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Dead Internet Theory: Una actualización mcluhaniana

Un análisis de la Dead Internet Theory desde McLuhan nos muestra cómo nos volvimos simples espectadores de una internet decadente.

Dead Internet Theory: Una actualización mcluhaniana

Si hace una década y media tenías la edad suficiente (o unos padres permisivos) y acceso irrestricto a internet, recordarás con cierta nostalgia la aventura que significaba zambullirse en la red, un ágora de intercambio de información pura. Con una punta de un ovillo tan simple como una búsqueda en Google u otro motor más sofisticado, bastaba para tirar y tirar: capas y capas de foros, relacionamiento con otros internautas, hiperespecificación de subculturas, expediciones en plataformas de video como YouTube o Vimeo, en ese momento aún funcionales como ventana hacia el mundo. La sensación de mirar hacia la posibilidad infinita era tan vertiginosa como fue la transformación que sufrió la digitalidad, apalancada en una mutación del dispositivo técnico en sí, que pasó de una conexión analógica a una inalámbrica, trascendiendo día tras día límites, al principio inimaginables, hoy dados por descontados.

De esos foros, hoy subterráneos pero latentes y llenos de vida, explotan todavía visiones y perspectivas que tarde o temprano aparecen flotando en la superficie. Locos, marginales, visionarios, allí siguen. La Dead Internet Theory surge de esas latitudes. El usuario iluminatipirate desarrolló la hipótesis de que la web era cada vez más dominada por entes automatizados y que todos los contenidos nuevos eran generados por bots, lo que está llevando a una retirada humana de la virtualidad, dejando a internet como un ambiente robótico puro.

El correr de los años y el progreso de las dinámicas en esos planos no hicieron más que darle fuerza y entidad a esta teoría “conspirativa”. Solo el año pasado, el 53% del tráfico fue generado por bots, automatizaciones, máquinas. Semejante número implica que estos han interactuado entre sí, además de con humanos. El enfoque en sí del posteo del forero se orientaba más hacia la realidad con la que entraba en contacto un usuario cualquiera, puntualizando en el contenido como unidad central de un fenómeno macro. La maquinización total de la web, evidenciada en cualquier bit de información, con las redes sociales como punto nodal de interacción maquínica de los cuales el humano es tendencialmente espectador y actor secundario.

Solo el año pasado, el 53% del tráfico fue generado por bots, automatizaciones, máquinas. Semejante número implica que estos han interactuado entre sí, además de con humanos.

El panorama actual es similar a lo que se puede interpretar de la teoría original de McLuhan, aunque la focalización sobre ciertos aspectos y sus diagnósticos precisan una actualización. Internet y la virtualidad, entendidas como un ambiente, no hicieron nada más que crecer, extenderse e insertarse en cada recoveco de la vida real, tanto que el adjetivo real para lo que ocurre en la materialidad y la vida cotidiana por fuera de las pantallas resulta algo anticuado, o como una manifestación de resistencia o escapismo. La virtualidad es aterradoramente real. Su desarrollo, aunque inmaterial, no deja de tener impacto en todo lo que concierne fuera de ella, asumiendo que existe algo como lo real y que es delimitable. Son dos caras de la misma moneda, solo distinguibles en el análisis, indisociables y dialécticas entre sí. Internet, entonces, es la dimensión en donde la virtualidad se despliega, entendida como una arista constituida del mundo real y no como un campo subterráneo, disociado o subsidiario jerárquicamente.

Dead Internet Theory y McLuhan

La Dead Internet Theory, entendida no como un esbozo paranoico de un internauta rabioso, sino como una conceptualización que logró capturar el Zeitgeist de un malestar o el espíritu de un fenómeno, es más bien una manifestación o diagnóstico de un conflicto mayor antes que el problema en sí: diagnostica correctamente un síntoma, pero se equivoca sobre la enfermedad. La botificación es la consecuencia más que la causa de la muerte.

