Crónica del Mundial de Fútbol 2026: Cruzando Estados Unidos en micro
Un viaje por la América profunda: el Mundial de Fútbol 2026 desde los míticos micros Greyhound.
Un viaje por la América profunda: el Mundial de Fútbol 2026 desde los míticos micros Greyhound.
Son las 4 de la mañana y el N2434 llegó en tiempo y forma a la Atlanta Bus Station, en el downtown de la capital del Estado de Georgia. La bajada del Greyhound es lenta, igual no hay a dónde ir, recién a las 12 me habilitan el Airbnb. La terminal está llena, respiro algo de amoníaco del baño y veo que se libera un lugar al lado de una afroamericana que despeina canas y abraza una bolsa de consorcio. Sospecho que está durmiendo ahí hace días. Enfrente nuestro, en un piso mugriento, una niña juega a los gritos, o quizá solo lo segundo. La señora suspira fuerte primero, abre los ojos, gira a su izquierda y le da un sermón a la madre. Le explica que le falta disciplina, que mire cómo se hace. Le pega un par de gritos a la pibita, pero también le tira unos chistes y la convence de que se ponga a dibujar. Me mira, busca complicidad, y se vuelve a dormir con la sonrisa de la experiencia y la tarea cumplida.

Entra y sale gente constantemente, pero lo que más me llama la atención son los choferes que anuncian sus rutas, algunos con violencia, otros en un show de stand-up. También a los gritos. Los aeropuertos son mi no-lugar preferido en el mundo, puedo estar horas a la espera. Alfombras limpias, oferta gastronómica variada, baños de hotel, espacios amplios y abiertos. No hay a donde ir, pero no hay apuro ni obligaciones si ya pasaste los controles. Las estaciones de colectivos de larga distancia de Estados Unidos son exactamente lo contrario. No son ni las 5 y cada minuto me pesa, todo es incómodo, ni se me ocurre la posibilidad de sacar un libro, menos que menos la computadora. Pero tampoco salir es una buena idea, las calles aledañas a la estación es territorio de homeless y zombis de fentanilo, parte del paisaje y a priori algo que no se aparece como peligroso, pero mejor esperar a que asome un poco el sol.
Los aeropuertos son mi no-lugar preferido en el mundo, puedo estar horas a la espera. Alfombras limpias, oferta gastronómica variada (...). Las estaciones de colectivos de larga distancia de Estados Unidos son exactamente lo contrario.
“La estación de Greyhound de Atlanta: un pequeño agujero de suciedad lleno de miseria, desesperación y rabia. Es como la visita a una cárcel. Una escena interesante, un portal a una perspectiva y forma de vida diferentes”. Esto lo escribió Stuart Hendrick en 2007 en su tesis de maestría: “Crónicas de un gitano de Greyhound”, una travesía de más de 14,000 millas a través de 39 Estados, utilizando los autobuses como un microcosmos para observar las tensiones de clase, raza y religión en una nación marcada por la guerra y el auge tecnológico. Durante su tesis describe pasajeros castigados por la fatiga, la pobreza y la falta de tiempo libre.

La semana que Argentina jugó contra Austria y Jordania en Dallas me hice una escapada a ver Portugal vs. Uzbekistán en Houston, dentro del mismo Estado de Texas, a 4 horas. Analicé el avión pero los aeropuertos quedan lejos, no tiene sentido para un desplazamiento corto. Ahí encontré unos viajes nocturnos en bondi que me cerraron, para no tener que pagar otro alojamiento.
Llegar a la estación a medianoche ya fue un primer contacto con el suburbio norteamericano. Un metro medio vacío donde uno trató de venderme algo, cruzar por abajo de una autopista en plena oscuridad, una estación de servicio donde un auto que iba lento frenó y me avisó que estaba cerrada.

