Alfabetización Material: El costo humano y ambiental de la tecnología
La tecnología no es solo el celular. Conocer el costo humano y ambiental detrás de lo que consumimos implica una alfabetización material.
La tecnología no es solo el celular. Conocer el costo humano y ambiental detrás de lo que consumimos implica una alfabetización material.
No sé a ciencia cierta cómo, dónde ni quién fabricó muchos de los objetos que voy a tocar hoy y tampoco sabría cómo funcionan. Los intestinos electrónicos del celular y su alarma que me despierta son secretos vedados; los avatares de la tela y la costura del buzo made in China son deliberadamente anónimos; los granos de café que muelo a la mañana aparecen sin fricción, complejidad o dificultad en la sección Desayuno del súper. Ni son las diez de la mañana que ya me choco con el guardarrail de mi ineptitud feliz que permea mi relación con los materiales que sostienen mi vida, una ignorancia de fábrica que distancia a los objetos de sus causas, condiciones y consecuencias.
En un mundo diseñado para el consumo rápido, acrítico e irreflexivo, el analfabetismo de los materiales es un mecanismo de invisibilización necesario para que la rueda del hipercapitalismo siga girando, una anulación deliberada del cuestionamiento crítico. Es que sí: si no sé con qué materiales se ensamblan los teléfonos, asumo su reproducción mágica, limpia y sin sufrimiento; si desconozco cuántas puntadas conforman un buzo, naturalizo las condiciones de su fabricación; si ignoro cuántos minutos lleva cosechar una planta de café, normalizo las condiciones de producción. No tengo que evaluar nada. Despojados de historia, ocultando las relaciones sociales, amputados de explotación, los objetos y los servicios están limpios de carga y de culpa.
En un mundo diseñado para el consumo rápido, acrítico e irreflexivo, el analfabetismo de los materiales es un mecanismo de invisibilización necesario para que la rueda del hipercapitalismo siga girando.
Esta desconexión se agrava con la saturación de pantallas y la digitalización. Explica el filósofo Byung-Chul Han en No-Cosas:
Hoy nos encontramos en la transición de la era de las cosas a la era de las no-cosas. Es la información, no las cosas, la que determina el mundo en que vivimos. Ya no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube. El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido y tangible.
El filósofo coreano ensaya cómo la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo: cómo el mundo se vacía de cosas y se llena de información. Los términos oscurantistas y retóricas de la nube, la inteligencia artificial, la realidad aumentada, los ecosistemas digitales, el metaverso y la virtualidad suenan etéreas. Es difícil ver los cables, códigos, bases de datos, algoritmos, servidores y recursos materiales que hay detrás.
Y los objetos tienen peso. Hito Steyerl cita a Walter Benjamin en Los Condenados de la Pantalla y explica cómo los objetos son "jeroglíficos en cuyo prisma oscuro las relaciones sociales yacen congeladas en fragmentos"; nodos "en los que las tensiones de un momento histórico se materializan". Después de todo, "el materialismo entiende la mercancía no como un mejor objeto, sino como condensación de las fuerzas sociales".
El reverso resistente de esta ignorancia es una alfabetización material (o Material Literacy, según bautiza este texto de Edward S. Cooke Jr. de la Princeton University Press): una epistemología de objetos. Es la habilidad de leer los objetos de adentro hacia afuera, no sólo identificando sus materiales y construcción, sino entendiendo su contexto social y cultural (la creadora del video de más abajo lo explica fenomenalmente bien). Llevándolo a los términos de Han, aunque no usa ese término, sería una nueva “romantización del mundo” a través de su rematerialización. Desayunar, vestirse, buscar en Internet: ninguna acción es trivial. Restaurar nuestro vínculo con el entorno material es clave para un ejercicio crítico de las dinámicas de poder global, reclamar nuestra soberanía cognitiva y material, y construir alternativas sustentables para la tierra, los animales y los hombres.
