Cómo el algoritmo refuerza la insatisfacción crónica
El algoritmo nunca nos muestra lo que ya tenemos, sino lo que todavía nos falta. Cómo bajarnos de la insatisfacción crónica.
Me acuerdo cuando en la pandemia todo el mundo compraba cosas por internet para la casa. Parecía que íbamos a necesitar un montón de cosas para el encierro. Aunque también estaba comprar cosas como excusa para salir a hacer algo, como mi amiga que se pasó la pandemia comprando cosas en marketplace que iba a buscar en auto y esa era la diversión. Comprar cosas para ir a buscarlas. La satisfacción no estaba tanto en el consumo sino en la actividad que ella se gestionaba alrededor de ese consumo, cuando ir a buscar lo que había comprado se transformaba en algo para hacer. ¿Será que a veces consumimos no por el objeto sino por la estructura temporal que produce la compra? Pienso ahora en Shein y el tiempo que tardan las cosas en llegar, ese tiempo de espera. ¿Y si el consumo puede también funcionar como una pequeña aventura, un plan, algo que esperar; una forma de darle estructura a los días?
En este último tiempo me obsesioné con los conjuntos de ropa deportiva. Me sumerjo en el scroll del catálogo infinito de calzas con sus diferentes colores, cortes y texturas que el algoritmo de Instagram me prepara todos los días. Porque sí, me encantaría decir que sólo consumo contenido sobre filosofía y literatura pero no, veo calzas. Dejo que Instagram me muestre todo lo que me quiere vender, porque si me voy a dar un saque de dopamina quiero que sea de la buena. Algunas veces llego a ir al local físico a probarme calzas sólo para confirmar que son hermosas pero no me quedan como busco que me queden. Claramente me da mas placer el research que comprarlas, aunque igualmente no creo estar ganando la batalla, porque la cantidad de tiempo que pierdo scrolleando, probándome calzas y haciendo el jueguito de resistencia al consumo es un montón. ¿La obsesión por las calzas me da algo que hacer?
Para estas ocasiones, esperándonos a la vuelta de la esquina, está el discurso de auto amor que tan bien se lleva con el marketing: “Amiga, date el gusto, te lo merecés, para eso te rompés el lomo trabajando”. El amor propio y la aprobación moral del esfuerzo conjugados como argumento de venta. No es consumo, es justicia: es lo justo que lo compres, como algo que restaura. Son consignas que pueden servirte para alivianar la culpa por la compra o pueden impulsarte a hacerla; yo misma recurrí más de una vez a ese discurso para convencerme de que un gasto estaba justificado. Una compra puede funcionar como una descarga, o como compensación de un mal día, una inseguridad, una ansiedad. Después queda por ver qué pasa cuando el efecto se disipa y el objeto pasa a formar parte del resto de las cosas que ya teníamos.
El algoritmo nunca te muestra tu placar, lo que ya tenés, te muestra lo que todavía te falta.
Puedo reconocer racionalmente que no necesito más calzas. Mi placar está lleno; tengo tanta ropa que casi ni llego a usarla, más ropa que ocasiones para usarla. Y sin embargo por momentos siento que me falta una: de otro color, con otro corte, una que esté más en tendencia, una para reemplazar a la anterior, una que ahora sí me va a quedar como busco. El algoritmo nunca te muestra tu placar, lo que ya tenés, te muestra lo que todavía te falta. ¿Cómo es que siento que las calzas que tengo son suficientes pero sin embargo quiero otras? ¿Hay un número al que llegar o es que el problema nunca fue cuantitativo? Dejo de ver calzas y empiezo a observar el deseo: cómo se construye mientras scrolleo, cómo se fabrica por repetición.
La producción de la insuficiencia
En esta búsqueda, si dejo de focalizar en el objeto y empiezo a estudiar el mecanismo, puedo ver que hay una infraestructura material, técnica y cultural para explicar la sensación de que nada nunca es suficiente. Primero que nada, creo que vemos demasiadas cosas todo el tiempo, o al menos pareciera que estamos viendo más cosas que antes. La exposición permanente al flujo de imágenes de las redes, ese torrente de vidas y acontecimientos que están pasando en lugares donde no estamos y de objetos que no estamos poseyendo, contribuye a esa experiencia de la insuficiencia.
