Filosofía de la Historia: Cómo las ficciones del pasado moldean nuestro futuro
Bajo nuevas ficciones, la Filosofía de la Historia sigue modelando la política, la economía y nuestra imaginación del futuro. De Hegel a Nick Land.
La premisa inicial es la misma que hace poco me motivó a escribir sobre el apocalipsis: Nuestra imaginación de futuro no es nuestra ni es libre. Está codificada por grandes estructuras ficcionales que nos dan un modelo que luego completamos con simpáticos personajitos y decorados. Hoy vamos a hablar de la reina olvidada de las estructuras imaginativas de futuro: la Filosofía de la Historia. Múltiples veces declarada difunta, pero, para bien o para mal, funcionando a toda máquina en nuestra imaginación histórica. Esta nota pretende funcionar como una introducción rápida y sucia. Vamos allá.
Existimos en el tiempo. Hasta ahí estamos de acuerdo. Ahora, resulta que como humanos que acumulan cultura a través de las generaciones, forman comunidades y registran lo que les va a ocurriendo con el tiempo a esas comunidades, hemos acordado que existimos en una cosa que es algo más que el tiempo, cosa a la que decidimos llamar historia. Los griegos tenían el sustantivo histor que designaba a un testigo ocular de alguna situación, alguien que había visto algo y por eso sabía de qué se trataba. Cuando Heródoto entrevistó a testigos en su afán de documentar las guerras médicas, echó mano de la forma verbal historein, para describir esa actividad de indagar entre los testigos y escribir aquello que saben porque vieron. Sus indagaciones, al ser sistematizadas, tomaron el nombre de historíai. Pasaron muchos siglos hasta que las "historias" en plural como narración de hechos pasados dieron lugar a la "Historia" como singular colectivo, que no es un bondi muy flashero sino un sustantivo singular que abarca y subsume una pluralidad de cosas. Es divertido historizar la noción de historia para recordarnos que nada existió siempre. Pero ya volveremos a eso: de momento, este rodeo era para que me concedan que al menos como miembros de una sociedad a la que le pasan cosas, existimos en la historia (hasta acá no importa si nos sentimos parte heroica de la misma o si somos unos patanes tratando de sobrevivir mientras la papa pasa en otro lado).
Ocurre entonces que nos relacionamos con la historia de muchas maneras. En general, elegimos un pasado con el que identificarnos. ¿Sos un Centurión romano obligado a vivir en este tiempo posmoderno? Claro que sí, campeón. ¿Sos heredero de Alberdi? ¿Sos la sombra terrible de Facundo? ¿Sos el nieto de los obreros que no pudieron matar o de las brujas que no pudieron quemar? ¿Sos Tupac-Amaru o sos la hispanidad? ¿Sos Rucci o sos Tosco? ¿Sos la voz de los que cayeron o sos el hijo mimado de los que vencieron? Construimos gran parte de nuestra identidad identificándonos con algún pasado histórico que nos moviliza. Y nos importa ese pasado casi siempre por lo que queremos hacer en el futuro. La discusión por si sos un heredero de Alberdi o la sombra de Facundo, está claro, es mucho menos una disputa por el pasado de la Argentina que por su futuro.
Construimos gran parte de nuestra identidad identificándonos con algún pasado histórico que nos moviliza. Y nos importa ese pasado casi siempre por lo que queremos hacer en el futuro.
Nuestra relación con la historia entonces, es también una cuestión de futuro. Específicamente de una disputa política por el futuro. Che, me dirán, pero si la historia es una disciplina académica con estándares epistemológicos serios, ¿no es un quilombo que se ocupe también del futuro? Sí, claro. Por eso en su momento de esplendor, en tiempos de guillotinas y aristócratas sin cabeza, la pregunta por la historia del futuro tomó su hermoso nombre: “Filosofía de la Historia”.
¿Por qué tal cosa? Bueno, porque en vez de preguntarse por los acontecimientos de la historia se pregunta por las dinámicas o fuerzas subyacentes que la hacen moverse en uno u otro sentido. La consideración pensante de la historia, dice Hegel, que se diferencia de la historia pragmática. O la búsqueda de leyes generales que nos permitan, como quería Kant, encontrar un curso regular en lo que a simple vista parece un quilombo. Acá es donde los gordos épica nos emocionamos, porque estamos hablando de las atronadoras fuerzas de la historia que hacen arder ciudades, perecer ejércitos y guían desde su atalaya los destinos de imperios sempiternos y barrios olvidados por igual.
