Entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir - Episodio VII: Mariana Enriquez
Mariana Enriquez: Sustos infantiles, oficio periodístico y la literatura como obsesión.
En mi breve experiencia en la literatura, uno nunca quiere escribir. Uno escribe o no escribe. That's it. Funciona como un peso molesto, un fantasma insoportable colgado en las orejas que te obliga a sentarte, abrir un Word y empezar a teclear. Pero generalizar lo que siento es una irresponsabilidad, un salto conclusivo boludón que quisiera evitar. Sospecho, entonces, que sí existe gente a la que pueda servirle un pequeño empujoncito.
Por eso decidí empezar a trabajar en este ciclo de entrevistas a escritores para gente que quiere empezar a escribir. Llamé a gente que respeto y cuya escritura, de un modo u otro, me resulta inspiradora. Tal vez encuentren en sus respuestas, sus consejos y sus métodos de trabajo eso que les hacía falta para, finalmente, empezar a poner una palabra detrás de la otra. La saga continúa con Mariana Enríquez.
Samanta Schweblin contó que descubrió que había algo potente en la literatura cuando, de pequeña, le inventaba historias a su mamá antes de dormir. Luciano Lamberti dijo que encontró esa potencia también de niño, a través de una tía lejana que contaba historias acerca de una supuesta "maldición" que se cernía sobre la familia Lamberti desde los tiempos de la colonia. Los dos coinciden en la infancia. ¿Cuándo descubriste vos que eras capaz de contar una historia? ¿Cuándo te volviste de algún modo consciente de ese "poder"?
Yo creo que se trató del momento de comprender que podía mentir y que los demás se lo creyeran, o al menos se inquietaran mucho ante la mentira. Yo mentía mucho de chica. Todos los chicos mienten mucho. Pero tengo un recuerdo que sí es muy potente. Da hasta vergüenza contarla. En mi casa había un mini armario subterráneo, grande, que se había usado en su momento para guardar comida y cosas así. No sé, ideas extrañas de mi abuelo, que era paraguayo y capitán de barco mercante. Yo no lo conocí, pero él tenía una visión muy particular de las cosas. Él quería proteger cosas ahí, en ese armario en el suelo, ni idea. Entonces yo empecé a decirle a mis amigos (que tenía muy pocos cuando era chica, porque no era muy sociable), que mi abuelo este, ya muerto, estaba ahí enterrado. Y se lo conté a un par de chicos y se asustaban mucho y frikiaban mal. Y a mí me daba muchísimo placer.
No fue la única mentira. Hubo muchas más. Algunas no tan gratas de haberlas dicho y que no tengo ganas de contar. Pero eso: que con el tiempo viraran lentamente hacia algo más complejo y más patológico fue lo que me hizo dar cuenta que había un poder en inventar historias. Con eso quiero decir: contar una historia no era entonces luminoso ni grato, sino que estaba contaminado. No había "maravilla" en contar historias, tenía un costado bastante perturbador.
Contar una historia no era entonces luminoso ni grato, sino que estaba contaminado. No había "maravilla" en contar historias, tenía un costado bastante perturbador.
Coincido con los chicos (Samanta y Luciano) en el tema del adulto “buen cuentista”. En mi caso era mi abuela. Ella era cero religiosa. Nada. Mis dos abuelas. Esta, con la que convivía, sí era supersticiosa y contaba sus supersticiones como cosas reales: fantasmas de la familia, tragedias de la familia, siempre con muchísima franqueza. Lo hacía muy bien. Te dejaba perpleja. Historias tremendas de su hermanita que había muerto y que habían enterrado en el campo, y que ella escuchaba llorar de noche; de su otra hermana, que se había suicidado. Cosas tremendas. Y las contaba todas como si fueran cosas lindantes con el cuento fantástico. No las contaba, por lo menos yo no lo recuerdo, con queja ni drama, sino casi como hechos curiosos. Ese fue el momento, creo.
Nunca fuiste a un taller de escritura. Empezaste a escribir tu primera novela cuando todavía estabas en la secundaria. Tiempo después vino el periodismo, con su ritmo aceleradísimo y sus deadlines insoportables. Se podría decir que aprendiste a escribir, básicamente, escribiendo. De todos modos, ¿hay algún consejo que hayas recibido de algún editor que hayas tenido y que todavía no hayas olvidado? ¿Hay algún consejo que en su momento te haya parecido una estupidez pero que ahora en la adultez reconocés como acertado?
