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El más allá de los datos: Qué pasa con nuestra vida digital cuando morimos

Nuestras fotos y chats nos sobrevivirán, pero ¿a quién van a pertenecer? El lucro con nuestros cadáveres informacionales.

El más allá de los datos: Qué pasa con nuestra vida digital cuando morimos

A lo largo de “El más allá de los datos: Qué sucede con tu información cuando mueres y por qué debería importarte” (Ediciones Godot, 2026), el investigador y politólogo sueco Carl Öhman vuelve varias veces a la idea del historiador Thomas Laqueur de que “los muertos hacen a la civilización”. Las primeras estructuras permanentes fueron construidas para darles descanso a los antepasados, los saltos tecnológicos como la escritura o la fotografía buscaron ser una especie de prótesis para que viajaran más allá de sus límites biológicos. Sin embargo, durante la modernidad rige la idea de la muerte oculta, en virtud de la cual tenemos a nuestros muertos escondidos, en otra parte. Para tener contacto con ellos hay que ir a buscarlos expresamente.

Öhman argumenta que desde que internet pasó de ser un reflejo de la vida a ser la vida (porque estamos conectados todo el tiempo, concepto que él llama la “onlife”), empezamos a convivir de una nueva forma con los muertos. Se han vuelto constantemente accesibles, casi portátiles; ya no existe el duelo, sino que hay una continuidad de vínculos parasociales, porque pueden seguir twitteando o seguir vivos como chatbots. A fin de cuentas un algoritmo puede predecir lo que alguien muerto haría o diría igual de bien que si estuviera vivo (a menos que se proteja el cerebro del algoritmo).

Empezamos a convivir de una nueva forma con los muertos. Se han vuelto constantemente accesibles, casi portátiles; ya no existe el duelo, sino que hay una continuidad de vínculos parasociales.

Öhman ejemplifica un par de veces con el caso de una app que publica rezos automáticamente en nombre de una persona incluso después de muerta, porque en el Islam se considera que difundir las enseñanzas podría ayudar las chances de una buena vida en el más allá, y se pregunta entonces cuántas veces uno se habrá cruzado con contenido generado por un muerto sin saberlo, una Dead Internet Theory con un nivel extra. 

Öhman llama a esta reconfiguración civilizatoria (porque es un movimiento que afecta a toda la sociedad y no solo a los deudos) “condición posmortal”. No porque se asemeje a la inmortalidad ni al posthumanismo,  sino que quiere decir simplemente que los muertos no desaparecen sino que siguen ahí, conviviendo de una forma nueva con nosotros. Y en esto radica uno de los argumentos centrales de su libro: la acumulación de restos digitales es un asunto colectivo que requiere deliberación democrática, incluso aunque no conozcas a nadie que haya muerto y creas que el tema no te toca personalmente. Tenemos una obligación con las generaciones futuras y la relación que van a tener con su pasado. 

También se pregunta varias veces qué constituye la idea de “restos digitales”. Desestima la idea de que se asemejen a cosas y como tales sean heredables, porque no son una representación de los muertos sino una parte de ellos. Para Öhman los rastros que dejamos en internet (incluso los que dejamos involuntariamente, a menos que renunciemos a todo) son un verdadero cadáver informacional que constituye una identidad personal y como tal se asemeja al estatus ético de un ser humano. Siguiendo a Kant, esto lo convierte en algo intrínsecamente digno y, como tal, no pasible de ser utilizado como un medio para un fin. La persona sigue viva si su información sigue viva, quizás no como la experiencia subjetiva de una consciencia o un yo, pero sí en tanto objeto narrativo hecho de pura información. Esta es una de las ideas más originales del texto, y si bien el salto con el que considera los restos digitales de una persona como asimilables a la dignidad humana de alguien vivo puede parecer un poco excesivo, lo cierto es que no deberían asimilarse a la propiedad (ni a algo heredable) sino más vinculado a la privacidad y, sobre todo, a la identidad.

Pero la charla de dignidad, humanidad y responsabilidad choca de lleno con la crueldad del libre mercado: mientras los datos estén en manos de corporaciones privadas, el principio que va a guiar la conservación del pasado digital es la ganancia. El ejemplo paradigmático que toma Öhman es Facebook: de continuar existiendo en condiciones similares a las actuales, tendrá más usuarios muertos que vivos en cuatro décadas. Puede resultar un ejemplo desactualizado a primera vista (¿quién sigue usando Facebook?), un riesgo que corre cualquier libro hiperfijado en un momento tecnológico particular y, sobre todo, porque Öhman parece ignorar totalmente todas las otras redes sociales, salvo alguna mención muy al pasar a TikTok, Instagram o LinkedIn. Pero lo cierto es que Facebook fue la empresa que mejor ocupó el espacio de guardiana de los restos digitales. El autor hace un breve recuento de las apps conmemorativas que llegaron y se fueron, pero Facebook, con su infraestructura ya emplazada y algunas decisiones acertadas (como los contactos de legado que se ocupan de cuentas de quienes fallecen y los perfiles conmemorativos, sin publicidad ni sugerencias de amigos), es el “suelo” donde hemos enterrado a nuestros muertos. 

Facebook, con su infraestructura ya emplazada y algunas decisiones acertadas, es el “suelo” donde hemos enterrado a nuestros muertos. 

A Öhman no le parece mal que las tecnologías permitan que el duelo no cierre nunca (una postura jugada, porque una fuerte crítica que se puede hacer a nuestra relación con internet es la falta total de finales y nuestra infantilización consecuente como sociedad), pero sí le parece poco ético que expriman a los usuarios para sacarles dinero. Recordar a los fallecidos es rentable, a la manera del episodio de Black Mirror “Be Right Back”. En este punto el libro ya ha quedado un poco desactualizado (a pesar de que la primera edición fue en 2024), porque prevé que pronto habrá agentes interactivos que puedan actuar como la gente muerta. Es cierto que el fenómeno ha crecido exponencialmente, pero Facebook no se ve a sí misma como la guardiana del patrimonio cultural, el puente que actualiza el pacto entre generaciones. Apenas deje de ser sustentable, destruirá o venderá sus datos.

¿Y quién querría comprarlos? Alguien interesado en entrenar otro algoritmo, porque como Öhman menciona varias veces, los muertos están jurídicamente mucho más desprotegidos online que los vivos. Esta valoración comercial del pasado arriesga la comprensión de nuestra historia por parte de generaciones futuras porque la hace sesgada, algo que de por sí ya sucede y él llama “amnesia estructural”, porque la penetración del acceso a internet está desigualmente repartida en el mundo, y hay quienes también controlan nuestro acceso. Ni hablar de que el diagnóstico y las predicciones se hacen creyendo que los archivos de las empresas continuarán existiendo, serán accesibles, y el costo ambiental no se volverá un impedimento.

¿Qué podemos hacer entonces? Öhman en este punto hace un poco de trampa y dice que su objetivo no es dar soluciones sino advertir del problema. Aun así, ensaya algunos lineamientos generales que pueden tener gusto a poco: como sociedad debemos construir instituciones, infraestructuras e incentivos, crear un archivo mundial administrado democráticamente, presionar a los políticos para que legislen y a las empresas, con nuestras decisiones de consumo, para que conserven el patrimonio digital de la humanidad, independientemente de su valor comercial. Además, a nivel personal, planificar la vida póstuma digital de quienes murieron. En otras palabras, ser buenos antepasados. 

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