Para entender su naturaleza central, podemos volver a Marshall McLuhan (1911-1980), filósofo canadiense despreciado en su época y reivindicado con el correr de las décadas, entre otras cosas por la pertinencia de sus teorías o, como él les decía, sondeos. Remarcaba, entre otras cosas, la centralidad del medio por sobre el contenido e identificaba a los medios como “extensiones del ser humano”, entendidos como cualquier cosa, desde la televisión hasta la ropa. Su existencia, dice, siempre ha moldeado más a las sociedades que la información que transmiten. De allí su máxima hartamente conocida “el medio es el mensaje”. Esto radica en la aceleración y alteración que ellos, como extensiones de los sentidos, insertan en las dinámicas de la sociedad que los creó y que nunca son meros transmisores de información. 

Un ejemplo central que utiliza para asentar su visión es el de la luz eléctrica: un medio puro, que no transmite información inherentemente, pero que es condición necesaria para que acontezca cualquier otro medio/contenido. Por ejemplo, un partido de fútbol necesita de iluminación para acontecer si se celebra a la noche, por lo que lo considera como “contenido” de la luz eléctrica, pero a su vez resulta invisible. Así, todo contenido de un medio es otro medio. 

La era de la electricidad que comienza con la invención del telégrafo, la cual identifica McLuhan, es la tercera revolución mediática de su serie, antecedida por la invención del alfabeto y la aparición de los tipos móviles. En la “era electrónica de la comunicación”, la transformación fue total e instantánea. Cuando un medio se asienta como la extensión de un órgano o un sentido y este se establece en un entorno, penetra y modifica nuestro “equilibrio sensorial y se vuelve invisible”. A su vez, el cuerpo “anestesia” aquella parte, la entumece, para protegerla y aislarla del cambio, algo que homologa a un estado de shock. Dando un salto interpretativo, son trazables varios paralelismos con internet, en la instancia de metamorfosis inalámbrica con los Smartphones para salir de la ubicuidad del ordenador de escritorio. Una era de cognición entumecida.

La world wide web, en sí, no es tanto una cuarta transformación en la serie mcluhaniana, sino la etapa nitro de la era eléctrica, pero asumiendo una velocidad absolutamente inédita e incomparable.

Para hablar de la electricidad, el autor señala lo siguiente: “la velocidad eléctrica mezcla culturas de la prehistoria con la hez de la comercialización industrial, al alfabeto con el medio alfabetizado y el postalfabetizado. Colapsos mentales de varios grados de intensidad son un resultado muy frecuente del desarraigo y de la inundación con nueva información y un sinfín de nuevos patrones de información”. Reemplacemos “velocidad eléctrica” por “internet”. En esta línea, la world wide web, en sí, no es tanto una cuarta transformación en la serie mcluhaniana, sino la etapa nitro de la era eléctrica, pero asumiendo una velocidad absolutamente inédita e incomparable. Una fase extrema del propio proceso evolutivo de internet, datificada, automatizada, algoritmizada y transversal, en la que asumió su condición eléctrica de forma desorbitada. Una evolución mediática en la que se multiplica en tamaño de forma exponencial, a la vez que se vuelve cada vez más invisible. 

Entonces, ¿está muerta internet?

Internet pasó de ser un lugar en sí a estar en todos lados: en tu teléfono, en tu televisor, en tu heladera, en tu aire acondicionado, en tu robot aspiradora, en forma de ondas inalámbricas que atraviesan tu cuerpo ahora mismo. El cortocircuito con la noción de su muerte es notorio. ¿Cómo puede estar muerta si está en todos lados?

El enfoque contenidista de la teoría original queda en jaque o, más bien, al observarlo a través de este prisma, se pone de relieve su ponderación del contenido como dilema y territorio central de diagnóstico más que como escenario en donde se despliega un problema mayor. La transversalidad y la continua conexión, lleva a un achatamiento, por decirlo de una manera, de ese contenido, que responde a una naturaleza constante de atención estructurada en raptos cortos e inmediatos. No murió como infraestructura ni como medio, murió una determinada forma de habitarla: navegar, buscar, descubrir y producir contenidos desde una agencia predominantemente humana. El humano deja de ser el sujeto soberano para convertirse progresivamente en insumo del sistema.

