Moverse entre realidades: reality shifting, sueños y escritura
Reality shifting, maladaptive daydreaming, literatura y el deseo de escapar de la realidad, creando mundos ficticios.
Reality shifting, maladaptive daydreaming, literatura y el deseo de escapar de la realidad, creando mundos ficticios.
“Pobre gente”, piensa mi soñador. ¡Y no es extraño que lo piense! Mira esos fantasmas mágicos que toman forma ante él de manera tan encantadora, tan caprichosa, tan ilimitada y vasta, en un cuadro animado y maravilloso donde, naturalmente, la figura principal, en primer plano, es él mismo, nuestro soñador, su adorada persona. Mira qué variadas aventuras, qué enjambre infinito de ensoñaciones extáticas. Tal vez preguntes: ¿y con qué sueña? ¿Por qué preguntarlo? Sueña con todo…
Fiódor Dostoyevski, Noches blancas.
La mente humana busca incansablemente escapar de la cotidianeidad gris. Actualmente, fenómenos como el reality shifting y el maladaptive daydreaming intentan desdibujar la frontera entre realidad y ficción. Sin embargo, lejos de ser una invención reciente, el refugio en la imaginación es un mecanismo ancestral para redefinir los límites de nuestra propia experiencia. Desde antiguas cosmovisiones y corrientes esotéricas hasta grandes referentes de la literatura, la ensoñación siempre ha funcionado como puerta de entrada a mundos paralelos.
Trataré de hacer un recorrido de estas prácticas, empezando por el final.
El año pasado conocí un concepto que nunca había escuchado antes: reality shifting. ¿Qué es el reality shifting? Una tendencia que se popularizó en TikTok entre 2018 y 2020, donde adolescentes contaban sus experiencias “viajando” a Hogwarts, o, más precisamente, trasladándose a una dimensión en la que ellos formaban parte de ese universo ficticio.
Actualmente, fenómenos como el reality shifting y el maladaptive daydreaming intentan desdibujar la frontera entre realidad y ficción.
En verdad, el concepto de reality shifting es un poco más complejo que simplemente fans de Harry Potter queriendo soñar una especie de fanfiction para ser parte del libro. Muchos familiarizados con el mundo del reality shifting consideran que el trend de TikTok es una versión exagerada y muchas veces falsa de una práctica que tiene su ciencia y que no es fácil (y para la que hay varios videos con instructivos precisos).
El reality shifting se define como la práctica de “mover la conciencia” desde esta realidad (CR, current reality) hacia otra (DR, desired reality). Esa “realidad deseada” puede ser: un mundo ficticio (como Hogwarts), una versión alternativa de la propia vida o un universo completamente inventado, donde el shifter suele ocupar el rol de protagonista.
Existen varias técnicas para “shiftear”. El scripting, por ejemplo, consiste en definir previamente las características de la realidad deseada: sus reglas, la identidad que va a tener el shifter ahí, el entorno, etc. El scripting no crea una dimensión nueva, solo especifica a cuál de las infinitas realidades posibles se desea ir. El shifter no es un dios ni un autor de ficción: no inventa nada de cero. Solo canaliza algo que, supuestamente, ya está ahí afuera.
Otros métodos sugeridos toman elementos de la meditación, la proyección astral y los sueños lúcidos. Algunos sugieren acostarse boca arriba y contar hacia atrás mientras se visualiza una puerta que conduce al lugar deseado (método Raven), o imaginar a un personaje del mundo al que se pretenda llegar y seguirlo por una madriguera (método Alicia en el País de las Maravillas). Otros reproducen técnicas asociadas al sueño lúcido, como hacer reality checks mientras estamos despiertos para entrenar la conciencia y reconocer cuándo estamos soñando. Casi todos estos métodos comparten algo: se llevan a cabo en la frontera entre el sueño y la vigilia.

Según Valentina Tanni, en Estéticas liminales (Caja Negra, 2026), el reality shifting funciona como una nueva herramienta para relacionarnos con un mundo que se muestra inestable e impermanente: "La nuestra es una realidad que cada vez nos cuesta más distinguir de la ficción, que en muchos casos ya es falsa de por sí y que parece estar cada día más fuera de control". Y si ya es imposible precisar cuál es la verdadera realidad, si es que hay una, ¿por qué no elegir qué ficción transitamos? El reality shifting es, ante todo, una fantasía de control.

