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Belgrano liminal: Galerías desiertas, ningunistas y el recuerdo del "tirador de Cabildo"

¿Qué se oculta en las galerías de Cabildo? Entre liminalidad y exploraciones ningunistas, esta crónica recorre un Belgrano marcado a fuego: se cumplen 20 años del asesinato de Alfredo Marcenac a manos de Martín Ríos, el tirador serial de la avenida.

Belgrano liminal: Galerías desiertas, ningunistas y el recuerdo del "tirador de Cabildo"
Disclaimer: Sugerimos una playlist para leer esta nota.

¿Qué se esconde en el local de una galería extinta de Avenida Cabildo? La mugre se acumula en espacios vacíos, pero repletos de facturas impagas y cédulas judiciales pegadas en la puerta. Vidrieras tapiadas con plásticos y papeles. Cafeterías amenazantes. Consumos sexuales encriptados en el fondo. Quizás, alguna santería. No es aquí. Tiene que haber un error. No es el lugar correcto. Los túneles laten. Respiran. Una presencia. Miramos atrás y...

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1987. Un niño pasea de la mano con su mamá. Aeromodelismo. Scalextric. Victorinox. Tabaquerías con importados europeos para señores con bigote. Naipes. Backgammon. Encendedores. Llaveros. Chascos. Afuera, toldos de lona se apropian de la vereda para dar refugio e invitar al viandante a protegerse bajo la sombra. La entrada es la continuidad natural de la vereda (en efecto: una galería). Recién adentro nos damos cuenta de que fuimos captados, al enfrentar el arco de neón naranja que reza "Galería Río de La Plata", ya estamos rodeados de los revestimientos pétreos de colores y encastres de bronce, ya estamos en las entrañas. No queda más que entregarse y fluir hacía las profundi...

Volvemos al presente. Nada. Nadie. Ni rastros del neón naranja. Preguntas insistentes: ¿Cómo recuperar esos objetos de otros mundos? ¿Dónde encontrar a esos niños y adolescentes que fuimos? Las madres ya no nos llevan de la mano, o ya no están.

Un meme da vueltas en infinitas encarnaciones: volviste al pasado pero ya no hay nadie.

Las galerías de Cabildo resisten. Más como cementerios que como paseos. Las columnas, las piedras y el metal son las únicas huellas de un mundo próspero, ya perdido. En “La rubia tarada”, Luca Prodán bardea a Hari B, fundador de Los Violadores: lo acusa de cheto de Belgrano. A mediados de 2002 o 2003, se corría la bola entre los pseudo punkitos que pululaban la zona de que los fachos de la Legión Negra habían declarado una “cacería punk”. Estaban dispuestos a romperle la cara a golpes a cualquier muchachito de pelos parados y parches de Flema. No había a dónde escapar porque los espacios donde nos movíamos eran los mismos, las sórdidas galerías comerciales a lo largo de Avenida Cabildo, entre remeras mal estampadas de la Polla Records y Lacrimosa, discos compactos con sobreprecio y piercings baratos.

Las galerías de Cabildo resisten. Más como cementerios que como paseos. Las columnas, las piedras y el metal son las únicas huellas de un mundo próspero, ya perdido.

Allá se movía gran parte de la fauna porteña de adolescentes que buscaban una identidad que se saliera de la norma: skinheads nazis, skinheads antifa, straight edge, anarkopunks, punks californianos, darks, alternos. Si bien la Meca era la placita de la galería Bond Street, Belgrano era otro epicentro de la rebeldía. Entre el 2000 y el 2400 de Avenida Cabildo se abrían, imponentes, las galerías Recamier, Río de la Plata, Las Vegas, Río de Janeiro, Los Andes, Acapulco y varias más. Cada una con su propia identidad arquitectónica. Paseo Marga, la más Kubrick (blanca y con ventiladores espaciales), ofrecía fotografía del aura con cámara Kirlian. Eran pasadizos secretos de una época, allá por los dos mil, que ya no existía: pisos de mármol, letras doradas, columnas adornadas como tótems de civilizaciones extintas, escaleras de hierro. Un delirio lovecraftiano.

