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Cómo ampliar la "resonancia" con el mundo en la era de las pantallas

Nuestra nuca inclinada ante el celular es el modo en que estamos presentes y ausentes a la vez. Cómo recuperar la "resonancia" con el mundo frente a una pantalla que nos privatiza la atención y adormece nuestra capacidad de conectar con los otros.

Cómo ampliar la "resonancia" con el mundo en la era de las pantallas

Hay una imagen que de tan cotidiana prescinde de la ejemplificación para ser reconocida: alguien con su nuca inclinada mirando la pantalla encendida de su celular. En cualquier establecimiento, institución o espacio público, la escena se repite con una regularidad cinética: una tecnología de luz que sujeta (simbólica y físicamente) la cabeza del sujeto hacia abajo. Sea en la espera de un consultorio, en la fila de un banco, en la parada de un colectivo o subte, en las escaleras de un edificio público, durante una simple caminata o en los descansos de la rutina del gimnasio. El fenómeno es siempre igual, es siempre el mismo. De hecho casi no quedan espacios con “tiempos muertos”: categoría que hoy deambula como un zombie y con el que supimos designar moralmente a los refugios de la inactividad. 

Hay una imagen que de tan cotidiana prescinde de la ejemplificación para ser reconocida: alguien con su nuca inclinada mirando la pantalla encendida de su celular.

Debo admitir que siento que ese primer párrafo sobra: lo llamativo de esta imagen cotidiana no es el acto en sí, sino su naturalización. Durkheim decía que cuando una forma de pensar, hacer o decir se vuelve regular, externa (por tanto coercitiva) e independiente de las voluntades individuales, estamos frente a un hecho social. Su sobrino Marcel Mauss agregó: si ese hecho social intersecta y atraviesa en simultáneo múltiples dimensiones de la vida social (lo económico, lo político, lo cultural, lo estético, lo ético, etc.) estamos frente a un hecho social total. Precisamente por esa totalidad naturalizada es que la escena ya no sorprende a nadie, ni suscita advertencias. Es de esas cosas más normales en el paisaje de los días. Ordena nuestra experiencia con el mundo y por lo tanto: nuestra relación con (y hacia) el mundo. Por lo que esa inclinación corporal hacia la pantalla es la disposición regular, el modo de estar presentes y ausentes en simultáneo en el marco del espacio social contemporáneo.

Una idea en un cuento

En 1810, Alemania, Heinrich Von Kleist, joven escritor de la época, publica un relato titulado Sobre el teatro de marionetas, en un diario vespertino. En ese cuento, un narrador recuerda unas conversaciones que tuvo con un bailarín llamado Herr C., quien argumenta la tesitura de que las marionetas poseen una gracia superior a la de cualquier bailarín humano porque sus movimientos, al ser gobernados por la gravedad y por un único punto central de control (el titiritero), son perfectos y libres de afectación. Para demostrar su punto, Herr C. cuenta tres historias: la primera es la de un muchachito guapo y ágil que un día se da cuenta de que su pose se parece a una estatua famosa, y desde ese momento empieza a mirarse todo el tiempo en el espejo intentando reproducir el gesto, y cuanto más lo intenta, más torpe y artificial se vuelve, porque esa autoconciencia destruye su naturalidad; la segunda es la de un oso que es imposible de vencer en una pelea de esgrima, no por su habilidad sino porque no piensa ni se deja engañar por los movimientos del rival; y la tercera es una reflexión sobre si una máquina perfecta podría moverse con más elegancia que un cuerpo humano. ¿Qué quiero decir con esto? la idea final: la gracia perfecta solo existe en dos extremos, o en quien no tiene ningún tipo de conciencia (como una marioneta o un animal) o en quien tiene conciencia total e infinita (como Dios). Las personas nos encontramos en el medio: sabemos demasiado para ser inocentes pero demasiado poco para ser perfectos. Sobre esa ambivalencia humana es que pienso la disposición corporal de la época, como una forma de relación con el Mundo.

Henrich Von Kleist
Henrich Von Kleist.

El cuerpo y nuestra relación con el mundo

Se sabe: de un tiempo a esta parte han emergido distintos posicionamientos sobre el asunto ya mencionado, en una discusión que posiblemente haya iniciado en el mundo digital para luego trascender a otras esferas. Algunas de ellas teñidas de un caricaturizado tecno-pesimismo (y por lo pronto muy poco propositivas en términos políticos) que observan alarmante el “futuro” de la comunidad humana. Como buen pánico moral tiende más a una subestimación de la agencia de las personas que a proponer mundos posibles. En la vereda de enfrente están los militantes del tecnofeudalismo, que reivindican la optimización tecnológica negando los efectos de una sociedad apantallada. ¿Y en medio de esta polarización? El resto de las personas que no toman una postura, porque quizás no la tienen o la tienen pero de un modo muchísimo menos extremo. Muchos de esos debates se han empezado a canonizar informalmente en 421. 