De Juan Forn aprendí mucho. Fue impactante, porque cuando yo terminé llevándole mi primera novela yo no tenía de verdad ningún tipo de noción acerca del proceso de publicación. No tenía idea qué hacía un escritor ni un editor. Venía de otro mundo. Aparte, estaba en primer año de la facultad de periodismo, con lo cual ni siquiera habíamos empezado a "escribir en verdad". No tenía amigos escritores ni participaba de talleres. Nada, nada, nada.
Él dijo algo que en ese momento me molestó mucho. Dijo algo así como: “en esto que trajiste tu generación quiere mostrar más de lo que puede hacer”. Me ofendió mucho eso, pero no porque yo viniese con una carga de “mi generación”, sino porque sentía que no me había entendido en lo más mínimo. Yo no venía pensando en ninguna generación, en ninguna ruptura ni nada por el estilo. Creo que él tenía muy metida en la cabeza el rollo de esa época: Biblioteca del Sur, Babélicos. Una interna que yo desconocía.
Y me ofendí, pero me quedé. No lo mandé a la mierda ni nada. Durante los primeros días se trató de la total incomunicación. Hasta que él "cayó" y se dio cuenta un poco de dónde venía yo, entonces ahí nos pusimos a trabajar de una forma mucho más bestia, de taller mecánico.
Entonces apareció el consejo, muy cercano de eso primer que me dijo. El consejo fue que que no intentase hacer cosas que no podía hacer solo porque era buena la idea. No te enamores de la idea.
Sobre todo en ese caso atendiendo a la forma. Bajar es lo peor, en su primera versión, tenía todas las partes de Narval en primera persona, en itálicas y con un tono muy alucinado. La idea era reproducir textos que yo había visto así. Y me gustaba que ese narrador estuviese en un espacio como “fuera” de la novela. La idea era buena, pero quedaba horrorosa, como una mala traducción de Jim Morrison, de William Blake. Horrrible. Juan me dijo “pasá todo a tercera persona”. Yo no la veía. Pensaba que iba a quedar todo plano, y que no iba a ser el libro loco que tenía en la cabeza. Pero tenía razón.
No te enamores del libro que querés hacer y escribí el libro que podés hacer. Que es un montón. Digo, escribir el libro que podés hacer. Porque podés hacer libros muy grosos. A lo mejor el libro que querés hacer puede ser muy frustrante. Es importante no frustrarse.
¿Hay algún libro de escritura creativa que te haya resultado de algún modo revelador?
Nunca leí un libro de escritura creativa. Leí algunos ejercicios que a veces cuando daba talleres, pero muy básicos. Los de Gardner, por ejemplo (se refiere a El arte de la ficción: Apuntes sobre el oficio para jóvenes escritores). Pero nunca leí el libro. Leí los ejercicios del final para trabajar, y tiene algunos que están rebuenos de hacer, supongo. Me parece que sirven y son divertidos. Pero sinceramente nunca leí uno. No sé ni los nombres. Solo leí ese y el de las clases de Hebe Uhart, pero a ese lo leí porque es Hebe, solo para escuchar su voz.
Ideas romantizadas de la literatura suponen que el escritor escribe motivado por su propia imaginación y sin muletas de ningún tipo. Por el contrario, todos tus libros tienen un trasfondo de investigación enorme. En tu caso, ¿la investigación acaba cuando ya tenés diseñada la estructura narrativa o más bien acompaña todo el proceso de escritura? ¿Te pasó alguna vez que investigar demasiado te haya "deserotizado" el tema en cuestión y hayas dejado un proyecto a medio hacer?
La investigación acompaña el proceso de escritura y te diría que hasta el último momento, la ultima corrección, sigo leyendo sobre lo que estoy escribiendo. A veces, aparece a último momento algo que digo “ah, esto”. La investigación acompaña a la escritura. Sintonizo. No es que solo intento juntar toda la bibliografía que existe (en sentido amplio: películas, libros, relatos orales), sino que se trata de algo que en general ya me interesaba de antes. Si estoy con algo que tiene que ver con el ocultismo, estoy verdaderamente ahí: viendo películas, teniendo esas conversaciones, vibro ahí, obsesiono, ando con mi mazo de Tarot para todos lados. Después de la escritura, obvio que me siguen gustando esos mundos, pero queda ahí y paso al otro tema. Van en paralelo en el sentido de que son obsesiones que me toman la vida y también toman lo que estoy escribiendo.