Lamentablemente para nosotros, a la filosofía de la historia se la ha declarado muerta una y otra vez. En cierto sentido está bien, es probable que no haya fuerzas de la historia. Sin embargo, esta disciplina se cuenta entre las filas de los no muertos, ya que no importa cuantas veces la academia firme su certificado de defunción, insiste en volver disfrazada de ciencia ficción, de teoría política o de economía. Al final de este escrito quiero señalar que la vigencia de la filosofía de la historia es particularmente clara en dos ámbitos que ocupan la agenda del momento: los debates aceleracionistas y la teoría económica. ¿De qué sirve el avive que propongo de entender estas discusiones dentro de la anacrónica etiqueta "filosofía de la historia"? Si vamos a estar todo el día discutiendo con anons sobre el futuro, al menos está bueno entender que ese debate se inscribe en una tradición, y que casi siempre nuestras takes super locas al respecto son solo una reformulación de los grandes modelos ficcionales que compramos con moño y todo sin saberlo.
Pero antes de volver a la era de internet, si gustan de acompañar a este manija de la imaginación histórica, vamos a hacer un paseíto rápido por el ascenso y la caída de las filosofías de la historia. Si querés ir directo a la discusión actual, mandate de una al apartado “The dead don´t die". Elige tu propia aventura.

¿El círculo o la línea? Futuro y esperanza
Antes de que la filosofía de la historia tomara su nombre, los debates teológicos metafísicos ya se ocupaban de metaforizar figuras de la temporalidad. Como Robi Chuit Roganovich recupera en una columna a partir del cine de Lucrecia Martel, dos modelos históricamente contrapuestos han sido el círculo o la línea. El primero, que existe en muchísimas cosmovisiones y responde bastante a nuestra percepción de la naturaleza, implica que todo vuelve a comenzar, que lo que se destruye resurge, que las cosas ocurren de nuevo de forma igual o parecida. En el modelo de la línea, hay un principio y un fin.
Cada uno tiene sus ventajas, a menudo se superponen. Los griegos previos a Platón tenían una concepción cíclica del mundo natural y lineal de la vida individual. En un mundo que se regenera, somos lo único que muere. La teología cristiana, con su Génesis y su Apocalipsis tiende hacia lo lineal. Claro que en el Apocalipsis algo vuelve a comenzar, pero no se dará una repetición idéntica, y acá quiero introducir un argumento de Agustín de Hipona (San Agustín, para los amigos) que me gusta mucho: la esperanza. Su alegato contra el tiempo cíclico dice:
Si el alma, que ya no ha de volver a sus miserias, se ve libre como no se había visto antes jamás, sucede en ella algo que nunca había tenido lugar, algo realmente grande, como es el que nunca perderá ya la eterna felicidad. Y si en la naturaleza inmortal sucede una novedad tan importante, no repetida en ciclo anterior alguno ni posterior ¿por qué se pretende negar esta misma posibilidad en los seres mortales? (La Ciudad de Dios, Libro XX, Capítulo XIII).
Para que haya esperanza, algo tiene que cambiar de una vez y para siempre; hay una desolación en pensar que cada tormento superado volverá a ocurrir. Hay un eco muy fuerte de este argumento en consignas como el "Nunca Mas", y la noción común de estudiar la historia para que no se repita. La esperanza de que los tormentos sufridos colectivamente no puedan volver a ocurrir. Claro que el modelo de la línea en tiempos distópicos también nos brinda temor. Posiblemente por eso nos sea difícil hoy en día pensar una concepción cíclica de la naturaleza: estamos convencidos de que las cagadas que nos mandamos quedan para siempre. El círculo y la linea conviven en nuestro imaginario cotidiano, sea que apelemos a que nuestra aburrida realidad política se repite cada X cantidad de años, o a que nuestra vertiginosa realidad política nos conduce INEVITABLE Y VELOZMENTE hacia X destino.

