo, el ambient es un género que honra su nombre; es, justamente, ambiental. Escucha su entorno, busca re-producirlo o producir a partir de él.

Lo dicho: si en pandemia escribí un ensayo donde decía que experimentaba al ambient como barrera sanitaria, en el último tiempo la escucho como música de salida. ¿Salida de qué? ¿Salida hacia dónde? Foucault hablaba de heterotopías para nombrar esos lugares-otros que están aquí, entre nosotros. Lugares que no son utopías, sino escapes a vidas diferentes. Un pensamiento para los costados. Vidas que pueden durar minutos. El ambient es, más que una banda de sonido, un canal de pasaje a mis heterotopías recientes.

El ambient se parece a una montaña porque es una pasaje a un lugar en el que lo que se busca, o se encuentra, es un sentido de lo impersonal. Una desaparición, un descentramiento, un desgarro. Por eso lo cósmico, lo animal, lo insecto, lo mineral, lo orgánico, lo maquínico del ambient. Esta por encima y por debajo del individuo. Como una víscera, como un cable de la luz, como un tardígrado. Por eso también la escasez de voces y cantos en las obras. El ambient es una música muy propicia para desaparecer, para empujar a un mínimo de intervención. Desde un punto de vista que ancle sus valores en la voluntad, la centralidad, el protagonismo (en otras palabras, en el heroísmo), esto puede sonar terrorífico, pero si se valora la pre-disposición, la distensión, la recepción, acá hay algo en lugar de nada.

VIII

En los términos de este ensayo, desaparecer es operar un cambio de ambiente y agencia. Es un ejercicio de inducción. Más parecido a clavarse un ácido que a irse de vacaciones. Reambientarse, reconfigurar la relación con el entorno y con uno, exponerse a afecciones y sensibilidades diferentes, recurrir a saberes y memorias que quizá nunca fueron activadas, abrir el espacio de lo posible, abrir el espacio de lo inesperado.

Desaparecer es producir un cambio en el espectro de lo posible. Un salto, un pasaje. Hoy, cuando “lo posible” se convierte en un slogan publicitario y en vector del modo de dominación especulativo y securitista, sustraerse puede ser un arma en lo que los compañeros editores de esta revista llaman “la guerra cognitiva” que, al menos en parte, consiste en un discurso de las posibilidades y las apariciones.

En el desaparecer, como en Las cinco obstrucciones, de Lars Von Trier, el espectro de recursos se achica; hay recursos que ya no están disponibles, están vedados. Vedas autoimpuestas. Pero en un medio escaso también hay invención porque hay la posibilidad de ver posibilidades donde antes no se detectaban. Como en el ambient, en el que muchas veces son variaciones menores, o sonidos repetitivos, los que van generando un escenario monótono pero rico.

El deseo de desaparecer parece resonar con ese rasgo del ambient: sustraerse no para empobrecerse, sino para enriquecerse a partir de la sustracción. Un poco lo que dice Francois Jullien de la música china antigua: en ella, el silencio es concebido como todos los sonidos posibles.

IX

En el último tiempo me fui encontrando con obras literarias, artísticas, cinematográficas que exponen lo que llamaría una voluntad de desaparecer. Obras, creo yo, que hablan de un deseo actual de perder formas, hábitos, relaciones, horizontes, para ganar algo: maneras de percibir el tiempo, proyectar, calcular, intercambiar, existir.

La fuga ha sido siempre una forma de la promesa. Un paraíso en negativo, un paraíso del que no se sabe nada, salvo que no será este lugar. “Cierro todo, me voy a la mierda”, decían los carteles en 2001. “Cierro la mierda, me voy de todo”, podrían decir hoy. Como podría haber dicho el protagonista de Toda la verdad, de Juan José Becerra, que un día sale de la oficina y empieza a caminar, y camina, y camina. Hasta que queda atrás la ciudad y aparece otro mundo. O en Lengua y civilización, la novela inédita de Fernando Katz, en la que el personaje retorna a lugares que dejaron marcas en su vida, para reconvertir esas marcas en otras marcas, en otra cosa, y de allí dirigirse hacia la disolución, hacia el olvido como abrazo ontológico. Hacia algo que incluso podría llamarse paz. Una reconversión elemental, atea, que lo lleva a la impersonalidad.