Una vez que encuentro la estación me tranquiliza ver a un fotógrafo brasileño, un mexicano con la camiseta de Cristiano Ronaldo, unos cuantos japoneses y otro con un mate en la mochila. Pero enseguida estos personajes del Mundial se me entremezclan en una estación ruidosa, con unos mexicanos que leen la Biblia en voz alta, el de seguridad que a cada rato pide que bajen las cosas de los asientos para hacer lugar, y una alarma del sistema tipo Amazon Go para agarrar snacks.
Una vez arriba del bondi el chofer enuncia las pautas: nada de alcohol ni drogas a bordo. Nada de fumar ni vapear, pero sobre todo nada de hablar por altavoz por el celular o mirar videos con sonido, nos dice, usen auriculares. Este discurso lo escucharía una y otra vez en los 7 mil kilómetros que recorrí. Con distintos estilos, pero siempre transmitiendo quién está al mando. El asiento casi no se reclina pero es tarde y no puedo más, me duermo fácil.
Cerca de las 4.30 se prenden las luces, señal de que llegamos a Houston. La estación es muy chica y nos hacen salir a un hall que casi no tiene lugar. La mayoría se pide auto, no tengo idea de qué hacer. Dejo pasar un rato y salgo a los alrededores a ver si hay algo abierto donde esperar que amanezca. Veo unas luces prendidas, pero es un “Speedy Cash”, casa de préstamos en el día con altas tasas de interés.

Me meto en un estacionamiento gigante totalmente vacío. “Hay algo profundamente inquietante en permanecer demasiado tiempo en lugares concebidos únicamente para el tránsito”, escribió Ana Iriarte en su nota sobre los espacios liminales. Me quedo un rato mirando y filmando una luz que parpadea. Definitivamente hay algo que me obsesiona de ese lugar, pero me siento un poco en The Wire, algo no me gusta. Al rato ya pasa el metro y creo que es mejor tomárselo, moverse. Atrás mío se sube un latino que va bien vestido. Me cuenta que es ecuatoriano, que es docente, pero que en un rato arranca su turno como personal en el Marriot. Me advierte que tenga cuidado si ando a esta hora, que no mire el teléfono, que esté atento, que hay mucho loco. Me cuenta también que las luces que titilan son una señal de ausencia de seguridad, el propio Estado lo hace para avisar que es una zona peligrosa no cubierta.
El Greyhound nació en 1914, en Hibbing, Minnesota, cuando el sueco Carl Wickman, recién despedido de la mina de hierro, empezó a cobrar quince centavos por llevar mineros de un pueblo a otro. En 1926 fusionó un puñado de líneas dispersas para crear la Motor Transit Corporation, que en 1930 con la compra de otras 100 empresas pasó a llamarse Greyhound. Creció tan rápido que en 1936 el propio Estado, temiendo que se quedara sin competencia, empujó a un centenar de operadores chicos a unirse bajo el nombre Trailways para hacerle contrapeso. Convivieron así seis décadas hasta que en 1987, con Trailways quebrada, la absorbió también. En 2007 la británica First Group pagó 3.600 millones de dólares por una compañía que controla la totalidad del mercado, y en 2021 la vendió por 172 millones a Flix Mobility, una startup alemana.

Un spot de 1957 pone a 3 personajes en un bus: un hombre de negocios, una mujer de mediana edad, y otro de traje que va durmiendo. El hombre de negocios puede trabajar, la mujer va tranquila y segura a visitar a sus hijos. y el otro está tan chill que se duerme una siesta. “Relajate mientras viajás, dejá el manejo para nosotros”. Un aspiracional que quedó en eso. Ciento doce años después del primer viaje la lógica sigue intacta: es el transporte de los que no tienen otra opción.
Ciento doce años después del primer viaje la lógica sigue intacta: es el transporte de los que no tienen otra opción.
En "Me and the Devil Blues”, escrita en 1937 por Robert Johnson el mítico cantante de blues que cuentan que hizo un pacto con el diablo para aprender a tocar, le pide a quien sea que entierre su cuerpo al costado de la autopista, para que su "viejo espíritu maligno" pueda agarrar un Greyhound y seguir viajando después de muerto. El destino final de un alma errante.
