Magic: The Gathering fue el juego que sentó las bases de todo: formatos, rotación, ediciones, metajuego… Todo ese lenguaje que hoy cualquier manija reconoce al toque. Pero también, y seamos sinceros, es un juego que históricamente te pide algo más que ganas y cabeza: te pide un montón de unidades monetarias. Y ahí es donde la cosa se empieza a complicar. Porque claro, una cosa es aprender a jugar, entender cómo funciona la pila, saber cuándo tirar un removal o cuándo guardar ese counter como si fuera oro. Pero otra muy distinta es poder armarte un mazo competitivo sin tener que vender un riñón o andar mirando precios como si fuera el dólar. Y ahí es donde muchos se quedan afuera. No por falta de ganas, sino porque el acceso al cartón, ese maldito cartón pintado, que no siempre está al alcance.
A lo largo del tiempo, la comunidad fue encontrando a base de inventiva maneras de darle la vuelta al asunto. Porque si algo tiene este hobby es una comunidad que se la rebusca. Aparecieron formatos de Magic más accesibles, reglas caseras, modos de juego pensados para que cualquiera pueda sentarse a la mesa sin sentir que está jugando en desventaja desde el minuto uno. También surgieron versiones digitales como Magic Arena donde podes grindear, hacer misiones, juntar recursos y armarte algo digno sin poner un mango. Todo suma, todo ayuda. Pero hay una herramienta que sigue siendo la más directa, la más honesta, la más noble: los proxies.
Una cosa es aprender a jugar, entender cómo funciona la pila, saber cuándo tirar un removal o cuándo guardar ese counter como si fuera oro. Pero otra muy distinta es poder armarte un mazo competitivo sin tener que vender un riñón.
Ahora, vamos a lo básico. ¿Qué es un proxie? Fácil: es una carta que no es “oficial”, pero cumple exactamente la misma función en el juego. Puede ser un pedazo de cartón con el nombre escrito a mano, una impresión prolija con arte incluido, o incluso una carta vieja reciclada con un sticker pegado. No importa la forma, importa el fondo y el contenido. Si dice lo que hace la carta, y toda la mesa está de acuerdo, ya está. Eso es un proxie.
Acá es donde entra la magia de verdad. Porque el juego, en esencia, es eso: un conjunto de reglas y efectos escritos en cartas. No es el foil, no es el borde blanco, no es el precio en las páginas de venta. Es lo que hace la carta cuando la jugás. ¿Y cómo es el dicho, chicos? “Leer la carta, explica la carta”. Y listo, no hay más vuelta.

Esto no es ninguna herejía moderna, ni una avivada de la comunidad. Hace años, gente dentro del juego hablaba del tema. La práctica de usar proxies para testear mazos, ideas o interacciones siempre estuvo. Porque cuando estás probando algo, lo último que uno quiere es gastar una fortuna en cartas que capaz no funcionan como pensaste. En ese instante es cuando agarrás un papel, escribís el efecto, lo metés en un folio y jugás. Simple, práctico, efectivo.
Pero bueno, como todo en la vida, cuando algo se empieza a popularizar, aparecen las discusiones. ¿Está bien? ¿Está mal? ¿Es legal? ¿Es ético? Y acá hay que separar las aguas. Una cosa es jugar en tu casa con amigos, cagarte de risa, probar mazos, experimentar. Y otra muy distinta es ir a un torneo oficial con proxies. Son dos mundos completamente distintos.
La postura “oficial”, por decirlo de alguna manera, siempre fue bastante clara: en entornos casuales, en tu casa, con tus amigos, hace lo que quieras mientras todos estén de acuerdo. Nadie te va a caer a la mesa del comedor a decirte “ehhh, ese cartón no vale”. Ahora, en eventos organizados, con premios, con reglas estrictas, ahí la cosa cambia. Y tiene sentido. Porque, si hay algo en juego más allá del orgullo, necesitás un marco común para ese espacio competitivo.