La idea de construir mentalmente un mundo alternativo tampoco es nueva. Distintas corrientes esotéricas modernas, desde el ocultismo de Aleister Crowley hasta la magia del caos de fines del siglo XX, trabajaron con la visualización y la creación deliberada de entidades mentales o “formas de pensamiento”. En esos sistemas, imaginar intensamente no era fantasear, sino intervenir sobre la percepción y, en cierto sentido, sobre la realidad misma.

Los comentarios compartidos en videos e hilos sobre el reality shifting recuerdan a los que aconsejan “reprogramar al cerebro” para obtener la vida que queremos. Entre usuarios se desean suerte y comparten afirmaciones como maneras de invocación. Si no estás en tu realidad deseada, dicen en algunos videos, es porque te estás poniendo trabas mentales en vez de manifestarlo. Es tan fácil como creerlo.

Otro término asociado a esta tendencia a refugiarse en la imaginación es el maladaptive daydreaming. Es un fenómeno psicológico caracterizado por fantasear despierto de forma intensa y elaborada. Al igual que en el daydreaming clásico, la mente divaga mediante asociaciones libres surgidas a partir de algún disparador. La diferencia está en el carácter compulsivo de esa ensoñación: deja de funcionar como una pausa momentánea y empieza a ocupar cada vez más espacio mental.
En dosis moderadas, soñar despierto puede tener efectos positivos. Mientras la mente deambula, organizamos escenarios futuros, procesamos emociones y ensayamos posibilidades. La ensoñación funciona como una herramienta para movernos entre el mundo exterior y nuestra vida mental. El problema es, como todo, cuando se da en exceso.
Así como hay personas que tienen una dificultad para formar imágenes mentales de manera consciente (condición llamada “afantasia”), otras tienen una facilidad o propensión a “irse por las nubes”. Quienes experimentan maladaptive daydreaming suelen describir fantasías extremadamente vívidas, con personajes recurrentes, tramas complejas y universos persistentes que continúan durante años. Muchas veces esos episodios son activados por música, movimientos repetitivos o imágenes específicas, y pueden extenderse durante horas y aislar a quien los atraviesa de su entorno inmediato. No se trata simplemente de “tener mucha imaginación”, sino de sentir una atracción constante hacia una vida interior más intensa o satisfactoria que la cotidiana.
Quienes experimentan maladaptive daydreaming suelen describir fantasías extremadamente vívidas, con personajes recurrentes, tramas complejas y universos persistentes que continúan durante años.
Más allá de su aspecto clínico, muchos testimonios sobre el maladaptive daydreaming tienen algo melancólico. Hay personas que cuentan haber perdido esa capacidad de ensueño con la adultez, cuando consiguieron trabajos, parejas y rutinas más estables. Otras dejaron de conectar con sus fantasías por ansiedad, depresión o efectos de la medicación que tomaban. En muchos comentarios aparece la sensación de haber perdido acceso a un mundo paralelo que antes estaba siempre disponible.


La imaginación es como la memoria, hay que ejercitarla para mantenerla viva. Hoy, la hiperestimulación constante parece dificultar todavía más esos estados de deriva mental. Ya no hay tiempo para jugar o para salir a caminar sin rumbo. Entre pantallas, notificaciones y algoritmos, cada vez quedan menos espacios vacíos para aburrirse, fantasear o simplemente dejar vagar el pensamiento. En Reddit y otros foros abundan los posteos de personas que extrañan la intensidad de sus mundos interiores, incluso cuando reconocen que vivir menos atrapados en ellos les permitió relacionarse mejor con la realidad.

El maladaptive daydreaming y el reality shifting suelen aparecer como mecanismos de adaptación: cuando el mundo que nos rodea resulta demasiado hostil, crece la tentación de disociarse y escapar a otro escenario, donde todavía existe cierta sensación de control. No es casual que el reality shifting explotara en TikTok en el 2020, en plena pandemia, cuando millones de personas quedaron confinadas a sus casas imaginando otros lugares posibles. En el contexto actual, imaginar una dimensión alternativa también resulta más tentador que pensar cómo arreglar esta.

