La República Afectiva de Paula Maffía
Paula Maffía resiste al algoritmo con República Afectiva: un disco orgánico y pasional donde el deseo es trinchera.
Paula Maffía resiste al algoritmo con República Afectiva: un disco orgánico y pasional donde el deseo es trinchera.
El primer disco de La Cosa Mostra, banda que Paula Maffía lideraba junto a Lucy Patané, su socia más frecuente, se tituló Grandes Éxitos. Más allá del chiste, en ese caso el éxito era sinónimo de circulación y la circulación garantía de que la cuestión se había impuesto irreversiblemente. De aquella época quedó algo más que la virtud para los juegos de palabras: si en esos tiempos fue un acierto presentarse como la mafia más queer dispuesta a, precisamente, mostrarse, algo de esa disposición a la ambigüedad rigió siempre la obra de Paula. Las primeras décadas del milenio la encontraron gregaria en sus proyectos, con ánimos de armar grupos como Las Taradas, los Sons, la Orgía y algunos otros. Todas las formaciones que propuso tenían temperatura y un talento para ejecutar con peso. Casi como si encarnaran la mismísima noción con la que se autopercibía Led Zeppelin: el plomo (lead) que sabe retumbar pesado, pero que sabe elevarse y flotar; arrancar en canzonetta y terminar en ensamble al borde de la descomposición. En el vivo de Paula la explosión siempre fue controlada, armonizada, con la melodía calcada de su parábola original.
Vino el disco Orgía (2014), después Ojos que ladran (2015), y en 2019 Polvo, disco consagratorio. Nominaciones a premios, apertura a Patti Smith en el Luna Park, boca en boca y consolidación de una de las voces más importantes de la escena nacional. Después lanzó Lesbiandrama (2024), otra feliz colaboración con Lucy. Y acá estamos, ante la República Afectiva (2026).
Nominaciones a premios, apertura a Patti Smith en el Luna Park, boca en boca y consolidación de una de las voces más importantes de la escena nacional.
Cuando se piensa en la música que mira al futuro, suele repararse en esa clase de expresiones que le dan la espalda al confort y las garantías de la industria, que rompen con el pasado y se animan a imaginar horizontes nuevos. Una idea que analicé en este espacio, al acercarme a las obras de Camionero y del Indio Solari, después de Simon Reynolds y Mark Fisher. Pero hay un componente más a la hora de pensar la música del futuro, y que sería necio soslayar: cómo se vincula con lo digital.
Como al resto de las artes, a la música le tocó lo que podríamos convenir en llamar una crisis de los soportes. Rápidamente podría entenderse la dinámica progresiva y reiterativa de esas crisis al interior del siglo XX: primero el propio fonograma se vuelve una mercancía al poder registrársela, después surge un soporte que se consolida varios años (el disco de pasta, después el vinilo), con sus correspondientes herramientas de difusión (los estudios, la concepción de una forma de canción que al rotar en radios se vuelva popular, las propias radios, la televisión, etc.). Pasa el tiempo, aparece el cassette, luego el CD, más tarde el mp3 y finalmente entran en juego las plataformas digitales que rigen este tiempo, y que también tendrán su ocaso.
La era de las plataformas digitales hereda todos los reflejos de una industria tendiente a la concentración. Si bien la época presenta algunos anticuerpos como podría ser el incesante tráfico de archivos P2P o alguna plataforma que le propone al artista un mejor arreglo, como Tidal, lo cierto es que, después de una transición donde pareció imponerse la piratería como forma, la industria encontró la manera de institucionalizar los archivos digitales y cobrarles a los usuarios una suscripción para escuchar un archivo .wav.
Internet invade así el cuerpo del oyente, media, por citar con todas las de la ley a Ricardo Iorio, “entre la realidad del hombre y la vida real”, e impone una forma de escucha.
La música de Paula está en las plataformas. Pero su obra es, en todas sus formas, una militancia en contra de las exigencias de la parte más instantánea e inmediata del mercado. No es una lanza, es una canasta. Ya vamos a llegar a eso.
