/ Vida real

Crónica de una desconexión: Cómo sobreviví a un año sin redes sociales

Vivir sin redes sociales es un lujo para pocos y una batalla perdida para la mayoría de los mortales. Una crónica sobre por qué hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que cerrar Twitter. Pero a no desesperar: se puede vivir un poco afuera de la vitrina digital. 

Crónica de una desconexión: Cómo sobreviví a un año sin redes sociales

Hace menos de un año, desinstalé las redes sociales de mi celular. Ese día, la aplicación con la que cuantifico el uso activo de mi teléfono acusaba 9 horas y 35 minutos (un hito prácticamente mileísta). Un día laboral viendo memes, siendo voyeur casual de la vida ajena y posteando stories políticas a mi audiencia microscópica. Decidí, presa de una crisis tentacular de ansiedad, que la deserción era la única respuesta. Instagram, Facebook, LinkedIn, Snapchat, TikTok: se fueron todas. Conservé WhatsApp, YouTube y Twitter, la cloaca tóxica de Internet a la que jamás le diremos X (y sí: mi consumo problemático).

El hiperventilante ataque de ansiedad fue el puntapié inicial de un camino difícilmente lineal de recuperación del tiempo y la atención; rehabilitación de mi salud mental y física; y de dieta cognitiva estricta. En poco menos de un año, instalé un estricto cronómetro de 60 minutos de exposición a Twitter diarios, me compré un celular con tapita (estrepitoso fracaso) y un Kindle (estrepitoso triunfo), volví a usar mi MP3, empecé a levantar pesas, tejí, cosí, bordé, amasé. Ante todo, leí. Leí muchísimo. Me aburrí. Me encantó. También desactivé amistades, desconecté de la cotidianidad digital y me diluí de la conversación pública. Me deprimí.

Hace menos de un año, desinstalé las redes sociales de mi celular. Ese día, la aplicación con la que cuantifico el uso activo de mi teléfono acusaba 9 horas y 35 minutos. Un día laboral viendo memes, siendo voyeur casual de la vida ajena y posteando stories.

Me incomoda esta microliteratura del yo: la primera persona es siempre debatible, lo anecdótico no es confirmatorio y la exposición me da ansiedad. Pero mi éxodo de las redes reveló algo que, espero, ayude a construir un punto de partida posible para problematizar la ubicuidad naturalizada de las redes sociales y, ante todo, cómo salir de ellas.

Redes sociales: ¿No hay alternativa?

Me quiero tatuar. Pero no tengo Instagram. Tampoco tengo el celular de mi tatuadora: me conectaba con ella vía DM. Tengo, entonces, un problema, uno que se va a repetir. A saber: lo que se vende, se vende por Instagram; la fama se alcanza por TikTok; el trabajo se consigue por LinkedIn; el Marketplace de Facebook es mi tugurio favorito para la compra de artículos usados. Se democratizó y horizontalizó el acceso a la vidriera más grande del planeta vía plataformas (inicialmente) gratuitas.

No tener redes es una autoexclusión de una configuración económica, política y social que la mayoría de los usuarios y consumidores no pueden permitirse. Si sos emprendedor, cuentapropista, monotributista, trabajador independiente (o todas las anteriores), carecer de cuenta de Instagram es inviable para la supervivencia financiera. Como signo de crisis económica globalizada, la línea entre hobby y posible segundo ingreso se difumina y toda pasión es plausible de monetizarse en redes. Seas carnicero, contador o creador de contenido, contar con manejo de comunidad e identidad de marca es fundamental. La posibilidad de viralización es una puerta abierta a todxs para obtener nuevos clientes, canjes y comisiones. Algo así como una droga inicial.

Las redes no son solo un ámbito empresarial, corporativo o emprendedor: las instituciones públicas y políticas publican desde comunicados oficiales hasta plataformas de campaña en redes. Es una llegada directa, rápida y masiva al bolsillo del contribuyente o del electorado potencial sin intermediarios, punteros o asambleas. El advenimiento de la derecha argentina, que replica el manual de hiperstición de Steve Bannon, se desencadenó por la efectivísima comunicación afectiva del pipeline conservador, libertario e individualista. En la era de la militancia de baja intensidad y de la calle digital, la adhesión a una ideología nunca tuvo tan bajo costo y jamás fue tan fácil polarizar en un país adicto a la grieta.