Prefiero pensar esto como una condición de época más que como un problema a corregir para evitar caer en la trampa de la responsabilización individual, para la cual todos somos adictos que no podemos dejar de scrollear. Lo cierto es que scroll no está diseñado para que encontremos algo sino que, siguiendo la lógica del tragamonedas del casino, está diseñado para que creamos que lo próximo puede ser mejor. Esto conduce a algo diagnosticado como fatiga de la oportunidad: cuando hay mucho para elegir pero siempre creemos que lo mejor va a ser lo próximo que aparezca. Lo que me pasa con las calzas. La sensación de que el hallazgo es posible, pero siempre un poco más adelante. Ante esta observación, me detengo a preguntarme si las limitaciones no podrían funcionar como una especie de barrera de contención, o de bálsamo aliviador. ¿Será que las limitaciones nos dan libertad? ¿Que quizás vivir en un pueblo, por ejemplo, donde no hay tanto para hacer, puede liberarnos del FOMO de no estar en tres planes a la vez?
Los algoritmos son muy hábiles para entender nuestro deseo e incluso intensificarlo o conducirlo, hay mucha ingeniería detrás de eso. Para la economía de la atención, nuestra sensibilidad es el recurso a explotar. La acumulación es ese paradigma que no descansa nunca y prospera sobre la sensación de incompletitud permanente. Por eso la satisfacción resulta incómoda para una lógica de la acumulación, porque ésta depende de que el ciclo no se detenga. La valorización capitalista que comanda hoy nuestras relaciones e intercambios necesita cuerpos agotados y mentes súper estimuladas porque el malestar es rentable, y porque podemos seguir consumiendo incluso, o más que nada si, estamos agotados.
Por último, sospecho que el “querer conquistar más” está fuertemente emparentado con nuestra forma de concebir el tiempo. Un tiempo lineal, acumulativo, que va “arrasando”, como una flecha, conquistando, consiguiendo cosas, y donde siempre hay un "después" mejor que el presente.
Deseo aspiracional
El recorrido de la insuficiencia, va de lo más visible a lo más profundo: comienza operando sobre los objetos y la posesión, nunca se tiene suficiente, se corre hacia las identidades, nunca se es suficiente, hasta terminar filtrada en los apegos. La escucho todo el tiempo cuando las personas enunciamos deseos del tipo: "me encantaría hacer yoga", "leer más", "ahorrar".
Me pregunto si en esos casos el deseo apunta realmente a la actividad o a la imagen de una misma que esa actividad promete. ¿Me encantaría hacerlo o me encantaría ser alguien que lo hace? Un deseo puede ser completamente "prestado" y aún así sostener una fantasía que organiza un momento de la vida; lo interesante no es tanto su autenticidad como el trabajo que hace. Nunca escuchamos "me encantaría aprender a hacer trucos de magia", o "me encantaría mirar Los Simpson cuatro horas por día". No los escuchamos porque no son deseos que necesariamente estén socialmente bien valorados, o tengan asociado un rédito positivo, como sí podrían ser entrenar, ahorrar o aprender un idioma. Puede ser que este tipo de deseos aspiracionales funcionen tan bien porque son respuestas prefabricadas a estímulos o demandas del mundo. Ante una incomodidad o un impulso, el mundo ya tiene un catálogo de respuestas disponibles, y es más fácil elegir de ese catálogo que inventar algo nuevo. Hay coreografías, guiones. Es más fácil seguir en la carrera que bajarse. O incluso más fácil seguir haciendo que dejar de hacer.
También es fácil sentir que no somos suficientes: lo suficientemente atractivas, ingeniosas, exitosas, o que nuestra vida no es lo suficientemente interesante como para ser mostrada, o contada. Sobre las mujeres esta lógica opera con una intensidad particular, y la moda del glow up lo muestra con claridad. El glow up promete que si haces un montón de cosas en un determinado lapso de tiempo, vas a poder disfrutar de un cambio y volverte irreconocible. Pero la realidad es que nadie vendería una dieta si ésta tuviera un principio y un fin, si empezara y terminara. Las dietas y los makeover no serían negocio si una hiciera la dieta y listo; son negocio porque siempre falta algo más, siempre hay otro producto para sumar a la rutina de skincare, otro nuevo ejercicio para glúteos u otra calza para ir a entrenar.
¿Quién le teme al conformismo?