Más allá de lo extraño o ridículo que pueda parecer el reality shifting, hay algo familiar en la idea de acceder a mundos preexistentes a través del sueño. Mucho antes de TikTok, escritores, místicos y artistas describieron sus relatos no como invenciones, sino como experiencias recibidas en sueños, trances o estados alterados. Lo inquietante no es solo la posibilidad de escapar hacia otro mundo, sino la sensación de que esos mundos existen antes de ser imaginados. Como si ciertas historias no fueran inventadas, sino encontradas.
En muchas culturas antiguas, el sueño era entendido como una forma de conocimiento más que como una simple fantasía privada. En la tradición griega, los dioses enviaban mensajes y visiones a través de sueños. En ciertas cosmologías indígenas australianas, el Dreaming no designa solo un pasado mítico donde los Ancestros soñaron el mundo, sino una dimensión todavía activa y accesible mediante rituales. El hinduismo también concibe el universo como sueño divino de Vishnu y la realidad como algo inestable, capaz de disolverse ni bien este despierte. En distintas tradiciones chamánicas, el trance y el sueño lúcido funcionaban como formas de ampliar la percepción y entrar en contacto con otros planos de existencia.
Lo inquietante no es solo la posibilidad de escapar hacia otro mundo, sino la sensación de que esos mundos existen antes de ser imaginados. Como si ciertas historias no fueran inventadas, sino encontradas.
El reality shifting recupera esta concepción de lo onírico como ampliación de la realidad percibida: es un viaje controlado a una dimensión que existe por fuera de uno. Una mezcla entre planificación guionada y descubrimiento.
Esa idea también atraviesa buena parte de la literatura moderna. Muchos escritores describieron sus obras no como productos completamente conscientes, sino como relatos recibidos en sueños o estados cercanos al trance.
Mi pasatiempo favorito (...) era "escribir historias". Pero había un placer aún más querido para mí: construir castillos en el aire, abandonarme a ensueños despiertos, seguir largas cadenas de pensamientos cuyo tema era la creación de una sucesión de incidentes imaginarios. Mis sueños eran a la vez más fantásticos y más agradables que mis escritos.
Mary Shelley, Introducción a Frankenstein.
George R. R. Martin distingue entre dos tipos de escritores: los “arquitectos”, que planifican cada detalle antes de escribir, y los “jardineros”, que parten de una idea inicial y dejan que la historia crezca sola. Brandon Sanderson, otro escritor bestseller de fantasía, usa otros nombres para una distinción parecida: outliners y discovery writers. La mayoría de los autores probablemente combine los dos tipos en mayor o menor medida: en parte planifican y en parte descubren la historia mientras la escriben.
¿Pero qué pasa con la figura del autor cuando los relatos vienen de sueños, visiones o estados alterados?
A lo largo de la historia, la escritura se asoció también con lo onírico. Muchísimos autores afirmaron haber encontrado sus ideas, personajes y escenas en ensoñaciones. Borges vuelve varias veces sobre esta idea cuando escribe sobre Coleridge y el sueño compartido del palacio de Kublai Khan. También aparece en cuentos como “Las ruinas circulares”, donde un personaje sueña a otro para crearlo: “En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó”. El soñado se convierte a su vez en un hombre capaz de soñar a otros, reproduciendo infinitamente la creación del autor y su obra como una acción divina: “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.
Mary Shelley también soñó con un hombre que quiso a su vez soñar a otro. Fue una noche de verano de 1816. Mientras intentaba imaginar una historia de fantasmas para un juego con sus amigos, en un estado entre dormida y despierta, apareció por primera vez Frankenstein en su cabeza. Una imagen mucho más vívida que cualquier ensueño:
Vi —con los ojos cerrados, pero con una aguda visión mental—, vi al pálido estudiante de artes impías arrodillado junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrendo fantasma de un hombre tendido, y luego, por obra de algún poderoso mecanismo, mostrar signos de vida y agitarse con un movimiento inquieto, apenas vital. Debía de ser espantoso; pues supremamente espantoso sería el efecto de cualquier intento humano de remedar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo.