La política, una lucha libre de algoritmos. Crédito: @KidNavajoArt

Esta aceleración del capitalismo tardío se bautiza capitalismo de plataformas y reconfigura la constelación política, económica y social. Tiene como núcleo duro la minería de datos, la monetización de la atención y la datavigilancia capturadas a través de las redes. Usa la moneda de la atención, el deseo, la indignación: son el sustrato sobre el que se forman, mutan y dramatizan los estados de ánimo. Para azuzarlos, el mecanismo es simple: crear contenidos de alto impacto en formatos digeribles de corta duración. A más visualizaciones, más engagement, más tracción, más dinero fluyendo en la plataforma: el baiteo se convierte en norma y el contenido satura el canal. La soberanía cognitiva es imposible.

Las redes son una prolongación del progreso tecnológico y, por ende, tienen la pátina de la inevitabilidad. Parafraseando a Mark Fisher, hoy podría ser más fácil imaginar el fin del mundo que la desaparición de las redes sociales. Fisher se desuscribió del servicio de la vida en 2017, cuando las redes aún eran una organización descentralizada de acción política real. El hedonismo depresivo que avizoró fue profético: en la década desde su muerte, la sobrecarga de estímulos, la satisfacción instantánea, la conexión constante y la perpetuación de la apatía se aceleraron, intensificaron y transformaron en pilares de la economía de la atención capitalista.

La desconexión es un lujo que no todos se pueden dar: el éxodo se convierte en una marca de clase y la brecha con quienes necesitan de esa conectividad se agranda.

De hecho, hoy es tan impensado no estar en redes sociales que, cuando confieso que no las tengo, hay una reacción tardía que pendula entre la incredulidad o el cuestionamiento directo. En la farmacia, sugirieron esa vía para enterarme de las últimas ofertas; la veterinaria aseguró que ahí encontraría los horarios de atención; mi espacio de militancia envía convocatorias por redes; el Ministerio de Capital Humano publica sus últimas noticias en su canal de Twitter; la Oficina de Respuesta Oficial (já) postea hilos desinformativos.

El futuro llegó hace rato. Crédito: @KidNavajoArt

Es una dependencia funcional: quien no tiene perfil, no existe para el radar de los servicios básicos, ya sea del Estado o del comercio. La interfaz con el ciudadano se terceriza en manos de opacos algoritmos en Silicon Valley. Yo elegí desertarlas (gracias, Bifo querido) como un “no” radical al juego social, al orden económico, al imperativo de la conectividad. Pero sé que mi acto de resistencia es muy berreta y un privilegio burgués: al instante en el que participe de un proyecto que requiera visibilidad, las redes vuelven. La desconexión es un lujo que no todos se pueden dar: el éxodo se convierte en una marca de clase y la brecha con quienes necesitan de esa conectividad se agranda. No estar en redes es un aislamiento (todavía) electivo. Pero (todavía) no me pude tatuar.

El primer impacto de la desconexión: FOMO no more

La banda de tu amigo, el cumpleañito de tu prima, el proyecto de tu camarada, la jodita del finde, la convocatoria de tu militancia, la ropa que te gusta, la última vulneración de derechos, el estado de la Línea B: todo ocurre en el patio de juegos digital. Y si ni siquiera estás en la cancha, aceptar que te vas a perder eventos, pensamientos y actualizaciones es fundamental. Encontrar la alegría de perdértelas, lo que se llama en los círculos millennials Joy of Missing Out, es opcional.

Por qué decir “no” a los planes es recuperar tu ocio
¿Vivís por FOMO o por deseo? Entre el escroleo de Instagram y la precarización del laburo, el tiempo se volvió un lujo. La deserción y el no-hacer (desde una relectura del taoísmo) como actos de soberanía frente a la tiranía de los planes.

El aceleracionismo que intensificó el desarrollo tecnológico se derramó también en la esfera social: habitamos una frenética vorágine de eventos y sensaciones que se suceden con una velocidad sin precedentes. Siendo optimistas, es algo así como un efecto Sonder: la maravilla de que toda vida humana es tan compleja, llena de pensamientos, emociones y rutinas como la propia. Siéndolo un poco menos, es la infiltración permanente de un vendaval informativo que exige atención constante y que supera la capacidad de procesamiento de la mente. La RAM cerebral colapsa en una serie de emociones con obsolescencia programada: lo que ayer fue viral, hoy es irrelevante.

