/ tecnologia

Cómo nos volvimos inquilinos de nuestra memoria digital

Una antigua tablilla es más confiable que los servidores actuales. Por qué nuestra memoria digital vive alquilada, y cómo recuperarla.

Cómo nos volvimos inquilinos de nuestra memoria digital

Hace unos 3.800 años, un tipo llamado Nanni se pegó el disgusto de su vida. Le había comprado unos lingotes de cobre a un comerciante de la ciudad de Ur, en la Mesopotamia, y el envío de cobre era de cuarta. Así que agarró y le escribió una queja. La primera mala review de la historia se escribió en una tablita de arcilla, marcada con una cuña mientras el barro estaba blando, que después se solidificó y quedó como una piedra. Esa tablita todavía existe, y la podés ir a ver. Nanni está muerto hace casi cuatro milenios, los imperios que conoció desaparecieron, pero su bronca por el cobre malo sobrevive intacta.

Ahora te pregunto por vos. ¿Dónde está tu Fotolog? ¿Tu página en Geocities, tu ICQ, la música que subías a MySpace? Tenemos aprendido que lo que se sube a internet queda para siempre. Pero es exactamente al revés. Según un estudio del Pew Research Center, el 38% de las páginas que existían en 2013 ya no estaban una década después, y un cuarto de todo lo que se publicó entre 2013 y 2023 se esfumó. La tablita de un mesopotámico enojado dura más que la mitad de internet.

El 38% de las páginas que existían en 2013 ya no estaban una década después, y un cuarto de todo lo que se publicó entre 2013 y 2023 se esfumó.

¿Por qué la arcilla le gana al servidor? Podríamos decir que es la física, que todo se degrada. Y es cierto, ya vamos a llegar a eso. Pero la razón principal es más aburrida y más incómoda: el servidor cuesta plata, y en algún momento alguien decidió que tu memoria no valía lo que salía el disco donde estaba guardada.

MySpace perdió unos 50 millones de temas (doce años de música, de 14 millones de artistas) en 2019, durante una mudanza de servidores. Bandas enteras que arrancaron ahí se quedaron sin sus primeras grabaciones. La empresa pidió disculpas y sugirió, con una cara de arcilla admirable, que la próxima hagas backup. En 2009, Amazon entró de manera remota a las Kindle de sus clientes y les borró un libro que habían comprado y pagado. El libro era, no jodo, 1984 de Orwell. Fue por un lío de derechos, devolvió la plata y hasta pidió perdón, pero el gesto fue lo que quedó en nuestra memoria: la tienda puede meter la mano en tu biblioteca y sacarte un libro. Y en 2012 el FBI bajó Megaupload de un día para el otro. Era un cyberlocker, un lugar para guardar y compartir archivos que se usaba mucho para piratear, pero también lo usaba un montón de gente para guardar cosas propias y legítimas (como un profesor que subía ahí las clases para sus alumnos, por ejemplo) y se quedó sin nada. Cuando cae la plataforma, cae todo. Hasta un pedacito de tu vida.

Nada es para siempre.

De ahí sale la frase que resume la época: la nube es la computadora de otro. Cuando subís tus fotos a Google, tu música a Spotify, tus archivos a Drive, no compraste nada. Estás alquilando un espacio en la máquina de otra persona, y esa persona te lo alquila a vos mientras le convenga. El día que le sale caro, que quiebra, que la hackean o que simplemente decide cambiar las reglas, tus recuerdos dependen de sus ganas. Terminás alquilando tus recuerdos.

Pongamos que sos precavido. Que no confiás en la nube, que te hacés tus propias copias. Bueno: así como se pudren una banana o un durazno, también se pudren los bits. Todo soporte físico tiene fecha de vencimiento. Un CD/DVD guardado con amor puede durar un promedio de 30 años como mucho, pero si se raya lo perdés en minutos. Los discos rígidos se gastan con el uso y promedian los 6 años antes de empezar a fallar. Las cintas magnéticas (casetes, diskettes) se desmagnetizan. El sol cae para todos; solo es cuestión de años.

La nube es la computadora de otro. Cuando subís tus fotos a Google, tu música a Spotify, tus archivos a Drive, no compraste nada. Estás alquilando un espacio en la máquina de otra persona.

Hay un señor que se preocupó por esto y no es un nostálgico cualquiera: es Vint Cerf, uno de los creadores de internet. En 2015 avisó que podíamos estar entrando en una "edad oscura digital". Según su opinión, el problema no es solamente que los bits se borren. Es que se pierden las máquinas y los programas que sabían leerlos. Un archivo que ya nadie puede abrir está tan muerto como uno borrado. ¿Tenés los casetes pero no tenés el grabador? Es lo mismo que no tener nada.

Fijate cómo bautizó su plan para salvarnos: digital vellum. Vellum es pergamino, piel de animal curtida, el soporte en el que están escritos los manuscritos medievales que todavía hoy se leen sin dificultades. El material más duradero que conocemos para guardar información sigue siendo, literalmente, cuero. Ahí apunta un padre de internet cuando quiere salvar lo digital. 

Enrejados digitales

Hasta acá el diagnóstico. Pero lo que le pasa a tu Fotolog es la punta de una lógica más grande, que en inglés llaman enclosure y que se puede traducir como cercamiento o enrejado. Cercar es agarrar algo que era abierto o común (un campo, un camino, un pedazo de cultura) y ponerle un alambrado, una tranquera y un molinete con ficha. Esa misma lógica que te vuelve alquilable el recuerdo está avanzando ahora sobre las herramientas y sobre la cultura. Y ahí es donde la cosa pasa de la melancolía a la política.