Suena Le Mer, de Nine Inch Nails. La app Reloj de Google de mi Samsung conecta la alarma que me despierta con Spotify, la plataforma de audio en streaming nacida en 2006 y que actualmente tiene 761 millones de usuarios activos mensuales. Para que los estertores de Trent Reznor me arranquen del sueño, tuvo que encenderse un centro de datos.
Según el mismo sitio, Spotify usa un complejo sistema de servidores globales llamado Content Delivery Network (CDN) que trabaja en conjunto para almacenar y distribuir música y podcasts a sus usuarios. Recopila una cantidad masiva de datos sobre el comportamiento de sus usuarios: desde las canciones que tenés en repeat hasta en qué dispositivos las reproducís. Con esa información, construye uno de los algoritmos más poderosos que analizan “hábitos de escucha del usuario, los géneros y artistas que escucha, y la popularidad del contenido, para generar recomendaciones relevantes para sus intereses”, destaca el sitio especializado Intuji. Sí, el Discover Weekly, Release Radar, y las playlists de Daily Mix. Spotify almacena, gestiona, procesa y transmite datos; usa servicios en la nube y escala su infraestructura para que millones de usuarios accedan a su producto las 24 horas del día.
Según el Equity Impact Report de Spotify en 2025, “las emisiones totales de gases de efecto invernadero fueron de 202.666 toneladas métricas de CO₂e, un aumento en términos absolutos de 3,9% en comparación con 2024”. Son unas 11 veces más que las que produce el Vaticano al año. Cada hora de streaming musical genera 2 gramos de CO₂, una huella relativamente modesta pero que se dimensiona al multiplicarse por millones de usuarios.
Cargo la canción en mi celular y la seteo directamente en la aplicación de alarma. Es una circunvalación mínima, pero al menos no uso Spotify apenas me despierto. Pienso: el vinilo de The Fragile pesa 180 gramos por disco. En casa, mi marido apostó siempre a los CD y (cuando permitía el bolsillo) hemos coleccionado vinilos: sé exactamente el sonido que hace la aguja al tocar el surco de entrada, la textura del cartón que lo envuelve, el gramaje del papel de la folletería que lo acompaña. Su sonido es corpóreo, material, muy distinto al sonido digital. Sé que The Fragile es un LP triple (un opus magnum de 25 temas que me gusta escuchar sin saltear) y que acumula exactamente 1.089 kilogramos.
Me parece que escuchar Le Mer por Spotify pesa bastante más.
La alarma repica tres veces: el privilegio de hacer home office tres veces a la semana implica el beneficio de arrancar mi día laboral a las 10:00. Lo que se dice: una cerda burguesa. En total, arrastro tres veces el dedo por la pantalla AMOLED de Samsung, un vidrio templado químicamente a nivel molecular que sustituye iones de sodio por iones de potasio.
El celular es una bomba mineral de uso diario: crear sus vísceras de litio, cobalto, níquel, sílice, cobre, oro, plata, tantalio, aluminio, estaño y zinc requiere más de 60 materias primas. Todas necesitan ser minadas, refinadas y fabricadas de forma intensiva: sólo la minería involucra directamente a unas 47 millones de personas (más unas 150 indirectamente), de acuerdo al Intergovernmental Forum on Mining, Minerals, Metals and Sustainable Development. Aún peor: 80% de la huella de carbono de los smartphones emana de esta fase de extracción de minerales hasta fabricación de componentes y ensamblaje, detalla United Nations Environment Programme (UNEP). No hay intención de detener el problema. La UNEP prevé que entre 2020 y 2060 la extracción de recursos aumente globalmente en un 60%.
El celular es una bomba mineral de uso diario: crear sus vísceras de litio, cobalto, níquel, sílice, cobre, oro, plata, tantalio, aluminio, estaño y zinc requiere más de 60 materias primas.