También Robert Louis Stevenson aseguraba que los sueños “le dictaban” sus historias, y que había recibido de ellos “tres escenas, y la idea central de un cambio voluntario que con el paso del tiempo se vuelve involuntario”: la semilla de lo que después sería El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que publica en 1886. Seis años más tarde, Stevenson escribe Un capítulo sobre los sueños (A Chapter on Dreams), un ensayo donde describe el “teatro del cerebro” que se pone en escena mientras duerme. En él, dice, actúa gente pequeña, a quienes llama sus Scottish Brownies o “Duendecillos”, a los que considera sus verdaderos colaboradores:
La fracción que es elaborada mientras duermo se debe sin duda a los Duendecillos; pero aquella que es hecha mientras estoy en vigilia no es necesariamente mía, ya que todo apunta a que los Duendecillos también intervienen en ella. (...) Soy un excelente consejero, algo así como el sirviente de Moliere; arreglo aquí y corto allá, y visto todo con las mejores palabras y oraciones que puedo encontrar; también sostengo la pluma y me siento a la mesa de trabajo que es la peor parte; y cuando todo está concluido elaboro el manuscrito y pago el registro, de tal forma que puedo reclamar participación —en proporciones que en verdad no merezco— en las ganancias de esta empresa común.
En su infancia, Stevenson fue un chico de salud frágil al que se le prohibía salir de la casa. Podemos imaginarlo mirando por la ventana por horas, espiando las calles de la Edimburgo. Sin nada más que hacer que soñar despierto, entrenando su inconsciente para que le permita viajar lejos.
Un capítulo sobre los sueños anticipa las preocupaciones del psicoanálisis en torno a los sueños y el inconsciente, que surgen a comienzos del siglo XX. La figura del doble, del doppelgänger, que reconocemos en Jekyll y Hyde, también aplica a la identidad del autor: ya no es un “genio solitario” como en el romanticismo, sino una figura que desconoce el verdadero origen de sus textos y que admite recibir inspiración de un lugar indefinido, remoto e inmaterial.
En los textos de Stevenson y Mary Shelley el sueño funciona no solo como inspiración, sino como instancia narrativa. El yo que sueña es distinto del yo despierto: una conciencia paralela a la que puedo acceder para entrar en contacto con otros mundos por fuera de mi realidad material.
El vínculo entre los monstruos literarios y lo onírico merecería una nota aparte. Stephen King, autor obsesionado con la materialización de pesadillas, contó haber soñado la historia de Misery en un vuelo. H. P. Lovecraft incorporó a su obra los night-gaunts: seres oscuros y sin cara que aparecían en sus terrores nocturnos infantiles. La mayoría de los cuentos de Edgar Allan Poe parecen transcurrir en una frontera inestable entre el sueño, la locura y la vigilia. Y hasta Crepúsculo, con sus vampiros brillantes e inofensivos, le vino a Stephanie Meyer en un sueño.
El yo que sueña es distinto del yo despierto: una conciencia paralela a la que puedo acceder para entrar en contacto con otros mundos por fuera de mi realidad material.
Freud definía lo siniestro como la aparición deformada de algo familiar o reprimido. Esa voz que emerge en sueños, íntima pero ajena, también obsesionó a los surrealistas, que intentaban suspender el control racional mediante escritura automática, asociaciones libres y sesiones espiritistas. El escritor dejaba entonces de ser un creador consciente para convertirse en una especie de médium: alguien que registra imágenes surgidas de una zona incierta entre el inconsciente y lo externo.
Pero si gran parte de nuestros relatos tienen un elemento involuntario, ¿a quién le pertenecen realmente? En esa pérdida de agencia, la figura del autor se vuelve inestable: ya no es quien inventa, sino quien accede, traduce o interrumpe una voz que no reconoce del todo.
Tal vez por eso tantas personas describen sus mundos imaginarios no como invenciones, sino como lugares a los que regresan. Como si escribir, soñar o shiftear no consistiera en crear algo nuevo, sino en aprender a escuchar una historia que ya estaba ocurriendo en otra parte.