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La trampa de la optimización: del gimnasio a la artesanía

Entre algoritmos e hiperdiagnósticos, buscamos productividad en el gym o los videojuegos. El valor de la artesanía.

La trampa de la optimización: del gimnasio a la artesanía

La conciencia sobre la personalización de mi algoritmo me hace dudar de mi propia percepción y mis propias elecciones. Por momentos veo mucha teoría crítica siendo usada para explicar cosas que están pasando, pero, ¿realmente está pasando eso, o yo sola lo estoy viendo? Antes estaba la tele y todos veíamos lo mismo.

En el caudal customizado de contenidos, me llega una sobreabundancia de diagnósticos (¿en serio voy a dar un diagnóstico sobre la cantidad de diagnósticos?). Pareciera que hoy todo tiene una causa, una categoría, una explicación. Hay un nombre para cada síntoma, para cada trastorno, para cada debilidad. Presiento que esta compulsión por diagnosticar puede estar vinculada a la adopción de la IA. Los modelos de lenguaje tienen respuesta para todo y con ellos desaparece la posibilidad de no saber, como si no entender algo fuera una falla a corregir o un vacío a ocupar. El lenguaje se convierte en relleno sanitario obturando todo espacio vacante. Se crea de la nada y se prolifera a borbotones, a diferencia del agua que se consume con cada pregunta boluda que le hacemos a ChatGPT. Hay demasiado lenguaje. Ya sé que es contradictorio que lo diga yo, escribiendo esto: una especie de anti-meta comentario. En esa proliferación se multiplican los marcos interpretativos y se generaliza una expectativa de inteligibilidad total.

Pareciera que hoy todo tiene una causa, una categoría, una explicación. Hay un nombre para cada síntoma, para cada trastorno, para cada debilidad.

Antes que nada, sospecharía (a esta altura la sospecha ya se volvió un deporte) de nuestra objetividad para decir algo sobre el mundo. ¿Cómo podríamos dar un diagnóstico del malestar estando tan inmersos, tan involucrados? Identificar un problema y nombrarlo parece ser una forma de plantar una bandera sobre el tema, como patentarlo. Detentar la potestad de haber nombrado algo implica cierto dominio sobre la cosa señalada. Si lo defino, lo limito y, por ende, intervengo sobre ello; como si nombrar fuera ya una forma de conquista. Detrás de ese gesto hay una fantasía de control: creer que comprender algo nos acerca a la posibilidad de dominarlo o modificarlo.

Entrenar para merecer

Creer que controlamos nos da tranquilidad, aunque esa tranquilidad se sostenga sobre una fantasía: siempre van a pasar cosas inesperadas, van a aparecer variables que no dependen de nosotros. En ese azar se cifra, al igual que en la muerte, el misterio de la vida; que tengamos cuerpos mortales, cuerpos que se lastiman, que envejecen y mueren. No tengo pruebas pero tampoco dudas de que una conciencia más cotidiana o una relación más cercana con la idea de la propia finitud tendría la capacidad de aminorar mucho drama, o al menos de reordenar nuestras prioridades, de reorientarlas. Hashtag memento mori. Quizás justamente porque nos cuesta aceptar lo imprevisible es que buscamos refugio en lo que podemos controlar, y uno de los lugares donde puede inscribirse esa intención es en el propio cuerpo. 

Flashdance
Jennifer Beals en Flashdance (1983), entrenando fuerza.