El impacto ambiental y humano es trágico. Es que Internet, en su forma capitalista dominante, es una espiral descendente. En Digital Labour and Karl Marx, Christian Fuchs arroja luz sobre los costos laborales de los medios digitales y las múltiples formas de trabajo invisibles para el usuario. Desde ingenieros de software bien pagados hasta “el trabajo taylorista sangriento, altamente explotado, y el trabajo esclavizado en países en desarrollo que producen hardware y extraen ‘minerales de conflicto’”, todos son víctimas de explotación para aumentar los márgenes de ganancias de grandes corporaciones.

Cito a Fuchs porque lo dice más contundentemente de lo que yo podría: “Los medios digitales están conectados a la esclavitud digital. (...) Trabajan bajo condiciones de alta explotación y violencia. Si nuestros medios digitales se basan en la sangre y la muerte de trabajadores esclavizados, la pregunta es qué podemos hacer al respecto”. Se confirma el viejo adagio de Walter Benjamin: “no hay documento de la cultura que no sea a la vez documento de la barbarie”. No existe objeto que no sea testimonio de la escala del sufrimiento, la explotación y la opresión humana.
Fuchs habla de la crisis de suicidios de los ensambladores de hardware chinos en Foxconn, la explotación atroz de mineros en la República Democrática del Congo y el outsourcing colonial de trabajadores de software de la India y los espacios tóxicos de Silicon Valley. Pero se revela la explotación detrás de las apps, el sistema operativo, los cables, la carcasa, la pantalla, la batería, los chips, los discos duros, la tarjeta flash, los teclados, y los sistemas de refrigeración. Busco relatos y testimonios de trabajadores que sostienen esta masiva cadena de suministro. Hay trabajo forzado, explotación infantil, confiscación de pasaportes, intervención de actores armados, precariedad extrema, salarios de miseria, nulas medidas de protección sindical, contrabando, condiciones que aumentan la trata de personas y la explotación sexual. Lo que se podría decir, esclavitud moderna.
Se agrega ofensa a la herida: los smartphones son de alta desechabilidad y poca durabilidad. No se producen para satisfacer necesidades humanas de forma duradera: son un producto y, como tal, el objetivo es vender más de ellos. La rueda tiene que girar y girar. La obsolescencia programada, las actualizaciones permanentes, los soportes limitados, la fetichización del nuevo iPhone: todos son el sustrato de la necesidad de renovación permanente de estos aparatos. Lo dice Marx en el Grundrisse: “No hay producción sin necesidad. Pero el consumo reproduce la necesidad”.
Un objeto vertical nacido del sufrimiento humano y del suelo es una bomba de dopamina que impacta en nuestra bioquímica cerebral. El smartphone, para Byung-Chul Han, acarrea la no-cosa definitiva, un verdadero “el medio es el mensaje”, un instrumento de dominación que combina imágenes e información, volviendo el mundo “plenamente disponible y accesible en el momento en que es consumible”. En No-Cosas, le dedica un ensayo especial a los teléfonos inteligentes y cómo nos encadena a una esclavitud voluntaria, anestesia la atención, destruye la empatía y nos carga de narcisismo. Yo veo un chupete electrónico, un objeto de apego virtual, un aislante emocional que lubrica nuestra relación con el mundo para eliminar toda resistencia, todo aburrimiento, toda ansiedad. El smartphone amputa el cuerpo para que sólo quede un dedo que scrollea.
Surgen, no obstante, alternativas de consumo. Mi amigo Diego, que es un gurú del low tech, me comparte la información del Fairphone europeo, un teléfono modular diseñado para ser reparado en casa usando solo un destornillador y construido con materiales obtenidos del comercio justo, reciclados o de zonas libres de conflicto. Lo que se dice, un freno parcial a una espiral que parecería no detenerse. Es una solución ética y ambiental a la friolera de €549, precio que no puedo pagar, así sea para mi soberanía técnica.
Cualquiera que sea el caso, ya arranqué la mañana para el orto.