Me abrumo. Tengo acceso permanente a las andanzas del Presidente, del instalador de redes para mi gata, de mi marido, de mi mejor amiga, del gasista y de Churros El Topo (mejor CM de la ciudad). A la humanidad entera. No hay banda ancha emocional y cognitiva que dé abasto. Me desinstalo las redes, pero también se siente como desuscribirme del newsletter de la vida de mis seres queridos.

El sticker en cuestión. Crédito: IFunny.

Me hice un sticker para WhatsApp que cita un tuit excelente: “Hola, disculpá que no vi tu mensaje, pero estoy procesando un ataque ininterrumpido de información 24/7, con un cerebro diseñado para comer bayas en una cueva”. No me entero de las cosas que pasan y eso está bien. Dejo de salir y también lo está. Empiezo a habitar lo lento, inicio procesos más deliberados, incluso si son infrecuentes, incluso si son digitales, cambio la imagen-mercancía a la cosa-manual. Tejo mucho. Aprendo a coser a máquina. Vuelvo a hacer cerámica. Quizá es arañar los 36. Quizá es que era insostenible.

Mis intentos fallidos: dumphones, doomscrolling y disforia

Scrolleo mi feed de stories en Instagram. Sobreestimulación: un genocidio en vivo, gatitos bebés, drones con inteligencia artificial en una guerra, el viaje de mi amiga a Mar del Plata, un loop de jubilados siendo reprimidos y declaraciones de Milei; todos igualados en relevancia y convertidos en objetos listos para el consumo. El scrolleo es un desfile infinito de imágenes que inhibe la profundización, una saturación automática que anestesia toda reacción, un mecanismo adictivo con mínimo esfuerzo.

Investigo: el efecto neurológico ya está estudiado. El scrolleo actúa sobre el circuito de recompensa en la corteza prefrontal, liberando dopamina e ingresando en un estado de flujo que distorsiona el tiempo. Cambiar de foco de atención en milisegundos afecta el procesamiento y almacenamiento de información, la concentración y la memoria. En infancias, puede producir déficit de atención, alteraciones del sueño, problemas de lenguaje y dificultades de socialización. Mis amigos no pueden pasar una reunión sin revisar sus teléfonos cada 18 minutos. No es generacional: parecería que mis papás tampoco.

Yo misma puedo pasar horas viendo stories y responsabilizo al dispositivo físico. Está diseñado para el desplazamiento vertical infinito, accesibilidad permanente, portabilidad absoluta y gratificación inmediata. Es una máquina de generar recompensas, una bomba de dopamina tamaño bolsillo. Esto no me pasaba cuando tenía mi confiable BlackBerry, pináculo del diseño de teléfonos que banqué hasta el 2016, cuando dejó de soportar WhatsApp. Desde entonces, el diseño de los smartphones no cambió en términos de hardware: todo aparato hoy es un rectángulo liviano, con pantalla táctil brillante, botones físicos solo en los laterales y cámaras traseras y delanteras. Mientras tanto, añoro los locos diseños de los albores del 2000, le construyo un altar mental a mi Nokia 1208 y adscribo a nociones radicales de independencia.

Esto no es una publicidad. Crédito: Nokia.

Llego a una determinación: me compro un Nokia con tapita, teclas físicas y hasta el Snake, un dumbphone que deliberadamente genera fricción en la navegación y que es tendencia en Estados Unidos. Investigo hilos en Reddit, notas en Internet, videos de YouTube para encontrar el aparato indicado para mí. Han surgido diversos dispositivos diseñados para la desconexión: Mudita Kompakt con su e-ink, el Punkt construido para paranoicos, el Jitterbug creado específicamente para adultos mayores, y muchos más. Su precio ronda los USD 500.

Mi experimento de minimalismo digital sale mal. El celular falla cuando intento conectarlo a WhatsApp (mi vía de comunicación principal) o siquiera a Internet. Es evidente que escanear un QR para la obra social será imposible: el sistema operativo no tolera MiArgentina o los bancos. En corto, me estafaron: el anuncio de Mercado Libre prometía que el teléfono cumplía con características híbridas. Intento con otros teléfonos rescatados del 2010 y fracaso. Mi infraestructura de existencia, como es hoy, no permite la desconexión a la que invita el Nokia. 