Pensar lo suficiente se choca demasiado rápido con el problema del conformismo. Mejorar y no conformarse es una cualidad humana, la autosuperación es algo que el ser humano buscó a lo largo de la historia de diferentes maneras. Pero hay una demonización sobre la idea de conformarse, un prejuicio de comodidad, de no estar dándolo todo. De hecho hay un valor en estar siempre ocupada, al palo, ATR, hasta incluso estar cansada funciona como signo de que te va bien (por Dios, qué mundo de mierda). Acá vale la pena preguntarse, ¿a quién le sirve que yo necesite seguir realizándome, formándome, obteniendo, consiguiendo, ad aeternum? Estar siempre corriendo detrás de algo, además de que nos desconecta del presente, hace que decir "hasta acá" nos resulte sospechoso, como si fuera una especie de resignación, de mediocridad o de falta de ambición, que conlleva el riesgo de quedarse atrás. Para el sistema moral de la acumulación capitalista, detenerse pareciera necesitar siempre una justificación.
Hay una demonización sobre la idea de conformarse, un prejuicio de comodidad, de no estar dándolo todo.
Todo esto corre el riesgo de sonar a invitación a bajar las expectativas, a conformarse con menos, o a proclama minimalista, lo cual resultaría hipócrita cuando para mucha gente la escasez es un problema material real. Lo que intento pensar no tiene tanto que ver con tener mucho o poco, sino con la experiencia de sentir que alcanza, de que podemos, en algún momento y de alguna forma, parar. Incluso personas con recursos de sobra pueden tener enormes dificultades para experimentar suficiencia. Tampoco pretende ser una bajada de línea sobre cuánto habría que consumir o desear. Esas medidas, las del apetito y la satisfacción, son parámetros muy singulares, personales y hasta circunstanciales. Lo que me interesa es analizar una forma incorporada, naturalizada. Los mecanismos funcionan mejor cuando permanecen invisibles y quizás observarlos no alcance para desarmarlos, pero sí para dejar de confundirlos con el orden natural de las cosas. Pensar la suficiencia sería, en ese sentido, una forma de desuscribirse, aunque sea momentáneamente, de la exigencia de que siempre falte algo, del apuro o de la sensación de estar llegando tarde.
El umbral móvil del apego
La dificultad no es que la suficiencia no exista, sino que el punto en el que podríamos experimentarla parece correrse constantemente, como un horizonte que se desplaza a medida que avanzamos. El consumo necesita que la satisfacción sea efímera, porque un consumidor satisfecho deja de consumir. Para eso no alcanza con ofrecer nuevos objetos: hace falta mover continuamente el umbral de lo suficiente.
Esto, per se, no tendría nada de malo, puede ser motorizante. El problema aparece cuando ese movimiento empieza a sostenerse sobre un tipo de apego que ya no redunda en nuestro propio beneficio. Lauren Berlant llamó optimismo cruel a esa relación en la que aquello mismo que deseamos termina obstaculizando nuestra prosperidad. Lo optimista sería esa cosa entusiasta, motivante o hasta eufórica de perseguir la promesa. Es como cuando nos gusta alguien, que de repente le da más sentido a todo lo que hacemos o lo vuelve más divertido o menos pesado. Lo cruel no es el deseo en sí, sino el tipo de vínculo que establecemos con un objeto, una escena o una fantasía de vida buena que continúa organizando nuestra existencia incluso cuando deja de acercarnos a aquello que prometía y empieza a perjudicarnos.
En la falta hay consecución para adelante, hay una dirección, un sentido: el de ir detrás de la zanahoria. Hay un camino marcado, una búsqueda clara, la de ir a conseguir eso que queremos. La falta produce orientación, proyecto, hasta esperanza. Eso explica por qué cuesta tanto abandonar este tipo de lógicas que organizan el tiempo, organizan las vidas. Hay una tranquilidad, un confort en saber qué estamos persiguiendo. Porque cuando falta algo, la dirección está dada: vamos hacia la próxima compra, el próximo objetivo, el próximo upgrade. En cambio si de repente dijéramos: "Bueno, con esto estoy bien" aparece una pregunta mucho más difícil: “¿y ahora qué?”. Y creo que esa formulación puede ser muchísimo más inquietante que la falta, porque obliga a detenerse, a observar, a respirar, a habitar el presente. Ese momento en el que no queda otra que inventar una forma de vivir cuando, por un rato al menos, dejamos de correr detrás de algo.
No es hambre, es sed
La industria del software popularizó la idea de la versión beta, introduciendo la lógica de la actualización permanente. En la versión beta algo ya es funcional como para usarse, pero no está completamente terminado, le falta para ser la versión definitiva. Es mejorable, se espera que mejore. Me pregunto si este esquema no terminó filtrándose en nuestras vidas: ¿Cuánto más tengo que seguir preparándome para empezar a vivir? A Shakespeare se le atribuye la frase “Esto no es un ensayo general, señores, esto es la vida”. Desconozco si realmente lo dijo pero yo por las dudas lo cito siempre. Quizás la suficiencia sea la posibilidad de dejar de vivir en diferido, o de bajarse de la perpetua preparación para una vida.
