Andar y tocar: Historia del skate rock argentino
De la rampa de Ciudad Universitaria a Massacre Palestina: la historia del skate rock argentino, contada por quienes la vivieron.
De la rampa de Ciudad Universitaria a Massacre Palestina: la historia del skate rock argentino, contada por quienes la vivieron.
“Estábamos todo el día andando en skate y a la noche nos metíamos en un garage a tocar”. En apenas una línea, Guillermo Cidade, más conocido como Walas, cantante de Massacre y militante del skateboarding en Argentina desde los tempranos ochentas, define con simpleza y precisión eso que alguna vez se llamó (¿o se sigue llamando?) skate rock.
Walas (guitarra), José, más conocido como Topo, (bajo), Paco (batería) y Richard (voz), la formación inicial de Massacre Palestina (antes de llamarse Massacre, a secas), eran cuatro amigos adolescentes que andaban en skate en una Buenos Aires recién salida de la dictadura y que, casi sin proponérselo, fundaron la primera banda de skate rock local. “Nuestra cuna son dos lugares: el colegio Mariano Moreno y la rampa de Ciudad Universitaria, la primera rampa con paredes verticales que se construyó en Buenos Aires, hecha por una crew de skaters de la que sale, justamente, Massacre Palestina”, explica Walas en diálogo con 421.news.

La historia del skate rock empieza lejos de Argentina. En los primeros años de la década del ochenta, la revista Thrasher (fundada en 1981 en San Francisco por el argentino Fausto Vitello, también dueño de la reconocida marca de trucks Independent) comenzó a publicar una sección dedicada a las bandas del palo de aquel entonces llamada Skate Rock. Años más tarde, le sumaron una serie de compilados que se convirtieron en santos griales de formación musical para las generaciones venideras. Cassettes hoy incunables donde conviven hardcore punk, surf punk, rockabilly, metal, garage, ska y cualquier otra música capaz de dialogar con la cultura skate. No había reglas demasiado estrictas para formar parte, pero si estabas ahí, tu banda adquiría el sello de skate rock. Algunas tenían skaters en sus filas. Otras, simplemente, eran adoptadas por los skaters.
Eran cuatro amigos adolescentes que andaban en skate en una Buenos Aires recién salida de la dictadura y que, casi sin proponérselo, fundaron la primera banda de skate rock local.
Para Walas, la conexión entre ambos mundos incluso puede rastrearse antes que esos compilados. “Lo primero que me voló la cabeza fueron Devo y Plasmatics”, dice en diálogo con 421. Aunque los integrantes de Devo, la banda estadounidense de new wave formada en 1973 en la ciudad de Kent, Ohio, no eran skaters profesionales, aparecían en skateparks, utilizaban cascos y rodilleras como parte de su estética y filmaban videos protagonizados por algunos de los mejores riders de la época. ¿Por qué no podríamos decir entonces que hacían skate rock?
Más adelante llegarían ejemplos más radicales, como Circle Jerks, JFA, Aggression, Agent Orange, T.S.O.L. y decenas de proyectos que, con o sin skaters entre sus integrantes, con o sin tapas de discos alusivas a la patineta y con o sin canciones que hablaban sobre deslizarse en una rampa, terminarían conformando la banda sonora de la primera generación del skate moderno.
Recién a mediados de los ochenta, el concepto y el sonido del skate rock comenzaron a filtrarse hacia el sur a través de un amigo de Walas, Enrique “Henry” Candiotti (1965-2012), el hijo de un diplomático argentino que vivió entre Europa, Argentina y Estados Unidos, y que se transformó en uno de los skaters más influyentes del país. Gracias a los viajes de su papá, Henry trajo revistas, videos, música y tendencias de la escena californiana de la época casi en tiempo real a estas latitudes, además de construir junto a sus amigos (como Walas, que en aquel momento todavía era conocido como Willy, uno de los mejores skaters vernáculos) el primer half pipe de Buenos Aires en Ciudad Universitaria. “Nosotros fuimos como los cancilleres de esto, los primeros en transculturizar esa cultura de California a Buenos Aires”, asegura el cantante.