No te enamores del libro que querés hacer y escribí el libro que podés hacer.
Después aprendí que el filtro era un poco parecido al periodístico: tenés que saber un montón y de ese montón tenés que encontrar las esquirlas que te sirven para lo tuyo. Esto hace que la investigación sea una cosa muy divertida en un plano y muy árida en el otro. A veces en un libro entero encontrás una sola cosa, tres párrafos. Pero tenés que bancarte el libro entero para encontrar esos párrafos.
Vos estás con tu historia y relacionándote con esos otros textos y en un momento se hace el clic. En mi caso el clic es muy finito. Y me funciona así.
Respecto de la deserotización, a mí no me pasó al punto de que no pueda escribir. Sí me paso en mi segunda novela “real”, que no publiqué sino que rompí. Me pasó entonces que la investigación no sirvió. Como que después terminó siendo una trama súper tenue con una construcción de mundo muy densa que no funcionaba como novela.
Siento que lo de la deserotización pasa por otro lado. Tiene que ver con lo que te decía del periodismo.
Tenés que saber un montón y lo que gotea es muy poco. Es muy agotador. Pero es mi proceso, y yo no espero que un proceso creativo sea siempre grato y divertido. Es trabajo. Es trabajoso. No me gusta decir que es trabajo. No es trabajo. Es trabajoso. Entonces tiene que tener esa parte que es un poco un embole.
¿Cómo sistematizás la información que vas reuniendo? ¿Notas a mano? ¿Algún software como Obsidian, Notion, Miro? ¿O más bien carpetas infinitas con infinitos Words?
Mi forma de sistematizar la información es un coñazo, la verdad. O sea, en general, tengo todos los libros subrayados. Y luego a esos subrayados los copio en notas. Ahora puedo hacer dictados, pero durante muchos años eran cuadernos y un Word enorme con una cosa debajo de la otra, nah, un desastre. En general eso: un cuaderno y un Word.
Me encanta visualmente tener todos los libros, abrirlos. Me encanta esa idea “vieja” de la oficina con libros por todos lados, marcados. Lo veo y digo “esto es hermoso”, pero después pasan cosas que tienen que ver con la edad, del tipo “no me entiendo la letra” (se ríe). Entonces toda esa “estética” termina por desembocar en un caos que todavía hoy consigo desentrañar, pero que francamente tengo que revisar.
Todavía tengo mucha confianza en lo que me pueda acordar, lo cual no es bueno. Voy a tener que empezar a cambiar porque ya estoy vieja y me olvido. Básicamente la cabeza no me funciona de la misma manera. Pero sí, es súper analógico, anticuado.
No tomo notas random. Rarísimo que se me ocurra algo o haga una "nota de voz". Las veces que lo hice se quedaron ahí. Y después no las volví a escuchar ni a mirar. No es mi método. Tengo que persistir con este y agregarle algún tipo de orden que me ayude con el hecho de que tengo menos memoria (se ríe).
Se tiene la idea generalizada de que la literatura es un arte solitario. Nada menos cierto. Siempre hay terceros, cuartos, quintos asistiéndolo a uno. ¿Mostrás tus avances? ¿A quién? De mostrar los avances, ¿en qué parte del proceso de escritura solés hacerlo?
¿Sabés que para mí es bastante solitario el proceso? No sé si es porque empecé así y el primer hábito termina por quedar un poco como activado. Pero durante el proceso de escritura yo muestro muy poco. Muestro cuando ya está muy armado. Y no tengo muchos lectores. Tengo un par de lectores muy amigos míos, que no son escritores.
Muestro muy, entre comillas, profesionalmente. Mi ideal sería trabajar siempre con un editor y yo trabajo en este momento con mi agente, María Lynch (de la agencia literaria española Casanovas & Lynch). Cuando termino el primer borrador y necesito “hacer las curaciones”, María. Y después lo lee Silvia (Sesé), la editora de Anagrama. Y no mucha gente más, la verdad. ¿Durante? Nada. Nada, nada, nada.
Durante el proceso de escritura yo muestro muy poco. Muestro cuando ya está muy armado. Y no tengo muchos lectores.
Al final, sí. Y eso puede significar que el texto tenga grandes cambios. Puede ser que lo lea María o que alguno de mis amigos o me diga “what the fuck con todo esto” o “¿por qué estas empezando la novela por acá cuando en realidad tiene que empezar por este último capítulo?”. A veces esas intervenciones producen un cambio mayúsculo o un replanteo o recortes brutales o ampliaciones brutales, depende.
