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Cómo proteger tu cerebro del algoritmo

De 11 millones de bits de información, tu cerebro solo procesa 50. ¿Quién decide entonces lo que pensás? El algoritmo hackea tu bioquímica para controlarte. Por eso, la verdadera soberanía cognitiva empieza conociendo cómo funciona tu propia mente.

Cómo proteger tu cerebro del algoritmo

Para armar la realidad, mi cerebro recibe 11 millones de bits de información por segundo, pero solo puede procesar alrededor de 50. ¿Quién o qué decide cuáles son esos 50? ¿Yo? ¿Un algoritmo? ¿Mi deseo, mi necesidad o solo es una respuesta automática a un estímulo diseñado para explotar mi sistema de recompensas?

Me hago esas preguntas cada vez que me acuerdo. Me ayuda a tener una sensación de control sobre mi vida, sensación de que no vivo encadenada en la caverna de Platón, de no ser atropellada por el tecnofeudalismo.

Me gusta esa sensación de autonomía, o de agencia, que siento que voy perdiendo con el capitalismo cognitivo. Quizás porque se nos ha hecho costumbre delegar nuestro cuidado personal, nuestro propio autoconocimiento, autodesciframiento y cognición en general, a dispositivos tecnológicos y algorítmicos. O porque nuestro cerebro funciona mal por estar intoxicado. Sea una u otra, son dos caras de la misma moneda. Ambas son de parte la batalla por nuestra mente (de la que habla Byung-Chul Han) pero sobre todo por nuestra biología. Porque, para ejercer poder sobre la “psique”, hay que pasar primero por el cuerpo y el cerebro.

Para armar la realidad, mi cerebro recibe 11 millones de bits de información por segundo, pero solo puede procesar alrededor de 50. ¿Quién o qué decide cuáles son esos 50? ¿Yo? ¿Un algoritmo?

En esta nueva fase del capitalismo, el poder ha encontrado su máxima expresión al dirigirse a los procesos cerebrales y neuroendocrinos que afectan directamente la autonomía humana. Es decir, no se volvió “inmaterial”. De hecho, utiliza los mecanismos más materiales y básicos que existen para moldear la subjetividad: nuestra bioquímica. Así, la autonomía cognitiva se vuelve biológicamente más costosa.

Pienso a la autonomía como en capas: no puede ejercerse desde un cerebro intoxicado o desregulado. Por eso, la soberanía biológica (la capacidad de cuidar los sustratos materiales de la cognición) es la base de cualquier autonomía real. Y para eso, la agencia perceptiva es la práctica concreta de ese cuidado: entrenar la interocepción, la atención, la capacidad de distinguir entre una sensación genuina y una inducida.

Soberanía cognitiva: una introducción a la autonomía psíquica
En una era de información infinita y algoritmos diseñados para captar tu atención, la soberanía cognitiva es la herramienta esencial. Aprendé a pensar por vos mismo.

Para las neurociencias, la agencia implica ser autora de mis propias acciones y responsable de las consecuencias. Pero la agencia también tiene una base biológica fuerte. La autonomía humana en este momento es un arma frente a un capitalismo cognitivo que busca colonizar el sistema nervioso, manipular nuestro comportamiento (el neuromarketing de hoy es el mercado de las emociones de Bernays del siglo pasado). Esto pasa desapercibido no solo por el sofisticado y discreto mecanismo algorítmico, sino también por la falta de conocimiento sobre nuestra biología. Una biología que está formateada para cambiar, que es flexible y que permite que nos adaptemos y co-evolucionemos.

Esa flexibilidad hace que nos acoplemos (concientes o no de ese proceso) con los algoritmos, las aplicaciones, las IA y el mundo en general, incorporando el medio a nuestro propio cuerpo. Las interacciones organismo-mundo resultan en la evolución.

Sabemos que evolución significa, fundamentalmente, cambio en el tiempo. No es necesariamente bueno por sí mismo. Al hibridarnos a cada nueva tecnología de la actualidad, el resultado del cambio (cognitivo, motor, físico, molecular, epigenético) puede ser ambiguo, una mejora tanto como una falla, dependiendo de la situación. En palabras de Jere:

Hermes te da una prótesis que expande tu habilidad técnica, y a cambio (incluso sin que lo notes) entregás la parte de vos que naturalmente supo ocupar ese rol. Poco a poco te descargás en la materia, como un cuerpo de Teseo, donde al final, en el punto omega, te espera la terrible singularidad con dientes babeantes asomando de su hocico.