Analógica hasta la última membrana de sonido, la propuesta integral es tan humana en su ejecución que es muy difícil de presentar tal cual se grabó. Asamblea de instrumentos, la cuestión fue dirigida por Juanito el cantor, que también ejecutó el bajo y algunas guitarras; Lucio Mantel arregló las cuerdas, Martín León Benito tocó la batería, y en el álbum hay trombón, trompeta, saxo barítono, bombo legüero, violín, viola, cello, marimba, vibráfono y la lista sigue un poco más.
Así de multitudinaria como se lee, la asamblea presentó el disco con todos sus instrumentistas el 20 de mayo, en Niceto.
Esa noche pasó lo mejor que le puede pasar a un disco nuevo: sus canciones reemplazaron a las de su antecesor, Polvo, como números principales. El relevo ya se intuía en fechas más íntimas de Paula, como Boca de Buzón, proyecto de poesía y canción que comparte con la escritora Mana Bugallo. “El Club de la pelea” y “Whisky”, los dos primeros adelantos del álbum, tenían su lugar fijo en el tracklist. Pero, ante un Niceto lleno, Paula exhibió una narrativa que se permitió sus clásicos solistas de ayer y hoy, pero los momentos climáticos fueron casi todos de las canciones que habían salido hacía un mes. Es una osadía que no se pueden permitir todos los cancioneros: requiere un público dispuesto a deponer la comodidad de la letra ya conocida por todos. El coro, verificación incontestable de que eso que pasa en vivo es esperado por la audiencia, es una gratificación que uno, que no hace música con palabras, puede imaginar adictiva. O, en todo caso, agradable. La canción necesita el coro como una comedia necesita risas. Y es muy difícil que una canción nueva active esa neurona colectiva dispuesta a cantar.
Analógica hasta la última membrana de sonido, la propuesta integral es tan humana en su ejecución que es muy difícil de presentar tal cual se grabó.
Cuando en mayo de este año Fito Páez decidió tocar su álbum Novela (2025) de principio a fin, durante la primera parte de un show, su público lo abucheó. La escena no es análoga al show planteado por Paula ante todo porque los discos son distintos. Novela es un álbum conceptual, bastante alejado del tipo de canción con el que Fito enamoró a su público. Pero lo que me sirve para acercarme al estado de la recepción por parte de la audiencia por lo menos porteña de clase media o media alta con acceso a una entrada al Movistar Arena es que Fito había anunciado que le había venido en gana reservar la locación para tocar integralmente su disco. Y, oh, bendita consistencia con lo anunciado, ¡es lo que hizo!
El abucheo provino de algunos sectores de la platea y la incomprensión del acontecimiento estético da cuenta también de la ceguera con la que a veces se asiste a lugares. El Movistar se volvió un venue con circuito propio: hay gente que acude a recitales ahí celebrados no necesariamente porque se presente un artista que se anhelaba ver, sino porque la experiencia de asistir convierte a la música en una excusa para salir por Villa Crespo.
No es una descripción muy enamorada de la cultura porteña la acá formulada, pero creo que es fiel a lo que se ve en la industria del espectáculo. Mientras algunas expresiones artísticas de altísima calidad tienen que conformarse con el intento de llenar plazas de entre 150 y 1000 localidades, otras de menor calidad ingresan a un itinerario cultural instalado para brindar todas las formas de accesibilidad, desde urbana hasta artística.
La decisión de Fito fue, en ese sentido, una pequeña transgresión a la gran prohibición de la maquinaria musical nacional: no se salga de sus Grandes Éxitos.
Quizás salvando, nuevamente, las diferencias entre discos, esa grieta entre el conservadurismo de un público convencido de lo que quiere y las ganas de rebelarse a esas expectativas me hizo acordar a la recepción con la que se encontró el Flaco Spinetta durante la primera década de los 2000, cuando presentaba Silver Sorgo (2001) o Para los árboles (2003) y en la lista incluía tal vez uno o dos clásicos de su repertorio, hacia el final, como un complaciente agradecimiento a los asistentes por el esfuerzo de recibir la novedad.