Entonces, respondamos a la pregunta que todos se hacen en algún momento: ¿puedo jugar con proxies en casa? Sí, claro que sí, purrete. No solo podés, sino que deberías considerarlo seriamente si querés disfrutar del juego sin que la billetera te condicione cada decisión.
Porque pensemos esto: Magic tiene un universo enorme. Estamos hablando de decenas de miles de cartas. Interacciones que ni sabías que existían, combos falopa, estrategias que van desde lo más agresivo, hasta lo más controlero y enfermante posible. ¿De verdad vas a limitarte a lo que podés comprar? ¿No es medio triste eso?
Los proxies rompen esa barrera. Nos permiten explorar todo el juego en todo su esplendor. ¿Hiciste netdecking y te das cuenta que sale una fortuna? Lo armás igual. ¿Querés probar una idea rara y extravagante que se te ocurrió a las tres de la mañana? Lo hacés. ¿Querés jugar con cartas viejas que son imposibles de conseguir?. Mandale, no hay excusa.

Y acá es donde aparece el verdadero beneficio: la igualdad. Porque, cuando jugás con proxies, la diferencia económica deja de ser un factor. Ya no gana el que más gastó, sino el que mejor juega, el que mejor arma su mazo, el que mejor lee la partida. Se vuelve un juego de habilidad y creatividad, no de presupuesto.
Eso no quiere decir que desaparece el deseo de tener ese cartón pintado brillante. Porque seamos honestos, hay algo especial en tener esa cartita. El olor, el arte, la colección… todo eso tiene su encanto. Pero no debería ser un requisito para jugar. Debería ser un plus, un gusto, no una barrera de entrada.
Usar proxies también tiene un lado educativo, si querés ponerte medio serio. Te obliga a entender mejor las cartas, a leerlas, a escribirlas, a pensar qué hacen realmente y como es su interacción con lo demás. No es lo mismo copiar un nombre que tener que explicar el efecto con tus propias palabras. Ahí es donde arrancás a internalizar el juego de verdad.
Ya no gana el que más gastó, sino el que mejor juega, el que mejor arma su mazo, el que mejor lee la partida. Se vuelve un juego de habilidad y creatividad, no de presupuesto.
Y ni hablar del factor social. Porque al final del día, Magic es eso: “The Gathering”, juntarse a tirar unos cartones, reírse, discutir jugadas y putear cuando te clavan ese removal en el peor momento. El encuentro es lo que facilita eso. Y los proxies hacen que más gente pueda sumarse, que nadie quede afuera por no tener tal o cual carta.
Hoy en día, además, hacerlos es más fácil que nunca. Tenés páginas que te generan las cartas listas para imprimir, graficas que te hacen cosas de calidad, casi profesional, comunidades que comparten recursos, herramientas y consejos, a la hora de armarlos. Pero incluso si no querés complicarte, con un fibrón y un papelito alcanza. La esencia está ahí.

Una comunidad que banca el proxie
¡Qué sucede cuando juntamos cuatro gordos cartitas y turbo decks compuestos por 100 cartas que juntas cuestan mínimo 3500 dólares? El resultado es Competitive Elder Dragon Highlander (cEDH), todo lo contrario al EDH en tanto filosofía, como formas de juego. Si el EDH es la juntada con birra y risas, el cEDH es entrar a una mesa donde todos están listos para arrancarse los ojos en el turno tres pero con una sonrisa y un “bien jugado”. Es el punto máximo del manejo de la pila, donde cada trigger importa, cada prioridad se respeta como si fuera ley y una decisión equivocada te manda directo a barajar para la próxima partida. Acá no hay espacio para el juego chill o el politiqueo y la negociación característica de commander, acá una carta cambia el juego, perder un recurso impidiendo que uno gane le da ventaja a otro. Existen solo jugadas optimizadas, matemáticas invisibles y una obsesión enfermiza por reducir el margen de error a cero.
La fineza de juego es obscena, completamente de otro nivel. No es solo saber qué hace tu mazo, es saber qué hacen los otros tres, qué cartas pueden tener en mano según el timing, y cuándo conviene meter a fondo con un combo o esperar un turno más. En ese ecosistema hípercompetitivo, donde todos quieren ganar pero nadie quiere perder por que no tiene ese cartón caro, aparece el fenómeno más honesto de todos: el proxie.