En esa búsqueda por domar las variables es que empecé a entrenar, motivada también por la observación de las ineludibles señales de envejecimiento que comenzó a mostrar mi cuerpo a partir de la segunda mitad de los treintas y alentada además por cierta inclinación personal al desafío de la voluntad y la disciplina que soy consciente de que me seducen de manera particular. En mi caso, admito que tengo bastante fuerza de voluntad para persistir en las cosas que me propongo y que con algunos objetivos me pongo bastante milica. Mientras escribo esto recuerdo que en el último tiempo me crucé varias veces con la asociación entre entrenamiento, disciplina y fascismo (quizás sea otra muestra de nuestra compulsión por diagnosticarlo todo, o quizás, de nuevo, mi algoritmo). Disfruto de esforzarme para luego merecer el premio al esfuerzo. Entrenando puedo ver una correspondencia bastante clara entre esfuerzo y recompensa: si levanto peso, repito y hago sobrecarga progresiva, gano masa muscular; si como proteína hago crecer todavía más el músculo, y si hago déficit calórico bajo el porcentaje de grasa y los músculos se notan. Corta.

Ahora bien, la fuerza de voluntad se vuelve indispensable para ejecutar cualquiera de estas tareas sostenidamente: hay que ser constante, restringir o ser mesurada, poder organizarse, tener paciencia para esperar los resultados, etc. Y es ahí donde se me arma la paradoja: cuando percibo que lo que siento como deseo propio y autónomo, coincide demasiado bien con aquello que el mundo valora, premia y por ende promueve. Y me lleva a preguntarme hasta dónde entreno porque lo disfruto y hasta dónde por el rédito social positivo que eso trae por añadidura, porque el esfuerzo guarda, además de una valoración positiva, una valoración moral. Este premio al esfuerzo se emparenta con la lógica meritocrática en la que el esfuerzo es recompensado, el premio es proporcional al sacrificio, y quien no lo recibe parece no haberse esforzado lo suficiente. Cuando observo el corazón de la crueldad que opera con el mérito, vuelvo a desconfiar de mis propias motivaciones.

Pico y pala

A continuación podría haber una genealogía pero lo voy a dejar en intuiciones. Hay toda una consecución de imaginarios que fueron moldeando nuestra relación con el esfuerzo y con el mérito a lo largo de la historia. Los primeros que se me vienen a la cabeza, muy locales: la épica del migrante europeo que llegó al país con lo puesto y se forjó un sustento a fuerza de sacrificio y resiliencia, y la máxima (peronista?) de que el trabajo dignifica. Ambas tradiciones contribuyeron a consolidar una cultura del esfuerzo que marcó profundamente la generación de nuestros abuelos y padres. Estas ideas vuelven al trabajo deseable, algo a lo que aspirar, y dificulta que podamos pensarlo de otro modo. Más tarde, el neoliberalismo y su impulso precarizador introdujo la responsabilización individual: todo lo que querés es alcanzable con esfuerzo, introduciendo la meritocracia como axioma y como dogma. 

Lo atractivo, y a la vez problemático, del esfuerzo es que promete una recompensa. Es esa ilusión la que sostiene nuestro apego. Un apego que incluso siendo optimista y motorizante, no siempre redunda en nuestro propio beneficio. A su vez, el esfuerzo otorga cierto aura a las cosas que consigue, que hace aparecer: tendemos a valorar más aquello que nos costó conseguir. Sentir que progresamos, que conseguimos cosas, que destrabamos algo, que algo que antes no nos salía ahora nos sale, produce una satisfacción particular. Pienso que puede haber una conexión también con la idea de progreso, tan basal para la narrativa moderna occidental, vinculado a la imagen que tenemos del tiempo: algo que va de izquierda a derecha, como la lectoescritura, ocupando, conquistando un territorio. Como humanos, siempre nos pensamos avanzando, consiguiendo cosas, como destrabando niveles de un juego, accediendo a más posibilidades, aunque hoy nos estemos preguntando si para seguir progresando hay que dejar de ser humanos

Flashdance
Jennifer Beals en Flashdance (1983).

Se podría decir que el gimnasio reproduce artificialmente un tipo de esfuerzo que durante miles de años estuvo ligado a la supervivencia. Levantar pesos, correr, empujar, cargar: movimientos que antes servían para conseguir alimento, construir un refugio o escapar de un depredador, y que el sedentarismo y la automatización volvieron innecesarios.

