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Gregory Bateson: La pauta que conecta todo lo vivo

Bateson desafió la ciencia: no se puede estudiar al organismo aislado, sino siempre en relación con su entorno.

Gregory Bateson: La pauta que conecta todo lo vivo

Una figura que califique para Santo Patrono se identifica por sus máximas, o mejor todavía, por sus preguntas. Para Bateson la pregunta era esta: ¿qué tienen en común un cangrejo, una langosta, un narciso, un loco, un cuerdo, vos y yo? Esto siempre lo plantea Piscitelli en cada espacio de (des)formación organizacional adonde vamos. Nadie contesta nada razonable. Sin embargo, sigue siendo la mejor pregunta que conozco para explicar por qué separamos el conocimiento en compartimentos que la realidad jamás respetó.

Inteligencia, para Bateson, no era información acumulada sino la capacidad de detectar diferencias que hacen diferencia. Ahí está el parentesco con Richard Feynman, que insistía en que lo interesante no es memorizar el nombre de las cosas sino entender cómo funciona todo, qué hace que un sistema efectivamente funcione. Bateson compartía esa curiosidad casi infantil, pero la llevaba a un lugar poco habitual para su época: en vez de acumular observaciones sueltas hasta que emergiera una teoría, hacía el camino inverso. Primero construía el andamiaje teórico, la pregunta general, la estructura, y recién después bajaba a mirar el fenómeno concreto (el ritual balinés, la nutria en el zoológico, la familia del paciente esquizofrénico) para ver si el andamiaje resistía. Era, en el fondo, un modo de pensar antes que un catálogo de hallazgos.

Reconfigurar lo conocido

Artificial y natural son, para la ciencia contemporánea, categorías cada vez más porosas, pero Bateson ya las trataba como una distinción sospechosa hace más de medio siglo. No hay, decía, una frontera nítida entre la mente y su entorno, entre el organismo y el ecosistema que lo sostiene. La mente no termina en el cráneo. Se extiende hacia afuera, hacia el bastón del ciego que tantea la vereda, hacia el hacha que corta el árbol, hacia la relación misma entre el leñador, el hacha y el árbol. Esa idea, hoy repetida por la cognición extendida y el ecologismo de escritorio, era en los años setenta una provocación filosófica de otro calibre.

No hay una frontera nítida entre la mente y su entorno, entre el organismo y el ecosistema que lo sostiene. La mente no termina en el cráneo.

Escribió poco pensando en ser leído con facilidad, y eso también forma parte de su biografía intelectual. Era hijo de William Bateson, el biólogo que popularizó la palabra "genética" y que esperaba que su hijo continuara con lo medible, con la zoología, lejos de cualquier cosa que sonara psicológica o inestable. Gregory obedeció a medias: estudió biología, pero terminó migrando hacia la antropología, el cine etnográfico junto a Margaret Mead en Bali y Nueva Guinea, la cibernética de las conferencias Macy, la psiquiatría, la lingüística, la teoría de sistemas. Nunca eligió una disciplina. Eligió una pregunta y la persiguió por todos los territorios donde encontraba pistas.

Este impulso, el de unificar en vez de fragmentar, lo formuló él mismo de manera casi devocional años más tarde, en 1979:

Hemos comenzado a bajar ideas ecológicas, y aunque siempre las trivializamos, transformándolas en comercio o política, al menos existe un impulso en el corazón de la humanidad de unificar y santificar el mundo natural del que somos parte.

Texto y contexto son, en la obra de Bateson, la misma cosa vista desde dos ángulos. En Naven (1936), su primer libro mayor, ya ensayaba esa mirada: describía un ritual de los iatmul de Nueva Guinea no como una curiosidad exótica sino como un sistema de retroalimentación, con sus propios mecanismos de equilibrio y desborde. Lo que a otro antropólogo le hubiera dado un capítulo descriptivo, a Bateson le dio un modelo. El ritual no "significaba" algo por fuera de sí mismo: era, en sus propios términos y en su propia lógica interna, una máquina de regular tensiones sociales. Esa costumbre de leer cualquier sistema (un ritual, una familia, un ecosistema) como una máquina de retroalimentación lo acompañó toda la vida.

Sobre esa base construyó la pregunta que mejor lo resume, la que persigue el título de uno de sus ensayos más citados: ¿qué pauta conecta al cangrejo con la langosta, a la langosta con el narciso, al narciso con el ser humano, y a todos ellos con el loco y con el cuerdo? La respuesta de Bateson no es una metáfora poética sino una apuesta epistemológica fuerte: existe una gramática compartida, una estructura formal de relación (no de sustancia) que atraviesa a todos los sistemas vivos. No importa si un organismo tiene exoesqueleto o neuronas espejo; lo que importa es cómo se organiza la información dentro de él, cómo circula la diferencia, cómo se corrige a sí mismo frente al cambio. Ahí, y no en la química ni en la anatomía, está la pauta que conecta.

