¿Ficción o realidad? En 1995, la autopsia de Roswell en el programa "Siglo XX Cambalache" paralizó a Argentina. No fue solo TV; significó el trauma de toda una generación de pibes. Entrevista a Alejandro Agostinelli, participante de aquella emisión histórica.
Es una noche de septiembre de 1995. A diferencia de su horario habitual, esta edición de "Siglo XX Cambalache" se transmite a las 22hs. Las cámaras sólo captan a su conductor: Fernando Bravo, de traje, mirada seria, voz de clásico locutor de radio. Teté Coustarot, su co-conductora no participa del programa porque, según se dijo después, está demasiado impresionada por el video que van a mostrar. Bravo avisa que habilitan dos líneas para contestar la pregunta principal del programa. Es la pregunta que se está haciendo todo el mundo en ese momento. No era la primera vez, pero ahora existe la evidencia para justificar una respuesta.
Capítulo I: ¿Cree que existe la vida extraterrestre?
Hay un efecto Mandela interesante que se produce en el público argentino cuando se habla del caso Roswell. Inmediatamente se piensa en la autopsia “trucha” que apareció en el programa “Memoria” de Chiche Gelblung, donde se hacía una réplica bastante fidedigna (se dice que fue usada en varias universidades para hablar de fake news) del video original, en un intento de desmitificar el metraje que había presentado el programa de Telefé ese mismo año. Siglo XX Cambalache había pagado 40.000 dólares por los derechos de transmisión. Chiche solo usó 4.000 para replicar al extraterrestre y llenarlo de menudos de pollo. Pero lo cierto es que la construcción de la atmósfera a la hora de reproducir ese material que tanto había impresionado a Coustarot es lo que también quedó grabado en la psiquis de toda una generación de niños y adolescentes que estábamos mirando la televisión en ese momento.
Entre las incontables diferencias que había entre la televisión actual y la televisión de los noventa existía la peculiaridad de que se podía tratar un fenómeno tan extraño y divisivo cómo el de los ovnis y la posibilidad de la vida extraterrestre con una seriedad difícil de imaginar actualmente. Y eso que hablamos de la Argentina menemista, de la pizza y el champagne, de las odaliscas y las Ferraris. Sin embargo, había un nivel de ¿inocencia? ¿ilusión? que parece irremediablemente extinto. En la emisión, después de una poética reflexión de Bravo hablando de la vastedad del cosmos y la angustia de la soledad en el universo y un análisis histórico del fenómeno, se presenta a dos pilotos: Jorge Polanco, comandante de Boeing 727 y Juan Domingo Gaetán, piloto de Gendarmería Nacional. Ambos de uniforme, recordaron el avistamiento del que fueron parte tan solo un mes atrás sobre la ciudad de Bariloche. No era una duendóloga y un hombre disfrazado de hormiga, eran dos pilotos serios de carrera que habían ido a contar a un programa de mucha audiencia en la televisión nacional cómo se habían encontrado volando junto a un artefacto extraterrestre. Así se empezaba a tejer lo que iba a ser material de insomnio para cientos de personas.
“1532 personas se comunicaron para decir que creen en el fenómeno OVNI y solamente 131 llamados para decir que no”, decía el conductor después de la pausa. Lo que seguía era un racconto de lo que había sido el caso Roswell. Cómo habían caído naves extraterrestres en un pueblito de Nuevo México y el ejército norteamericano había capturado fragmentos de la nave y los cadáveres de algunos de sus tripulantes. Al principio, la versión oficial sería exactamente esa, confirmando como si nada la idea de que no estábamos solos en el universo. Tan solo un día después, las autoridades decían que había sido un error. No había nave extraterrestre, solo un globo meteorológico. Así comenzaba la gran era del cover-up para todos los estudiosos del fenómeno OVNI. Todo evento extraño era desmentido por el gobierno y aquí no ha pasado nada, todos a sus casas a vivir sus vidas con normalidad.
El alien de Roswell tenía dos señas particulares: un cráneo macrocefálico y un vientre hinchado de un embarazo monstruoso. Esas son las características que se repetirían en los sueños y traumas de quienes sintonizaron el programa en compañía de su familia.