En algunos videojuegos ocurre algo parecido, aunque ya no con el cuerpo sino con la lógica de la acción: se reproduce artificialmente la relación entre hacer algo y recibir lo que corresponde a cambio. Para el universo gamer, grindear (de grind: pulir, lijar, moler) significa repetir una acción para acumular recursos, experiencia, habilidades o mejoras, y el jugador lo hace porque sabe que existe una recompensa clara al final. El grindeo se sostiene sobre una promesa: si invertís tiempo, vas a obtener algo, y la recompensa será proporcional al esfuerzo.

El grindeo se sostiene sobre una promesa: si invertís tiempo, vas a obtener algo, y la recompensa será proporcional al esfuerzo.

El entrenamiento también tiene algo de grind: repetís ejercicios, aumentás progresivamente la carga, sostenés una rutina y hay una recompensa relativamente visible. Pero mientras que el juego cumple con el pacto, la vida real muchas veces rompe esa ecuación. Ejemplo: te formás y no conseguís trabajo porque no tenés contactos, trabajás más y no necesariamente vivís mejor. Hoy los resultados del esfuerzo se prometen pero no se garantizan, y el trabajo asalariado dejó de ser el lugar privilegiado donde ese pacto se realiza. No hay una reciprocidad justa entre el esfuerzo y la recompensa en la vida laboral ni profesional. El videojuego es justamente un mundo donde esa ecuación todavía funciona: hago x, obtengo y. Ambos, videojuego y gimnasio, ofrecen la sensación de que nuestras acciones tienen consecuencias proporcionadas, y quizás por eso resultan tan seductores para mucha gente. Pero si observamos más de cerca esta aparente reciprocidad, aparecen otras preguntas: ¿quién define qué significa hacer las cosas bien, y quién decide qué cuenta como premio?

Se olvidan de lo artesanal

Habría todo otro universo del hacer que conozco bastante más que el de los videojuegos y donde la relación entre esfuerzo y recompensa adopta una forma mucho más difícil de capturar: la artesanía. Haciendo una conceptualización algo arbitraria, (otra licencia que me voy a permitir) artesanía puede ser hacer un pan, tocar un instrumento, trabajar con cerámica, reparar una silla, cuidar una huerta o cualquier práctica que implique el aprendizaje de una técnica, el desarrollo de una destreza y una dedicación sostenida en el tiempo. El trabajo artesanal requiere una conexión estrecha entre el hacer y el pensar: establece una forma de diálogo en donde la mente y la mano colaboran para resolver problemas de la materia, lo cual supone una disposición particular del cuerpo y una atención especial a la forma.

Ghost
Demi Moore y Patrick Swayze en la escena de cerámica de Ghost (1990).

Al igual que en el entrenamiento, en la artesanía hay algo muy bien calibrado en la relación entre acción y consecuencia: la idea de la transformación. La artesanía también nos depara un premio, y en este caso se premia el trabajo bien hecho. Richard Sennett, en su libro “El artesano" (2008), define al trabajo bien hecho como un impulso humano básico y duradero: el deseo de realizar una labor con excelencia por el simple hecho de hacerla bien. Más allá del campo en que se desarrolle o la técnica específica que utilice (ya sea carpintero, músico o artista), lo que caracteriza al artesano es su obstinación por mejorar y su compromiso con la tarea. La recompensa del artesano es la sensación de satisfacción por haber hecho bien el trabajo, el placer de sentir que avanza en algo, el orgullo por el resultado alcanzado.

Insisto con esta pregunta: ¿quién determina qué es lo bien hecho? Para algunos será perfeccionarse técnicamente, para otros desconectarse, aprender una habilidad nueva, hacer algo bello o simplemente pasar tiempo haciendo algo que disfrutan. Y ahí radicaría la potencia de este tipo de hacer: no en estar por fuera del esfuerzo o de la disciplina, sino en conservar la posibilidad de definir sus propios fines. A diferencia de otras actividades donde los criterios de éxito vienen dados de antemano, en la práctica artesanal cada quien puede entender algo distinto por hacer bien una tarea, y ese tipo de indeterminación es tal vez una de las formas más concretas de autonomía que aún conservamos.