Cambiar de foco de atención en milisegundos afecta el procesamiento y almacenamiento de información, la concentración y la memoria. Mis amigos no pueden pasar una reunión sin revisar sus teléfonos cada 18 minutos. No es generacional: parecería que mis papás tampoco.

Ser analógico es consumismo con otra etiqueta: el Nokia me salió 90 luquitas. No me recupero financieramente de mi decisión y reconvierto el ladrillo en un bonito pisapapeles. Sigo usando mi Samsung con su aplicación de uso medido. Ambos son monumentos a una libertad que ya no me pertenece. 

“Todo lo que ocurre, ocurre para ser hecho reel”

Veo en stories los viajes a Japón, las selfies en espacios públicos, los GRWM de pibes, las placas de la jodita, las fotos de platos en restaurantes de moda. Me da alergia la ostentación en general y la performatividad en particular.

Ya lo profetizó Susan Sontag: toda experiencia humana se convirtió en objeto de consumo, listo para ser registrado, empaquetado y compartido; cada momento tiene potencial para ser contenido digital; los hechos ocurren porque la cámara los registra. Hoy participar de un evento es consumirlo en forma de reel. Doblando la apuesta de Sobre la fotografía, no solo habitamos un consumismo estético al que somos adictos y somos yonquis de imágenes: hoy limitamos el mundo a una máquina expendedora de imágenes móviles que, alucinados, consumimos en redes.

Monkey see, monkey do. Crédito: @KidNavajoArt

Más que nunca, en redes, el capital es la imagen. Parecer es ser, es usar la tecnología del yo para crear la propia narrativa digital. Se sucede un corso de signos que adosa valor por y para la mirada ajena. La disonancia cognitiva entre redes y vida real es ridícula: basta ver al Presidente de la Nación subiendo fotos editadas de sí mismo en sus cuentas oficiales. Quiere ser visto como un galán, como un león, como Ulises en su barco, como un héroe de acción: tradicionalmente masculino. Las instantáneas publicadas por el periodismo muestran otro rostro, otra altura, otro cuerpo, otro cabello. Mediatiza la relación con su propia cara a través de las herramientas de edición digital, su cara se vuelve un proyecto de comunicación. Lo que se dice, un loco.

La exposición a los rostros estandarizados y la homogeneización de rasgos vía filtros, ensañada particularmente con las caras y los cuerpos de las mujeres, también me afecta. Las redes imponen estándares de belleza imposibles: labios inflados, frentes lisas, cuerpos delgados; una granja de dismorfias. Rechazo los labios hechos, pero voy a la dermatóloga para averiguar cuánto cuesta una inyección de bótox para mi frente de millennial lectora. Me opongo más por miedo a efectos colaterales (y por pobre) que por auténtico repudio a la práctica.

Reconozco cuánto me alivia no ser vista en redes sociales. La intimidad no es solo un derecho; en mi caso, es parte de una particularidad sintomatológica de mi ansiedad. Me da pavor ser vista; la exposición me resulta hoy insoportable. Este anonimato es también liberación del yugo de la expectativa ajena. Apago la cámara y mi cara vuelve a ser mía, el único espacio donde no puede ser monetizada.

¿Ratona y paranoica?

Cada vez que hago una búsqueda en Google, aparece un módulo con el Modo Inteligencia Artificial que no logro descular cómo eliminar. Todas las IA me ofenden por igual. Si el mundo digital ya era parasitario e invasivo, la inclusión de herramientas de inteligencia artificial en redes sociales, aplicaciones y populares motores de búsqueda refuerza un modelo de negocios extractivo construido sobre datos privados. Ponen en riesgo la supervivencia planetaria, sostienen regímenes políticos inestables para hacerse de energía barata y explotan microtrabajadores desplazados o empobrecidos alrededor del mundo.

ChatGPT me parece una monstruosidad alucinatoria que induce una importación acrítica de conceptos berretas; NanoBanana viola todo precepto de la obra de arte; conozco gente que usa a Claude de terapeuta. No puedo dejar de encontrar un derrotero moral, un patio de juegos viciado, una psicosis colectiva monstruosa, una paja comunitaria, un servilismo nefasto, una deforestación intelectual, una aberración ética y estética y una condena climática.