Hasta un punto, tengo que ir sola. Y es un tramo bastante largo el que voy sola.
¿Cuán abierta sos a las reformulaciones y revisiones de terceros? ¿Te sirven las devoluciones?
Mucho. Pero porque si pido devolución es porque ya estoy parada sobre tablas que no están necesariamente firmes, pero sí “hechas”. Ya están rasqueteadas, tienen la primera mano de pintura, etcétera. O sea, le falta un montón todavía, pero ya hay algo. Cuando muestro ya está la estructura y lo que quiero y el color. Entonces ahí soy muy abierta a las devoluciones. Ahí puedo dejar entrar a otra persona porque yo ya estoy tranquila a un nivel tal vez más personal. No sé. Tal vez tiene que ver con la autoestima. No sentir que soy una farsante, o alguien a quien los demás le están armando el texto o alguien a quien lo están ayudando demasiado.
Pido devolución en el momento en el que superé una instancia en donde tuve mucha agencia. No sé si soporto relacionarme con el texto que escribo cuando hay intervenciones muy tempranas, porque sentiría que ya no es mi idea y me agarraría como un ataque de inseguridad.
Dijiste alguna vez que cuando escribís aparece un extraño espacio de trance, que tus amigos y tu compañero tienen que entender que estás "locked in", y que es difícil sacarte de ese estado. Nada más y nada menos que eso: muchas, muchas, muchas horas de trabajo en silencio, sin responder mensajes, sin ser tal vez demasiado carismática, "out of joint". ¿Hay algo que hayas sacrificado por la escritura y de lo que hoy te arrepientas?
Soy muy flexible con el “locked in”. Escribo todo el día, ponele, y si tengo una cena esa noche, voy a comer y no pasa nada. Quizá tenga que ver mucho con el periodismo, que te enseña a “soltar”. No solo en el sentido de que hay textos que se tienen que entregar por una deadline, sino también porque te obliga a dejarte de joder con la idea de la ultra-importancia del texto y con la idea de que hay algo ocurriendo en ese momento y no en otro, y que hay algo abstracto que tenés que captar, y que si no es en ese momento no se va a capturar.
El periodismo a veces te dice que aunque algo que sea efímero y finito no hay problema en perderlo, porque en cualquier caso lo podes recuperar mañana. Mentira. No lo vas a recuperar mañana. Tiene que ver más con la disciplina que con la inspiración.
Los sacrificios. Mirá… Uff. Pero no solo por la escritura. El trabajo de periodista y y el trabajo intelectual en general. (Silencio largo). Hay un montón de cosas que tienen que ver con lo físico de las que me arrepiento mucho. Digamos, no sé nadar (se ríe). No me enseñaron a nadar. Tengo muchas cosas que me hubiera gustado hacer. (Silencio largo). Nadar, jugar al tenis, pero seriamente, eh, no como una distracción de fin de semana. Tener una vida más así. Manejar, hacer viajes manejando con el coche. No creo que haya sido solamente la escritura. (Silencio largo). El trabajo de periodista son muchas horas de estar leyendo, hablando con otro, mirando la película, pensando en la reseña y siento que me hubiese gustado hacer un montón de cosas que no estuviesen en absoluto con esa sintonía. Ver más partidos de futbol, no sé. Cosas. (Silencio largo) Sí. Es por ahí.
Una vez Diego Capusotto, a colación de una pregunta que le hicieron sobre el programa Cha Cha Cha (1992-1997), supo decir: "En televisión hay un mito con el tema de la improvisación. Se piensa que llegamos al canal, nos tomamos dos pepas y hacemos cualquier cosa. Pero no es verdad. Bah, que tomamos dos pepas sí, pero que improvisamos, no. En todo caso, las pepas las tomamos después". Desde otro punto de vista, Herzog decía que, muchas veces, lo que él tenía pensado terminaba mutando no solo en el montaje sino en la misma filmación. ¿Cuánto de lo que escribís termina efectivamente quedando en lo que vemos como producto final? ¿Cuán puntillosa sos con la tarea de la corrección?
No mucho. Si tuviera que ser un porcentaje, diría que un 50 por ciento.