Es decir, puede ser una “optimización” pero también tener un costo. Por eso, pienso que hace falta frenar un poco y elegir qué conservar y que no, a qué acoplarnos y a que no, a qué exponernos y de qué cuidarnos. Porque si partimos de que siempre nos transformamos en ese loop percepción-acción (en términos de Pörksen y Maturana) y así nos vamos haciendo quienes somos, mejor elegir qué percibimos del mundo y cómo lo hacemos. 

Construir autonomía

Si pensamos en construir una casa, por más compleja que sea su arquitectura, la base requiere una buena estructura y materiales de calidad. Si esos cimientos fallan, todo lo que viene después también. De la misma forma, cualquier proceso cognitivo depende de una base biológica. Por eso, la agencia perceptiva es el primer eslabón de la soberanía. Y la soberanía biológica (aquella capacidad de cuidar de los sustratos materiales de la cognición) es el piso de cualquier autonomía real.

Porque el neuropoder no solo pelea por tu atención con algoritmos, sino que te provoca neuroinflamación, desregulación de neurotransmisores y ritmos circadianos, y muchas otras cosas negativas. Ataca las condiciones biológicas que hacen posible la atención.

Es decir que la batalla por nuestras mentes se está librando, en gran medida, en el silencio de nuestras células. Por eso, la biología puede ayudarnos a ver el lado oculto, para así reforzar nuestra autonomía cognitiva.

Primero, la biología de la realidad

La evolución no nos hizo sabios, pero sí ahorradores. Necesitamos un cerebro enorme para sobrevivir en este mundo y eso es costoso. El cerebro cuesta el 20% del presupuesto energético del cuerpo, siendo solo el 2% de su masa. Sí, es el órgano más caro metabólicamente, pero tiene muchos mecanismos para optimizar energía. Por ejemplo, adelantarse a los eventos, predecir usando modelos mentales basados en experiencias previas, tomar atajos más eficientes. O filtrar información “irrelevante” para la supervivencia, usando solo esos 50 bits que mencionaba al principio, y así armar una “imagen de la realidad” coherente para enfrentar al mundo.

El neuropoder no solo pelea por tu atención con algoritmos, sino que te provoca neuroinflamación, desregulación de neurotransmisores y ritmos circadianos, y muchas otras cosas negativas. Ataca las condiciones biológicas que hacen posible la atención.

Recibir las señales del entorno y procesar TODAS como información sería costoso, lento y, sobre todo, resulta innecesario. Por eso, el cerebro: 1. Filtra casi todo y decide qué merece tu atención y qué puede ignorar; 2. Inventa relatos que ordenan la realidad. Y también: confirma lo que ya cree, repite lo que funciona, usa atajos (sesgos) armados con experiencias previas, ideas, palabras, biografía, amores, miedos, deseos, hábitos, influencias sociales. Bah, tu cultura.

Pero vayamos más profundo. El proceso es más o menos así: primero el cerebro arma una hipótesis sobre lo que va a ocurrir (mecanismo predictivo cerebral), la contrasta con las señales sensoriales (internas y externas, el filtro para que no sea una alucinación) y ahí, según el margen de error (distancia entre predicción y señales sensoriales presentes), ajusta el modelo predictivo (aprende) o lo mantiene (es decir, modifica el atajo o lo sigue usando). Con todo eso se construye nuestra imagen del mundo.

Cuanta más información multisensorial recibe el cerebro (lo que ves, oís, tocás, sentís), más compleja es esa reconstrucción. La dinámica del proceso perceptivo a veces, también, nos acerca a la alucinación. Porque todos somos vulnerables a la variación de nuestras emociones, percepciones, cogniciones, incluso aunque no tengamos ningún trastorno de salud mental (ejemplo, esquizofrenia), aunque seamos muy “inteligentes”, “sanos”, “atentos”, “críticos”. Porque lo que distingue realidad de ilusión no es un mecanismo, es su funcionalidad: una experiencia es “real” cuando las predicciones del cerebro se corresponden suficientemente con el entorno como para guiar una “acción exitosa” (o, como dirían algunos biólogos, adaptativa). Por ejemplo, si veo una silla y me siento sin caer, mi percepción de la silla es “real” en el único sentido que importa para la supervivencia: es coherente con el mundo, exitosa. Pero si veo una silla que no está, intento sentarme y me caigo (como lo diría Maturana, falla el acoplamiento), esa percepción era una alucinación.

