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Hay que dejar de robar con Japón

Japón es un producto de exportación gracias a la fascinación occidental pero también como parte de una estrategia nipona para beneficio económico.

Hay que dejar de robar con Japón

Roland Barthes en El Imperio del Signo propone un pueblo ficticio en donde todo es idéntico a Japón, pero sin ser Japón. Esto lo hace para hablar sobre ellos sin culpa. Los japoneses, en cambio, vienen haciendo esto hace más de mil años, con total tranquilidad. Irónicamente, Barthes moriría atropellado por una camioneta de una tintorería (algo bien japonés) el 25 de febrero de 1980.

Yo, al igual que Barthes y todos los japoneses, también robaré con Japón en este texto, y quizá les enseñe cómo hacerlo.

Pequeños modelos

En la guerra entre psicópatas y esquizos propuse marcos de sentido que no aspiran a explicar todo, pero que destraban interpretaciones. Este artículo es uno de esos marcos, y aplica al producto cultural asiático de exportación, con Japón como caso más evidente porque tiene detrás una industria que lo produce conscientemente. Esto es aplicable a todo estereotipo nacional.

Occidente tiene fantasías con Japón desde hace tiempo. Ya Marco Polo, después de escuchar a los chinos hablar de Cipango (una mala pronunciación de 日本國), escribió en sus diarios que más allá de China había una isla con palacios de oro. Igual, sí hay uno.

El cambio lingüístico de Cipango a Japón evolucionó a la par de un amplio abanico de productos japoneses. Lo japonés vende porque hay un capital simbólico gigante en todo producto promocionado como tal. Digo, podés vender yuyos que encontrás al costado de la ruta con una estatuilla de Buda y alguien los va a comprar. Hablar de wabi-sabi (sin el karoshi o el capital cultural necesario para desarrollar la sensibilidad estética que lo produce) es hablar sencillamente de una pared despintada en un loft tipo industrial. Hablar de decoración zen para un departamento minimalista de melamina es estetizar el no llegar a fin de mes.

Yo, al igual que Barthes y todos los japoneses, también robaré con Japón en este texto, y quizá les enseñe cómo hacerlo.

La idea no es que el wabi-sabi o el zen deban quedarse dentro de las fronteras del país que los creó. Pero hay una diferencia entre resonar con una idea y tocarla de oído para hacer posteos en LinkedIn sobre productividad.

Los mismos japoneses son plenamente conscientes del poder simbólico de su propia nación. El Ministerio de Educación, Cultura, Deporte, Ciencia y Tecnología (MEXT) revisó la estrategia Cool Japan con la meta explícita de cuadruplicar el mercado cultural en el exterior hasta 130 mil millones de dólares para 2033, combinando animé, manga, videojuegos, moda, cosmética y turismo. Por eso no es casualidad que cuando pateás una baldosa salgan tres restaurantes de sushi mal hechos que igualmente venden un montón.

Los cuatro ejes para jugar

Para entender cómo funciona este juego, me parece entretenido desarmarlo en sus piezas fundamentales. Descubrí que hay cuatro ejes que pueden combinarse para formar casi todos los tropos comunes del producto cultural asiático en Occidente. Funcionan de manera interconectada y son trazables en el tiempo. Estos ejes son: El Peligro Amarillo, El Inescrutable, El Fetiche y El Circo.

Todos los grupos étnicos tienen versiones de estos cuatro ejes, pero pocos admiten, como Japón, combinaciones tan disparatadas sin perder coherencia. Además, pocos tienen una industria que los produce conscientemente, y pocos están tan lejos como para que alguien los corrija.

El ejercicio es sencillo. Agarrás cualquier personaje de la ficción o cualquier producto cultural que provenga del Este asiático y podés encontrar la manera de combinar estas categorías para definirlo. Vale aclarar que, hablando mal y pronto, China, Japón y Corea son intercambiables en el imaginario popular. Al existir el "todos los asiáticos son iguales", varios estereotipos se solapan.

El Peligro Amarillo

Incluye todo lo que asocia a Japón con la capacidad de hacerte daño. Su premisa más evidente es el estereotipo de "todos los asiáticos saben artes marciales", pero en su versión japonesa se le añade la estética nipona de la precisión. Ejemplos típicos son el samurái, el ninja o el karateka.

Los siete samurais (1954)
Los siete samurais (1954)

Su origen más evidente es el miedo europeo y estadounidense a la expansión asiática de principios del siglo XX. Produjo villanos de película fríos y calculadores, ninjas en el cine de acción, o la figura del karateka que puede matarte con dos dedos.

Esto explica por qué el personaje japonés en cualquier película de acción occidental casi siempre sabe artes marciales o, por el contrario, no las sabrá para desafiar las expectativas. En Karate Kid 2 absolutamente todos y cada uno de los hombres japoneses que aparecen en la película saben karate.