Muelo granos de café cosechados en Colombia que compré en mi Carrefour conurbano con un descuento de $7K y aun así cotizan unos $30K: son cerca de US$ 20 por medio kilo y es mi gasto suntuario del día. Según Bloomberg, en 2025 un recolector colombiano ganaba unos US$ 0,25 por kilo de café en cereza, acopiando unos 100 kilos diarios de acuerdo a la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia. Sí: yo exprimo US$ 40 por kilo de mi poco abultado sueldo y el recolector recibe 25 centavos y difícilmente alcanza el salario mínimo colombiano. Acá no zafa nadie.
Si le sumamos el padecimiento de la Tierra, el cuadro es todavía peor: según un estudio (viejo, es del 2003) del IHE Delft Institute for Water Education, se necesitan unos 140 litros de agua para el cultivo, producción y empaquetado necesarios para una taza de café. Los pronósticos empeoran: el informe A Brewing Storm del Climate Institute advierte que el aumento de las temperaturas globales reducirá a la mitad las tierras aptas para el cultivo de café para el año 2050. Ya me deprimí.

Al menos, resuelvo, el café es un alimento en grano con un procesamiento mínimo. Muy distintas son la barrita de proteína vegana y las galletas de arroz que lastro con goce: un ultraprocesado delicioso y compacto que en su producción no sólo tiene su cuota de sufrimiento ambiental y laboral, sino que ante todo perjudica a mi propio cuerpo con su danza de ingredientes refinados y aditivos químicos.
Son una alternativa mayormente barata a sus contrapartes proteicas de mayor calidad, pero con impacto decidido en mis órganos y mi cerebro. Un metaanálisis reciente publicado en BMJ destacó los vínculos directos entre un mayor consumo de alimentos ultraprocesados y un mayor riesgo de muertes relacionadas con enfermedades cardíacas, diabetes tipo 2, obesidad, sibilancias, ansiedad, depresión y problemas de sueño. Otro estudio publicado en Nutrients encontró un riesgo un 44 % mayor de depresión y un riesgo un 48 % mayor de ansiedad. Con razón me deprimí.
He cultivado hojas, hierbas aromáticas, frutos y vegetales: intuyo el tiempo que lleva su crecimiento y la energía de la tierra, el agua y el sol. He visto a mi hermana, una hortelana fenomenal, hincada durante horas en surcos de tierra plantando semillas, cultivándolas y cosechándolas. El acervo de conocimiento alrededor de las prácticas de la tierra tiene una raíz profunda: será natural, pero de fácil no tiene nada. Hay una nobleza enorme en presenciar el nacimiento de un alimento, comer el fruto literal de la labor, en trabajar la tierra con la mano. Todo esto lleva tiempo y está plagado de impredecibilidad.
Hay una nobleza enorme en presenciar el nacimiento de un alimento, comer el fruto literal de la labor, en trabajar la tierra con la mano.
Qué distinto es, en un segundo, abrir un paquete y ver un hegemón de suplementos dietarios sabor a caramelo salado y comerlo en otro. Mientras mastico, leo la lista de ingredientes: “Concentrado proteínico de arveja, baño de repostería semiamargo, inulina de achicoria, polidextrosa, agua, almendras tostadas, proteína aislada de arroz, isomaltulosa, pasta de maní, aceite vegetal, sal, vitamina B6, estabilizante: glicerina, antioxidante: lecitina, aromatizantes: naturales, colorante: caramelo Y, conservantes: propionato de calcio y sorbato de potasio, edulcorante: sucralosa”.

La desgrano con mis dedos y no sé dónde empieza una almendra y termina una proteína aislada de arroz. No tuve que cortar, pelar, lavar o interactuar con ningún ingrediente: sólo abrí un paquete con los dientes. Es un simulacro ultraprocesado envuelto en un packaging de dudoso gusto que sobrevivirá a mis nietos. Qué desconcierto que un alimento parezca todo menos un alimento.