Es decir, el mundo que experimentamos es una reconstrucción, una selección, una interpretación y una tendencia a sentir. Por eso, la cosa es si vamos a controlarla o ser controlados, ser constructores o construidos, vamos a guiar nuestra acción, percepción y evolución o solo ser arrastrados por la marea.

Soberanía biológica

Cada una de nuestras células es sensible a señales químicas, mecánicas, eléctricas, electromagnéticas que modulan su expresión genética (gracias a mecanismos epigenéticos que encienden algunos genes y silencian otros), cambiando, a su vez, su funcionamiento, forma y comunicación.

Esa sensibilidad nos da la posibilidad de responder rápido al entorno, de percibir y accionar con flexibilidad. Lo cual aumenta el “repertorio” de lo que podemos hacer. Ejemplo de esto es la tan mencionada neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso de cambiar su forma y función, de crear sinapsis (nuevas conexiones entre neuronas) donde haga falta. Y acá es donde vemos que los hábitos son transformadores: las sinapsis que se usan mucho (a través de hábitos, prácticas y entrenamientos) se fortalecen (mielinización), mientras que las que no se debilitan, se “podan”. Así pasa con todo el metabolismo. El ambiente cambia nuestra conectividad eléctrica y bioquímica.

Esa misma flexibilidad, que puede ser muy útil en algunos momentos, puede volverse en contra de nosotros en un entorno “biológicamente desfavorable". Por ejemplo, el scroll infinito entrena al cerebro para una predicción excesivamente débil, genera fatiga atencional y sobrecarga sensorial, porque se maximiza la sorpresa, la novedad y la saturación de información. A su vez, en el otro extremo, los algoritmos híperpersonalizados refuerzan creencias y eliminan los desafíos a las predicciones, lo que resulta en una predicción excesivamente fuerte. Se desregula el sistema nervioso, no queda lugar para la flexibilidad cognitiva ni la neuroplasticidad. Nos volvemos rígidos, polarizados, incapaces de actualizar nuestras creencias frente a evidencias que las contradigan.

El scroll infinito entrena al cerebro para una predicción excesivamente débil, genera fatiga atencional y sobrecarga sensorial, porque se maximiza la sorpresa, la novedad y la saturación de información.

La neuroplasticidad pierde también con la neuroinflamación, la intoxicación y la disrupción hormonal generadas por la exposición a un entorno físico lleno de sustancias químicas (presentes en aire, suelo, agua, alimentos, ropa, etc.) que ningún cuerpo humano puede procesar: ftalatos, parabenos, bisfenoles, PFAS, microplásticos, pesticidas, metales pesados, aditivos alimentarios. A la exposición química tóxica crónica que afecta directamente a la función cerebral, y a los algoritmos que empobrecen la calidad cognitiva, se suma también la digitalización de las relaciones sociales. Esto último reduce las oportunidades de acoplamiento encarnado, aumentando la soledad y desregulando los sistemas neuroendocrinos que dependen del contacto social. Se pierde el sentido, la motivación para actuar, y esta pérdida empobrece aún más la capacidad del cerebro para actualizar sus predicciones a través de la experiencia directa (inferencia activa).

Es un bucle.

El bucle de des-acoplamiento de la modernidad

La mala alimentación y la falta de sueño afecta todo el sistema nervioso. Alguien intoxicado por un entorno hostil se siente mal y es más propenso a la desregulación emocional, la ansiedad, la depresión. Su cerebro distingue peor lo real de lo ilusorio, evalúa mal y tiene más dificultad para ejercer un pensamiento crítico.

En ese bucle es casi imposible identificar la alucinación, y un organismo que no percibe bien su entorno, perece.

Una especie que no ve el problema, no lo resuelve.

Quien no ve el colapso, colapsa.

Y estamos colapsando por fuera y por dentro: crisis ecológica, económica, social + depresión, ansiedad, soledad, polarización. McGilchrist, psiquiatra y filósofo, describe este escenario como metacrisis, una crisis de percepción de significado compartido. Si la percepción es una interfaz que filtra señales para armar una imagen de la realidad, vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿quién decide qué se queda y qué no? ¿Cómo se filtra?