En general tengo como tres o cuatro escenas canónicas que escribo primero y suelen quedar, cosa que es un problema medio fetichista, porque después si tengo que cortarlas o sacarlas por el motivo que sea, me cuesta, y son de las últimas en irse. Esas suelen ser como fundamentales en el edifico, porque: o bien quedan hasta el final, o bien son escenas a las que les escribo alrededor y que puedo llegar a sacar eventualmente, pero que tenían que estar ahí por algún motivo.
Corto mucho, sí. Saco mucho. Soy muy… larguera. Necesito escribir muchísima información y muchísimo desarrollo para entenderlo. Si ves mis primeros textos esta todo ahí: mucha digresión, mucho detalle, descripción. Textos, te diría, muy barrocos. Y después los voy cortando. Necesito sacar de los cajones todo: las siete cucharas, los cinco cuchillos, todo lo que me va a hacer falta. Y contarlo y enumerarlo y hacer el inventario en la primera versión y después ir cortando.
No soy puntillosa en la corrección. Soy bastante brutal al principio. Primero es despejar, despejar, y aun así quedan bastante cargados, y me gustan los textos cargados. Me gusta Donoso, me gusta Mujica Lainez, los escritores del gótico sureño.
Una primera versión con “iceberg”, por ejemplo, es una cosa que no puedo entender (se ríe, y se refiere a la “teoría del Iceberg” de Ernest Hemingway).
Supongamos que dividimos el proceso creativo en tres partes: investigación, escritura, corrección. ¿Cuál te gusta más y cuál menos y por qué?
Va cambiando. Ahora el que mas me gusta es la etapa de corrección. Te sentás y decís “bueno, vamos a ver claro, vamos a ver qué funciona, qué no”. No tengo miedo de que la cosa no funcione. No en el sentido arrogante de que piense que va a funcionar, sino que si no funciona tengo más espacio mental para dejarlo ir, cambiarlo, meterle mano, intentar que funcione. Me deprime menos si no funciona. Me desanima menos si no funciona.
La escritura, ahora, hoy, segundo. Aunque viene junto con la investigación. La escritura es más aventurera, pero a la vez es más agotadora. Los tres me gustan mucho, la verdad.
Lo que pasa es que la corrección tiene la libido de la llegada. Ya está. Es otro momento.
Hay un cuco entre los escritores jóvenes y no tan jóvenes. La repentina falta de "inspiración", y la hoja en blanco. Creo que es muy poco lo que se te podría preguntar a vos respecto del tema. Básicamente, porque no parás de escribir. ¿Qué podrías decirle a un escritor joven que atraviesa ese malestar?
A mí la “página en blanco” no me pasa. No por falta de inspiración o no tener qué decir sino más bien por cansancio o tener ganas de hacer otra cosa, o porque tengo que tomarte tiempo para reencontrarme con lo divertido y lo placentero de la escritura.
Si tengo que dar una especie de consejo, muy entre comillas, puedo compartir lo que a mí me pasa, cómo opera en mí el “destrabe”. Mi destrabe siempre tiene que ver no tanto relacionarme con la vida, sino con la lectura y con la música, y tratar de encontrar la llave para ese blanco. Volver a encontrar el entusiasmo, la voz, pero en la voz de otros. Por eso me gusta la poesía.
Lo que más me sirve es esa forma extraña de pedir ayuda.
¿La exposición brutal a la que estás siendo sometida a nivel global te intimida un poco, te hace sentir que puede que no vuelvas a dar en la tecla o más bien te renueva la energía para seguir produciendo material?
¿Vos decís que es brutal? Yo no lo siento tanto. Se siente diferente de dentro que de fuera. No sé bien qué pasó, la verdad. Te sentís más observado. “Ah, van a decir más cosas del libro cuando salga”. Lo raro es que duela muy poco, o que sea de baja intensidad. No sé cómo explicarte: está ahí pero no lo siento como algo pesado, sino como algo muy leve. Muy presente, pero muy leve.
Mi destrabe siempre tiene que ver no tanto relacionarme con la vida, sino con la lectura y con la música, y tratar de encontrar la llave para ese blanco.
Cuando salió Un lugar soleado para gente sombría hubo un momento en donde la gente (la gente, qué sé yo, ni sé quién es la gente, comillas, blá) estaba con “y a ver ahora con qué vuelve?”. A ese libro lo vapulearon bastante. Yo no leo mucho, pero me cuentan. Dijeron como que ya no estaba en el mismo nivel; mucha otra gente decía que estaba escribiendo “para afuera”, porque el texto aclaraba que tal calle estaba “en Once” (se ríe). Todo muy histérico.