Leila Infinito, que se dedica a la exploración urbana, la topofilia y otras maravillas, anota en su genial e imprescindible bitácora:

Galería Río de la Plata, Belgrano: En los sesenta hubo un auge de este tipo de galerías comerciales. En Belgrano, sobre la Av. Cabildo, hubo más de 12. Desde que tengo memoria fueron punto de encuentro y paseo. Ahora están todas más vacías que nunca, a la Recamier solo le faltan un par de plantas rodantes dando vueltas, es un desierto. A la mayoría le fueron lavando sus rasgos distintivos. Una pena verlas así. Esta en particular aún tiene bastantes locales ocupados y movimiento. Las 4 columnas revestidas en mosaicos del Hall Central hacen que valga la pena el desvío y entrar a dar una vuelta. Según la página de la Defensoría del Pueblo, las columnas fueron declaradas Patrimonio Cultural en la ley 1227, que también protege otras obras de Juan Batlle Planas, como el mural en el Hall del Teatro San Martín.

A principios del siglo XXI, las galerías seguían habitadas, con todos sus negocios abiertos, aunque ya decadentes. La elegancia que tuvieron en el siglo pasado había mutado a tiendas de consolas, locales de tatuajes horribles, santerías, ropa usada, tapicerías, CD vírgenes y cargas de toner para impresoras. Solo algunos locales mantienen hoy su vitalidad. En la galería Río de la Plata, El Imaginario todavía abre sus puertas a mundos de fantasía para jugadores de Magic: The Gathering, Warhammer, y D&D.

Crecimos y esos lugares quedaron en anécdota adolescente. Regresar veinte años después, rompió todo recuerdo romantizado, eran exageraciones de la mente. Ingresar a la Galería Recamier hoy en día es toparse con un local cerrado tras otro. No queda nada. Solo algunos abierto y con parafernalia geek, un restaurante vietnamita, póster de artistas que ya no escucha nadie, y no mucho más. Desolación, un desierto urbano en el medio de una de las avenidas más psicóticas de la ciudad.

¿Qué recuperar de aquellos años? ¿Hay recuerdos? Sí, los hay. La disquería Lon, en la Galería Río de la Plata, donde pudimos ver por primera vez la portada de discos de KMFDM, Stray Cats o Primus. Grupos que, por aquel entonces, la lentitud de KazaA y del Internet por módem hacían tortuosa su descarga. Tendría que esperar a descubrir que en esa misma galería algunos locales te vendían el disco copiado por la cuarta parte del precio del original. 

En la misma galería, más adentro, se encontraba Splatter House, un videoclub que dejó de existir en 2019. Ese local, el 53, fue alquilado y se reemplazaron sus inolvidables gráficas: antes, una tipografía digna de cualquier revista de EC Comics (podría ser Tales from The Crypt o The Vault of Horror) indicaba el nombre del negocio, acompañado de la silueta de Leatherface con su motosierra en alto. Los potenciales consumidores podían así anticipar la clase de porquerías que encontrarían ahí dentro: desde ciencia ficción a terror, astrozombies, luchadores enmascarados, porno europeo, pseudo snuff. Quizás la realidad fuese otra, pero el recuerdo es de un dueño que era fan del punk rock, de un local decorado por banderas y bufandas de los Ultra Sur, barra de derecha del Real Madrid. No era raro cruzarse rapados con borceguíes con cordones blancos.

Ahora, al mirar hacia el interior, parece un calabozo S&M, como en el que sodomizan a Marcellus Wallace en Pulp Fiction. O parecido al sótano de Helvete, la disquería donde se juntaban los creadores del Black Metal noruego, cuyo dueño Euronymus, terminó asesinado.

Antes, Perver Records estaba al fondo de la Galería Las Vegas, en la parte inferior, junto a los baños y la cafetería. La atendía un tal Lucio, boxeador amateur que mamarracheaba las portadas de los discos y los vendía como auténticos a chicos fanáticos de Misfits.

La Galería Los Andes fue hogar de uno de los espacios más intrigantes e increíbles, la librería Índice Mármol. El local 92 era diminuto y atiborrado de material, era fácil salir abombado. El fanzine Body Bag de Marcelo Pocavida, ediciones del Manifiesto Scum de Valerie Solanas y el Manifiesto del Unabomber, La Biblia satánica de Anton LaVey, y un bootleg en vinilo del disco LIE de Charles Manson eran algunas de sus rarezas. La librería era un punto de reunión de darks, góticos y nerds que jugaban Vampiro: la mascarada, pero también se armaban ciclos de cine punk,  tocaban bandas y se organizaban eventos esotéricos, ocultistas. La tienda funcionó hasta 2010.