Una lectura tecnopolítica de la encíclica de León XIV sobre la IA
¿Es la IA una torre de Babel moderna que nos deshumaniza? Frente al dopaje tecnológico y la dictadura del promedio, la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV propone un límite para garantizar nuestra dignidad. Un manifiesto por el desarme digital.

Hace dos semanas, como ejercicio de preparación para este texto, le compartí a Google Modo IA un primer borrador de esta nota. Su sentencia me horrorizó. Más allá de la adulación burda y los elogios infundados, Google sostuvo que, por mi trasfondo como diseñadora y fotógrafa, mi historia personal resonaba en el texto.

Esa información, además de solo ser incidentalmente cierta, no está disponible en ninguno de mis perfiles públicos o laborales. Cuando pregunté de dónde había desenterrado esos datos, se disculpó diciendo que "sus cables se habían cruzado" y que podíamos "borrar la pizarra y empezar de nuevo". Me pregunté irremediablemente: ¿qué sabe exactamente de mí y de dónde sacó esa información? ¿Cómo rastrean lo que dejamos sin darnos cuenta?

Las redes sociales son uno de los sustratos vitales sobre los que se erige la inteligencia artificial, una simbiosis perfecta que une información libremente brindada con opacos manejos de datos y privacidad de las compañías tecnológicas. Desde Cambridge Analytica, es evidente que las redes son un sumidero de valiosísima información personal. Permiten saber qué contenido consumís y con cuál interactuás; con qué personas hablás y conforman tu círculo, dónde te movés, de qué eventos participás, cuál es tu historial de búsqueda, cómo te ves. Ante todo, confirma que esos datos son capitalizables.

Awante Café Kyoto, loco.

Software como el Gotham de Palantir (que literalmente une las perversas piedras videntes de El Señor de los Anillos con el software espía de Lucius Fox en Batman: El Caballero de la Noche) recolecta, conecta y analiza masivamente perfiles, interacciones, geolocalización y contenido de redes sociales. Los fusiona con bases de datos estatales y registros públicos, médicos y financieros. El resultado es un engendro de tecnovigilancia y control digital que posibilita desde incursiones bélicas automatizadas hasta razias de inmigrantes.

La llegada a Argentina de Peter Thiel (el tecnócrata padre de Palantir que aseguró que "la libertad es incompatible con la democracia") y su reunión con Javier Milei parece cementar una alianza entre los aluviones de información que maneja el Estado, el software privado que analiza el big data y su potencial uso como herramienta institucionalizada. En un país donde una publicación en redes sociales puede valerte tiempo de cárcel, donde Meta es dueño de WhatsApp y toda acción parece dejar una huella digital pública, no facilitar información parece la única respuesta racional. Dejo de usar Google como buscador. En DuckDuckGo busco tácticas de autodefensa digital.

Un camino hecho de prueba y error

Me doy cuenta de que esto es algo que no puede hacerse en un día. Ni en dos. Ni en un año. Llegando al aniversario fuera de las redes que desinstalé, me pregunto cuál es el siguiente paso en la ruta de la desconexión. Y, como acarreo permanente culpa, me pregunto cómo mejorar y me latigo por los vicios que sigo manteniendo, por lo absurdo de escribir esta nota. Defiendo, quizá erradamente, algunos de ellos.

¿Me disparo en la cara? Me disparo en la cara. Crédito: @KidNavajoArt

Determino que las plataformas de comunicación instantánea como WhatsApp plantean una disponibilidad permanente que me desagrada por principios, pero no encuentro alternativas superadoras. Detesto que esté ligada a Meta y me preocupa la seguridad de mis datos. Pienso que usarlo en la computadora, como el ICQ de antaño, podría serme útil: puedo pararme y alejarme de la laptop; no así del celular.

Me doy cuenta de que esto es algo que no puede hacerse en un día. Ni en dos. Ni en un año. Llegando al aniversario fuera de las redes que desinstalé, me pregunto cuál es el siguiente paso en la ruta de la desconexión.

Pienso en mi cuenta de YouTube. Me fascina: no hay día que no escuche los editoriales de Tenembaum, Bercovich, Lijalad y Lantos. Sigo canales de streaming como Posdata, Café Kyoto (Juan Felipe Salguero es una de las mentes más sesudas de nuestra generación), Noticias de Ayer, Pablo Borda, Pupina Plomer, Mate y Delireo, con profesionales formados que admiro profundamente e invitan a pensar el mundo desde otros lugares. Rechazo activamente Gelatina, Olga, Blender y Carajo.