Y empezó la cosa de “sobrevalorada” y todo eso. Cosa con la que yo coincido un poco, porque a mí también me parece que lo que hago tiene mucha difusión, y noto la ansiedad de algunos por hablar conmigo, o la cobertura, o el hecho de que haya un par de versiones adaptadas al cine. Yo también estaría un poco hinchada las pelotas de mí, si no fuese yo (se ríe). Cuando pasa con un artista a mí también me pasa: "está por todas partes, no le aguanto más la cara". No es que no lo pueda entender. Eso no quiere decir que no te moleste, o que te sientas un poco mal porque te lastime el ego que la gente diga que estás sobrevalorada y “no la aguanto, está por todos lados”. Qué sé yo. Tienen razón, a mí me pasaría lo mismo.
No siento que, por ahora, y en lo que estoy trabajando, estas circunstancias jodan demasiado. Pero, ¿sabés por qué pienso eso? Porque soy grande. La exposición empezó en groso después de la pandemia. Ya de movida un momento raro para explotar, porque yo estaba paranoica, en una, con el mundo desquiciado. Y después cuando empieza groso, en el 2022, ponele (con el fan art, la peli, que se me acerque Larraín, el premio no sé qué) yo tenía casi 50 años ya. Y te diría que para cuando se publica Las cosas que perdimos en el fuego, en 2016, que es el primero que se publica en Anagrama, una editorial que tiene otra proyección, yo ya tenía 42 años. Era un adulto. Y antes de ser ese adulto me la había pasado laburando sin ningún glamour. Eso te cambia un montón la perspectiva, pero no solo porque no te marea, porque te puede marear a cualquier edad, sino porque no fue tu forma de vida durante mucho tiempo. Así que de acá que me adapte a eso va a pasar mucho tiempo.

Todos los que intentamos escribir robamos. ¿De dónde robás vos? ¿Por qué robar es importante?
Yo robo sobre todo de la música, de las letras. Sí, eso: universo música, letra, historia. Ese es el primer espacio. Y después le robo mucho a los libros que me gustan. A esta altura creo que me robo a mí misma también.
Es importante robar, pero es importante citar: no pensar que lo que uno tiene es algo propio o que no tuene ninguna influencia o que es más interesante que los demás. Estás en comunicación con todo. Es inevitable que sea así. Entonces que eso no quede claro en lo que vos hacés es raro.
Yo robo sobre todo de la música, de las letras. Sí, eso: universo música, letra, historia. Ese es el primer espacio.
La locura por la originalidad es una verdadera locura. Si vos tenés talento de algún tipo, aunque no sea un gran talento, pero un talento y ya, y tenés algún tipo de personalidad, eso va a salir, y no se va a parecer a nada porque vos no te parecés a nadie. Ya estoy diciendo boludeces, creo (se ríe).
(Hace una pausa de unos minutos. Me manda unas fotos desde su casa en Australia)
Tres películas. Tres discos.
Mulholland Drive, de David Lynch. Velvet Goldmine, de Todd Haynes. Y... vamos a un clásico: Mi mundo privado, de Gus Van Sant.
Tres discos es una crueldad espantosa, pero vamos a ver. Live Seeds, de Nick Cave and the Bad Seeds. La banana, de The Velvet Underground y Nico. Un tercero. Qué difícil. Impossible. Vamos con otro clásico: Exile on Main St., de los Rolling.
¿Qué tengo que hacer si quiero empezar a escribir? ¿Por qué debería animarme?
Qué pregunta rara la de por qué debería animarme, porque eso supone que hay algún tipo de riesgo. Estoy tratando de pensar en por qué empecé yo. Yo no sabía hacer nada cuando empecé. Nada: no sabía cocinar, no sabía manejar, no sabía pintar. Había intentado tocar la guitarra, pero no me salía. Y supongo que habrá gente que pueda andar por la vida sin nada en lo que sienta que es bueno, o en lo que tenga ganas de tirar todas esas cosas que uno piensa y siente en ningún lado (Hace una pausa larga). Pero, no.
Estoy mirando ahora a una persona desde la ventana. Está en el jardín de al lado cuidando las plantas. Y pienso: bueno, esa persona, primero, está haciendo algo que yo no sé hacer y que lleva un montón de tiempo, y supongo que ahí pone todo eso que es inexpresable y que tiene que ver con la conversación permanente que uno tiene con uno mismo o con lo que sea que uno esté hablando.
Yo necesité ponerla en la escritura.
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