“Éramos definitivamente skate rock, sin dudas. Teníamos unos 15 años y la influencia de ser público del punk rock y de lo alternativo. Íbamos a ver a bandas como Los Laxantes, Alerta Roja, Los Baraja y, sobre todo, Sumo. También frecuentábamos el Parakultural y la escena del teatro underground. Nos juntábamos con toda esa fauna medio intelectual, medio bohemia, medio decadente. Batato Barea, Urdapilleta, Tortonese, Las Gambas al Ajillo, Enrique Symns, la intelectualidad de Pichón Baldinu, Levinas, hasta el Indio Solari andaba en esa fauna. Ahí es donde aparecemos nosotros, apadrinados por quienes son casi nuestros hermanos mayores: Los Fabulosos Cadillacs”, cuenta Walas.

Es imposible hablar de skate en Argentina sin mencionar a Mar del Plata, la ciudad donde los Cadillacs dieron su primer show en público (como Cadillacs 57), y en la que Walas descubrió gran parte de lo que sería su mundo. “Fui como una especie de Marco Polo”, dice.
“Un verano de vacaciones descubrí la escena marplatense del skate, que en ese momento ya estaba en decadencia, y la traje a Buenos Aires, con fotos de los lugares donde se podía andar allá. Hicimos lo que se podría llamar el primer skate tour de la historia del skate argentino: cinco o seis chicos porteños viajamos en Semana Santa a encontrarnos con la escena marplatense. Ahí conocimos a los referentes de esa escena, que hoy son casi próceres, como el Mosca Benjalele o Tatú Martínez”.
Nacido y criado en La Feliz, Pablo “Tatú” Martínez tiene 57 años y nunca se bajó del skate. Es uno de los máximos referentes de la disciplina en Argentina, al igual que sus hijos Milton y Ezequiel Martínez, ambos de renombre internacional. Tatú también se encarga de destacar la figura de Candiotti como una de las piezas fundamentales para acceder a toda esa información que bajaba a cuentagotas del hemisferio norte.

“Uno fotocopiaba las revistas que traía él y así se iba esparciendo todo”, dice desde su taller, donde recicla y confecciona skates a pedido con la pasión de un artesano y el oficio de un experto. Tatú no solo tuvo su propia tienda en Mar del Plata (Shifty Skateshop), sino que vio pasar en sus manos la evolución de la patineta desde los ochenta hasta hoy. “En una de esas revistas que trajo Henry vi escrito por primera vez el nombre Minor Threat, mucho antes de escuchar nada de ellos”, recuerda.
“Mar del Plata estaba mucho más adelantada que Buenos Aires”, asegura Walas y dice que hay una explicación sencilla: “el surf”. Muchos surfistas viajaban a California y regresaban con tablas, revistas y, claro, música. Así fue aparecieron lugares míticos como “El Poolcito”, ubicado en Alem y Avellaneda, justamente a la vuelta de donde ensayaban los Cadillacs, recuerda Tatú. Una vieja pileta vacía de un hotel de los años sesenta que fue demolido, y que durante los ochenta y hasta principios de los noventa funcionó como punto de encuentro de skaters, punks, surfers, músicos y artistas.
Una vieja pileta vacía de un hotel de los años sesenta que fue demolido, y que durante los ochenta y hasta principios de los noventa funcionó como punto de encuentro de skaters, punks, surfers, músicos y artistas.
“La primera banda punk que vi en mi vida, los primeros punks que vi, fue justo en el terreno baldío donde estaba El Poolcito”, recuerda Walas, de envidiable memoria. “Era una banda que se llamaba Los Putrefactos. Aparecieron un día que venían de o iban a ensayar. Fue la primera vez que vimos punks en Mar del Plata. Y también fue en Mar del Plata donde vi mis primeros discos punk. Un chico chileno que venía de Estados Unidos tenía una pila de discos, y en los días de lluvia en que no se podía andar en skate, íbamos a la casa de alguien que tuviera bandeja para grabarlos en cassette. Serían unos veinte discos que hoy son clásicos de cabecera del punk rock y la new wave”.
Otra voz autorizada para hablar de Mar del Plata es Aku Almada, bajista de la banda Loquero, joyita del punk argentino. Aku también integró del grupo de skate rock Rescuai y editó el fanzine Disaster Skate Rock Zine. Al igual que Walas y Tatú, el también habitó El Poolcito. Y patinó por las calles de la ciudad mucho antes de la aparición de los primeros skateparks públicos.