Porque sí, en general es el formato más proxie friendly que puede haber. Y no es casualidad ni un acto de rebeldía adolescente contra el sistema, sino una consecuencia lógica del propio diseño del formato. cEDH busca el techo máximo de poder en Magic, jugar lo mejor de lo mejor, sin concesiones.
Gran parte de ese problema viene de la famosa reserved list de Magic (una política oficial de magos de la costa que garantiza que cartas muy antiguas de Magic: The Gathering principalmente de Alpha hasta Urza's Destiny nunca serán reimpresas, con el objetivo de proteger su valor de colección), muchas de esas cartas son las que definen partidas, que habilitan combos o que directamente rompen el juego, pero son absurdamente caras.
Entonces la comunidad hizo lo que mejor sabe hacer: adaptarse y romper el molde. Porque si el objetivo es competir al máximo nivel, no tiene sentido que la diferencia la marque quién pudo pagar una carta y quién no. Ahí es donde entra la filosofía proxie: imprimir, recortar, enfundar y jugar.

Y lo más interesante es que esto no es algo marginal o escondido. En cEDH el proxie está, en muchos casos, completamente normalizado. Mesas donde tres jugadores tienen mazos impresos y uno tiene todo original, y da exactamente lo mismo. Porque lo que se evalúa no es el cartón, es la jugada. No importa si tu carta salió de una impresora o de un sobre de hace 25 años, lo que importa es si la jugaste en el momento justo.
Esto generó algo que otros formatos envidian: una democratización real del nivel competitivo. Cualquiera que entienda el juego, que estudie jugadas y que tenga ganas de meterse en la locura del cEDH, puede sentarse a la mesa con las mismas herramientas que el resto. No hay excusas. No es “perdí porque no tengo tal carta”, es “perdí porque resolví mal un trigger”. Y eso, aunque duela, es mucho más honesto.
La comunidad hizo lo que mejor sabe hacer: adaptarse y romper el molde. Porque si el objetivo es competir al máximo nivel, no tiene sentido que la diferencia la marque quién pudo pagar una carta y quién no. Ahí es donde entra la filosofía proxie: imprimir, recortar, enfundar y jugar.
Con la aparición y la popularidad del formato, donde cada vez hay más contenido en YouTube, más torneos en tiendas y más presencia en convenciones, esta mentalidad se fue consolidando. El cEDH no solo acepta proxies: en muchos casos los necesita para sobrevivir como espacio competitivo real. Porque sin ellos, el formato se convertiría en un club elitista para pocos, y perdería justamente lo que lo hace tan atractivo: la posibilidad de jugar al límite y sin limites.
¿Y como los propongo en mi grupo?
Obviamente, como todo, tiene sus códigos. No es cuestión de caer con un mazo lleno de cartas ultra rotas sin avisar y romperle la experiencia al resto. La clave es el acuerdo. Hablarlo antes, la "regla cero", acordemos qué vamos a jugar con el grupo, qué powerlevel quieren, qué se permite y qué no. Es lo mismo que cualquier formato casual.
Cabe mencionar que esto no solo queda atado al kitchen table Magic: podés proxiar cualquier juego de cartas para animarte a probarlo, son una herramienta de transición. Probás un mazo, ves si te gusta, y, si realmente te engancha, ahí decidís si vale la pena invertir en las mismas. Es una forma inteligente de gastar, no a ciegas. De esta manera se logra democratizar el juego. Los proxies lo hacen más accesible, más justo, más creativo. Te devuelven el control sobre cómo querés jugar y con qué herramientas. Y eso, en un hobby que muchas veces se siente atado al bolsillo, es un golazo.
Así que la próxima vez que te frenes porque esa carta está carísima o porque no podes armar el mazo que querías, acordate de esto: no estás obligado a jugar contra la billetera de nadie. Podés elegir jugar contra tus amigos, contra sus ideas, contra sus estrategias. Y ahí es donde el juego realmente brilla.
Agarrá un papelito y un fibrón, armate ese mazo que tenés en la cabeza y sentate a jugar. Porque al final, de eso se trata todo esto. De pasarla bien, de compartir, de competir sanamente y de disfrutar un juego que, más allá del precio, sigue siendo increíble.
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