Después llegaba Juan Carlos Porras, el director de la clásica revista Conozca Más y Alberto Oliva, el periodista enviado a corroborar la “veracidad” de la cinta. Cinta que fue conseguida de pura suerte por un productor inglés llamado Ray Santilli cuando estaba buscando unas películas de Elvis Presley. El camarógrafo J. Barret, exmilitar, operativo de inteligencia, que había trabajado en las pruebas de los proyectos Manhattan y Trinity, fue llevado a las afueras de Roswell donde había caído la nave, un supuesto avión espía ruso. El relato de Barret (“doblado al español para una mejor comprensión”) es casi tan aterrador como la misma autopsia. Ahí se encontró el artefacto extraterrestre y los cuerpos, aún con vida, que se abrazaban a unas cajas de metal mientras gritaban de dolor. No hay mucha más información sobre estas cajas y su contenido. Las criaturas las soltaron y después fueron arrastradas con sogas a la base de Roswell, de la que jamás volverían a salir con vida.
Pero todavía faltaba lo peor y, aún más entrada la noche, se hacían las últimas advertencias. Porque sí, tanto el conductor como la locutora habían advertido que lo que estaba por presenciar el estimado televidente eran imágenes muy sensibles, no aptas para nadie impresionable y que por favor tengan la precaución de… Nadie le hizo caso. Padres, hijos y abuelos se quedaron frente al televisor, hipnotizados por esas imágenes que habían anticipado antes de cada corte. Eran otros tiempos. No todo el mundo tenía cable y los que no habían sintonizado por curiosidad lo hicieron por aburrimiento o falta de opciones. Lo cierto es que, sin tener los números reales a mano, sabemos que las 1.500 personas que creían en la vida extraterrestre durante el segundo bloque se convertirían en más de 15.000 antes de terminar el programa, y las voces en el estudio debatirían si lo que acababan de ver había sido verdad o una fabricación sensacionalista. Pero más allá de la respuesta que pudieran sacar de todo esto había una cosa que nadie podría haber previsto: el trauma de una generación que concentraría todo su miedo en un cadáver que no era de este mundo.
En la memoria el video tiene el ruido de fondo de una cámara de 16mm en funcionamiento, pero en el programa de Telefé había un narrador en off repitiendo el testimonio de Barret y una banda sonora que no desentonaría en un tráiler de A24, con sintetizadores ominosos y violines estridentes.
Arranca sin preámbulos, la cámara posicionándose sobre el cuerpo sin vida de una entidad que no es de este mundo pero que se asemejaba a nuestra fisionomía de forma grotesca: el alien de Roswell tenía dos señas particulares: un cráneo macrocefálico y un vientre hinchado de un embarazo monstruoso. Esas son las características que se repetirían en los sueños y traumas de quienes sintonizaron el programa en compañía de su familia. O, como nos pasó a algunos, completamente solos.
Un cuerpo que, en blanco y negro, parece albino pero se describía con tonos amarillentos. Seis dedos en manos y pies. Ojos enormes y completamente oscuros, sin iris. Nariz y boca muy pequeños y una aparente falta de cualquier tipo de órgano reproductivo que nunca se aclara, excepto en la narración del camarógrafo donde se habla de una pequeña vulva.
La cámara, una Filmo Bell y Howell de 16mm., difícil de manejar con el traje de contención, registraba la intervención rutinaria, aburrida, algo que parecía haber sido repetido hasta el cansancio, tal vez no en un cuerpo extraterrestre en la clandestinidad de una base militar, pero que resultaba verídica. Esta falta de dramatismo quedaba acentuada también en cierto tono amateur: se nos decía, dicho por el mismo Barret, que por la restricción de movimiento del traje y el tamaño de la cámara, no se podía hacer foco, lo que resultaba en una imagen borrosa en los momentos más críticos de la filmación, como los primerísimos planos del cuerpo o las vísceras, una vez que el procedimiento médico pasaba de la observación al escalpelo.