Para Aku, Mar del Plata fue uno de los centros fundacionales de la cultura skate argentina. Y tuvo momentos de estrecha conexión con la capital del país. “Se armaba una comitiva desde Buenos Aires que se juntaba con la gente de Mar del Plata”, le cuenta a 421. Se refiere a la misma comitiva de la que habla Walas, que sentó las bases de un ida y vuelta que sigue vigente hasta la actualidad.
Aku cuenta que en aquellos años, la conexión entre Mar del Plata y Buenos Aires era constante a través de campeonatos, viajes y encuentros entre skaters que, en muchos casos, también estaban metidos en la música. Y dice que el skate “estaba muy relacionado con el punk y el heavy”. A su vez, coincide en que la primera vez que vio materializado el skate rock en Argentina fue en un show de Massacre Palestina.
Algo muy similar dice Juan Manuel López, mejor conocido como Pitu, uno de los skaters profesionales más reconocidos de Argentina. Nacido en Avellaneda en 1978, comenzó a andar a los 7 años, a competir a los 9 y se hizo pro en la adolescencia. Paralelamente, desarrolló una carrera musical ligada al punk y al hardcore.

Entre sus varios proyectos y ocupaciones, Pitu fue mánager de 2 Minutos, colaboró con músicos como Señor Flavio (Los Fabulosos Cadillacs) y compartió escenario con grupos como Discharge y Black Flag. Actualmente toca en Fuck Dolls y en 2 Minutos x Marcelo y Pedro, la nueva banda de dos exintegrantes del grupo emblema de Valentín Alsina. Desde hace unos años, impulsa el Hall of Fame del skateboarding argentino (del que ya forman parte Walas y Massacre Palestina, por supuesto), dedicado a reconocer a figuras fundamentales de la cultura skate nacional.
Para él, no hay demasiadas dudas sobre el punto de partida. “Para mí, la primera banda que conozco dentro de eso que se llama skate rock es Massacre Palestina”. Aunque también menciona a Cero de Pulso como un proyecto temprano integrado por “skaters reales” (formada en 1987 por los verticaleros Chara, Juli y Globu), Pitu remarca: “Massacre Palestina fue la primera banda argentina que asumió conscientemente esa identidad”.
“Ellos mismos, desde el arranque, ya se autodenominaban así. En la formación con Topo, Paco, Walas y el primer cantante, Richard, ya decían que hacían skate rock. Y a fines de los ochenta, principios de los noventa, plantarte y decir 'somos skate rock, loco' era arriesgado. Estaba todo mal. El hardcore, el heavy metal, los skinheads que te querían cagar a trompadas. El skate siempre estuvo un poco al costado de todo eso porque cruzaba varios palos. Había skaters punks, skaters skins, skaters heavies, skaters mods. Massacre se plantó igual e hizo lo que tenía que hacer. Para mí, indiscutiblemente, es la que llevó siempre en alto la bandera del skateboarding y del skate rock”, dice Pitu.
No obstante, hace algunas concesiones. Dice que se podría incluir en la lista de bandas del estilo a Minoría Activa, el grupo hardcore surgido a comienzos de los noventa, en plena ebullición del género en Buenos Aires, porque su líder, Esteban “Moncho” Seijo, es skater. Y también a otro de la misma camada, B.O.D., donde tocaba la guitarra Gianfranco “Giani” De Gennaro, leyenda del skate local, cuyo aporte permanente e invaluable a la patineta y a la música merecería un capítulo aparte en esta historia. Sin embargo, para Pitu, “el skate rock en Argentina no existe como género” .
“Lo que existe son bandas seguidas por skaters, como Cero de Pulso y Massacre Palestina, a las que se les puede decir skate rock porque los propios skaters se las apropiaron, o porque tienen letras sobre skate. Ahí sí encajan dentro de esa etiqueta. Aunque el género en sí, como podría ser el ska o el hardcore neoyorquino, no existe. Esto lo discutí una vez con Flavio Cianciarulo, de Los Fabulosos Cadillacs, y llegamos a la misma conclusión. Nos dábamos la cabeza contra la pared porque el género no existe. No hay un género skate rock”.
Del otro lado del mostrador está Tomás Spicolli, oriundo de Campana e integrante de una de las bandas que siguió el legado de Massacre Palestina, Delmar, que sigue dando shows. Para él, la pureza en la definición es lo de menos: “Si escuchás el sonido y conecta con esa sensación de estar patinando, es skate rock. No hace falta más explicación que esa. Es una cuestión de sentimiento”, asegura en una charla telefónica cargada de información.