Finalmente, imposible olvidar a la galería Churba en Cabildo y Juramento. La más cercana al inframundo, en un sentido tanto esotérico como físico: la galería se recorría en una espiral descendente, y hay una enorme pirámide de vidrio en el centro del nivel más bajo (El más masónico que tenga. No tan masónico…), donde antes vendían guitarras eléctricas. El resto de los locales eran rockerías y locales de tatuajes. A fines de los noventa fue demolida y reemplazada por Tower Records. Hoy es un Dexter, ropa deportiva.

Entonces, una voz nos llama en los pasillos de una galería. Susurra una sola palabra en loop: liminal.

Paseos liminales

A principios del siglo XX, la antropología se interesó por la liminalidad. El etnógrafo europeo Arnold van Gennep la ubicó en los ritos de iniciación, donde la vio como el pasaje entre dos identidades. En los cien años que la separan de su desarrollo en Internet, su sentido se amplió para incorporar dimensiones sociales, además del espacio y el tiempo. Entre los teóricos del gótico y terror aparecieron conceptos como el del abyecto y los monstruos intersticiales, aquellos que habitan entre dos zonas incompatibles: el monstruo decimonónico, vivo y muerto al mismo tiempo, como una tercera cosa, fuera del orden del cosmos.

Lo liminal es finalmente convertido en un engendro de Internet recién en el 2019, cuando un alma de 4chan postea la imagen histórica de las Backrooms: pasillos amarillentos, alfombrados, donde lo único seguro es que hay que salir de allí, ¿pero cómo?

Backrooms
Backrooms.

El creepypasta que acompaña la imagen:

Si te descuidaste y noclipeás fuera de la realidad, terminás en las Backrooms, donde no hay más que alfombras húmedas que apestan, la locura del amarillo monocromo, el zumbido incesante de la luz fluorescente al máximo y cerca de mil millones de kilómetros cuadrados de ambientes segmentados al azar para atraparte. Que Dios te guarde si llegás a escuchar algo moviéndose en las cercanías. Tené por seguro que a vos ya te escuchó.

La imagen se volvió cada vez más popular: la liminalidad de las Backrooms es indisociable de los videojuegos del género stealth y el boom de los motores de desarrollo profesionales y gratuitos, como Unity y Godot, a partir de la década pasada, además de sus miles de tutoriales en YouTube. Al presente, varios videojuegos independientes argentinos visitan la liminalidad de terror situada en Buenos Aires: VHS Paradise, El 39, Buenos Aires Mirror Line, y PanchoFobia.

Estamos cada vez más habitados por el lenguaje de los videojuegos, al punto de que la mayoría reconocerá el verbo en "noclipear en las áreas equivocadas". Por si acaso, noclipear implica que un colisionador (un detector de que chocamos con algo en el juego) falló o directamente no está, y así pasamos al no-mundo: mapas, geometrías, personajes y objetos a los que solo el desarrollador, y nadie más que él, puede visitar. Las Backrooms o espacios anómalos similares son visitados en videojuegos como Enter the Backrooms, Superliminal y The Exit 8. Kane Parsons llevó las Backrooms al formato serie web de terror analógico (video más arriba), y acaba de estrenar una película homónima de A24, en cartelera mientras tipeamos estas palabras. En 2018, antes de la foto de las Backrooms, un tweet desaparecido bautizó este tipo de espacios como "liminales", pero recién al año siguiente el concepto tomó suficientemente impulso como para colisionar con la foto amarillenta y explotar en redes.

Las tendencias de búsqueda confirman que el concepto "liminal" es pandémico, con crecimiento sostenido desde 2020. En el padecimiento mental del encierro y la amenaza existencial nació una nostalgia por los no lugares de Marc Augé: espacios destinados a la circulación entre interior y exterior, nunca a la permanencia. Túneles, aeropuertos, estacionamientos. Son no lugares, pero además deben cumplir la condición de que no haya nadie. Espacios de pasaje sin nadie que pase por ellos. Como si el concepto de lo liminal fuera liminal en sí mismo al decir exactamente lo contrario a lo que supone: espacios elegíacos que fueron despojados de su función de transición y que recuerdan más a narrativas post apocalípticas.