Antes de que comience la intervención la lente registra el primer rastro de carnicería. Una herida le cubre parte de la pierna al extraterrestre, causa del choque de la nave: una herida grave; la piel, la carne, hasta el hueso expuesto, aunque con la forma de un cartílago extraño. Esa herida será la única fuente de muestras que se tomarán en toda la filmación. Uno de los invitados, el Dr. Eduardo Cammarota, médico forense de la justicia nacional, no solo va a criticar la ausencia de muestras de sangre y otros líquidos sino que tratará las incisiones de “sui generis”, es decir, un método irregular, ajeno al protocolo enseñado en cualquier facultad de medicina del mundo. Hay, en las palabras de Cammarotta, una sensación de cautela. Después de todo, hay que hacer valer esos 40.000 dólares desembolsados a Ray Santilli. Pero también puede ser que la época provocara esa sensación de seriedad y profesionalismo, aún de cara a lo inverosímil, lo extraño, lo francamente bizarro. Pero volviendo a la herida, es la única señal de que algo ejerció algún tipo de violencia sobre el alien humanoide, porque el resto de su cuerpo, aunque claramente deforme en nuestra concepción de lo humano, está en perfecto estado de conservación, como si hubiese caído en un sueño catatónico de ojos abiertos.
Los cortes comienzan en el cuello, un bisturí abre la piel y un hilo de sangre oscura y acuosa cae sobre la mesa de aluminio. El corte en x (o “en copa de champán”, cómo dice Cammarota) y la mayor parte del trabajo de los cirujanos será puesto en duda cuando se vuelva al estudio.
Por la restricción de movimiento del traje y el tamaño de la cámara, no se podía hacer foco, lo que resultaba en una imagen borrosa en los momentos más críticos de la filmación, como los primerísimos planos del cuerpo o las vísceras, una vez que el procedimiento médico pasaba de la observación al escalpelo.
¿Son estas dudas que genera el video de la autopsia los rasgos de un engaño generalizado o la muestra de algo hecho en la más clandestina de las sombras? La manipulación del cuerpo y sus vísceras con el cuidado amateur de un carnicero de barrio reponiendo una heladera, la mezcla entre el subterfugio y carencia profesional del cámara, sea por incomodidad o nervios, impericia o una buena excusa para ocultar los elementos más difíciles de representar en un artificio. A medida que pasan los bloques y se presenta la filmación completa de J. Barret, llegan los invitados: dos expertos del fenómeno OVNI, un periodista entusiasta del tema, un especialista en pseudociencia y el nombrado forense. Todos se meten junto a Fernando Bravo en un debate intenso que incluye momentos simpáticos y otros un tanto incómodos, pero siempre en un tono respetuoso para los ojos de hoy.
Ojos, palabra clave para recordar uno de los momentos más traumáticos de la noche: cuando los médicos terminan de abrir el cuerpo y exponer sus órganos para el registro fílmico, dirigen su atención al rostro en ese cráneo inmenso. Acá es cuando retiran, con bastante cuidado teniendo en cuenta lo que vino antes, una especie de membrana que cubre esos ojos negros y abismales y es, en ese preciso instante, en que la criatura parpadea. ¿Parpadea? Bravo y Cammarota lo discuten cuando vuelven al piso. ¿Vieron realmente eso o es un efecto de distorsión de la cinta? Tal vez los estantes donde Santilli encontró las películas no fueran el mejor lugar de almacenamiento para rollos de 16mm de 1947. Tal vez fuera algo estipulado por los vendedores del material: “Nótese que en el minuto tal se produce este efecto”, tal vez el engaño venía incluido en el manual de instrucciones. Sea cómo sea, este momento sería algo de lo que se hablaría por muchos, muchos años.
¿Era una prueba de que eso era una criatura real? ¿Bravo lo había señalado para incrementar el prodigio que intentaban vender? Lo cierto es que ese momento quedó grabado a fuego en todos los espectadores.
Los ojos expuestos, ya sin membrana oscura, le dan una humanidad aterradora. Los globos oculares casi hundiéndose bajo sus párpados en un rictus agónico. Lo extraordinario que podía poseer un cuerpo extraterrestre, venido de una civilización a años luz de distancia y avance tecnológico reducido a una masa de carne muerta y órganos extraídos como si fuera una piñata biológica. Pero no conmovió a los médicos que siguieron en lo suyo hasta culminar con la extracción de algo que podría ser un cerebro pero que, en términos humanos, era una cosa amorfa y repulsiva.