La decisión de Fito fue, en ese sentido, una pequeña transgresión a la gran prohibición de la maquinaria musical nacional: no se salga de sus Grandes Éxitos.
No somos muy buenos procesando la sincronicidad del arte. Las obras pasan con su contexto y elaborar explicaciones puede ser un gesto tan estéril como pedírselas a los autores. Pero capitular en el reflejo o el ejercicio de pensar es entregarle la responsabilidad a una posteridad que no tendría por qué despreciar, aunque sea, la documentación de que estuvimos atentos. Abrir la discusión, para después arrepentirse en sana discusión.
Fernando Bogado tiene un poema sobre la crítica literaria en el que pienso siempre y suelo citar mal, que insta a que nos pensemos antes de que nos piensen. O, aunque sea, presentarse en algún lugar donde está pasando lo que dentro de algunos años va a darle forma a nuestra nostalgia.
A eso iba Rosario Bléfari en su publicación en Facebook del 20 de noviembre de 2014. Es un manifiesto bastante reconocible para un grupo de personas:
Siempre tengo la sensación, de que cada momento que vivimos es histórico, de ahí la importancia de estar en el presente, ir a recitales, encontrarse con amigos, leer a los escritores que viven, ir al teatro, ver las películas que se estrenan, escuchar los discos, hablar con las personas, recorrer la ciudad caminando, ir a una marcha, presenciar una sesión del congreso, hacer un trámite, ir al mercado, tener un proyecto y llevarlo adelante como sea, aunque alguien lo considere un fracaso, participar en lo que sucede, como sea, estar, vivir lo contemporáneo, sin nostalgia, es lo mejor incluso para cuando nos pregunte alguien si tenemos algo que contar.
Las palabras, así dispuestas, sintetizan casi todo lo que se puede responder ante la prepotencia del desánimo. Parecen una especie de conjuro contra el nihilismo, contra la sensación perforante de que todo está perdido, que no hay futuro y que la única manera de leer la época o interpelar al presente es mediante un proceso de deconstrucción de la realidad, en posmoderna batalla contra la idea de construir espacios desde cero, con la intuición de que pueden reverberar en un futuro incierto.
En una primera escucha sin miedo a los pleonasmos, uno podría pensar que República Afectiva es un disco sobre el afecto. Ya herido de literalidad, el oyente podría redoblar la escucha, a ver con qué se encuentra. Es posible que ya para ese acercamiento al disco, más allá de la canción como unidad uno puede empezar a entender que esas sílabas entonadas son signos y hasta palabras, y es posible que entonces asome la verdadera temática del disco: el deseo.
Esta nota fue planteada a 421, rejunte de lecturas piolas, hace ya algunos meses. La propuesta fue una entrevista a la autora del disco. Pero sucedió que entrevisté a Paula en otro medio, el programa de streaming Cita a Ciegas, que va por Posdata y allí en vivo me confesó que explicar su obra no es algo que disfrute. Lo cual, por cierto, tiene mucho sentido. Lastimosamente, las entrevistas a músicos suelen centrarse en el sentido de las canciones y ocasionalmente abordan el aspecto técnico, material de la música. Es que explicar una obra es un ejercicio viejo como el arte (pienso, acaso encarnándolo, en Mario Servio Honorato, gramático que pisó el siglo IV d.C, cuyo comentario de la Eneida, In Vergilii Aeneidem commentarii, se conserva entero y es una especie de lectura obligatoria de latinistas). El ejercicio de comentar, que también acompaña las escrituras consideradas sagradas, expande la palabra y propicia su estudio para cualquiera. En cambio, si al hablar de música la charla se acerca más a la manipulación de la materia que propicia el sonido, inevitablemente la cosa parecerá teledirigida a la nerdeada melómana, golosa de nicho. No me espanta ese grupo lector, desde ya, y futuras entrevistas podrán presentar ese acercamiento. Pero sí creo pertinente, si voy a abordar un disco sobre el deseo, escuchar el mensaje de la autora y evitarle, por una vez, la tarea de ser exégeta de su propia obra.