El deseo de desaparecer es transversal a las clases. El privilegio está en los tiempos y sitios posibles de desaparición. Por esto, también la imposibilidad de desaparecer tiene rasgos de clase. Y es una fuente decisiva de los padecimientos y sufrimientos actuales. Pocas cosas son más dolorosas que querer irse y no poder. El sentido del sacrificio nace justamente allí, para poder darle otro sentido a ese malestar; allí también crecen la desesperación, la desazón, la impotencia.

El deseo de desaparecer es transversal a las clases. El privilegio está en los tiempos y sitios posibles de desaparición. Por esto, también la imposibilidad de desaparecer tiene rasgos de clase.

Cuando estamos en una situación en la que nos sentimos encerrados, germina una asfixia. No poder respirar, dice Bifo Berardi, es la sensación dominante en nuestra condición de capitalismo que híperpresuriza, empuja a la competición universal y mata por asfixia a pobres y racializados, mientras emite toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera, enrareciendo el ambiente y dificultando la respiración. Millones de seres humanos respirando cortito.

X

Trenque Lauquen, la extraordinaria película dirigida por Laura Citarella y escrita por ella y Laura Paredes, cuenta la historia de un deseo de fuga y desaparición. Su protagonista, Laura, primero abandona la gran ciudad. Luego abandona a su novio. Poco después abandona la ciudad pequeña, que da título a la película (que, por cierto, también remite a un cuerpo geológico, ya que Trenque Lauquen significa “laguna redonda” en mapundungun). Su presencia frente a otros humanos se va retrayendo. Son cada vez menos los que pueden dar testimonio de su existencia. Laura va desapareciendo. Cambia su sentido de la presencia, cambian los testigos de esa presencia.

Laura desaparece, pero no como aquél emigrante compulsivo (Lewkowicz dixit) que busca Ezeiza para ir a hacer en otro país lo que ya no puede hacer aquí. Su modo de hacerlo no es ir a otro lugar a buscar lo que ya tuvo; tampoco ir a un lugar a intensificar su presencia ante otros. Tampoco morir. Laura, en cambio, comienza como a diluirse en el campo. Se va confundiendo con la tierra y las plantas. Se va volviendo paisaje. Se va volviendo entorno. Se va volviendo, justamente, ambient. Como si dijéramos: tiende a devenir mineral.

Como si uno se volviera la montaña; como si pudiera percibir como la montaña que narra Ci Xin Liu: “¿Qué era el mundo humano a los ojos de la montaña? Quizá simplemente algo que vio durante una tarde de ocio. Primero, unos pequeños seres vivientes aparecieron en el plano. Luego de un rato se multiplicaron, y luego de otro rato erigieron estructuras como hormigueros que rápidamente ocuparon la región. Las estructuras brillaron desde adentro y algunas de ellas despedían humo. Luego de otro rato, las luces y el humo desaparecieron, y los pequeños seres se desvanecieron y sus estructuras se derrumbaron y fueron cubiertas por la arena. Y eso fue todo” . Desaparecer: el arte de volverse montaña.

XI

Gabriel Tarde fue un sociólogo francés de principios de siglo XX interesado en las relaciones entre la capacidad de inventar y la capacidad de repetir e imitar que define a los humanos. Capacidades no contradictorias, sino necesarias unas para las otras.