Los últimos bloques del programa combinan con la proyección citada y el debate del que hablábamos antes. Es interesante cómo se dividen aún entre los ufólogos: Luis Burgos (Centro de Ufología de la ciudad de La Plata) y Jorge G. Dewey (Fundación Earthlab con sede en Canadá). Burgos está convencido de que el video es la certificación de que cada encuentro del tercer tipo fue real porque las características descriptas de los visitantes son claramente similares a las de la criatura del video filmado en 1947, mientras que Dewey solo toma la hipótesis del extraterrestre cómo tercera opción. En primer lugar, habla de un posible paciente con la enfermedad de Turner. En segundo, habla de algún tipo de experimento biológico, de un mutante.
Al mismo tiempo que sucede la grabación, el periodista Eduardo Marazzi, más entusiasta con la posibilidad de otros mundos, es interrumpido por Fernando Bravo mientras relata las experiencias vividas en una transmisión del mismo material en la red O Globo brasilera y el periodista Alejandro Agostinelli será insultado por la producción por comentar que se necesitaría un experto en efectos especiales para hablar de la veracidad de la cinta. Antes y después de eso, el Dr. Cammarota continúa repitiendo una y otra vez que los médicos que trabajan sobre el cadáver del extraterrestre son un insulto a la profesión y que ni siquiera saben cómo agarrar una tijera.
Es posible que sientan que hay un cambio tonal en la narrativa de los hechos. Es para remarcar lo que se estaba produciendo en el estudio y en cada hogar que sintonizaba el programa. Aunque se mantenía el aura de seriedad, el intercambio en el estudio aligeraba un poco la tensión que se metía bajo la piel por la autopsia, su narración y la música de sintetizadores y cantos gregorianos, con Bravo apurando a los invitados para que “no hagan una autopsia conmigo desde el control”.
Entrevista a uno de los participantes del debate
Alejandro Agostinelli no solo era experto en pseudociencia: fue redactor de la revista Conozca Más, Gente, Misterios y del diario La Prensa y Página 12. Escéptico, de pensamiento crítico, entusiasta del fenómeno OVNI. Es la figura a la que menos se le presta atención durante el debate y tal vez lo citado anteriormente tenga algo que ver. Tuve la oportunidad de entrevistarlo y preguntarle cómo se vivió esa noche que nos marcó. Dejo también un video de la investigación que llevó adelante y el link de su blog.
¿Cómo se vivió en los noventa la aparición de la autopsia de Roswell? ¿Tuvo algún tipo de esperanza de que fuese verídico o se mantuvo siempre en una posición escéptica?
Las esperanzas eran más bien pocas. Yo venía siguiendo el tema en revistas especializadas extranjeras, así que antes de que explotara en Argentina sabía que había buenos motivos para pensar en un engaño con fines comerciales. Como yo había trabajado en Conozca Más, el director de la revista, Juan Carlos Porras, me invitó a una proyección privada, a la que fui con el biólogo Mariano Moldes y Diego Licenblat, un experto en FX. Salimos convencidos de que era un fraude. Antes del programa de Siglo XX Cambalache, yo ya había publicado en La Prensa, en mi sección En Trance, dedicada a estos temas, una nota con la opinión lapidaria de Licenblat. Mi participación en Siglo XX Cambalache derivó en una situación muy incómoda. Fernando Bravo le preguntaba a todos menos a mí. Tuve que interrumpir a alguien para dar mi opinión. En el corte, el productor me cagó a puteadas: el show debía continuar. La idea era que yo hablara a lo último, pero los productores de piso no se animaron a advertírmelo. No nos fuimos a las manos porque el volumen físico del productor general del ciclo era intimidatorio. Estuve a punto de irme, pero decidí quedarme para exponer en vivo la censura.
Como yo había trabajado en Conozca Más, el director de la revista, Juan Carlos Porras, me invitó a una proyección privada, a la que fui con el biólogo Mariano Moldes y Diego Licenblat, un experto en FX. Salimos convencidos de que era un fraude.
El escepticismo no es "una posición" que un periodista puede o no tener, es indispensable para ejercer el oficio con dignidad y responsabilidad.
¿Cree que podría volver a suceder un fenómeno parecido? ¿Cómo es la actualidad del fenómeno OVNI a nivel mundial?
Más que podría suceder, ya ha sucedido y sucede todo el tiempo. Dentro del rubro plativolista, en lo que va del siglo XXI, se han presentado fraudes más grotescos, como las momias tridáctilas de Nazca o la esfera de Buga, Colombia. El promotor de ambos casos es el animador mexicano Jaime Maussán, una especie de Milei del misterio.