Sí voy a citar una frase que me dijo y tendré en cuentas algunas ideas que pronunció en otros rincones de la difusión cultural. Pero desde la soledad de mi cuarto.
El disco, decía, habla del deseo, ese tópico tan crucial para toda una parte del pensamiento del siglo XX y tan políticamente pertinente en un siglo XXI que profundiza en su usurpación de agencia a los individuos.
Arranca con “Club de la Pelea”. Una trompada en los dientes que advierte “Tengo lo que buscas, te guste o no”.
El disco habla del deseo, ese tópico tan crucial para toda una parte del pensamiento del siglo XX y tan políticamente pertinente en un siglo XXI que profundiza en su usurpación de agencia a los individuos.
A modo de epígrafe, el yo lírico ya se pone bastante meta: si habla de la persuasión a la hora de acercarse a otro, ese otro podría ser alguien con quien se puede aspirar a conspirar en el terreno del amor o, por qué no, de la música. Este disco reclama atravesar la frontera de la audiencia pre-existente y acceder a esos oyentes que, para saber si es para ellos, tienen que escuchar.
De la infancia de ese deseo prepotente el disco pasa, sin transiciones, a “Cobre”, canción que se permite enroscar la naturaleza caprichosa del deseo, ya en una etapa de adolescencia, en el que la libido emerge para romper la calma del período de latencia.
“Desearía que desearas/ abrirte a mí” canta Paula y la base es acompañada por arreglos de cuerdas que colaboran a la dramatización del tono.
El fraseo, como en otras canciones de Paula, es largo. Los versos se encabalgan y le dan forma a una sintaxis extrañada, que llena la melodía de sílabas en una cadencia elástica. Es en esa forma de versificar tan particular de la autora que el estribillo “algo roto perfecto no es algo perfecto roto” aparece de pronto, como una estructura lógica pícara que desarregla lo que podría reparar el kintsugi, el arte japonés de restaurar las grietas de los objetos con un pegamento mezclado con polvo de oro. O, aunque sea, establece la diferencia: aquello que roto sigue siendo perfecto no es lo mismo que algo perfecto que se rompió. La primera implica continuidad y la segunda, final.
El fraseo, como en otras canciones de Paula, es largo. Los versos se encabalgan y le dan forma a una sintaxis extrañada, que llena la melodía de sílabas en una cadencia elástica.
Llegados a este punto, y ante la posibilidad de estar meando a metros del tarro, se siente bien no estar preguntándole estas cosas a Paula, que bastante nos da. ¿No?
El tercer tema del disco (pronto vamos a hacer una inevitable elipsis) es “La Mano en el Corazón en la Mano”. Juanito el Cantor tiene un nombre tierno, pero el bajo que propone al comienzo de la canción es de una oscuridad agresiva. Surge desde el silencio e introduce el poema. Paula abre sus propios bajos, los de su voz, y se acerca a unas modulaciones melódicas con semitonos de escalas foráneas y compone, estrofa a estrofa, una miniatura de la nostalgia más valiente que abatida.
Y entonces un rulo de batería de Martín Benito introduce “El deseo es un arma que hay que saber apuntar”.
En el programa de streaming Cita a ciegas le pregunté a Paula por el deseo y decidió responder con la imagen de un dragón chino que sostiene una bola en la mano:
Es hermosa la determinación de un animal mitológico, tan imperial, que tiene que agarrar algo para que no se le caiga. Ese acto lo sujeta a él mismo y lo condiciona para ser una especie de vasija. Es un monstruo mitológico preocupado porque no se le caiga algo frágil y perfecto.
Gracias, Paula, eso es todo.