Publicada este año por la editorial Cactus, la novela Fragmento de historia futura, escrita por Tarde en 1896, no es un trabajo de sociología habitual. Es una obra de ciencia ficción en la que la población de la Tierra, ante la imposibilidad de vivir en la superficie por una serie de fenómenos cósmicos y climáticos que la vuelven inhabitable, inventa un mundo subterráneo. Ese mundo es muy diferente al nuestro. Es un mundo más justo, más asociativo, más solidario. Del Sol a la sol-idaridad. Es la historia de un pueblo que, para mejorar, tuvo, en condiciones de catástrofe, que volverse invisible, pasar a la clandestinidad. Y en ese proceso, lo que quedó atrás fue una zona enorme del reino biológico. En las profundidades no hay plantas, ni árboles, ni grandes animales. El ser humano pierde ese entorno pero no todo está perdido: su inventiva logra conectarlo de nuevos modos con las posibilidades de lo mineral. Que desde la biología parecen ser menos, pero que se revelan muchas, las suficientes, y las necesarias, para configurar una sociedad más justa que la que tenía lugar en la abundancia evolutiva de la vida en la superficie. Tarde deja planteada una pregunta, que hoy, en condiciones de crisis ecológica, resuena: ¿y si la justicia implicara, también, perder?

Fragmento suena a una especie de decrecionismo avant la lettre, en el que la inventiva no es inhibida (no es un primitivismo a la John Zerzan), sino reconfigurada y reorientada bajo nuevos principios. Suena duro, pero la novela parece decir que a veces hace falta una buena catástrofe para producir justicia. Dice el tango :”Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, que leído a la luz de las ideas de este artículo suena un poco a estrategia para la desaparición.

Tarde deja planteada una pregunta, que hoy, en condiciones de crisis ecológica, resuena: ¿y si la justicia implicara, también, perder?

Casi puedo leer la historia de la guerra de Vietnam en la novela de Tarde, oriundo de un país que colonizó a Vietnam durante casi un siglo. Bombas de aquí para allá en la superficie, mientras en las galerías del Vietcong se construía un principio de existencia más justo, que era también un principio de enfrentamiento. Tal vez esa es la gran diferencia entre una galería y una trinchera. La trinchera es espera y acecho. La galería es producción. La trinchera es paréntesis en el aparecer, la galería es una nueva relación entre desaparecer y aparecer.

XII

No vale mucho reducir una coyuntura a un único sentido o fuerza (por eso no hablo de época) pero podemos decir que hoy día existe un deseo de desaparecer. No hay que confundir, aquí no se trata de abandonar la política, el compromiso, la preocupación por los demás. Es de otro orden el deseo. Es casi una estrategia, para que pueda haber, o pueda volver a haber, política, compromiso, preocupación por los demás. Es un blanqueo de las desconexiones ya existentes. De las dificultades para las conexiones deseadas. No es causa, es efecto.

Es casi una estrategia, para que pueda haber, o pueda volver a haber, política, compromiso, preocupación por los demás. Es un blanqueo de las desconexiones ya existentes.

Tal vez esta sea una lectura posible de esa novela tremenda que es Los Pichiciegos. En una guerra justa pero por motivos injustos, Los pichiciegos no quieren morir y por eso desertan. Construyen una vida al borde de la guerra. Son antihéroes, pero son también hospitalarios, benevolentes, comprensivos. Como los soldados vietnamitas, construyen su guarida bajo tierra. De hecho, la primera edición, a cargo de Ediciones de la Flor, se tituló Los Pichy-cyegos. Visiones de una batalla subterránea. A diferencia de los vietnamitas, no esperan derrotar al enemigo por medios violentos. Saben que no son capaces. Son más inteligentes que los héroes, que confunden morir con ganar. Trampas de la trascendencia. Los pichiciegos no son pacifistas, no hacen nada para que termine la guerra. Son más bien pacíficos, esperan que termine, viven de ella y a su costado. Lo inquietante es que, bajo esa figura insoportable para un ethos guerrero, su presencia, paradójicamente, participa del fin de la guerra. Su deserción, su sustracción, su desaparición hace una diferencia que su presencia no habría hecho.