Las discusiones medievales sobre la temporalidad y la historia son un rabbit hole hermoso. Otro debate que me encanta aparece en De divina omnipotentia del siglo XI, del italiano Pier Damiani. La discusión era que si por su omnipotencia Dios puede cambiar cualquier cosa del presente o del futuro, entonces también puede cambiar cualquier cosa del pasado, dado que no parece muy omnipotente atribuirle a Dios estar condicionado por la sucesión lineal del tiempo. Entonces, en las versiones más atrevidas de los filósofos dialécticos de la época, Dios podría decidir que Roma no haya sido nunca creada, lo cual vuelve contingente a todo el pasado. Dios te puede quitar lo bailado. Este debate hermoso que en mi mente conecta inmediatamente con Doctor Who es solucionado por Damiani de forma poco convincente diciendo que Dios puede cambiar el pasado, pero no quiere. Perlita que recupera la medievalista Silvia Magnavacca, Borges juega con esta discusión en su cuento "La otra muerte" cuando un gaucho entrerriano que se llama Pedro Damián (dah) logra torcer su pasado vergonzante y morir heroicamente en la batalla de Masoller.
Para que haya esperanza, algo tiene que cambiar de una vez y para siempre; hay una desolación en pensar que cada tormento superado volverá a ocurrir.
El eslabón perdido entre el apocalipsismo cristiano y la filosofía de la historia posiblemente pueda estar en Joaquín de Fiore, abad calabrés del siglo XII. El buen Joaco unió aquellos dos mundos que en Agustín todavía estaban separados: el de la ciudad terrena y el de la ciudad de Dios. Si antes la historia humana era un conjunto de atropellos que bien podían ser más o menos cíclicos en la espera del acontecimiento significativo, para Joaquín de Fiore se podían interpretar los hechos y personajes de la historia secular como figuras y consumaciones de la historia total del mundo. Los agentes históricos de su tiempo pasan a ser playing characters en la historia bíblica. Con el pensamiento de Joaquín de Fiore, ahora sí, no existimos esperando la historia, existimos en la historia.

Me interesa de este excurso medievalista ver que, en forma de debates teológicos, ya estaban presentes todas las discusiones que dan lugar a los debates modernos sobre la historia: ¿Hay novedad en el futuro o hay repetición? ¿Hay necesidad en la historia, o puede pasar cualquier cosa? ¿Nuestras acciones y la de nuestros contemporáneos, son realmente importantes, o el apocalipsis viene sin importar lo que hagamos?
Hiperstición antes de la hiperstición (you Kant always get what you want)
Habiendo ya mentado a Doctor Who, metamos otro salto temporal hasta fines del siglo XVIII. Para este momento, la filosofía de la historia ya tiene nombre propio, lo ha tomado de un apartado del Ensayo sobre las Costumbres de Voltaire. Son tiempos complicados, en Prusia gobierna Federico el Grande, pero en Francia Luis XVI se la ve fulera, le empieza a doler el cuello y aun no sabe por qué. La propuesta de Kant, que aparece en 1784 con su Idea de una Historia Universal en Sentido Cosmopolita, ya da la estructura de lo que reconocemos como la filosofía de la historia propiamente dicha. Un análisis de cuáles podrían ser las leyes universales que actúan sobre la historia y permitirían encontrar alguna línea de continuidad y progreso en las correrías de los Estados que de otra manera parecen estar mandando cualquier verdura a nivel bélico y diplomático.
El relato general sobre la filosofía de la historia se puede armar a partir de acá y mejor sacárnoslo de encima: Visiones fuertemente racionalistas, que presuponen un sujeto colectivo constante que atraviesa la historia con un progreso acumulativo y en dirección a una finalidad de sentido donde todo será mejor y lo ocurrido antes podrá ser leído retrospectivamente como lo que tenía que ocurrir para que al final todos comiéramos perdices. Puesto así es bastante insostenible, más que nada porque perdimos la confianza en que haya algo así como una Razón que garantice el sentido de las cosas. Pero esa es la crítica clásica por la que se da por muerta a la filosofía de la historia. Yo quiero rescatar otros aspectos más interesantes.