Baby, I don't care where you bury my body when I'm dead and gone
You may bury my body, hoo
Down by the highway side
So my old evil spirit
Can get a Greyhound bus and ride.
El periodista acreditado vive el Mundial como un Disney futbolero. Catar fue la cúspide, con subte gratis y la chance de meter dos partidos en un mismo día, pero Rusia sorteó muy bien el desafío territorial con el Transiberiano puesto al servicio de periodistas e incluso hinchas: podías hacer gratis Moscú-Kazán-Moscú con cama incluida. En el Mundial 2026, incluso dentro de Estados Unidos, cada ciudad manejó sus propias reglas. Nueva Jersey, por ejemplo, subió el metro entre New York y el estadio de 10 a casi 100 dólares. Moverse entre sedes quedó a cargo de la mano invisible del mercado.
El tren tuvo un auge antes de 1930, pero luego se tornó cada vez más decorativo. En todo 2025 Amtrak transportó unos 34.5 millones de pasajeros, nada comparado a los vuelos: 845 millones reportó Bureau Transportation Statistics durante el mismo año. Volar de ciudad a ciudad en Estados Unidos se presenta como sencillo, hay mucha oferta y sus precios igualan a cualquier otro transporte. El problema es que si de golpe el Cuti Romero cabecea para el 3-2 en el alargue contra Cabo Verde y veinte mil locos salen a buscar la ruta Miami-Atlanta al mismo tiempo, el precio se dispara.
Pero el juego de oferta y demanda no fue la única complicación logística del Mundial. El Argentina vs. Argelia inicial en Kansas City recibió a hinchas y periodistas con vuelos cancelados por una alerta de tornado, lo que obligó a muchos a salir a buscar alternativas como el alquiler de un auto o, a los viajeros más solitarios, el propio Greyhound.
Para los dieciseisavos de final llegué a Miami en un vuelo desde Dallas que estuve cerca de perder porque los autos de las aplicaciones no querían agarrar el viaje al aeropuerto. Por eso, cuando Argentina superó con angustia esos 32vos de final ya tenía la decisión tomada de que mi Mundial iba a seguir en bondi. Ya con la experiencia de Dallas-Houston encima, llegué temprano a la terminal de Golden Glades con la idea de desayunar y comprar algunas provisiones para el viaje, pero me encontré con todo cerrado.

Quizá tenga que ver que es domingo 5 de julio, pero el local más cercano abierto lo tengo a 40 minutos. En la tierra del consumo, de golpe hay espacios en donde el mercado se retira. Una Zona Temporalmente Autónoma, pero que no me hace sentir mucha libertad, sino más bien me alerta de que no solo necesito cafeína, sino que no tengo ni una botella de agua.
Justo veo un reel del periodista Sergio Levinsky en el que cuenta que hizo Kansas-Dallas con el Greyhound, o al menos eso intentó. Mientras atravesaba Mississipi, a 4 horas todavía del destino final, entendió que había una parada para comer y bajó al baño. Cuando volvió el bondi se había ido con sus cosas. Logró llegar a destino y cubrir el segundo partido de Argentina gracias a un camionero que lo levantó.
Recién a las 17 hs. frenamos 20 minutos en algún lugar perdido de Florida. Me agarré uno de esos cafés fríos en lata porque la fila era larguísima y temí por el tiempo. Otro de los grandes desafíos del Greyhound es el lugar. El ticket viene con un número de asiento, pero dependiendo el caso puede ser solo una sugerencia. En la mayoría de los bondis los números son intermitentes, inexactos, a veces inexistentes, por lo que la correlación con el número asignado depende de las ganas y herramientas para encontrarlo y/o defenderlo.
En Jacksonville cambiamos de bus y este tiene algunos números pintados a mano, por lo que hago conteos aproximados para explicarle a una señora que estoy bien ubicado. El Greyhound te deja muy claro que no estás solo. Siempre hay dos o tres que buscan complicidad para alguna queja sobre el conductor, alguno que necesita cambiarse de lugar o que cree que tiene el tuyo. Otro que necesita un cargador o que te muevas porque estás sentado sobre el único enchufe que anda.