Tengo a mi alcance horas de documentales y podcasts de nichos informativos únicos, desde el proceso de embalsamamiento del camarada Lenin hasta la gesta transandina de San Martín, pasando por tutoriales de costura y contenido súper liviano. Son videos, sí, pero de larga duración que principalmente escucho mientras levanto pesas, salgo a caminar o voy a trabajar.

Acá el problema: Twitter. La rosca política es mi droga dura. Le puse candado a mi cuenta hace varios meses y limité su uso a unos exorbitantes 60 minutos diarios. Es una red en la que no publico, pero que nuclea información directamente desde sus fuentes, vital para la construcción política. Me justifico diciendo que al ser una red basada en texto versus una anclada en el video, el mecanismo es menos tóxico. Reconozco que tendrá que irse eventualmente.

En tanto dispositivo, el Kindle me cambió la vida. Soy una lectora ávida que devora unos dos o tres libros por semana. También soy muy rata, así que piratear libros es mi pasión. También descargo películas y música (y podés leer por qué es importante acá). Me propongo escuchar discos enteros otra vez: romper las sugerencias diarias de Spotify y disfrutar la obra como fue concebida. Uso mi viejo iPod Shuffle con pantallita: una joya que me permite seguir descentralizando dispositivos.

¿Hay algo más que pueda hacer? Te pregunto a vos, que leés esto. Acá, algunas otras respuestas.

Menos pantalla, más vida: algunos tips

Como el tabaquismo (y tantos otros -ismos), considero que una es adicta para toda la vida. Ninguna recuperación es lineal. Pero aquí van algunas de las consideraciones defectuosas que pueden ayudar en el camino hacia la desconexión.

  • No hay forma correcta de dejar las redes sociales. Cualquier cosa que hagas en pos de tu salud física o mental siempre va a ser ideal. No te pongas estándares que sabés que no vas a poder cumplir. 
  • Paradójicamente, usá una aplicación. Mantené la conexión de tu smartphone pero limitá tu acceso a las redes sociales. Yo tengo una app gratuita llamada AppBlock, pero hay muchísimas que podés editar a gusto. Pro tip: el celular en escala de gris ayuda mucho a bajarle la intensidad al aparato.
  • Desconectate. Literalmente. Hacer planes fuera de casa, militar, ir a la plaza o al río, salir a caminar, empezar cerámica, encontrarse con amigas o familia son buenas vías de reemplazo. Ante todo, LEÉ. Aprendé a hacer cosas con las manos. Reclamá tu independencia física.
  • Levantá pesas. Hacé cualquier deporte, el que te guste más. Tener un cuerpo y usarlo es la antípoda del universo digital.
  • Volvé a aburrirte. Nuestro cerebro no está construido para procesar estímulos permanentes. Ni los necesita.
  • La higiene nocturna es fundamental. Dejar de usar pantallas dos horas antes de ir a la cama y dormir con el celular fuera de la habitación puede ayudar a evitar el doomscrolling.
  • Desafiate a no sacar tu teléfono durante una juntada. Animate a habitar la fisicalidad sin el aparato de apego. Mirá a quiénes te rodean: ¿cuánto tiempo pasan sin revisar redes sociales o revisar su teléfono?
  • Si podés, reivindicá lo analógico. No es necesario comprar el diario, pero volver a escribir en papel, usar plata física, usar un mapa impreso: forzar al cerebro a interactuar con la materia física es un recordatorio de que el mundo es eso que está fuera de las pantallas.

Consideraciones finales

Dejar las redes no me hizo una persona más santa, ni mejor, ni más productiva, ni más sabia. Sigo necesitando mi dosis de rosca política para entender dónde estoy parada. Sigo teniendo ansiedad. Pero sí me devolvió la escala humana de mis días, el privilegio de mi aburrimiento, el lujo del anonimato, la conexión con mi cuerpo, algo menos de dolor de cabeza, una cuota menos de ansiedad en un mundo que se desafía a sí mismo a ser cada vez más expulsivo, más cruel, más intenso. Uso y recomiendo tener menos redes sociales y quizás encontrarnos con eso que pasa afuera.

Suscribite