El primero es ese carácter de hiperstición avant la lettre. En Replanteamiento de la cuestión sobre si el género humano se halla en progreso constante hacia lo mejor (tirate un título), Kant plantea que se trata de hacer una historia profética del tiempo venidero, pero no es que el viejo hubiese probado los hongos y olvidado su viejo tribunal de los límites de la razón. ¿Cómo es posible entonces una historia a priori? “Si el profeta hace y dispone él mismo los hechos que anuncia con anticipación”. En ese mismo texto, distingue tres modos posibles de imaginar la historia: La primera, a la que llama “concepción terrorista”, es imaginar la historia como un cúmulo de desgracias que conducen a una degradación cada vez mayor. La segunda, la concepción ingenua de que progresamos moralmente sin obstáculos. La tercera, que llama abderitista, la imagen de la piedra de Sísifo, en la cual la humanidad hace un progreso para luego retroceder, y así en un ciclo sin sentido. Por eso no me interesa tanto cómo resuelve Kant el problema del progreso sino señalar que entendía perfectamente que si tenía que escribir un ensayo así era por su efecto performativo. En la base del concepto moderno de historia que se despega del relato de los hechos pasados y se transforma en la Historia con mayúscula, la historia universal del pasado, el presente y el futuro, hay una enorme conciencia de la potencia modelizadora de la ficción que opera políticamente sobre el mundo, desde el mundo. Si nuestra noción de historia es terrorista o abderitista, vamos a tender a hacer eso. Kant entiende entonces que necesita escribir otra cosa.
En la Historia con mayúscula hay una enorme conciencia de la potencia modelizadora de la ficción que opera políticamente sobre el mundo, desde el mundo.
Segundo elemento que quiero rescatar: la filosofía de la historia como conjura del sinsentido. En la apertura de la Idea de una historia etc., etc., Kant habla del desánimo que se siente al pensar que “el tapiz humano se entreteje con hilos de locura, de vanidad infantil y, a menudo, de maldad y afán destructivo“. Hegel, en sus clases sobre la filosofía de la historia, dice:
Lo que nos oprime es que la más rica figura, la vida más bella encuentra su ocaso en la historia. En la historia caminamos entre las ruinas de lo egregio. La historia nos arranca a lo más noble y más hermoso, por lo que nos interesamos. Las pasiones lo han hecho sucumbir. Es perecedero. Todo parece pasar y nada permanecer. Todo viajero ha sentido esta melancolía.
Y Marx, posiblemente el cenit de la filosofía de la historia moderna en tanto es la filosofía de la historia llamando a la acción abiertamente, escribió:
La crítica de la religión, por lo tanto, significa en germen, la crítica del valle de lágrimas del cual la religión es el reflejo sagrado. La crítica ha deshojado las flores imaginarias de la cadena, no para que el hombre arrastre la cadena que no consuela más, que no está embellecida por la fantasía, sino para que arroje de sí esa esclavitud y recoja la flor viviente.
Elegí citar textualmente porque el conjunto de metáforas que utilizan son importantes para entender la construcción de un sistema filosófico e histórico como gran hiperstición, gran conjunto de metáforas que proponen un nuevo modo de entender la historia. La angustia del sinsentido para Kant, la tristeza de lo que desaparece para Hegel y la bronca de que la vida sea una reverenda mierda para la mayoría de la humanidad en Marx. La filosofía de la historia imagina un sentido para la historia porque quiere hacer algo frente a ese vacío. Es también la modernidad rechazando el escepticismo. Kant imagina entonces que hay una disposición natural en el humano que nos hace tender hacia la realización de la libertad, Hegel propone que la Razón guía el curso de las cosas como la Providencia y por eso la caída de lo grande no tiene que ponernos tristes ya que es una renovación necesaria hacia algo mejor. Para Marx, que critica el elemento religioso en esa explicación hegeliana, no hay que confiar en la Providencia sino tomar el asunto en nuestras manos.
Los dos aspectos que quise rescatar los ve Nietzsche en la época en que la filosofía de la historia comienza su caída en desgracia. Vayan y visiten ese textazo que es Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida. Como los griegos que podían escapar del caos a una metáfora, también podemos escapar del sinsentido a una ficción que nos mueva a actuar. No es casual que la filosofía de la historia haya aparecido en las décadas que rodean a la Revolución Francesa. El agotamiento de un modelo histórico, el cambio violento que propone otro, y la noción fuerte de que, como dijo Tocqueville preocupado, “ahora que el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad”. La filosofía de la historia de la modernidad no es solo una concepción positivista del futuro, es un llamado humanista a la acción, a hacerse cargo de la transición entre pasado y futuro. Muchas veces consciente de que instalar un nuevo modelo imaginativo necesita muchos fierros, por eso identificamos en el marxismo una filosofía de la historia que llama a tomar el cielo por asalto.
