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Por qué los japoneses eran tintoreros

De la plancha al mito: por qué la tintorería japonesa se convirtió en un símbolo de la movilidad social argentina.

Por qué los japoneses eran tintoreros

Cuando era chico pensaba que mis viejos no dormían. Yo me levantaba para ir al colegio y mi papá ya estaba lavando. Para cuando me iba a dormir, él se había ido a planchar un rato más después de comer. “Es laburo infinito”, decía. Lo que pasa es que la camisa que lavaste el lunes te la vuelven a traer el jueves. Los clientes llegan al negocio con algún traje con el hombro descosido o la corbata con el forro arrugado y se van con un “tengo un par de cosas más para traer la próxima”.

Mi vieja se sentaba por la tarde a coser los botones de sacos recién planchados. Su mano con la aguja enhebrada parecía un pajarito comiendo.

Yo me levantaba para ir al colegio y mi papá ya estaba lavando. Para cuando me iba a dormir, él se había ido a planchar un rato más después de comer.

La tintorería japonesa es uno de esos lugares históricos y comunes del paisaje porteño. Hoy en día, pocos miembros de la colectividad continuamos con el negocio y, sin embargo, la idea de tintorero japonés sigue presente en el imaginario colectivo argentino.

Tintorerías Japonesas
Tintorería La Japonesa (Mapeo de Tintorerías Japonesas).

Un lugar común argentino

Los primeros inmigrantes japoneses que llegaron a la Argentina no eran tintoreros. No existía todavía ninguna relación especial entre la colectividad y el lavado de ropa. Trabajaban como tantos otros recién llegados en frigoríficos, metalúrgicas como Talleres Vasena o también en el servicio doméstico. Ninguna colectividad inmigrante llega definida por un oficio. En el caso de los japoneses, la explicación está en la Buenos Aires que los recibió.

Después del centenario de la República, la familia tradicional argentina se modernizaba. Buenos Aires creció horizontal y verticalmente. Las viviendas se redujeron y los espacios para lavar la ropa se achicaron. Las grandes tiendas como Gath & Chaves o Harrods ampliaban el mercado de la vestimenta, popularizando atuendos que hasta hacía poco habían sido bastante privativos. La clase media que emergió se ensanchaba y hacía lo posible por distinguirse con estas nuevas tendencias. Las demandas en materia de moda de los nuevos ciudadanos exigían nuevos servicios. Camisas y cuellos almidonados de máxima firmeza y blancura, sombreros impecables cepillados, pantalones con raya y pinza formaban parte de las apariencias que en la época se atribuían a la gente decente o, al menos, a quienes pretendían serlo. En ese contexto, a la par de la clase media argentina, la colectividad japonesa empezó a transformarse.

tintorería japonesa
Harrod's, vía Archivo General de la Nación.

Desde principios de la segunda década del siglo XX, los japoneses comenzaron a abandonar el trabajo asalariado y probaron suerte en ocupaciones por cuenta propia. Tras experimentar brevemente con cafeterías, en 1912 aparecieron las dos primeras tintorerías japonesas con Tsuta Nakamura en Lavalle 418 y, casi simultáneamente, Hatsutaro Kotani en Barracas. El crecimiento de las tintorerías acompañó la expansión de los barrios de clase media porteña. Como entre 1900 y 1940 el traje dejó de ser patrimonio exclusivo de la élite y se masifica, todos empezaron a usar saco y corbata. Un traje no se puede lavar en casa, y mantenerlo era parte del costo de pertenecer a esa clase media respetable. A medida que el traje se iba convirtiendo en el uniforme del ciudadano argentino, la tintorería avanzaba por la ciudad. Mantener el atuendo limpio, planchado y con la raya intacta era una forma de pertenecer que terminaba ligando a las tintorerías con la movilidad social de forma discreta.

El crecimiento de las tintorerías acompañó la expansión de los barrios de clase media porteña.

La tintorería era un negocio atractivo porque requería de un capital inicial relativamente accesible, respondía a los cambios en la sociedad y no demandaba dominar demasiado el castellano. Además, el idioma podía aprenderse trabajando junto a otro paisano, por lo que era posible transmitirlo a más compatriotas a través de redes familiares y comunitarias. Después de trabajar para otro japonés, muchos lograban ahorrar lo suficiente para abrir su propio negocio. En muy pocos años, las tintorerías japonesas se convirtieron en un verdadero nicho laboral. 

tintorería japonesa
Tsuta Nakamura, primera propietaria de una tintorería (Foto: Malena Higashi).