Hacia una ecología de la mente

Bateson nació en Grantchester, Inglaterra, el 9 de mayo de 1904, y murió en San Francisco el 4 de julio de 1980, ya nacionalizado estadounidense. En el medio fue antropólogo, filósofo, sociólogo, lingüista, escritor, biólogo, director de cine etnográfico, terapeuta, semiótico y, según cómo se lo mire, uno de los padres fundadores de la cibernética junto a Norbert Wiener y John von Neumann en las conferencias Macy. La lista de oficios no es un dato curioso de solapa de libro: es la prueba viviente de su propia tesis. Un hombre que se negó a que su pensamiento quedara enjaulado dentro de un departamento universitario terminó necesitando ocho disciplinas distintas para decir, básicamente, una sola cosa.

Con ese instrumental fue que llegó a la noción que le da nombre a su libro más influyente, Steps to an Ecology of Mind (1972): la ecología de la mente. La idea, resumida sin piedad, es que la unidad de supervivencia no es el organismo aislado ni siquiera la especie, sino el organismo más su entorno. Pensar lo contrario (el individuo contra la naturaleza, la mente contra el cuerpo, la cultura contra la biología) es, para Bateson, el error epistemológico que explica buena parte de las catástrofes ecológicas y políticas del siglo XX. Ahí está también su frase más citada, casi un lema: "Los principales problemas del mundo surgen por la diferencia entre cómo funciona la naturaleza y cómo piensan las personas". No hay grieta entre humanidad y naturaleza: hay, apenas, un modo de pensar que insiste en inventarla.

La unidad de supervivencia no es el organismo aislado ni siquiera la especie, sino el organismo más su entorno.

Ayuda recordar el contexto para entender por qué esta búsqueda lo llevó también a la psiquiatría. A mediados de los años cincuenta, en Palo Alto, Bateson armó un equipo con Jay Haley, Donald Jackson y John Weakland para estudiar la comunicación dentro de familias con un integrante diagnosticado esquizofrénico. No buscaban una falla química en el cerebro del paciente sino un patrón en el sistema de mensajes que circulaba en esa familia. Ahí apareció, casi como un hallazgo lateral que terminó siendo el más famoso de su carrera, la hipótesis del doble vínculo.

De los ejemplos que Bateson documentó, el más citado ocurre en Bali, donde había observado años antes que algunas madres respondían al gesto cariñoso de un hijo pequeño con un rechazo brusco e inmediato, apenas el niño se acercaba a corresponder el afecto. El chico quedaba atrapado entre dos órdenes contradictorias e inescapables: "acercate" y "si te acercás, te castigo por acercarte". No podía nombrar la contradicción, no podía huir de la relación, no podía no responder. Ese es el doble vínculo: dos mensajes de niveles lógicos distintos que se cancelan mutuamente, dentro de un vínculo del que no se puede salir ni comentar desde afuera. Bateson lo propuso como hipótesis para la esquizofrenia, hipótesis hoy discutida y en gran parte abandonada en su versión más fuerte, pero el concepto sobrevivió a la teoría que lo originó: hoy se lo usa para describir instituciones, relaciones laborales, hasta el vínculo con los algoritmos que piden participación auténtica en plataformas que premian la impostura.

Un hombre caminando nunca está en equilibrio, sino que siempre está corrigiendo su desequilibrio. Ahí está comprimida, cual diagrama, toda su epistemología: no hay estado estable que alcanzar de una vez y para siempre, solo un proceso continuo de ajuste frente a la perturbación. La homeostasis no es quietud, es corrección permanente. Aplicado a un cuerpo que camina, a una familia, a un ecosistema o a una civilización entera que sigue empeñada en tratar el planeta como un recurso externo, el diagnóstico no cambia demasiado.

Un hombre caminando nunca está en equilibrio, sino que siempre está corrigiendo su desequilibrio. La homeostasis no es quietud, es corrección permanente.

Humano y no humano dejan de ser categorías separables cuando se los mira con los ojos de Bateson, y ese sigue siendo el residuo incómodo que deja Steps to an Ecology of Mind medio siglo después: no hay un afuera desde el cual reparar la relación con la naturaleza, porque nunca hubo un adentro separado de ella. Cada intento de sanear esa relación desde una gestión, un discurso o una promesa de sustentabilidad repite, sin saberlo, el mismo gesto que Bateson diagnosticaba: tratar el síntoma como si fuera externo al sistema que lo produce.

La pauta que conecta no es una curiosidad de archivo ni una metáfora para animar una charla, es la única forma honesta de no dejar nunca de corregir el desequilibrio.

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