The dead don´t die
El siglo XX fue duro para con la filosofía de la historia. Se la culpó por el nazismo y el stalinismo, se la señaló como pura profecía disfrazada, se dinamitaron sus bases metafísicas y se la condenó epistemológicamente. Hacia la década del sesenta ya era un puro cadáver teórico para cualquier académico respetable. Lo interesante es que el alma de este cadáver anima ahora otros sistemas de pensamiento, en los que a veces pasa inadvertida. Vamos a considerar acá dos casos: el aceleracionismo y la teoría económica en su versión libremercadista.
Empiezo por el segundo, del que puedo decir menos. No es un tema que yo investigue, pero si comparto espacios con gente que lo hace y me convencieron lo suficiente como para querer tomar acá sus argumentos y aprovechar a hacerles propaganda. Lean entonces los ensayos de Nicolás Lavagnino sobre ficción económica y el último libro de Ezequiel Gatto con sus capítulos sobre moneda y futuro.
La economía es en gran parte un discurso sobre el futuro (aspecto que fue muy bien considerado en este capítulo del podcast de Fio y Ruocco). ¿Estás endeudado? Bueno, vendiste tu capacidad futura de generar dinero, hay algo cierto en tu futuro y es que vas a tener que pagar. Llevémoslo a escala de las naciones, la geopolítica se apoya en especulaciones sobre el futuro y si cada actor que interviene tendrá o no la capacidad de sostener sus promesas de pago. En un sentido muy estricto, el presente está siendo determinado por el futuro. Lo importante al respecto es que el discurso económico, que algunos tienen la pretensión de considerar una ciencia exacta, constituye una ficción con la misma pretensión de totalidad que una religión, se atribuye ser dadora de sentido de todas las relaciones sociales. Así, toda decisión que tomemos, estudiar una u otra cosa, ser padres o no, vivir en tal o cual lado, debemos tomarla en observancia de cómo nuestra tonta voluntad participa de las leyes del mercado. Se le asigna a la moneda el valor de regular todos los otros valores, el sinsentido originario se cubre con la capacidad del mercado de decidir qué es y qué no es deseable, qué es y qué no es posible.
En una filosofía económica de la historia el libre mercado es el telos al cual llegar, la libertad financiera es la fuerza de la historia que nos garantiza el movimiento, todo obstáculo que se le ponga a la misma es inevitablemente un error porque lo único que hace es impedir la marcha necesaria de las cosas. Quizás no sería tan problemático si la intervención estatal se tratara simplemente de cobrarle un par de impuestos a Galperín, el problema es que al hacerlo estaríamos yendo contra el destino manifiesto. Si el camino hacia ese destino rompe algo que nos parecia valioso, apelamos al concepto de destrucción creativa, donde la destrucción de lo viejo es la condición del surgimiento fortalecido de lo nuevo en una marcha incesante hacia el futuro. O, como un extraño filósofo especulativo de la historia expresó en un reciente discurso:
no vamos a poder volver al paraíso, porque hemos sido expulsados del paraíso, pero sí, como decía el Rebe, que lo que podemos hacer es traer el paraíso, es decir, con lo cual lo que vamos a probar es que el capitalismo es una máquina divina para generar prosperidad y para estar más cerca del paraíso.
¿El motor de la historia es el Estado o el mercado? Tú decides. Solo que, ahora sí, no creemos estar hablando de ficciones sino de la durísima realidad última, la guita. “Datos, bro, no relato”.
El discurso económico, que algunos tienen la pretensión de considerar una ciencia exacta, constituye una ficción con la misma pretensión de totalidad que una religión.