Afortunadamente, las prácticas permaculturales y de agricultura familiar y las propuestas orgánicas y agroecológicas están cada vez más disponibles. Hoy es más fácil encontrar productos con sellos orgánicos y agroecológicos con aval de municipios y provincias, análisis de laboratorios, Sistemas Participativos de Garantías (SPG) y visitas a los campos. Proyectos como El Click y la Red Nacional de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología acercan el trabajo de agricultores y organismos políticos, académicos, técnicos y científicos para virar hacia prácticas más sustentables de ingresos y de nutrientes.
Me tomo el café en silencio.
Me siento frente a la PC y arranco el día laboral en mi nodo de la División Internacional del Trabajo Digital: soy trabajadora de las tecnologías de la información y la comunicación que, por habitar el Cono Sur, cobro una fracción de lo que reciben obreros de la nube estadounidenses o europeos. Alienada, alienadísima, encarno algo similar a lo que narra Simone Weil en los diarios de fábrica de La Condición Obrera: “el trabajo es demasiado mecánico para ofrecer materia al pensamiento y, sin embargo, impide cualquier otro pensamiento”.

Hay algo raro en trabajar de forma casi estrictamente virtual: escuchar voces mutiladas de cuerpo, fantasmagorías en pantallas, interactuar con un mundo incorpóreo. Byung-Chul Han, de vuelta, lo resume muy bien en No-Cosas: “Estar en la red no es sinónimo de estar relacionados. Hoy, el tú es reemplazado por un ello. La comunicación digital elimina el encuentro personal, el rostro, la mirada, la presencia física. De este modo, acelera la desaparición del otro. Los fantasmas habitan el infierno de lo igual”. Percibir la realidad a través de una ventana digital diluye la realidad en información, irrealiza el mundo. Es rarísimo.
Como en muchos otros espacios laborales de la economía del conocimiento, nos han “invitado” a trabajar con inteligencia artificial para inflar una burbuja abultada de FOMO y especulación financiera. Me volví una evangelista en contra de la IA desde un púlpito estrictamente humano: la máquina no piensa; regurgita datos, alucina hechos y espía nuestro comportamiento. Débiles de imaginación, alérgicos a las metáforas, tercerizadores de pensamiento, los usuarios que ensalzan sus virtudes amputan su capacidad crítica para producir más y más. Desconfío mucho de los datos que escupe. Desconfío más de sus propósitos. Si el medio es el mensaje, ¿en qué nos convierte la IA?
Todavía hay gente discutiendo si las LLMs tienen conciencia. Me da la sensación de que quienes creen eso nunca se tomaron el trabajo de entender cómo funciona una.
— Fede Caccia (@fedeecaccia) May 12, 2025
Lo básico: las LLMs no "entienden" nada.
Ajustan parámetros para minimizar una resta entre dos vectores… pic.twitter.com/6zFVMXXfBB
Y, ante todo, la máquina se sostiene sobre trabajo muy humano. Como destaca Hito Steyerl en Medios Calientes: Las Imágenes en la Era del Calor, la inteligencia artificial generativa y su lógica militar-industrial se sostienen sobre el extractivismo digital y cognitivo de una red global de cientos de miles de trabajadores invisibles y precarizados. Son microtrabajadores: moderadores de contenido, etiquetadores de datos, transcriptores que habitan zonas en conflicto, explotados para entrenar modelos de lenguaje, detectar contenido traumático, señalar objetos de uso diario. La IA, generativa o analítica, no es inocente, sino que también apuntala el viraje al tecnofascismo, como explica Steyerl en esta entrevistaza de Caja Negra. Entre temas variados, como el paradigma termodinámico, la entropía de datos y el impacto de la IA en el arte, Steyerl ahonda en cómo los usos artísticos de la IA distraen de las implicaciones militares de la tecnología y su papel en el auge del fascismo. Gaza y Ucrania son la prueba fehaciente.