Ah, no, una cosa más, hablando de vasijas.
La canción “República Afectiva” (había anunciado la elipsis que aceleraría el final de este inútil análisis que leés, ¡oh, hipócrita lector, mi igual, mi hermano!, diría Baudelaire) inaugura el tramo final del disco.
“Entramos a una casa/ con un presente entre manos”, empieza.
Y me acuerdo.
En su ensayo La teoría de la bolsa de la ficción, de 1986 (recientemente publicado por Rara Avis, con prólogo de Donna Haraway), Ursula K. Le Guin parte de un tiempo anterior a la agricultura, donde los homínidos recolectaban y completaban sus actividades en una semana de 15 horas semanales, lo cual dejaba bastante tiempo libre. Y aquellos que no tenían un oficio como el canto o la cocina, decidieron salir a cazar mamuts. Úrsula dice que no fue la carne la que hizo la diferencia. Tampoco el marfil. Fue la historia.
Es difícil contar una historia realmente apasionante de cómo arrancaste una semilla de avena de su cáscara, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y que luego me rasqué mis picaduras de mosquito, y Ool dijo algo gracioso, y fuimos al arroyo y tomamos un trago y vimos salamandras por un rato, y luego encontré otro terreno de avena. No, no se compara, no puede competir con la forma en que arrojé mi lanza profundamente en el costado peludo del titánico mientras Oob, empalado en un enorme colmillo, se retorció gritando y la sangre brotaba por todas partes en torrentes carmesí, y Boob era aplastado como una jalea cuando el mamut cayó sobre él mientras disparaba mi flecha infalible directamente a través del ojo al cerebro.
Para la autora, en ese segundo tipo de narración, destaca la figura del héroe. Y ella dice, después de Virginia Woolf, que quiere que el nuevo héroe sea la botella. Pero no la botella de ginebra, sino el recipiente en cualquiera de sus formas: ese artefacto que constituye una de las primeras tecnologías humanas, anterior a la sofisticada lanza o el cuchillo, o el hacha. En la época del ensayo, ya habiendo escrito una gran parte de su obra, la autora elige reivindicar la recolección por sobre la dirección de la lanza.
En República Afectiva, Paula recolecta imágenes como semillas. No es un rodeo porque no hay un objetivo concreto. Si Paula habla del deseo, también habla del afecto. Y, posiblemente, el afecto sea una coraza política con pretensiones universales para hablar de esa cosa tan difícil de cantar y tan ridícula de explicar: el amor.
Paula, a sabiendas o a ciegas, va a la búsqueda de esas cosas que se ponen en una canasta y se traen al hogar para transformarlo definitivamente.
Si Paula habla del deseo, también habla del afecto. Y, posiblemente, el afecto sea una coraza política con pretensiones universales para hablar de esa cosa tan difícil de cantar y tan ridícula de explicar: el amor.
Creo que Paula hizo de la canasta, o del pedazo de corteza que sirve para transportar algo, su héroe, como quería Úrsula. Pero debería entenderse el gesto de la recolección como un acto de rebelión. República Afectiva es una obra en pie de lucha y bastante asertivo en términos de pensar el deseo. Si bien sus signos se muestran abiertos de binomios en binomios, el disco es un combate contra la resignación y una defensa del afecto como militancia y territorio a proteger. Para expresar las ideas e imágenes que conforman el discurso del disco, sacó la maleza y dijo lo que tenía para decir. Escondidas tras la música y su orquestación multitudinaria y poderosa, las palabras se agrupan, como granos, cereales, ramas o huesos para escribir una historia que es comunitaria pero también personal.
De lo chico a lo inmenso, Paula junta, también, en las grietas que componen los traumas, en la asamblea de cuerdas dispuestas a la belleza, en los relieves de una melodía, imagino que en la gente que ama y en el futuro (que confío en que avista del otro lado de esta neblina confusa), el barro para su obra.
Foto de portada: Nadia Guzmán.