3) ¿Hay un legado del video de Ray Santilli? ¿Cambió algo en la forma en la que se relacionó el público con la idea de la vida extraterrestre?
Santilli presentó su video cuando internet empezaba a despegar y las redes sociales no existían. El legado es la viralización de fakes hechos por cualquiera o, peor, documentos fílmicos de la Marina de los EE.UU. filtrados antes de ser estudiados por científicos. La posible explicación llega cuando ese material ya es parte de la cultura popular. En el siglo XX, una imagen dudosa o falsa se diluía por la propia debilidad de la supuesta evidencia. Hoy, el veredicto experto está en cuevas ingoogleables. Si hay personas interesadas en establecer la credibilidad de un caso supuestamente no identificado, la hipótesis científica, o el veredicto después de una investigación, queda hundido en la ciénaga de la desinformación. La mayoría compra lo que quiere creer, no lo que es. Siempre fue así, pero hoy es así más que nunca. Se le llama información a mercancía informativa buena para el clickbait, un capital que se naturaliza cada día más para blindarse de la crítica. Los medios y las plataformas mainstream solo quieren monetizar, buscar la verdad a nadie le importa.
Capítulo III: Cuando las cámaras se apagaron, el cuerpo siguió ahí
La generación nacida en los ochenta siempre tuvimos un interés por las experiencias y la cultura de los noventa, porque fue ahí donde desarrollamos nuestras fantasías y construimos nuestros miedos. Y la idea de un montón de nenes expuestos a algo que no tenía comparación en la televisión mundial no es muy buena en retrospectiva. A la distancia y gracias a revelaciones que surgieron muchísimos años después, no es difícil advertir todo lo que denunciaba Agostinelli: que la autopsia es un engaño, un fake, un truco publicitario que los más nostálgicos tratan cómo una precursora del género “Found Footage” antecediendo a obras cómo “The Blair Witch Project” y tomando cómo inspiración tal vez, a cintas cómo Ghostwatch (1992) o Alien Abduction, The McPherson Tape (1989), aunque en estos casos se establecía que era una ficción. Acá los factores de seriedad, profesionalismo, de que hablamos de programas periodísticos o de archivo histórico que no trataban el mundo paranormal o la pseudociencia, no hacían otra cosa que intensificar el miedo. ¿Cómo íbamos a reírnos de algo transmitido desde los programas que miraba la gente grande?
El miedo genuino se interponía ante cualquier queja o duda de nuestros adultos. Muy pocos padres o abuelos seguramente creyeron que eso que había en la mesa de operaciones era otra cosa más que un muñeco bastante producido. Sin embargo, cuando los chicos se fueron a la cama, la mente les dijo otra cosa. Porque la filmación de la autopsia de Roswell actuó sobre la generación infantil de los noventa como supo hacer la transmisión de La Guerra de los Mundos de Orson Wells en 1938 para la CBS, con las diferencias de que Roswell se vendió como algo real durante muchísimos años (y, por suerte, no tuvo víctimas fatales).
El efecto Mandela, que nombrábamos al principio de la nota, es el que puede volver un tanto ridícula la noción de miedo y trauma al confundirla con la (excelente) parodia de Chiche Gelblung. Es extraño, casi sospechoso, que mucha de la gente contemporánea de este episodio de la televisión mundial lo haya suprimido de sus recuerdos. Se podría decir que fue un modo de empujar el trauma a un rincón muy profundo del subconsciente; pero aquel que vio esa emisión la ha llevado encima cómo un marca imborrable.
Consultando en redes sociales, recibí testimonios de todo tipo. Es un tema que me interesa profundamente, algo que ha mutado a lo largo de los años en nuestras mentes, adquiriendo otras formas y otra sensación de amenaza. Porque ¿quién le puede temer a un cadáver? Está ahí, muerto, rígido, no hace daño a nadie. Pero lo cierto es que nadie vio esa noche al cuerpo de la autopsia como un muerto. Estaba muy vivo y viviría muy cómodo en la trastienda de nuestras memorias.
La ausencia de internet, la cercanía y el constante ejercicio de la imaginación y la fábula entre nuestros amigos del barrio y el colegio, los rumores que nos inventábamos a tal punto de creerlos y el poder que ejercía la caja boba y las revistas de ciencia ficción fueron un cóctel explosivo para nuestra generación.