Cada búsqueda en Google, cada lugar que busco en Maps, cada persona con la que me junto, cada contenido con el que interactúo, cada video que miro, cada meme del que me río, cada palabra que escribo para esta nota son datos registrados, evaluados y almacenados. “El smartphone no solo es un infómata, sino un informante muy eficiente que vigila permanentemente a su usuario. Quien sabe lo que sucede en su interior algorítmico se siente con razón perseguido por él. Él nos controla y programa”, dice el amigo Byung-Chul.
Cada video que miro, cada meme del que me río, cada palabra que escribo para esta nota son datos registrados, evaluados y almacenados.
Mucho se ha escrito sobre los costos ambientales de la IA y no pretendo originalidad alguna cuando digo que para que Gemini o NanoBanana le elimine la papada de la última foto de Javier Milei, los centros de datos tienen que usar cantidades masivas de recursos hídricos y energía eléctrica. Según un informe publicado en el New Yorker, ChatGPT contesta unas 200 millones de solicitudes por día consumiendo más de medio millón de kilovatios por hora de electricidad. Según un reporte de Brian Calvert que cita a la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el consumo de energía asociado con los centros de datos, las criptomonedas y la inteligencia artificial podría duplicarse para 2026, lo que equivale al uso de electricidad de Japón. Según avizora la ONU, para 2030 los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial consumirán 945 teravatios/hora de electricidad (el triple del consumo anual combinado de Pakistán, Bangladesh y Nigeria, países con 650 millones de habitantes). También consumirían más agua que los 1300 millones de habitantes del África subsahariana y ocupará 14.500 kilómetros cuadrados, el doble del área metropolitana de Yakarta.
Como si no fuera suficiente, ya solo mi interacción más modesta en Internet encadena mi propio trabajo no pago a esta cadena de distribución. Conectarse, leer, escribir y habitar el ecosistema digital es trabajo de prosumición. Christian Fuchs lo resume muy bien: “los usuarios consumen información existente y crean información, perfiles, relaciones sociales y afectos; y en ese proceso crean datos de transacción que son mercantilizados por compañías publicitarias como Facebook, Google y Twitter, que venden esos datos como mercancía a anunciantes que ofrecen anuncios dirigidos a los usuarios.”
Sumando un porotito al contador de la teoría del Tecnofeudalismo de Yanis Varoufakis, Byung-Chul Han explica:
Plataformas como Facebook o Google son los nuevos señores feudales. Incansables, labramos sus tierras y producimos datos valiosos, de los que ellos luego sacan provecho. Nos sentimos libres, pero estamos completamente explotados, vigilados y controlados. En un sistema que explota la libertad, no se crea ninguna resistencia. La dominación se consuma en el momento en que concuerda con la libertad.
Y amamos a nuestro captor: “Somos demasiado dependientes de la droga digital, y vivimos aturdidos por la fiebre de la comunicación, de modo que no hay ningún ‘¡Basta!’, ninguna voz de resistencia”. Habitamos más Un Mundo Feliz que 1984: es un poder smart que “no nos hace dóciles, sino dependientes y adictos”, compartiendo nuestras opiniones, afectos, necesidades y deseos.
Ante todo, la digitalidad atenta contra mi aprendizaje: escribir las cosas en papel es la única manera en la que aprendí a estudiar, cimentar conceptos y acceder a mi monólogo interno. Pocas cosas más lindas que empezar un cuaderno nuevo (siempre color hueso y punteado) con la BIC (Crystal negra) y su olor a mazapán. Tomo notas de mis reuniones y hago una lista de prioridades para el día. Byung-Chul Han en No-Cosas cita a Heidegger y están de acuerdo conmigo: “Solo la ‘escritura a mano’ se acerca al dominio esencial de la palabra. (...) Solo la mano recibe el don del pensamiento. (...) La mano no cuenta ni calcula. Representa lo no contable, lo no calculable, lo ‘absolutamente singular, que en su singularidad es lo único uno y unidor antes de todo número.’”