El yakuza, distinguible del mafioso italiano o del gángster ruso, también es una versión de este eje. Parte del estereotipo está definido por el disciplinamiento del cuerpo, que otorga entonces control. El resultado de este planteo es el que se utilizó para romantizar al yakuza como un villano sofisticado que, a pesar de ser cruel, también sigue jerarquías y reglas.

yakuza
"Lo único que podemos hacer es elegir"

Es curioso que, en el caso de Argentina, la influencia de este eje fue casi en su totalidad producto del cine. Cuando Estados Unidos presionó a los países latinoamericanos para internar y deportar a sus ciudadanos japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, Brasil, Uruguay y Paraguay lo hicieron. Argentina se negó. El japonés acá nunca fue el enemigo público y su asociación con la mafia o las artes marciales es vicaria de las películas.

Los exponentes más emblemáticos de este eje son Jackie Chan, Bruce Lee y, para Japón, Toshiro Mifune.

El Inescrutable

Engloba todo lo que asocia a Japón con la inteligencia, la sabiduría y esa forma particular de conocimiento mágico que mezcla lo técnico con lo ancestral. El japonés es simultáneamente el que diseña el robot más avanzado del mundo y el que sabe curar una fractura con ki.

Esto produce dos variantes que, de alguna manera, conviven. La primera es el japonés techie ingeniero inventor. Un nerd con anteojos que aparece en un gag de Padre de Familia. La segunda es el maestro barbudo, un monje que diagnostica enfermedades por la forma en que caminás. Ese viejo de mil años que transformó su conocimiento práctico en sabiduría ancestral. Entonces saber aikido le ayuda a saber cuál es el mejor abono para el bonsai.

Este es el eje que más capital simbólico genera en el mercado contemporáneo porque es el que mejor se adapta al wellness y a todas las movidas new age. Marie Kondo, el kaizen, el método Ikigai corporativo trafican un mandato de productividad pero como si fuera sabiduría milenaria. Hay un uso deliberado de la estética japonesa como sello de garantía para reinterpretar métodos, descontextualizarlos y usarlos para lo que uno tenga ganas.

Grandes ejemplos del Inescrutable son el señor Miyagi y Grant Imahara, de Cazadores de Mitos.

El Fetiche

Esta es una categoría muy antigua y la que más se ha transformado. En su versión original es la sexualización de la mujer japonesa. Madame Chrysantheme, la geisha, la figura de Madame Butterfly, la tradición que va de Pierre Loti hasta los términos más buscados en sitios pornográficos. El imaginario creado alrededor de la mujer japonesa como objeto de deseo exótico que es frágil y obediente.

Madame Butterfly.

El fetiche contemporáneo es más amplio que la sexualización. Es la apropiación de elementos culturales separados de su contexto y de las personas que los produjeron. La romantización excesiva de un Japón inexistente a través del animé, el café en Palermo con caracteres japoneses, música city pop y un menú de matcha con sabor a pescado. El fetiche es consumir los signos de Japón sin pensar en Japón como un país de verdad. A veces, de hecho, prefiriéndolo así.

El fetiche es consumir los signos de Japón sin pensar en Japón como un país de verdad. A veces, de hecho, prefiriéndolo así.

La etiqueta "japonés" funciona como garantía de profundidad en vez de ser una descripción de origen. Que alguien compre un libro iyashikei porque tiene un gato japonés en la tapa esperando que eso le resuelva algo existencial es distinto a alguien que lee a Kawakami o a Ogawa porque le interesa lo que esas escritoras hacen con el lenguaje.

Supongo que la diferencia no está en el objeto sino en la relación con el objeto.

El Circo

Esta es la categoría menos obvia y probablemente la más importante porque, un poco, es la que legitima a todas las demás. El Circo es la otra dirección en cuanto a la relación con el objeto. Es la manera de consumir sin integrar, distanciarse a través del entretenimiento y el imaginario circense del asiático. Cabe preguntarse por qué vemos posteos de "11 técnicas japonesas para mejorar el rendimiento", pero cuando en el mismo país hay un bosque de suicidas, nos parece una curiosidad y nada más. "Aquí va mi lista de 9 trucos japoneses para matarse sin molestar a los vecinos".

Only in Japan, los game shows absurdos como representación cultural, las máquinas expendedoras de ropa interior usada, los maid cafés, los anuncios de televisión que no se entienden, el bosque de los suicidas, las cosas falopa en general son simplemente una parte del jardín de rarezas del país.