Para Tomás, que lleva tantas décadas andando en skate como haciendo música y arte (vean Galería Masao) en múltiples proyectos (Milhouse Crew, Tildaflippers, SS Saltamontes, Los 7magnificoz, por mencionar algunos, todos únicos en su especie), Massacre Palestina fue el puntapié de todo esto a nivel local. “Nadie lo hizo mejor, y nadie lo hizo antes”, sostiene.
Massacre Palestina fue el puntapié de todo esto a nivel local. “Nadie lo hizo mejor, y nadie lo hizo antes”.
Como todos los de su época, recuerda el impacto que fue cruzarse por primera vez con la tapa negra del primer EP, esa que tiene un pibe con los brazos en alto y el manchón rojo, que arranca con “Diferentes maneras”, quizás la primera canción sobre el skateboarding que se haya registrado en Argentina. “Por el piso ya no pasará mas agua/ Ahora es donde pasará la diversión/ Bajo tus pies y tu ciudad aburrida/ Kilómetros de magna transición”, canta Richard. “Un día nos dimos cuenta de que todos nos habíamos conocido viendo a Massacre Palestina. Ahí estaba el denominador común”, dice Tomás.

Cuando reconstruye los ochenta, también ubica a Cero de Pulso inmediatamente después de Massacre. Pero ofrece una definición más amplia del asunto. Desde su perspectiva, una banda no tiene que estar integrada necesariamente por skaters para ser skate rock. “Los Minutemen no eran skaters, pero esa conjunción ya es todo”, afirma Tomás.
“Puede que una banda no haya andado nunca en patineta, y aun así ser skate rock. Yo tuve la suerte de empezar a hacer bandas con amigos con los que compartía sensibilidad artística y musical, y todos andábamos en skate". Hasta se animaron a darle una nueva vuelta de rosca al concepto y lo llamaron “skate-core”.

En el legado de Massacre Palestina también aparecen nombres como Evidencia Jinnah, grupo de punk hardcore de corte melódico que duró desde finales de los ochenta hasta mediados de los noventa, con Daro Mondello en guitarra (hermano del Tordo Mondello de Massacre), Pablo Antico en batería, Rodrigo Alonso Werner en bajo y Rama Pantorotto en la voz, actualmente reconocido por su rol de periodista deportivo.
Otra banda de esa misma escena es 13 al Diablo, el primer proyecto musical que tuvo Mariano González, reconocido skater profesional, impulsor de la cultura skater prácticamente desde su infancia, coleccionista y artista plástico. "El único que andaba en skate en 13 al Diablo era yo", aclara Mariano en comunicación telefónica con 421. “Venían muchos skaters a vernos, es cierto, pero no sé si la catalogaría estrictamente como skate rock”, aclara.
No obstante, dos canciones de 13 al Diablo formaron parte del primer volumen del compilado Skate Rock Argentina Dagger Style, una serie editada por el sello Frost Bite Records, a cargo de Rodrigo Ibáñez, otra de las piezas clave de la escena independiente de los noventa, que llegó a tener cuatro ediciones y que condensó, alla Thrasher, el sonido skate rock nacional: Massacre Palestina, Cadena Perpetua, Charlie Brown (luego Charlie 3, otra banda formada por skaters), Fun People, Cucsifae, Restos Fósiles, No Demuestra Interés, Killer Dolls, Vieja Escuela, Existencia de Odio, Uaita, Dixie Dynamite, entre otros nombres clásicos de la época.
Frost Bite Records editó además el único disco de 13 al Diablo, Sessions (1994). La banda arrancó en 1992 con una “fusión de estilos”, explica Mariano González. “En esa época se iba a cualquier show nuevo que mostrara algo distinto”, explica. Durante años, Mariano tuvo su propio skateshop (“One Love”) en la mítica galería Bond Street y participó activamente de la escena hardcore y punk no solo tocando, sino también ofreciendo la vidriera de su local para que las bandas de la época peguen sus afiches.
Hoy reparte sus días entre sesiones de arte en el Atelier Vog en Palermo y sesiones de skate en el circuito de skateparks que hay por esa zona (Haití y Skate Plaza son sus favoritos). Desde su mirada, en el skate rock “el hilo conductor tiene que ser la pasión por las ruedas, por ese folclore lindo del skate. Los amigos, viajar, vivir arriba de la tabla, y de repente juntarte con esos mismos amigos skaters a hacer música. Si nos ponemos ortodoxos, para mí lo esencial es que los integrantes de la banda anden en skate o al menos amen el skate”, dice.