Son espacios destinados a la circulación entre interior y exterior, nunca a la permanencia. Túneles, aeropuertos, estacionamientos. Son no lugares, pero además deben cumplir la condición de que no haya nadie.

Curiosamente, si se comparan las tendencias, "liminal" tiene su primer pico de búsqueda en Argentina (5k, no relativo) en julio de 2019, un año antes que el resto del mundo. Encuentra su correlato con la muestra retrospectiva "Liminal" de Leandro Erlich, la más visitada de la historia del MALBA (240.000 asistentes). Otra coronación de gloria. El texto curatorial advierte que "el título refiere a una zona existente en el umbral de otro espacio, remite a la posición de estar a punto de cruzar hacia o entrar en un lugar o estado de existencia específicos, pero sin llegar nunca del todo".

La desaparecida cuenta de X @ArgenLiminal solía incluir imágenes que nada tenían de liminalidad, pero sí mucho de nostalgia y soledad: un patio del conurbano, el mate en la mesada de la cocina, un living teñido de atardecer. Quizás, como en la muestra de Erlich, la liminalidad argentina sea el hilo conductor de experiencias tan disímiles que ya no tienen que ver con el umbral, lo público o lo privado, sino con la urgencia por volver a casa. Quizás, lo que extrañamos es el encierro de la pandemia.

Junio de 2026. Paseamos por las ruinas de las galerías de Belgrano, vacías y sucias. El Multiplex, único cine sobreviviente, tiene Backrooms en cartelera. Estamos teniendo una experiencia liminal (¿Hay un Nuevo Liminal Argentino?).

Conviven en la liminalidad tensiones entre el adentro y el afuera, el presente y el pasado, y la nostalgia y el horror. Como dijimos: son no lugares. Esta tensión entre lo público y lo privado es palpable en los pueblos de Norteamérica, atravesados por lo que el filósofo Jürgen Habermas denomina la "colonización del mundo de la vida": apropiarse de la plaza pública, al punto en que la idea de rebelión adolescente que nos programó MTV a los exjóvenes consistía en ir a hacer bardo a un mall (escenas que retrataron Avril Lavigne y los New Radicals en sus debuts videográficos). Esos chicos blancos suburbanos que escandalizaban señoras yanquis (Karens), perseguidos graciosamente por empleados de seguridad gordos, jugaban en un espacio privado de acceso público, locus cultural y económico de casi medio siglo de existencia para entonces, a diferencia de Argentina (o, más bien, Buenos Aires). Acá recién tuvimos los primeros shoppings grandes a fines de los ochenta y principios de los noventa, sin que llegaran a colonizar el mundo de la vida. De hecho, a los mass shooters, los malls les encantan (no tanto como las escuelas).

Recordemos que los chicos de ahora dicen liminal cuando quieren hablar de ruinas y desolación. El requisito obligatorio para sacar una foto liminal es que no haya nadie. En el Belgrano liminal, lo que tenemos, a falta de la experiencia del mall, son las galerías. En nuestra adolescencia las recorríamos de pe a pa en busca de rockerías: discos, póster, guitarras, cancioneros, ropa y tatuajes conformaban el horizonte identitario de los nativos del barrio. Pegábamos stickers en las vidrieras, buscando baterista para la banda. Eran lugares de paseo obligado (el descanso no era opción, sin cafés ni patio de comidas). A veces se compartía una charla en las escaleras del fondo que dan a Ciudad de la Paz, pero éramos echados pronto. Eso nos obligaba a explorar el barrio, parar en plazas y tomar café de un peso, convertible en Burger King.

Pero, hace veinte años, un grupo de chicos llevó la exploración del barrio a su límite más extremo y terminaron ahogados bajo tierra. Esta es la historia de los ningunistas.

Superí y Olazábal

Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo.

Alejandra Pizarnik.

Pocos sabían qué se escondía en el mundo subterráneo de Belgrano. Roy (Rodrigo Sierra) y sus amigos sí. Se apodaban los ningunistas, y creían en la  necesidad de noclipear para volver a la realidad después de explorar la ciudad de formas no automáticas. Sin embargo, ignoraron la máxima más importante de la exploración urbana: When it rains, no drains.