El Greyhound te deja muy claro que no estás solo. Siempre hay dos o tres que buscan complicidad para alguna queja sobre el conductor, alguno que necesita cambiarse de lugar o que cree que tiene el tuyo.
Las primeras dos horas de este tramo viajo con una especie de Avril Lavigne con ojeras, nariz ganchuda y voz grave que no puede parar de moverse, mandar audios o hablar sola. Va a ver a su pareja ocasional y está muy emocionada. O enojada, no logro detectarlo. No me queda claro tampoco si quiere que le siga la conversación o si le habla a su teléfono. Más tarde el que va delante mío mete 2 horas de videollamada a todo volumen con la pareja. Podría ponerme auriculares y dormir, y eso intento, pero a las 12 de la noche frenamos en Macon, Georgia, y nos hacen bajar a no sé qué.
El neuquino @GervaArnesis me cuenta que hizo Kansas-Dallas en un Greyhound y que viajó con un tipo enfierrado “por su seguridad”, un mexicano con dos perros (uno escondido en una mochila) y que pagó un poco más para usar dos asientos, pero que se le sentó igualmente un loco que terminó acusándolo de blanco racista por no dejarlo sentar al lado suyo.
Luego del milagro ante Egipto logré sumarme a un auto para ir al partido con Suiza en Kansas y tras el 3-1 tocó volver a Atlanta para la batalla contra Inglaterra. Los cuartos de final fueron el partido más barato, la reventa terminó en 500-600 dólares y mucho tuvo que ver con lo difícil que es llegar a Kansas, un aeropuerto mediano, pero sobre todo un territorio atravesado por tormentas severas. El aire no es una opción segura, por lo que volví al sur por la ruta, también en bus. Por suerte, no me tocó nadie enfierrado, pero sí unos Amish con los que atravesé Missouri.

La victoria ante Inglaterra en el Mercedes Benz Arena es quizá el momento más emocionante que viví en una cancha, pero no hay mucho tiempo para festejar cuando hay que resolver la logística. Es como el penal decisivo, no es momento para riesgos ni improvisaciones, 20 horas hasta Nueva York me parecen razonables. Por cábala, por la anécdota: fuerte al medio.
Temprano por la mañana siguiente, sin darme tiempo para dar una vuelta por la fábrica de Coca-Cola o la casa donde nació Martin Luther King, ya estoy de nuevo en la estación del Greyhound. Subo y voy derecho para el fondo, donde me encuentro, algo perdido, al propio Sergio Levinsky. Si bien no hay números marcados, me doy cuenta de que la fila 14 que tenemos no existe. Lo busco al chofer y me transmite confianza: “me lo cambiaron por uno más chico, pero en mi bus nadie se va a quedar afuera”. Me encuentra lugar al lado de Tina, una vietnamita que estudió en Dallas, hace un posgrado en Atlanta y ahora va a Charlotte a visitar a una prima. Le muestro Las Malvinas en Google Maps y, cuando nombro a Messi, el del asiento de adelante, pinta de jugador de la NBA, se da vuelta y nos cuenta que lo ama, que ayer cuando vio que estaba 0-1 Argentina y le apostó todo lo que tenía, así que ahora está exultante.
En la primera parada sube una señora llena de bolsos que encara para mi lugar, pero no cedo ni un milímetro: le explico que el chofer me sentó ahí porque hay un problema con los números, que se arregle. Si bien no faltan los personajes con ganas de discutir, el Greyhound es terreno de hombres y mujeres vencidos. Atrás mío, Levinsky habla con una joven hondureña que le cuenta que hace 3 días está viajando, perdió una conexión y tuvo que quedarse día y medio varada en destinos intermedios. Vamos más lento y el clima está denso, el aire acondicionado, casi siempre helado, no anda bien. Anochece pero estamos demorados en las afueras de Washington DC, donde tenemos escala, las entradas a las ciudades mezclan hora pico con obras y camiones.