También cabe destacar que, en su mayoría, incluso hoy, los negocios funcionan de manera familiar. Mi mamá solía atender porque hablaba mejor castellano que mi papá, quien, en cambio, realizaba tareas de lavado y planchado. Como ocurría con tantos comercios de inmigrantes, la vivienda ocupaba la trastienda o el piso superior del local. El ruido del lavadero y el vapor de las máquinas forman parte de la vida doméstica. Se volvía un poco más borrosa la división entre vida privada y trabajo, la casa y el trabajo eran prácticamente el mismo lugar. El vecino veía cómo barríamos la vereda, cómo mi mamá atendía a los clientes, cómo cerrábamos la persiana a la tarde o cómo yo, de nene, sacaba la basura a la noche. Era casi una casa abierta al barrio. Quizás, quedar expuesto cotidianamente en parte ayudó a crear una imagen pública de la colectividad. La tintorería terminó siendo el lugar donde muchos argentinos conocieron por primera vez a una familia japonesa.

A principios del siglo XX, la victoria nipona frente a Rusia también ayudó a consolidar internacionalmente una imagen de disciplina y modernidad. En Buenos Aires, esa reputación fue particularmente fértil por ser una ciudad fascinada por el exotismo oriental. La élite porteña quería ser "la París de Sudamérica", y ese aspiracional incluía también el japonismo que coleccionaba ukiyo-e, biombos, lacas, porcelanas y textiles.

tintorería japonesa
Tintorería Kyoto (Mapeo de Tintorerías Japonesas).

Los inmigrantes japoneses supieron capitalizar una serie de atributos que la sociedad ya les adjudicaba, como la prolijidad, la puntualidad, la disciplina o la pulcritud. Es interesante observar que esos estereotipos no se tradujeron a través del mismo oficio en toda América Latina. En Perú, por ejemplo, derivaron en la figura del mayordomo y el empleado doméstico; en Brasil y Bolivia, en la del agricultor especializado, que un poco se comparte con Argentina y Uruguay a través de sus viveristas.

En el caso de Argentina, la reputación japonesa encontró su nicho en las tintorerías japonesas. Para muchos clientes, lo japonés funcionaba como una garantía de responsabilidad, y la colectividad no tardó en convertir esa percepción en una marca comercial a través de los nombres de sus locales. Para el año 1930, unas veintidós tintorerías se llamaban "Japonesa" y al menos otras veinte llevaban nombres como "Japón" o "Nippon". Era esencial exhibir en las marquesinas alguna palabra relativa al país como sello de calidad.

Hoy, la desaparición de las tintorerías japonesas coincide con la desaparición de la Buenos Aires que las había hecho posibles. El traje dejó de ser el uniforme de la clase media, las fibras sintéticas simplificaron el cuidado de la ropa y la ciudad se volvió cada vez más impersonal. El cliente ya no vuelve todas las semanas al mismo mostrador ni conoce a la familia que vive detrás del negocio. Recibe un pedido, compra unos lentes o paga en una caja y sigue caminando. Si las tintorerías japonesas llegaron a convertirse en un lugar común fue, en parte, porque el estereotipo convivía todos los días con personas concretas. Hoy la ciudad ofrece contacto entre desconocidos, mucha menos convivencia. La forma en que una ciudad integra a sus inmigrantes también condiciona la clase de lugares comunes que construye alrededor de ellos.

tintorería japonesa
El hijo japonés de Cubrepileta.

El mismo proceso puede adquirir signos opuestos según la comunidad y el contexto histórico. Si en un momento el nombre "japonés" agregaba valor a una tintorería, hoy el imaginario alrededor de otras colectividades puede operar en sentido contrario. El capital simbólico se construye históricamente y puede traducirse en prestigio o sospecha, por eso termina condicionando la forma en que una sociedad recibe tanto a las personas como a los negocios que ellas emprenden. Basta comparar distintos rubros: algunas nacionalidades funcionan como garantía de calidad en determinados servicios; otras cargan con desconfianzas y sospechas.

Hoy, la desaparición de las tintorerías japonesas coincide con la desaparición de la Buenos Aires que las había hecho posibles.

El nicho laboral, al convertirse en el principal punto de contacto cotidiano entre inmigrantes y la sociedad receptora, termina funcionando también como embajador de toda una comunidad. Después de todo, son simplificaciones, porque ninguno de esos grupos debería quedar reducido a ese trabajo. Los hijos estudian otras carreras, nacen nuevas generaciones y las ocupaciones cambian, siempre siguiendo al “M'hijo el dotor”. Sin embargo, el lugar común suele sobrevivir bastante más que las condiciones históricas y, cuando desaparecen los oficios que les dieron origen, también desaparecen las personas concretas que podían complejizarlos. 

Hace un siglo que los argentinos integraban a los inmigrantes japoneses detrás del mostrador porque la camisa del lunes la volvían a traer el jueves. El local en el barrio permitía que un oficio terminara teniendo una cara y una familia. Hoy los encuentros siguen existiendo, pero rara vez duran lo suficiente como para producir ese mismo reconocimiento. 

La historia de la tintorería japonesa es un buen ejemplo de cómo una ciudad construye sus imágenes. Habrá que ver si las formas contemporáneas de trabajo producen otro tipo de encuentros y otro tipo de imaginarios. Creo que estas historias de colectividades que se integran al país nos dan algunas pistas sobre cómo imaginar un futuro y una convivencia mejor a partir de la organización de una ciudad.

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