La noche del 16 de diciembre de 2006, cuatro amigos llegaron al arroyo entubado Vega en el terraplén ferroviario de Superí y Olazábal. Bajo el amparo de la mirada centinela de Mirtha Legrand en una gigantesca publicidad de tintura Silkey, emprendieron el descenso a pesar de que el Servicio Meteorológico Nacional había anunciado tormentas. En efecto, esa noche hubo un temporal de lluvia, granizo y hasta tornados, que no solo generó inundaciones en CABA, sino que sembró la destrucción por el país y se cobró víctimas por electrocución y arrastre por crecidas de ríos. Cinco años atrás, sobre Superí y a muy pocos metros de la alcantarilla, un geriátrico inhabilitado se había inundado durante una tormenta (en diez minutos la sala de estar se llenó de agua hasta alcanzar los dos metros y medio). Como resultado, murieron cinco residentes.

Los medios que reportaron la muerte de los cuatro ningunistas los apodaron "los chicos de las alcantarillas". Según la tesis póstuma del ningunismo, existe un virus tecnológico que aparta a los jóvenes de la realidad y los lleva a construir realidades virtuales. El ningún-ismo, que Roy había inaugurado, se manifestaba no como una solución sino como una propuesta amorfa, inclasificable e irrepresentable de poner en práctica la exploración, que sería el camino del retorno a lo real.

No es que nos pongamos conspiranóicos, pero sí. El Archivo Ningunismo, llevado adelante por el documentalista Lucas Larriera, es un sitio web con la finalidad de preservar la memoria ningunista y continuar el legado de Roy, su fundador, algo que parecería ir en contra de sus designios: el ningún-ismo era una promesa de que el movimiento no tendría líderes ni códices, y el mismo Roy estaba a punto de eliminar la web del ¿movimiento? por temor a que se volviera una cosa concreta y mercantilizable. Pero el archivo no hace más que honrar su voluntad: el ningunismo no se volvió ningún producto, sino que es un esfuerzo abierto y colaborativo. Tras la muerte de Roy, fue su mamá, Mónica Sierra, la encargada principal de preservar su legado, hasta su muerte en 2018. A veinte años de la desaparición física de los exploradores, el sitio web comparte contenido regularmente. En 2019 subieron un breve texto sobre el cierre de Splatter House. Tiene, a su vez, un relevamiento de gran cantidad de espacios donde se llevaron a cabo las actividades del ningunismo, e incluso incorpora un mapa con todos los puntos y resume:

Es importante saber que Buenos Aires está en Argentina y que en Buenos Aires existe un barrio que se llama Belgrano.
Es importante saber que ahí surgió el Ningunismo.
En el mismo barrio en el que surgió el Ningunismo nací yo. En 1988.
El 16 de Diciembre del 2006 hubo una tormenta en Buenos Aires. En el barrio de Belgrano. Fue la tormenta más grande del año.
En esa época, Belgrano se inundaba mucho.
Es importante saber que debajo de Belgrano hay al menos dos arroyos entubados.
Yo no recuerdo ese día. Fue una noche más. Una inundación más de tantas.
La noche del 16 de Diciembre del 2006 terminó el Ningunismo.
Roy, Bob, Sebastián y Joaquín murieron ahogados dentro del arroyo Vega.
Yo no llegué a conocer a ninguno de ellos, aunque me hubiera gustado.

Seguimos en el mapa. Entrada NIN_MAP_10. La pantalla glitchea. Clic.

1998. Cabildo 2230. Galería Las Vegas. El archivo informa sobre el grupo Kenosis, conformado por Mónica Sierra, su hijo adolescente Roy, y otros. Mantienen reuniones esotéricas con la galería como enclave. Juntos editan un volumen. El prólogo, "Retorno al paradigma olvidado", hace un llamamiento a favor de noclipear para volver a la verdad como recuperación de lo que se llevó Lethe, el río del olvido (Aletheia, la palabra verdadera), algo que el hijo de Mónica reversionó y perfeccionó en sus escritos. Una herencia pesada. En el caso del grupo Kenosis, era una bandera de guerra contra la posmodernidad, sin más armas que "la gracia de servir a Dios". 