La forma de la actualización permanente encuentra un eco en la intuición que desarrolla Grafton Tanner en Porsiemprismo cuando analiza la dificultad contemporánea de producir finales. Según Tanner, vivimos en una cultura que esquiva los finales, justamente aquello que nos permite reconocer que algo terminó, que algo se completó. Hay una cierta satisfacción o alivio asociada a los finales, incluso algo que puede ser doloroso o triste, algo de despedida, y cuando nada termina nunca esos sentimientos pierden la posibilidad de aflorar, esos afectos quedan suspendidos. Los límites y los finales habilitan el derecho al corte, al silencio, incluso al olvido.
Cuando analizamos el despliegue de la insuficiencia encontramos que la insatisfacción deja de ser un sentimiento privado y empieza a convertirse en una categoría política. La satisfacción está asociada al límite, al final, y sin finales no hay cortes, etapas, celebraciones. Una celebración es un hito, y una de sus tantas funciones es fijar un momento, un acontecimiento, una forma de decir “esto merece ser señalado y habitado, antes de pasar a otra cosa”. Celebrando reconocemos que algo fue suficiente. Quizás por eso es que la celebración puede suspender, aunque sea momentáneamente, la lógica de la valorización permanente. Los finales habilitan el rito: celebramos una cosecha, una graduación, el fin de año. En una cultura que sostiene y porsiempriza, en la que todo continúa indefinidamente abierto, actualizable, mejorable, el gesto de la celebración ratifica ese "listo", reconociendo que, por ahora, algo alcanza.
Hay una frase, muy sospechosa, del mundo fitness que me obsesiona, "No es hambre, es sed". Tiene algo de simplificación berreta y hasta de consejo peligroso: la idea de que el hambre puede resolverse o clausurarse con un vaso de agua. No sé si es fisiológicamente comprobable pero ilustra la posibilidad de que una percepción esté siendo mal interpretada. Me pregunto si muchas veces no confundimos una falta con otra. La escasez de tiempo, la más ubicua de todas las escaseces, también estructura la insuficiencia. El tiempo es lo que hace que podamos disfrutar de las cosas que tenemos o desarrollarnos en las cosas que nos formamos, o disfrutar de las cosas que conseguimos. No necesariamente tiempo libre, sino tiempo para habitar, para estar. Tiempo para disfrutar, tiempo para consumir incluso. La acumulación es el camino fácil, el aprendido, el que conocemos, pero darse el tiempo para habitar las cosas y los objetos es lo más difícil. Dejar de sumar, detener el crecimiento, hacerle lugar a las cosas que ya elegimos. Y elegir cosas es no elegir otras. Para que un mueble nuevo entre en la habitación probablemente haya que mover, reacomodar o hasta sacar lo que ya hay. Lo digo y me lo digo.
La suficiencia no consiste en dejar de desear, sino en recuperar la posibilidad de dar algo por terminado y que eso alcance.
Se piensa a la distancia como una herramienta de objetividad. Que haya distancia para con un acontecimiento, para con una persona, nos hace entenderlo, mirarlo con mayor perspectiva. Ya sea temporal o espacial, la distancia nos da un poder, una especie de sabiduría. En una pintura, para que un objeto o una forma sea inteligible del fondo, se necesita contraste. Sin contraste todo parece lo mismo. Hablar de suficiencia también sería hablar del vacío necesario alrededor de las cosas, del espacio para respirar. La respiración, la saciedad y la celebración, serían así formas de suficiencia que tienen un correlato en el cuerpo. Hay experiencias que solo existen o que sólo pueden disfrutarse realmente porque algo termina: dormir, sentir, satisfacerse. Hay prácticas específicas que proporcionan finales, que restituyen la experiencia del límite, en las que una puede decir "listo por hoy, suficiente” y disfrutar el haber terminado. No es para siempre, no es perfecto, no es absoluto. La suficiencia no consiste en dejar de desear, sino en recuperar la posibilidad de dar algo por terminado y que eso alcance. Dejar de sumar como una forma de empezar a habitar. Porque vivir implica dejar algunas vidas sin vivir. Quizás no es hambre, es sed. No te falta ropa, sino que te falta tiempo para usar la ropa que ya tenés, espacio en el placar para verla, elegirla, combinarla.
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