¿Quién determina qué es lo bien hecho? Para algunos será perfeccionarse técnicamente, para otros desconectarse, aprender una habilidad nueva, hacer algo bello o simplemente pasar tiempo haciendo algo que disfrutan.

La artesanía no está exenta del riesgo de la captura y la optimización. Pero ¿qué optimizaríamos?, ¿la velocidad, la belleza, la expresividad, la comodidad, la experimentación, el disfrute, la paciencia? Esa falta de parámetro común vuelve absurda la idea misma del rendimiento, porque ni siquiera existe acuerdo sobre cuál sería el criterio de mejora. Lo que para una persona constituye un avance, para otra podría ser una pérdida. De todas maneras, la compulsión por la optimización no necesita saber exactamente qué está mejorando para empezar a operar. Le basta con introducir la sospecha de que siempre podría hacerse más, mejor o de manera más eficiente. Cuando la lógica del rendimiento económico se cuela en todas las prácticas y las aproximaciones a las cosas, el disfrute pareciera no ser suficiente y cada vez parece más difícil hacer algo sin preguntarse qué otra cosa podría hacerse con eso: si hacés tazas de cerámica las podes vender, si cocinás podrías empezar un emprendimiento de viandas, si te gusta leer podrías tener una cuenta para recomendar libros. Para qué vas a tener un activo quieto si lo podés invertir para que te de una renta, de la nada. La promesa tramposa de la optimización es que se puede obtener algo sin hacer nada, cuando todos sabemos que aprender a comprar acciones lleva un tiempo (mínimo abrir una cuenta en un broker, ver mil videos para entender cómo funcionan los mercados y cómo leer gráficos), y editar un video de un minuto puede llevar horas. 

Artesanía implica cualquier cosa que conlleve una técnica, una acción repetida, que no siempre tiene que ser glamourosa. Puede tener una finalidad estética, de hecho por lo general la tiene; el problema es que confundimos que lo estético es estético si lo mostramos, si lo sometemos al juicio del like, al juego de aprobaciones ajenas. Frente a esto podríamos probar ejercitando lo estético silencioso: hacer algo que nos guste a nosotros y que eso sea suficiente. Quizás el valor de estas prácticas no resida únicamente en lo que producen, sino en el espacio que abren para sostener una relación más soberana con el tiempo, la atención y el deseo. 

Quizás el valor de estas prácticas no resida únicamente en lo que producen, sino en el espacio que abren para sostener una relación más soberana con el tiempo, la atención y el deseo.

Practicar un oficio, tocar un instrumento o hacer un objeto o una comida exige atención, repetición y una disposición a demorarse. Hay algo profundamente satisfactorio en poder dedicar horas a una tarea sin que exista una urgencia externa que determine cuánto se debería tardar, cuánto se debería producir o qué resultado debería obtenerse. En la artesanía muchas veces podés pasar tres horas buscando un sonido, una textura, una terminación o una forma, sin que nadie pueda decir objetivamente si avanzaste mucho o poco. Porque si nadie define por vos qué significa ganar, tampoco nadie define cuánto deberías tardar en llegar.

Quizás por eso la búsqueda del trabajo bien hecho todavía pueda funcionar como un pequeño manifiesto antiproductivo frente a la aceleración, el multitasking y la obsesión por la eficiencia. No porque la artesanía esté por fuera del capitalismo ni porque sea inmune a la captura, sino porque conserva la posibilidad de decidir qué vale la pena desear. La soberanía no sería escapar de toda influencia, sino conservar algún margen para decidir qué significado le damos a las cosas que hacemos y qué cosas efectivamente merecen un premio. 

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