El archivo revela que Roy y su mamá no sólo compartían sus búsquedas espirituales en la galería Las Vegas, sino que tenían domicilio en la galería Río de la Plata. A pocos metros. No pudimos pasar por alto la coincidencia de los nombres con el arroyo Vega y la desembocadura al Río de la Plata, donde fue encontrado el cuerpo de Joaquín, el más joven de los exploradores. No hubiera sido responsable continuar sin un poco de fact checking. Encontramos algunos frames en una entrevista a Mónica, donde se ve la dirección, pixelada y oscura, en el CV de Roy.

Los números no parecían coincidir con la dirección de la galería Río de la Plata (Cabildo 2280). Tras varias combinaciones, encontramos un pdf alojado en la web de Yumpu, un software de publicación. De alguna manera, la dirección y el nombre del grupo Kenosis aparece en una lista interminable de editoriales compilada por algún exportador de servicios chileno en 2014. Grupo Kenosis, Cabildo 2262. Roy y Mónica no vivían en la galería Río de la Plata, aunque sí a pocos metros, en el edificio pegado al primer McDonalds de Argentina, y en la misma cuadra de Las Vegas. Continuando la tradición familiar de metafísica en galerías, Roy participó de charlas ocultistas en Índice Mármol, en el Boulevard Los Andes.

Veinte años atrás, muchos aprendían las palabras psicogeografía y deriva en el aluvión mediático que siguió a la tragedia, pero ahí es cuando nos bajamos de la abstracción y situamos a Roy en esos espacios concretos, imaginando sus recorridos, un pibe de tantos nacidos en los ochenta, vecino del McDonalds, atravesando diariamente las galerías liminales, criado en debates filosóficos y teológicos comandados por su mamá. A la vez, era egresado de Relaciones Públicas en la Universidad de Palermo, y renunció a su trabajo en una agencia de renombre en un declarado career suicide. Mónica advirtió que haber bajado al arroyo fue "una estupidez". Roy tenía problemas en los pies y había ido a Flamenco de chiquito para mejorar su motricidad.

El barrio de Belgrano se encarnó en un chico con ostranenie (el extrañamiento que postulaban los formalistas rusos como procedimiento literario por excelencia: volver extraño lo mundano). Roy generó un sistema que ponía el foco en el ser humano, lo destruyó antes de traicionarse y lo pagó con su propia vida. Con sus amigos, habían llenado el barrio de leyendas como 1 + 1 = 1, y el sigilo de los ningunistas, que conforma un escudo con cuatro emoticones de carita sonriente. De hecho, uno gigante siguió empapelando el viaducto Carranza durante muchos años tras la muerte de Roy. No es difícil ver una alcantarilla en el sigilo.

La boca del arroyo no existe más y el terraplén fue modificado para abrir un túnel en Olazábal. La esquina ya muestra algo completamente diferente a lo que vieron ellos la noche de la tormenta. Las paredes están cubiertas de venecitas con obras de arte geométricas. Una de ellas tiene la leyenda "museo", pero nada indica museo de qué. Para nosotros, no hay duda: Belgrano Liminal había tomado cuerpo en un hombre de 25 años y nos quiso decir algo con su sacrificio. Hay mucho más que decir sobre ningunismo, archivos, memoria y quienes compartieron el legado de Roy, encontrándolo en sus webs, su disco rígido y sus canciones, y ofreciendo sus huellas al resto del mundo. Pero ahora debemos continuar.

Seguimos en Olazábal. Desorientados, emprendemos la marcha en dirección a Cabildo. 

First Person Shooter

Junio de 2005: una ráfaga de disparos agujerea el colectivo 67 en Olazábal y Vidal.  Dos heridos.

Marzo de 2006: un nuevo ataque a la confitería Balcarce, en Crámer y Juramento. Una persona herida. 

Junio de 2006: el tirador se prepara en Crámer y Elcano y acribilla una formación del tren con dieciséis disparos. Sin heridos.

"En este lugar fue asesinado Alfredo Marcenac el 6 de julio de 2006 por un legítimo usuario de armas de fuego. A pesar de eso, el asesino fue declarado inimputable. La justicia abandonó a Alfredo y a su familia".