No murió como infraestructura ni como medio, murió una determinada forma de habitarla: navegar, buscar, descubrir y producir contenidos desde una agencia predominantemente humana.

Para entender la interrelación entre contenidos y cómo esta forja una nueva instancia o manera de navegación, podemos tomar de forma complementaria al francés Jean Baudrillard (1929-2007), otro filósofo renegado, y su diagnóstico de la hiperrealidad, correspondiente a su libro “Cultura y Simulacro” del año 1978. Atravesamos una época de simulacros, en donde la verdad pierde su fuerza ante la copia y los símbolos la reemplazan por completo, con signos que remiten a otros signos, alejándose cada vez más de la cosa real. Actualmente, estamos en una era de hiperinternet, en donde el contenido remite a otro contenido puntualmente por su estructura y no por lo que dice, referenciado en un algoritmo que premia lo que se ve y retiene, a lo que te hace quedarte quieto y electrificado, sin importar lo que ves o sobre qué es.

Cada reel responde en su estructura organizativa y narrativa generalizada al servicio de lo que “funciona”. Un buen hook para captar la atención, una edición con cortes continuos y rápidos para mantener al espectador compenetrado y no perderlo, subtítulos para que escuchen lo que se dice sin la necesidad de que presten interés. Más visualizaciones, más tiempo de expectación, más interacciones, más tendencia a ser mostrado. El resultado es que estas formas sean replicadas ad infinitum, dando la base para la creación de nuevos contenidos idénticos, patrocinados con dinero inyectado por las miles y miles de agencias de marketing del mundo que basan su operación en las recomendaciones de una inteligencia artificial generativa.

Todo indistinguible entre sí, pero generado por humanos, imitando las formas que sugieren bots, que otros bots coordinadores de aquel algoritmo seleccionan para mostrárselo a más humanos, que harán sus propios reels de la misma manera para promocionar su emprendimiento o programa de streaming. Todos responden a la misma lógica y a los mismos loops de retroalimentación positiva, que llevan a los humanos a comportarse como los supuestos robots que están ¿destruyendo? internet. Dinámica integralmente desplegada en redes sociales masivas que basan su interfaz en el scroll, el cual implica un movimiento maquínico del pulgar en paralelo a una parálisis corporal total, en todo lugar y momento al alcance de dos toques en tu celular.

Todos responden a la misma lógica y a los mismos loops de retroalimentación positiva, que llevan a los humanos a comportarse como los supuestos robots que están ¿destruyendo? internet.

Este círculo vicioso toma otra vertiente si tenemos en cuenta el avance de nuevas formas tecnológicas como los LLM, que se presentan como extensión de la cognición y lenguaje. En este esquema, la importancia que podría tener quién (o qué) creó lo que ves es mínima, ya que las unidades del contenido, por decirlo de alguna manera, se han moldeado para adaptarse a un entorno que favorece y alienta su transmisión y circulación si asumen ciertas características, las cuales son moldeadas y organizadas por el medio continente. Endilgarle un proceso de muerte, entonces, por una tendencia hacia la automatización dista del quid del proceso en sí. La botificación está lejos de ser un proceso exclusivo de internet, con empresas desbocadas en automatizar procesos o comercios de cercanía generando diseños esencialmente similares con ChatGPT, y el comportamiento humano secuencualizado responde más a una electrificación total para con el medio y su forma de existencia actual.

El problema radica no en qué contenidos producen las máquinas, sino en qué partes de nuestra propia capacidad de pensar y crear comenzamos a delegar en ellas. Esta transformación, mcluhanianamente hablando, se corresponde más a la evolución del medio que a los contenidos en sí. Esa expansión, su dimensión, capacidad, tamaño, transversalidad, abre camino a los cambios sociales y dinámicos dentro de ella. Son cambios no inocentes, que dan posibilidad a modelos autogobernados, a extracción de datos masiva, a un nuevo escenario empresarial de poder, Google, Meta, tecnofeudalismo, et al. 