Quizás debamos ajustar los filtros, direccionar la mirada, decidir qué entra y que no, qué señal sirve y por qué.

Porque la historia de la humanidad nunca se trató solo de sobrevivir y reproducirse, sino también comprender, crear, amar. Por eso, la selección de lo que sirve, de lo relevante, implica desde luego una negociación entre la biología y la cultura, pero nunca debe delegarse completamente a un algoritmo ciego.

La solución no es ver todo, sino ver mejor. No ver solo con los ojos, sino con todo el cuerpo. Por eso, el cuerpo es el primer territorio de disputa. Primero hay que poder sentir el propio cuerpo como una fuente de información fiable (fatiga, hambre, estrés, inflamación), y saber qué afecta nuestra percepción y cognición. Eso es prestar atención al lado oculto de la soberanía cognitiva, el de la bioquímica que fortalece (o erosiona) la claridad mental, la capacidad de elegir, la posibilidad de no ser arrastrado por el ruido o los intereses de otros. Recuperar agencia, porque seguramente estemos ante un cambio radical de nuestra capacidad de acoplamiento al mundo con la IA.

El colapso es evitable

Pero ¿cómo conservar la autonomía en el caos? ¿Cómo evitar el colapso?

El caos no es una cuestión termodinámica, de entropía, ni el colapso es inevitable. Porque, como seres vivos, lo que nos define no es el flujo de energía, sino la configuración de relaciones que permiten que esa red de producción se mantenga a sí misma en flujo. Biológicamente, la autonomía se define por la capacidad de un sistema de mantenerse a sí mismo en una historia de interacciones (una visión muy autopoiética). Y esa capacidad, aunque ocurre en un universo entrópico, no puede reducirse ni a la termodinámica ni a la información; la autonomía se encuentra en la forma de estar juntos en el lenguaje, en la emoción, en el acoplamiento de la vida social e individual.

Y aunque el colapso es multifactorial (intervienen factores químicos, biológicos, atencionales, sociales y simbólicos), también es unitario, porque todos ellos convergen en la ruptura del acoplamiento estructural entre nosotros y el entorno.

El colapso puede evitarse, porque somos flexibles. Y la ciencia nos dice que la autonomía se puede recuperar, entrenándola con prácticas que re-sincronicen cuerpo, comunidad y sentido. Acá dejo algunas ideas:

  1. Regular tu sistema nervioso (sincronizar tus ritmos biológicos, reducir el estrés, fomentar la neuroplasticidad, respirar profundo).
  2. Cuidar tu cuerpo (moverte, priorizar el descanso, reducir la exposición a ultraprocesados y plásticos), en la medida que puedas. Todo hace la diferencia.
  3. Cultivar la presencia (contemplación, lectura, naturaleza, estudio, meditación, menos scroll), aunque sea unos minutos diarios.  
  4. Desarrollar metacognición (cuestionarse, observar los propios procesos de predicción y error, desarrollar conciencia corporal).
  5. Buscar socializar (relaciones significativas, trabajo en equipo, intercambio de ideas, comunidad, trabajo solidario, regulación mutua), porque somos seres sociales y afectivos.

Tu día puede empezar con un ejercicio de respiración antes de levantarte, porque sincroniza tu ritmo biológico y evita el modo alerta. Beber agua, sentir tu postura, no exponerte a luz azul de inmediato, todas son formas de cuidar tu bioquímica. Mirar por la ventana, incluso un minuto, es contemplar y entrenar la atención. Notar tus pensamientos, tus ideas más fuertes y dudar de ellas es un ejercicio metacognitivo. Buscar contacto social después de regular un poco tu sistema nervioso, de calmar tu mente, de bajar el ruido.

Lo importante es sembrar micro-interrupciones en la inercia que llevamos.

Elegir qué contar

Se nos han agotado la imaginación y la creatividad por desacoplarnos del mundo. Un mundo que sigue acá, esperando a que aprendamos a mirarlo de nuevo para contarlo de nuevo, de otra forma, más completa, más compleja.

Porque no podemos contar un mundo que no sentimos, ni narrar historias que no recordamos, ni crear mitos sin entender nuestra experiencia ni nuestra mente.

La agencia perceptiva sirve de germen a esas nuevas narrativas para elegir activamente por lo menos alguno de los 50 bits que quedan y, quizás, le dan más sentido al mundo.

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