Una de las tantas bandas que le pedía permiso a Mariano para pegar el afiche de su próxima fecha en la vidriera de “One Love” era Eterna Inocencia. Así lo recuerda Guillermo Mármol, su cantante, a quien podríamos definir como un auténtico amante del skate. Formada en 1995 en Quilmes, la banda debutó discográficamente con Punkypatin, un nombre que resume bastante bien el espíritu de aquella primera formación.
“El nombre lo puso mi hermano mayor, que durante muchos años fue el diseñador de los discos y de la estética de Eterna Inocencia”, le cuenta Guillermo a 421. “Me parece que buscaba mostrar lo que hacíamos unos chicos de 16, 17 años a mediados de los noventa. Vincularnos y continuar con el legado de Massacre Palestina. En esa misma continuidad también estaba Fun People con temas como “Skateboard From Hell” [N. del. R.: parte de Kum Kum (1996), obra maestra de una de las mejores bandas que dio Argentina, cuyo líder, Nekro, también andaba en skate]. En esa misma línea sale el disco, que en el fondo resumía lo que eran nuestras jornadas. Básicamente, tratar de encontrar un buen lugar para andar, un spot donde desarrollar el arte del skate. Estar escuchando música hasta altas horas de la noche andando en skate. De ahí sale Punkypatín”.
En su segundo disco, Días tristes (1997), cuando todavía cantaban en inglés, Eterna Inocencia incluyó no solo una, sino dos canciones dedicadas al skate: “Sk8 for life” y “Skaterboarding these days”. Sin embargo, cuando Guillermo piensa en una canción relacionada con la patineta, piensa en una sola. “Apenas meses antes de que Massacre sacara el disco Galería de Esperanza (1994), me hice fanático fuerte de la banda, y fui inmediatamente para atrás a descubrir Sol Lucet Omnibus (1992), que en ese entonces tenía en cassette. El tema ‘Nuevo Día’ para mí es, por lejos, el símbolo de lo que significa el skate rock”.
Guillermo recuerda que se ponía el walkman y bajaba a toda velocidad las barrancas del centro de Quilmes que dan al río escuchando esa canción. “Siempre estaba en las playlists caseras que se armaban en esa época”, dice. Su devoción por el tema es tal que hace apenas unos días lanzó una versión acústica de “Nuevo día” con su nuevo proyecto solista, mientras sigue agendando fechas para tocar con Eterna Inocencia por todo el país y la región.
Si avanzamos unos años y superamos la barrera del final de los noventa, podemos hablar de Amoeba, banda formada en Buenos Aires en 2003 que, según su guitarrista, Gonzalo “Pájaro” Rainoldi (skater de toda la vida, además de productor, anarquista, vegano y melómano incurable), nunca se propuso hacer skate rock, sino que se dio naturalmente. “La primera banda que fui a ver en vivo, a los 14, 15 años, fue Massacre Palestina”, dice Pájaro a través de una videollamada de WhatsApp. “Me acuerdo del Topo con una presencia arriba del escenario que parecía de una banda de afuera”, dice.
Si avanzamos unos años y superamos la barrera del final de los noventa, podemos hablar de Amoeba, banda formada en Buenos Aires en 2003.
Para Pájaro, el skate rock es “claramente una mezcla entre el hardcore y el punk”. Y se explaya: “Cuando digo punk, me refiero a bandas como Crass, o algo más rudimentario tipo Rudimentary Peni, lo que yo llamaría "punk rudimentario", más cuadrado, más básico. En Invasión 88 [N.del.R.: otro santo grial de información musical] había un par de bandas que representaban bien ese costado, como División Autista o Conmoción Cerebral. Y sumale el toque surf, en la línea de Dead Kennedys”.

Aunque, según Pájaro, en Argentina nunca hubo una banda que tuviera exactamente el toque del skate rock, a nivel internacional se lo atribuye a los Big Boys, banda seminal de los ochenta oriunda de Austin, Texas. “Ellos son los que meten la guitarra funk dentro del punk. De ahí, después, salen los Red Hot Chili Peppers. Yo era fanático de Big Boys, y de hecho mi propia manera de tocar está influenciada tanto por ellos como por Dead Kennedys”, explica.