Dejar de ser un bot

Navegar resulta imposible, al menos en los términos de lo que era hace varios años. Lo que antes era zambullirse y dar brazada tras brazada para moverse entre sitio y sitio, hoy es más similar a los gordos de Wall-E, en donde el consumo es un torrente violento en una sola dirección (hacia nuestra cara), para el cual no hace falta moverse para consumir toneladas de información deglutible de forma inmediata. La era de la internet eléctrica, la hiperinternet de la hipernavegación, en donde lo humano, el humano, es prescindible (exceptuando sus datos). Incluso el acto tan simple de googlear una receta se torna una odisea: una respuesta de Gemini, sitio patrocinado, sitio patrocinado, reel, reel, TikTok, nota de un medio generada con IA y, honrosamente bancando la parada, el blog de Paulina Cocina con una entrada de hace 12 años.

El vértigo de esta fase anuló toda asimilación gradual de la transformación del entorno, más invisible que nunca. El “dolor” que implica no pudo ser sopesado de forma escalonada. Ya en la década de los sesenta, McLuhan describió a su tiempo histórico como “la era de la ansiedad” y, a su vez, como “la era de la apatía y la alienación”. Nuevamente, reemplacemos electricidad por internet. Esta falta de advertencia nos lleva al peligro de mirar hacia atrás para dar cuenta del fenómeno actual, lo que el autor llama la tendencia a la “visión del espejo retrovisor”. Advertimos el cambio del entorno solo cuando vemos el anterior, ya antiguo y vetusto, y acudimos a él para buscar respuestas y confort de nuestro nuevo ambiente que no logramos entender del todo. Tomar una postura fatalista, velando a la antigua red con espíritu nostálgico nos evita mirar el presente, para al menos ser conscientes del futuro cercano.

Fuimos testigos de una metamorfosis vertiginosa. El prisma mcluhaniano para hablar de la muerte de internet puede acercarnos a otras preguntas. ¿Qué significa hoy estar conectado? ¿Cómo podemos hacerlo cuando la existencia sugerida allí, a fuerza de algoritmos insuperables, es un nadar constante a favor de la corriente? Las variaciones del entorno, dice el canadiense, generan agitación y pérdida de identidad, por lo que si “comprendemos los cambios que provocan los nuevos medios podemos anticiparnos a ellos y controlarlos”. Si no rompemos con el trance, si seguimos electrificados viendo TikTok tras TikTok, si nos apegamos a los contenidos como eje del problema, “seremos sus esclavos”.

¿Cómo se puede encarar esta realidad, teniendo en cuenta que desear la descentralización o la retirada de internet y las redes sociales en la vida cotidiana es casi tan descabellado como desear la desaparición de la electricidad? Si no te vas a vivir al monte con cuatro velas, una carabina y una huerta, la digitalidad es inevitable, y su crecimiento y multiplicación constante es inexorable. Y, a todas luces, el hecho de que la figura del humano sea cada vez menos central allí, no indica otra cosa que la vitalidad más latente de ella como medio y como fenómeno.

¿Cómo se puede encarar esta realidad, teniendo en cuenta que desear la descentralización o la retirada de internet y las redes sociales en la vida cotidiana es casi tan descabellado como desear la desaparición de la electricidad?

Nadar en contra de la corriente, por más que las brazadas sean muy costosas y cansadoras, es indispensable. Habitar la realidad virtual por fuera de las superficies inmediatas que se proponen, evitar la reelización del consumo informativo y volver a hurgar en sus formas antiguas que, por más que parezcan menos potentes y relevantes, siguen vivas. Practicar la intertextualidad, pero desafiando el torrente algorítmico que te lleva de una cosa a la otra: profundizar en ese artista que te gustó, leer otra cosa de ese blog que te interesó, explorar por fuera de Instagram ese tema que te interpeló, ver películas que están por fuera de la continuidad lógica sugerida, no renegar por de más de las dinámicas actuales e intentar día a día sacarles provecho sin ceder el control. Sujetarse de las puntas que aparezcan y tirar de ellas en sentido contrario, tomar las riendas de lo que ves o al menos intentar con todas las fuerzas que el principal eje exploratorio sea tu propio interés o inquietud. A fin de cuentas, tus datos ya los tienen.

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