Esto sostiene los demás ejes porque necesitan que Japón sea fundamentalmente "lo otro". Acá habría que hablar un poco del morbo: porque si Japón fuese un país más, el Fetiche no tendría objeto del cual apropiarse, el Inescrutable no tendría misterio que revelar y el Peligro Amarillo no sería una amenaza que temer. Le mandamos un saludo a Edward Said.

Japón
Vivir en Japón vs. ser turista.

Dentro de los grandes codificadores de este estereotipo tenemos el paisaje diseñado en Blade Runner. El futuro tecno-orientalista de una estética asiática sin asiáticos, donde todo es signo y no hay ningún sujeto.

Fusión

Ahora que hemos visto las categorías, podemos ver su combineta. El juego nos permite mezclar distintas intensidades de cada eje para formar un personaje.

Si quisiéramos hacer un villano sofisticado, tendríamos que usar el Peligro Amarillo. Si quisiéramos hacerla más atractiva, tendríamos que añadir el allure del fetiche para convertirla en femme fatale. La Dama Dragón es la nueva jefa hot de la yakuza, mucho más cruel que su predecesor. Mucho más habilidosa también. Y con un kimono.

Ahora agarraremos un personaje típico nerd japonés, pero con el agregado cómico circense de que es un otaku chistoso con aspecto salaryman. Secretamente era experto con la katana y desarrolla superpoderes. Hacemos un juego de palabras con su nombre japonés y obtenemos a Hiro Nakamura.

La fusión siempre juega en base a las necesidades de lo que queremos vender. El fetiche añade una capa que hedoniza el consumo, el circo le da viralidad. Si queremos darle un poco de transgresión, el peligro amarillo lo vuelve apto para consumo. Por otro lado, si queremos darle un aire de profundidad, hay que volverlo inescrutable.

Japón™

La identidad japonesa estaba, en su mayor parte, definida históricamente por su contraste con China. El nihonjinron era la literatura que destacaba las características japonesas que se distinguían de, por ejemplo, el academicismo cortesano chino.

Durante la Restauración Meiji, el país abrió sus puertas tras mantenerlas cerradas durante siglos. De pronto, se vio ante la necesidad de competir, colaborar y medirse con potencias occidentales de la noche a la mañana.

Japón
Acá tendría que hacer un chiste de Warhammer y las naves negras de Perry, pero no se me ocurre nada.

Así como sucedió en Argentina con la Generación del 80´ o la del Centenario, Japón necesitó producir, casi con urgencia, un relato de su propia esencia. Esto dio lugar a una serie de ideas que intentaban, con el precedente de haber hecho algo parecido con los chinos, distinguirse de Occidente definiendo su ser nacional para producir su propio legado competitivo.

Tras la posguerra, el mismo movimiento continuó, esta vez ingresando al mercado internacional con intención de reconstruirse. El gobierno japonés lleva décadas exportando versiones de sí mismo diseñadas para consumo global. La política Cool Japan convirtió la cultura popular en instrumento de Estado. El animé, el manga y los videojuegos pasaron a ser herramientas de soft power.

Cabe preguntarse por qué vemos posteos de "11 técnicas japonesas para mejorar el rendimiento", pero cuando en el mismo país hay un bosque de suicidas, nos parece una curiosidad y nada más.

Esto genera un feedback loop. Occidente consume una idea de Japón™ que ya era una versión japonesa exagerada para consumo occidental. En consecuencia, Occidente consume vorazmente ese Japón™ y Japón sigue produciendo más Japón™ para satisfacer esa demanda.

Estatuas de Buda para la conclusión

Generalmente, en el imaginario colectivo, cuando se menciona a Buda, se imagina a un gordito sonriente. Es de las estatuillas más vendidas en el mundo, junto a los enanitos de jardín. Todos lo hemos visto en algún estante.

Hotei
Hotei, uno de los siete dioses de la suerte.

Tal vez por la distancia, tal vez por las homofonías de idiomas ajenos, hemos construido un grave malentendido a lo largo de la historia. Este gordito contento no es Siddharta. En realidad su nombre es Hotei o Budai. Era un monje legendario del siglo X que por su naturaleza alegre es conocido como el buda sonriente, o como una de las deidades de la suerte. Probablemente, por el parecido de su nombre, se lo confunde con Siddharta Gautama, el fundador del budismo del que probablemente se esté hablando.

Esta confusión resultó tremendamente rentable ya que un gordito contento garpa mucho más que la definición de Buda Maitreya. Siendo una versión en miniatura del modelo del que venimos hablando, podemos notar que los elementos constitutivos de nuestras representaciones ocupan un lugar mucho más importante en la manera en que nos relacionamos con los hechos que quizá puedan contradecir lo que concebimos.

No creo que dejemos de robar con Japón. El negocio es demasiado bueno. Vender se va a seguir vendiendo, antes quizá como Cipango, hoy como Japón™.

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