Para continuar con esta conversación que intenta proponer un presente habitable para lo humano, me pareció interesante retomar la expresión una "cultura masiva de nucas inclinadas" de Ulrich Grober, psicólogo alemán que en el 2012 publica un artículo que anticipó alguna de estas conversaciones titulado Llegar a la calma: el secreto abierto de la serenidad (zur rouwe kommen: Das offene Geheimnis der Gelassenheit). Siendo aquel año una época aún menos cooptada por la digitalidad que la actual, el alemán ya empezaba a esbozar críticas potentes sobre el estrés digital. Las mismas a las que luego Byung-Chul Han le iba a sacar rédito hasta el día de hoy. Más allá de la carga crítica que el término pueda sugerir, lo cierto es que es innegable que esta postura tiene elementos para ser pensada como un rasgo inseparable de la época: la nuca inclinada no es solo un gesto biomecánico que subordina la cabeza hacia abajo, sino también y sobre todo, el modo en que nos colocamos en el mundo y, por lo tanto, la manera de relacionarnos con él. Elementos también abordados por el Santo Padre León XIV en su encíclica titulada Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

Que la pantalla nos tape el bosque se ha convertido precisamente en nuestra experiencia con el bosque. Apenas sobreviven instituciones que no exijan, reclamen u obliguen el uso de una aplicación para gestionar la suscripción, tramitar expedientes o certificar constancias. Todos elementos que Juan Ruocco atribuye a un sistema de economía de suscripción y al que le adhiero funciones de estatalidad: dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en una especie de civil-users. Queramos o no, la gran mayoría de los establecimientos que frecuentamos nos demandan interactuar con el teléfono para resolver una parte sustancial, cuando no la totalidad, de su gestión administrativa. En este escenario, adoptar una inquebrantable postura de “antipantalla” tampoco tiene mucho sentido. La desconexión del dispositivo implicaría, en última instancia, algún tipo de desafiliación institucional o hasta (permítanme la exageración) desintegración social. Se trate de la dimensión laboral, deportiva, cultural o en la más simple actividad cotidiana, el celular se ha convertido en una instancia obligatoria con la que conciliar algunas de las trampas narcisistas del tejido social. 

Lo contrario a la aceleración (que tiende a un bucle de alienación sin fin) no es la desaceleración, sino la Resonancia

Retomo la expresión de Grober porque es citada en el libro de otro autor alemán, del palo de la sociología fenomenológica, llamado Hartmut Rosa. El libro se llama Resonancia: una sociología de la relación con el mundo y, detalle no menor, la primera edición fue publicada un año antes de la pandemia. Se trata de un libro inmenso porque ambiciosa es su propuesta e intentaré resumir con un poco de injusticia selectiva: aporta un marco teórico para analizar la historia y presente de la modernidad en la interrelación entre Sujeto (el Sí mismo) y Mundo (entendido no como literalmente el planeta tierra, sino como la totalidad de lo experienciable). Rosa discute a regañadientes con el paradigma de la aceleración, evitando una postura torpemente “anti” y la sintetiza diciendo: "lo contrario a la aceleración (que tiende a un bucle de alienación sin fin) no es la desaceleración, sino la Resonancia"

¿Qué es la resonancia? Es inevitable no pensarla como parte del acervo cultural hippie que alude a un idílico y hedonista estado de meditación en el que uno pretende controlar el Mundo a su voluntad. Bueno, no es así. ¿Qué es entonces? Una relación activa con el mundo. ¿En qué sentido? Seamos un poco metafóricos: en el sentido de estar contenidos por un hilo vibrante y mágico que une (es decir: enlaza/sostiene/soporta) Sujeto y Mundo en una mutua imbricación (o en un fenómeno que Rosa llama como de asimilación transformadora) entre ambos. Para este autor la modernización es un proceso histórico que ha tendido a una crisis de resonancia en la que el Sujeto se relaciona cada vez más con el Mundo de una forma "muda" y reificada, regido únicamente por el aumento de obtención de recursos. Así: cuanto más se exacerba (o tardía) se vuelve la Modernidad, más alienados y acelerados, en el aumento de obtención de recursos, están los sujetos sociales. De modo que el concepto de resonancia implica que el Sujeto sea "alcanzado" y conmovido por esa totalidad externa (que es el Mundo) al mismo tiempo que el Sí mismo actúa, reacciona y ejecuta actividades y acciones que la constituyen. No hay Sujeto sin Mundo, ni Mundo sin Sujetos. 

Hartmut Rosa
Hartmut Rosa.