No parece que vayamos a llegar en hora y hay riesgo de perder el tramo Washington-New York, Levinsky está cada vez más preocupado. Llama a la empresa y no le dan garantías, le marca que llegamos justo, pero él teme principalmente la demora para bajar del colectivo. Tiene un punto: es realmente muy difícil bajar del Greyhound. Cada 5 pasajeros siempre hay uno que camina con dificultad por alguna lesión, renguera o sobrepeso, mucha gente joven con bastón.
Si bien llegamos después de la medianoche, el siguiente bondi también está demorado. Lo esperamos parados en una especie de estacionamiento de shopping en el que no hay muchas señales, pero sí bastante gente y una encargada que decidió no responder preguntas. Durante 20 minutos me acerco a cada colectivo a ver si alguno es el mío, hasta que lo encuentro. Washington-New York, el tramo final. A La Final. Luego del discurso, el chofer apaga las luces e intento dormir algo, pero a la hora llegamos a Baltimore y nos obligan a bajar. La hondureña baja atrás mío y nos quedamos al costado del bondi, pero viene un guardia y a los gritos nos obliga a entrar, todos a la estación, a menos que estén fumando. No tenemos cigarros. Mientras esperamos, me cuenta que ICE inhabilitó el negocio que había puesto con su familia en Louisiana, deportaron a su hermano y su primo, y ahora viaja hasta New Jersey a refugiarse con otros familiares.

Creo que pude dormir hora, hora y media hasta que entramos al Estado de Nueva York y ya volvieron las paradas. Por suerte esta ciudad no duerme, no tengo problema en encontrar un café abierto a la madrugada.
Mi pasaje de vuelta era a principios de junio, pero esos 15 minutos de Messi contra Egipto, tirado de wing derecho como a sus 20, cambiaron mis planes. Los vuelos desde New York post final son imposibles, pero quedarse mucho tiempo en una de las ciudades más caras del mundo también se me complica. Consigo un vuelo más razonable desde Miami el viernes siguiente y pienso llegar ahí en Greyhound, a esta altura no se me ocurre otra alternativa. Además me evito dos noches de alojamiento. Una travesía de 40 horas de viaje que terminarán siendo algo más.
La vuelta arranca un miércoles a la noche en Chinatown, con un chofer oriental que parece entusiasmado. Viajo acompañado por una afroamericano que va hasta Baltimore de traje impoluto, galera y una caja con una pizza. No sé si es el golpe que nos dio España o el hecho de estar hace mes y medio en movimiento, pero duermo increíble a pesar de que mi asiento no se traba bien. Del otro lado del pasillo hay un rengo que ya a la salida se había disculpado con medio bondi explicando su problema en las piernas y que por eso se movía de lugar en lugar buscando una mejor posición. Se hizo amigo de uno que subió a la mañana y reclamó con mucho énfasis, al borde de la agresión, un lugar que creyó que tenía y al final no. Son Jack Nicholson y Morgan Freeman en The Bucket List, pero con varios jugadores menos. A medida que avanza la mañana avanza su indignación con el chofer oriental, al que no se le entienden los nombres de las paradas ni responde las consultas de cuándo vamos a parar a desayunar y al baño.
La vuelta arranca un miércoles a la noche en Chinatown, con un chofer oriental que parece entusiasmado. Viajo acompañado por una afroamericano que va hasta Baltimore de traje impoluto, galera y una caja con una pizza.
Me llega un mail de Flixbus: “Puede que te pierdas tu conexión, desafortunadamente no tenemos un suitable rebooking, llamá a este número”. Al rato escucho una discusión, una le empieza a gritar al chofer, que ya perdió cualquier tipo de autoridad. A la hora frenamos en el medio de la nada y el chofer se baja y se va, entra otro oriental, aunque más alto y de mejor humor. Vamos 2 horas tarde y llueve en medio de Carolina del Norte, hay tráfico. Es un hecho que me voy a perder la conexión.