XIII

En los primeros 2000, salieron novelas como Plop, de Rafael Pinedo, o la retrohistoria La guerra del desierto, de Pedro Mairal, que cuentan la historia de sociedades que desaparecen. En el caso de Plop, una lluvia interminable se va comiendo las posibilidades de la vida, como las tormentas solares de Tarde se comían esas posibilidades en Fragmento de historia futura, que queda encapsulada en una existencia tribal más cruel que insensata. En Mairal, a diferencia de Tarde, no hay fuga a otro plano sino desmontaje de los planos, colapso. Pero en una y otra, los individuos persisten. Tanto que Plop, el personaje, y María, la protagonista de La guerra del desierto, atraviesan toda la historia. Otro buen ejemplo sería el de El traductor, de Salvador Benesdra, que narra lo que podría haber aparecido como una transición pero acaba siendo una aniquilación, un modo de transición absoluta, o definitiva.

En los tres casos, las relaciones sociales se van disgregando; pero, a pesar de todo, surge algo como un mundo en el que los individuos persisten. Como si el mundo no lograra afectarlos lo suficiente como para hacerlos perder una coherencia, un interés, un horizonte. Incluso en ese relato de la decadencia que es 76-89-03 se experimenta algo como una insistencia contra un fondo que cambia. O en Pizza, Birra, Faso. O en Okupas. Si hasta las masas íbamos a terapia en televisión en el 2000, todos los martes a la noche, viendo Vulnerables. Y me acuerdo de mí leyendo En el país de las últimas cosas, de Paul Auster, en 2002.

Hoy, en cambio, acabo de terminar La mucama de Omincule, de Rita Indiana, Vayasí, de Pereyra Estabani, La ciudad y la ciudad, de China Miéville, Inclúyanme afuera, de María Cristoff, y la trilogía Xenogénesis, de Octavia Butler. Me doy cuenta de que todos esos libros no narran mundos que se disgregan sino individualidades mutantes, una crisis de los límites, un estallido de los tiempos (tan diferente esto a la linealidad en reversa de La guerra del desierto). Entre lo fantástico y lo extraño, la realidad que no termina de comprenderse, siempre tiene una capa más, una capa imposible de anticipar, una capa con una lógica propia. En ese sentido, a pesar de todo, la noción de mundo posible, tome la forma literaria que tome, es, en definitiva, un mundo. Pero ese mundo exige, impone, unas alteraciones profundas de quienes los habitan. Desaparecer es un momento de esa alteración.

Si la revolución es el proceso por el cual una posición social (la clase obrera) lleva a adelante unas serie de acciones que, al modificar las condiciones de existencia, acaba por eliminar esa misma posición (aboliendo el trabajo y la explotación), desaparecer parece ser también una estrategia de autoeliminación de una posición social.

XIV

El 5 de junio de 2026 murió el Indio Solari. Lloré durante todo el día, de un modo más marino que fluvial: por oleadas. Con el paso de los días, fui llegando a una conclusión inesperada, que conectaba esa muerte con este texto: con Solari murió un artista de la desaparición.

Los Redondos fueron capos de la clandestinidad (masiva, como escribimos en 2013 con Agustín Valle e Ignacio Gago), escondidos y al acecho (“está dormida, o hace que duerme”), pero también cultores de la intimidad, que es siempre un no-aparecer, o una limitación de las miradas. Una política de la exposición.

Desaparecer como el ejercicio de perder la forma, de volverse un poco ilocalizable, un poco imprevisto, para los demás y para uno mismo.

Incluso el Indio fue, hasta el final, un dosificador de su presencia, un estratega de la transmisión (más que de la mera “comunicación”). En ese aparecer y desaparecer, que se prolongó hasta el final por medio de hologramas (una última forma de estar y no estar, simultáneamente), radica buena parte de su increíble pregnancia.

Su arte fue también el de saber dar, para sí mismo y para los otros, un final, que me gusta definir como elegante. Fue avisando con tiempo que se tenía que ir. Fue entrenando a los otros, nosotros, en la escena de su ausencia. Ese gesto se esculpió durante décadas de practicar el desaparecer, vaivén que no sólo nos sustrae de los otros, sino que nos permite explorar lo que en la aparición no es posible explorar. Desaparecer como el ejercicio de perder la forma, de volverse un poco ilocalizable, un poco imprevisto, para los demás y para uno mismo. A fin de cuentas, una de las condiciones del respirar es quedarse, por un instante, sin aire.

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