El segundo discurso vigente donde la filosofía de la historia está más viva que Mirtha es el aceleracionismo. No voy a explicar mucho acá porque es un tema que se ha trabajado mucho en 421, del aceleracionismo en general y de su poeta maldito estrella Nick Land en particular. Como bien dijo Dante Sabatto en la nota arriba linkeada, todo el aceleracionismo puede ser considerado un marxismo muy heterodoxo, por lo que está claro que tiene una base de filosofía de la historia. Pero en el caso landiano, la cosa es mucho más fuerte. El marxismo puede sobrevivir perfectamente sin determinismo histórico, y de hecho ha tendido a eso cada vez más desde comienzos del siglo XX.
Pero Nick Land, con su particular adaptación de la cibernética en la que considera que el capitalismo entero puede definirse por un circuito de retroalimentación positiva que refuerza las desviaciones, sencillamente captura la futuridad entera en un bucle. No importa si no puede predecirse tal o cual hecho, el movimiento del futuro ha sido descrito, si le creemos, de una vez y para siempre. La filosofía de Land, como hizo notar Fisher en “Terminator vs. Avatar”, es el motor hegeliano-marxista de la historia invertido: No se trata del humano librandose de la trampa capitalista, sino del capitalismo puro sacandose su máscara de carne. Si en la filosofía económica liberal de la historia la libertad del mercado lleva al orden homeostático, en la landiana lleva a profundizar las desviaciones hasta el paroxismo. La falta de una finalidad determinada explica que no hay un telos, pero este ha sido trocado por teleoplexia, el movimiento es la finalidad, la desterritorialización capitalista es el fin de la historia en sí misma.
La salida del sinsentido fue para Land coronarlo, darle al sinsentido el papel de Razón Universal y elevarlo a la categoría de invariable histórica. Su compañero en la neoreacción, Curtis Yarvin, complementa esto con una relectura de la historia norteamericana y moderna orientada a reestructurar el concepto del presente (con la premisa básica: no les debemos nada a las ideas como “democracia” de las que nos creíamos herederos) en función a su propuesta de futuro monárquica.
El aceleracionismo de izquierda es una filosofía de la historia en un sentido mucho más obvio: se presenta desde el Manifiesto por una política aceleracionista de Srnicek y Williams como una continuación del proyecto moderno ilustrado, son una filosofía moderna hecha y derecha, aggiornada tecnológicamente pero con el mismo tipo de teleología humanista. Si las filosofías de la historia neoreaccionarias han resultado más atractivas es porque hay que reconocer que también han sido mucho más creativas.
Si en la filosofía económica liberal de la historia la libertad del mercado lleva al orden homeostático, en la landiana lleva a profundizar las desviaciones hasta el paroxismo.
Con esto no pretendo ni hacer una reducción irónica de las versiones presentes “dejémoslas, son solo filosofía de la historia” ni un rescate de las modernas y hacernos todos racionalistas y a la puta que lo parió. Lo que realmente me interesa es volver a poner el concepto sobre la mesa, porque si lo perdemos estamos perdiendo una herramienta fuerte para entender de qué se trata. Cuando discutimos a Land, a Yarvin, a Sloterdijk, no estamos discutiendo solo política, estamos discutiendo grandes relatos históricos, y esto tiene un nombre y una tradición. Y hacerlo desde una teoría de la ficción fuerte no es tampoco para denunciarlos como “mentiras”, es para entender lo que hay de contingente en las modelizaciones del mundo que disputan por ser la imagen de lo real.
En el caso de la filosofía liberal de la historia, parece haber ganado esa batalla. Y no es ficción en ningún sentido bobo, la gente muere por eso, se hace rica por eso, pasa de todo. Pero no por ello es tampoco la estructura de una cosa misteriosa llamada la realidad, es una configuración posible de las cosas a la que le viene yendo muy bien. Los que no estamos de acuerdo en general nos quejamos del agotamiento de la imaginación y parecemos pedirle que, en vez de ser una facultad bastante limitada que hace collages de experiencia, sea una máquina de creaciones ex-nihilo con la potencia performativa de cambiar el mundo. Así damos vueltas entre el humanismo voluntarista “¡Imaginá más rápido que nos vienen ganando!” y el antihumanismo satírico “No podes imaginar nada, tonto primate, el futuro está en marcha y vos, boludo, te cruzaste en su camino”. Ojalá recordar cómo actúan las ficciones que configuran la imaginación política e histórica nos ayude a encontrar algún camino en el medio.
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