“Ese muñeco inmundo me persigue desde la noche del 2 de septiembre de 1995, gracias a Fernando Bravo y su Siglo XX Cambalache. Yo tenía 11 años, ahora tengo 41 y todavía miro para atrás cuando subo las escaleras”, me escribe el usuario @matomosco. Y claro que lo entiendo. ¿Quién le puede temer a un cadáver? Me lo pregunto desde que tengo nueve años. El usuario @CompartiComic me trae una anécdota escolar rarisima: “No sé por qué corno a la maestra de 4to se le ocurrió pasarlo en la escuela, yo le pedí a mi vieja que no me firmara la autorización que mandaron, fui el único que se quedó en el salón y no subió a la sala de video”. Y ahora uno puede pensar que la maestra era una psiquiátrica, pero, de nuevo, pensemos en el espíritu de época de los noventa: estábamos ante un hecho trascendental que podía ser comparado con la llegada del hombre a la Luna.
La naturaleza misma del registro fue demasiado para los niños que presenciaron el programa: “No dormí 1 año por ver eso, todos los días flasheaba abducción. Fatal”, deja en claro @LucitaValentina y @Chaquetumate me remite a un comentario en un posteo suyo de 2020: “Lo traumada que estuve con ese tema, no podía dormir a la noche ni quería salir al patio porque pensaba que me iban a llevar los ovnis”. Y es que el cuerpo, en sus múltiples formas de afectar a los que vieron su autopsia, se convertía de repente en la fuente de avistamientos, abducciones, de la sensación de acecho permanente. Una psicosis colectiva que solo afectaba a los más chicos de la casa, como si fuera un payaso extraterrestre que se alimenta del miedo en una novela de Stephen King.
La ausencia de internet, la cercanía y el constante ejercicio de la imaginación y la fábula entre nuestros amigos del barrio y el colegio, los rumores que nos inventábamos a tal punto de creerlos y el poder que ejercía la caja boba y las revistas de ciencia ficción fueron un cóctel explosivo para nuestra generación.
Esa noche, mi abuela Angélica se había ido a hablar con Doña Conzetta, la almacenera del barrio, viejas chusmeando sanamente en la vereda cuando en las noches no pasaba nada y la gente se quedaba sentada en la reposera como si el tiempo se hubiera detenido. Me acuerdo que no había nadie en la casa. Me quedé sentado enfrente del televisor en medio de esa soledad y grabando cada detalle de esa experiencia en mi memoria. No puedo decir que mi después fue diferente al de todos los testimonios anteriores. No dormí en toda la noche, no podía dejar de ver ese rostro agónico, esa boca abierta que era como un agujero negro. Esos ojos hundidos y muertos. Recién pude dormir al otro día y solo porque estaba yéndome de vacaciones a Pinamar con mi abuelo Osvaldo. Solo porque era de día y estaba durmiendo en un auto en movimiento. Tenía 8 años. Recién en los últimos meses de mis 39 juntaría el valor suficiente para escribir una nota sobre esto y poder mirar al horror a los ojos.
¿Era verdad? ¿Era mentira? No voy a negar que hay una suerte de ejercicio de maduración al escribir esto y espero que también lo sea para la gente de mi edad que haya vivido lo mismo. Es difícil explicarle esto a alguien más viejo o de una generación posterior. Hay elementos que son intraducibles, que corresponden a un ecosistema desaparecido. El tono de este artículo implicó abrazar la ficción del video de Ray Santilli y el programa de Fernando Bravo como lo experimentamos en esa época. Para otro momento quedará la crónica de su desmentida y la autopsia made in Chiche, aunque creo que el testimonio de Agostinelli puede ayudar a los traumados a dormir un poco mejor. Ahora, algunos podemos volver a ver a ese cadáver a la cara y saber que seguirá ahí, yaciendo eternamente sobre la mesa de operaciones. Otros, aún lo verán moverse, visitarlos en la noche, como el fantasma que sigue perteneciendo a un mundo de misterio, y que despierta una melancolía siniestra.
Escritor, autor de "Los gigantes", "Diferentes tonos de rojo" y "Asusta un poco verte así" Docente en el Taller Gutter y parte del programa "Cita a Ciegas" en Posdata. Fan del horror, los mandriles y Nick Cave.
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