Amoeba es el producto lógico de las reuniones con ese grupo de amigos después de patinar por las calles de Congreso. “Nos juntábamos a escuchar discos: Dead Kennedys, Agent Orange, JFA, Agression, Big Boys, hardcore punk en general, Minor Threat, Fugazi. Un día dijimos: hagamos una banda. Muchas de las que escuchábamos ya estaban catalogadas como skate rock. Entonces, naturalmente terminamos tocando eso, y haciendo canciones sobre eso también”. Por citar un ejemplo, “A la rampa”, parte Tumba Tu Tumba (2006), editado por Sniffing Recording Industries, otro sello importante para la, digamos, escena. Aunque Pájaro no está tan de acuerdo con esa palabra.
“Para mí nunca hubo una escena de skate rock acá”, sentencia. “En su momento estaba Massacre Palestina, sola en lo suyo. Y en los dos mil, cuando arrancamos con Amoeba, también estaban Los 7magnificoz, con quienes sacamos un split en vinilo. Hubo algo, pero era más a nivel de bandas puntuales que de escena real. También veo que hay otras bandas de skaters, pero no suenan a skate rock, hacen otras cosas”, argumenta.
Pájaro recuerda que hace poco más de una década estaban Los Valientes (con canciones como “Wallride”, el nombre de un truco de skate) y Los Caídos, dos bandas veloces y ruidosas que armaron algo parecido a una escena, pero demasiado chica. “Siempre fueron grupos aislados, y creo que eso va a seguir pasando porque hay un montón de pibes más chicos haciendo música ahora también. Creo que al final es lo mismo, las ganas de hacer cosas. Si tenés ganas de salir a andar en skate, tenés ganas de agarrar la guitarra y armar quilombo. Es parte de lo mismo. Justo antes de que me llames, estaba leyendo un libro de Deleuze y Guattari, donde hablan de que para contrarrestar al capital hay que buscar líneas de fuga que se salgan de la normalidad. Es un poco eso”.
Sobre el asunto de la escena, Tomás Spicolli tiene una mirada que va un poco más allá: “La escena siempre existe; depende de dónde y cómo mirás”, dice e insiste: “No es una entidad física tangible, es un sentimiento. Si en los ochenta le preguntabas a alguien del ambiente cultural mainstream si había una escena de skate rock en Buenos Aires, te decía que no. Pero estaba pasando”.
Es cierto que, con el correr de los años, el skate cambió. O, mejor dicho, se magnificó. Aparecieron nuevas generaciones, nuevas influencias y nuevos sonidos. “Los skaters empezaron a escuchar más hip hop”, apunta Walas. Sin embargo, ciertos símbolos permanecieron: la calavera de Misfits, el logo del águila de los Ramones, el tipo bailando pogo de Circle Jerks o el rayo en la cúpula de la Casa Blanca del primer disco de Bad Brains, por citar algunos ejemplos.

Entonces, la pregunta es: ¿existe todavía el skate rock? Tomás menciona a Harry Chinaski. “Esto es skate rock contemporáneo”, asegura. “El cantante es un pro y el violero tocaba en Chocokrispis, banda de skate rock de los noventa”, detalla. Por su parte, Walas no duda y tira otro ejemplo actual: “Los Cortos son una banda relativamente nueva de skate rock”. Habla del más reciente proyecto de Tatú Mártínez, que después de décadas de observar desde la rampa, se animó a tomar el micrófono y encabezar su propia banda de hardcore vieja escuela.
“Antes siempre iba a ensayos de otras bandas o me llamaban para escuchar y dar mi opinión, aunque nunca estudié música ni toqué nada formalmente”, explica Tatú. “Armar una banda era algo que tenía medio pendiente. No lo había hecho antes porque no tenía con quién, no había otros skaters con ganas de armar algo. Hace más o menos dos años se me dio”, dice. Los Cortos suenan a “una ensalada de estilos, con hardcore del principio, de origen real”, define. Y remata: “Es lo que nos sale, lo más natural. Porque para mí, el skate y la música nunca fueron cosas separadas”.
Imagen de portada: Tatú Martínez hace un frontside tailbone en La Rampa Amarilla, Mar del Plata, 1988. Cortesía: Gabriel Navarro.
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