Más allá de las estrategias individuales: hacer vibrar el hilo mágico con el Mundo

Ante la cantidad de tiempo vital que destinamos al consumo de pantalla, el principal desafío reside en no entregar nuestra capacidad de agencia y por lo tanto nuestra capacidad de resonancia (de relacionarse activamente con el Mundo). Es aquí donde vuelve la propuesta conceptual de Juan Ruocco, en este caso la de soberanía cognitiva (junto con el de autonomía psíquica). Reclamar, conquistar o, si se quiere, colonizar parcelas de esa soberanía implica un acto de resistencia frente a dispositivos que, por su propia arquitectura, tienden a erosionar nuestra posibilidad de hacer consciente la toma de decisiones. Si el entorno digital promueve que desagenciemos nuestra atención, el paso siguiente es promover estrategias activas que nos permitan recuperar el control. El problema surge cuando la pantalla, como segmento de la realidad, se erige como el único mediador posible. Pienso por ejemplo: todos los videos de youtubers recomendando el dopamine loading, la reformulación minimalista de los widgets del celular o el eterno retorno a los dumbphones. Asistimos a un escenario donde los dispositivos móviles se convirtieron en el gran modulador de nuestras corrientes simbólicas: trabajamos, nos informamos, participamos de grupos de pertenencia, postulamos posicionamiento político, nos auto-diseñamos en redes sociales, jugamos, nos comunicamos y hasta buscamos mediante la pantalla estrategias para no usarla tanto. Al quedar circunscrita la totalidad de nuestras experiencias vitales a la superficie táctil de teléfonos, computadoras y tablets, nos encaminamos hacia una sociedad donde el vínculo general con el Mundo queda mediado por simbología digital. 

De todos modos es importante, más allá de las intenciones personales, poner el ojo crítico en las condiciones sociales que permiten que vibren los hilos de nuestra relación con el Mundo. Las estrategias de "desconexión" suelen ser de corto aliento o funcionan apenas para que pequeñísimas minorías se perciban a sí mismas desde una especie de pedestal de superioridad moral respecto a las mayorías alienadas que no logran conquistar la agencia cognitiva y resonante de su consumo digital.

La pantalla es una mediación de la realidad, como también lo es el lenguaje, la estética, la cultura, la economía o la política. El riesgo no reside en la mediación, sino en su carácter excluyente.

En este sentido es que por agencia debemos entender la capacidad humana (al mismo tiempo que Moderna) de no volverse una marioneta cultural de las estructuras sociales (como ilustra una parte del cuento de Von Kleist), sino de constituirse como un individuo que razona, piensa y procede tanto con la pantalla, como sin ella. La pantalla es una mediación de la realidad, como también lo es el lenguaje, la estética, la cultura, la economía o la política. El riesgo no reside en la mediación, sino en su carácter excluyente. Si la interfaz digital se convierte en nuestro único puente con el entorno, nuestra relación con el Mundo se volverá cada vez más muda y cosificada, así como plenamente visual y subordinada al aumento de obtención de recursos. Una existencia modulada exclusivamente por el cristal de la pantalla tiende a neutralizar nuestro vínculo activo y vibrante con el Mundo que ha dotado a lo largo de la historia de magia sagrada a la experiencia humana. Me refiero principalmente a los rituales y ceremonias que implican copresencia colectiva y que por más pantalla que uno lleve allí funcionan independientemente de las mismas: una marcha política, un recital, un partido de fútbol, ir al cine, una celebración religiosa, una fiesta… ¿se entiende que el etcétera es inmenso? El desafío no es la eliminación de la técnica, sino la férrea defensa de otras formas de modulación que impiden que nuestra vida cotidiana se reduzca a acariciar tontamente ese espejo de luz que me subleva a la caterva algorítmica del día.

Cabe aclarar que estos apuntes no desean ser en lo más mínimo tecno-pesimistas, sino proponer una lectura estructural. La primera es que la pantalla se está convirtiendo en un cuello de botella para la experiencia humana. Al centralizar nuestros vínculos en un solo dispositivo, se uniformiza nuestra relación con el mundo: el Mundo nos responde y lo alcanzamos siempre de la misma manera, bajo la misma lógica de interfaz visual. Esta homogeneidad anula la riqueza de otros modos de estar presentes: quizás más lentos que el estímulo inmediato, pero con muchísima más densidad cualitativa. La segunda razón es que, si bien la mediación digital no es inherentemente deficitaria, resulta difícil negar que los vínculos se tornan problemáticos cuando se reducen a ese único canal. Cuando la pantalla se vuelve el único mediador se estrechan y por tanto se enmudecen otros canales de resonancia: los amigos, el amor, Dios y la Naturaleza, el arte, la educación, la ciencia, la literatura y otra vez un etcétera gigante. El riesgo no es la tecnología en sí, sino la anulación de otras formas de conexión que son las que permiten que el mundo nos interpele de manera auténtica y no meramente funcional.

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