Consigo otra salida más tarde Atlanta-Orlando-Miami; si todo va bien llego hora y media antes de vuelo. Pero nada puede salir mal, del otro lado del pasillo viaja una IT Girl estilo Georgia, con anteojos negros y rastas. Alega una confusión con los casi inexistentes números y le avisa a todo el bondi que se va a instalar donde le parece. Despliega unas mantas, saca un gato de la mochila, lo acuesta y se pone a vapear. En cada parada lo baja a que tome aire, aunque a la 1 AM en Valdosta baja ella y el loco se queda chill en su lugar. Otra vez dormir no está en la hoja de ruta, a las 3 frenamos en Gainesville y hay que esperar media hora afuera. Ya estamos en Florida y se siente la humedad del aire, trato de ver si hay algún baño en la estación, pero no encuentro nada abierto, hay bastante gente durmiendo en bancos o bajo el techito de la terminal. El gato baja a estirar las patas. Tipo 6 volvemos a frenar, esta vez en un 7 Eleven en las afueras de Orlando, tenemos un rato para desayunar. Identifico a uno que viene conmigo desde New York, intenté ayudarlo con el cambio de viaje tras la conexión que perdimos, pero se lo terminó gestionando el hijo, que le sacó el pasaje para que lo vaya a visitar. Se acaba de comprar un café gigante con una hamburguesa: “es el desayuno de mis sueños”, me sonríe. Es cierto, todo se parece a un gran sueño.

“Son tiempos difíciles para el vagabundeo del vagabundo americano. Aumentó la vigilancia policial en rutas y autopistas, de las estaciones de tren, de las costas, cuencas de ríos, muelles y de los mil escondites de la noche industrial”. Así arranca el último capítulo de "Viajero Solitario", un compendio de textos de Jack Kerouac, uno de los viajeros norteamericanos por antonomasia, quien a fines de los cuarenta atravesó Estados Unidos a dedo, en trenes, camiones y algunos buses, aventura que inmortalizó en “En el Camino”.
Moverse para él siempre fue una búsqueda de intensidad, de estar vivo en el presente. Pero además, a través de sus aventuras junto a sus amigos beatniks y bohemios, llenas de alcohol, droga, sexo y jazz, narra las historias de los marginados del sistema, los que se va olvidando el progreso occidental de entreguerras: "Los pisos de las estaciones de ómnibus son iguales en todo el país, siempre cubiertos de colillas y escupitajos, y transmiten una tristeza que solo tienen las estaciones de ómnibus", se puede leer en un pasaje del libro.
Crónicas, como la de Aron Lake Smith en Vice, ponen distancia entre el Greyhound legendario más cercano a los viajes a Kerouac con el actual. “The Dirty Dog” (el perro sucio) o “The Hell Hound” (el sabueso del infierno) supo ser un refugio para gente inquieta, fugitivos, indocumentados, chicos escapados de casa, uno de los últimos lugares donde todavía se podía desaparecer del sistema, en una época pre-digital donde no había redes de 5G y pasajes escaneables. Post 2007 se rebrandeó para finalmente intentar atraer a un público profesional y urbano, sumando wifi, asientos de cuero, baños limpios y una app, matando en el camino a los viejos "vagabundos" del fondo del bus y también al pacto tácito de contarle tus fracasos a un desconocido (que ya no te escucha porque ahora está con el celular).
Si bien pasé gran parte de los viajes con el teléfono o la computadora, la experiencia dista mucho del auto o el avión. Al wi-fi nunca lo pude hacer andar, por momentos los datos también se pierden, el baño está casi siempre clausurado y la discusión por los asientos o las paradas obligan a cierta interacción y roce, una otredad que te devuelve al infierno de lo real. El cuero de los asientos está rasgado y se respira un insoportable aire denso. Quizás eso signifique estar en la Tierra de las Oportunidades: viajar por días sin saber con certeza si vas a llegar a tiempo, cuándo y dónde vas a poder comprar más comida chatarra, si te va alcanzar la batería del celular o qué personaje te tocará de compañero de ruta.
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.