Lo primero, y lo más importante, es que nada de esto se arregla con disciplina de backup personal. Se arregla con gente que entienda sus derechos digitales y cómo funciona de verdad la máquina: quién tiene las llaves, quién puede apretar el botón de borrar, qué dice la letra chica que aceptamos sin leer. Eso es parte de lo que en 421 venimos llamando soberanía cognitiva, y arranca por ahí, por saber quién tiene el control. Un público que no entiende el terreno en el que se maneja no puede defender nada contenido en él.

Lo segundo es es conocer y controlar tus datos. Preservar lo que querés recordar es una cara; la otra es controlar lo que otros guardan de vos. Cada dato que dejás tirado es materia prima para armar un perfil tuyo, y un perfil sirve para venderte cosas, para manipularte y, cuando las papas queman, para perseguirte. Lo venimos viendo con la industria de la vigilancia que le vende software de análisis a los gobiernos: la máquina la pone la empresa, pero los datos los ponés vos, gratis. Cuidar esa huella (dar lo menos posible, saber quién la tiene) es autonomía en el sentido más concreto que existe.

Cada dato que dejás tirado es materia prima para armar un perfil tuyo, y un perfil sirve para venderte cosas, para manipularte y, cuando las papas queman, para perseguirte.

Lo tercero son las herramientas, y acá aparece un concepto clave: lo libre y abierto. Software libre y abierto quiere decir que el código está a la vista, que cualquiera lo puede mirar, correr y modificar, y que nadie te lo puede sacar remotamente de un día para el otro. Hardware libre y abierto es lo mismo con los aparatos: el diseño de la máquina es público, no dependés de un único fabricante que te tiene agarrado. ¿Por qué importa esto justo ahora? Por muchas causas, la inteligencia artificial entre ellas. Hay modelos de IA abiertos: publican sus "pesos" (los números internos que hacen que el modelo funcione) y vos los podés descargar y correr en tu propia computadora, sin pedirle permiso a nadie, sin depender de una API, que es el servicio remoto de una empresa que te puede cortar el suministro cuando se le antoje. Un modelo abierto es tuyo de una manera que un servicio alquilado nunca va a ser.

Tenemos un ejemplo políticamente relevante cerca. En febrero de 2026 se lanzó LATAM-GPT, el primer gran modelo de lenguaje abierto pensado desde y para la región, coordinado por el CENIA de Chile, con una alianza de quince países y planteado de entrada como un bien público regional. Un modelo entrenado con datos nuestros, que entiende nuestros contextos, que podemos usar como base para construir cosas propias en vez de alquilarle todo a Silicon Valley. No es un esfuerzo perfecto pero es un ejemplo de cómo podemos movernos hacia una situación de menor dependencia a nivel social. 

Y acá viene la disputa de fondo, que se está dando ahora mismo. Los modelos abiertos más potentes del momento (muchos salidos de laboratorios chinos) se pueden bajar y correr por cualquiera, en cualquier país, sin pedir permiso. Eso incomoda a las grandes empresas estadounidenses y al gobierno que las alberga, porque les afecta el negocio y el control. ¿Y cuál viene siendo la respuesta? Cercar. Órdenes que condicionan el acceso a los propios modelos cerrados de Estados Unidos, prohibiciones de comprar los del rival, presión sobre las empresas que los usan, todo envuelto en la retorica de la seguridad. No hace falta imaginar un complot: alcanza con mirar cómo se alinean los intereses de las empresas dominantes y los del Estado que las cobija.

En febrero de 2026 se lanzó LATAM-GPT, el primer gran modelo de lenguaje abierto pensado desde y para la región.

Esto no es abstracto y se vio en un caso concreto hace unos meses. En junio de 2026, el Departamento de Comercio de Estados Unidos le ordenó a Anthropic (la empresa que desarrolla el asistente Claude) sacar del acceso global a dos de sus modelos, amparándose en controles de exportación que trataban a cualquier extranjero, en cualquier lado, como un riesgo potencial. El acceso volvió a principios de julio, pero el mensaje para el mundo quedó claro: una carta de un solo gobierno puede dejar sin una herramienta al planeta entero de un día para el otro. Es eso de que la nube es la computadora de otro, pero llevado al nivel de las herramientas con las que industrias, países y comunidades van a trabajar y pensar el futuro.

Volvamos al amigo Nanni y su tablita duradera. Su queja por el cobre malo sobrevivió casi cuatro mil años por tres razones muy simples: estaba escrita en algo que era suyo, en un formato durable que cualquiera podía volver a leer y en un objeto al que nadie podía meterle la mano para borrarlo a distancia. Es así de simple y así de complicado: que sea tuyo, que sea legible, que no viva únicamente en la computadora de otro. Vale para tus fotos, vale para tus herramientas y vale para la cultura de toda una región. Lo raro, lo que habría que empezar a cuestionarse, es que nos hayamos acostumbrado a no ser dueños de casi nada de lo que producimos y recordamos. Así que ya sabés: a hacer copias y a apoyar tecnologías y políticas de libertad. Que todavía estamos a tiempo.

Sumate a 421 →