Hace exactamente 20 años, el 6 de julio de 2006, el shooter autóctono vació su cargador en un ataque a mansalva en Cabildo al 1700. Asesinó a Alfredo Marcenac, de 18 años, e hirió a otras seis personas. Los medios mencionaban que el atacante se manejaba en una bicicleta amarilla. La madre de, digámosle A, veía una bicicleta de ese color cada vez que ingresaba y salía del estacionamiento del edificio de Avenida Crámer. La mañana del 14 de julio, el padre de A le comentó que el vecino resultó ser el Tirador de Belgrano, Martín Ríos. Un muchacho que pasaba mucho tiempo en la entrada del edificio, con auriculares puestos, sin responder cuando los vecinos lo saludaban al ingresar. Lo que recuerda A es que el padre era piloto de avión comercial y lo llevaba a Tiro Federal. Tras los crímenes, la familia puso en venta el departamento, que tardó más de lo normal en venderse. Seguramente por el peso que conlleva vivir en la casa de un asesino. Pero Belgrano es un barrio que se caracteriza por eso, tampoco era extraño en ese entonces cruzarse al femicida Ricardo Barreda, y los escraches en la entrada del edificio del genocida Jorge Rafael Videla, ubicado en Av. Cabildo 639, 5ºA, también eran moneda corriente.

Ríos nunca hizo el certificado de aptitud psíquica que exige ser Legítimo Usuario de arma de fuego. Tenía una Bersa Thunder 380, con balas talladas a mano para generar el mayor daño posible. La fiscalía argumentó que actuó con conciencia y premeditación: mató por placer. La defensa replicó que era esquizofrénico: mató porque sí. La familia de Marcenac nunca obtuvo justicia, el asesino está alojado en la unidad psiquiátrica del Complejo Penitenciario de Ezeiza: sus familiares lograron que se lo declarara inimputable por insanía. En 2025 la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo Federal determinó la responsabilidad del Estado por la falta de control en la entrega de permisos de armas. El Registro Nacional de Armas (RENAR) incumplió con su deber de verificar los antecedentes  y la aptitud psicofísica de Ríos, que en 2002 había sido detenido por tenencia de armas y drogas.

Ríos nunca hizo el certificado de aptitud psíquica que exige ser Legítimo Usuario de arma de fuego. Tenía una Bersa Thunder 380, con balas talladas a mano para generar el mayor daño posible.

Ríos es la sombra de Roy, es una encarnación diferente. Lo único que comparten es la obsesión por el proyecto propio y la desestimación de la mirada ajena. Hoy los actos de Ríos parecen tener eco en los jóvenes argentinos que buscan importar las masacres estudiantiles de Estados Unidos. Cruzamos los dedos.

Mundo perdido

Hemos perdido mucho en Belgrano, en particular en Cabildo, con un metrobús que la ha dejado irreconocible, las galerías vacías y ni un cine. En los ochenta y noventa su oferta cultural incluía Prix D'Ami, que tuvo tres emplaces en el barrio hasta establecerse en Monroe y Vuelta de Obligado. A lo largo de su existencia, ofreció recitales de artistas históricos nacionales, como Los Redondos, Charly García y Los Violadores, hasta internacionales como Iggy Pop y King Crimson. Más tarde transmutó en Dr. Jeckyll, donde se presentaron Divididos, Las Pelotas e incluso Alanis Morrissette. El local luego fue el boliche La Diabla, un supermercado chino y ahora está demolido.

Sí, se perdió mucho, pero bajo el agua o por sangre derramada, se perdió infinitamente más:

Isabel Salazar. Delfina Castro. Wenceslada González. Elena Garibaldi. Celina Mariani. Rodrigo Sierra. Alberto David Cardazzo. Sebastián Abel García Serrano. Joaquín Prieto. Alfredo Marcenac.

Negligencia, accidentes y sed de sangre. Quedaron amigos y familiares habitando el espacio liminal por excelencia: el duelo. Habitaciones vacías. Escritos. Casillas de mail abandonadas. Cepillos de dientes. Ropa. Cremas a medio usar. Blísters de medicación.

Se estima que lleva entre tres y cuatro generaciones ser olvidado completamente.  Tanto Alfredo como Roy estaban con amigos cuando murieron. Dejaron su huella en un mundo que, si bien ya estaba roto, lejos estaba de infundir experiencias de desolación en masa como las que experimentamos en los últimos años. Nos invitan a pactar nuevos encuentros: recorrer, transitar y construir recuerdos en los espacios despojados que nos vieron crecer. Quizás, quién te dice, noclipear el retorno a la realidad.

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