Soy una ristra de atrocidades caligráficas, garabatos arcanos y cursivas medicinales, pero me gusta presionar el papel, pegar la nariz contra la tinta, sentir mi callo de birome en el dedo medio derecho, escribir las listas de compras, los mapas de ideas, las notas a mi marido. Me gusta pensar. Contra la memoria de acceso aleatorio y un lenguaje hecho de retazos, construyo una resistencia de papel, un sindicato de plumas y tinta, un rastro vegetal de textos malos. Pero míos.
¿Cuándo fue la última vez que escribiste a mano?
Cumple años mi amiga, la fabulosa La Lu. Le cosí un pantalón acampanado y bordé un parche que quedaría lindo en un buzo. Si bien podría haberlo encargado a una plataforma de ecommerce (cuyo dueño está radicado en Uruguay para no tributar impuestos) y habría llegado en el mismo día, prefiero ventilarme el cráneo y caminar hacia el centro comercial. Una tienda a 8 cuadras vende ropa símil Avellaneda a precios irrisorios. El buzo tejido en lana sintética con rayas blancas y negras me sale la friolera de 18K, más o menos lo que sale un Big Mac mediano. El fast food y el fast fashion se tocan: gratificación inmediata, bajo costo y volúmenes insostenibles.

La industria textil succiona recursos físicos a una velocidad absurda. Según el UNEP, en 2023 “la industria de la moda contribuye con el 10% de las emisiones globales de carbono al año, más que las emisiones combinadas de los vuelos internacionales y el transporte marítimo. Si las tendencias actuales continúan, se prevé que sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) aumenten en más del 60% para 2030”. Tiene sentido: solo la producción de poliéster, una fibra hecha a base de petróleo que necesita 200 años para descomponerse, requiere unos 342 millones de barriles de petróleo al año. Teñirlo insume unos 43 millones de toneladas de productos químicos, como los altamente contaminantes plomo y cromo, al año. Hacer una remera insume unos 2.700 litros de agua. Todo para que, según la UNEP, terminen junto a 92 millones de toneladas de residuos textiles al año.
En Stitched Up: The Anti-Capitalist Book of Fashion, Tansy E. Hoskins analiza las prácticas explotadoras de la industria de la moda y las (muy distorsionadas) prioridades del capital para radiografiar las condiciones laborales de trabajadores y los costos ambientales. El libro tiene unos 10 años y une estas dos esferas con aterradora precisión:
La explotación del planeta se produce por los mismos imperativos que dan lugar a la explotación de las personas en los talleres clandestinos. Ambas cosas derivan de la alienación de la naturaleza (...). Perder de vista el hecho de que los seres humanos y el planeta están completamente entrelazados es el punto de partida de nuestra destrucción.
Same, hermana.
Hoskins expone fenómenos como la desecación del mar Aral, de Uzbekistán, en pos de regar 1,47 millones de hectáreas de algodón; narra cómo 2.500 millones de toneladas de aguas residuales contaminan el 70% de los ríos y lagos de China y producen las “aldeas del cáncer”; cuenta cuántos cocodrilos mueren para hacer una cartera en Australia, y detalla el derrumbe del Rana Plaza de 2013, en Bangladesh, donde murieron 1134 personas, en su mayoría trabajadores de la confección. Hoy, una sobreviviente de la tragedia entrevistada por El Español cobra entre 35 y 57 euros al mes.

Las condiciones fabriles de los sweatshops o talleres clandestinos implican reducción a servidumbre, trata de personas, trabajo infantil, represión sindical, salarios de miseria, horas extras forzadas, salarios mínimos extremos y condiciones de seguridad deficientes. Emplean mayormente mujeres entre 18 y 35 años. Esto no pasa sólo en Bangladesh, Vietnam o Camboya: también pasan acá, en Argentina. El costo humano del fast fashion es elevadísimo.
En parte, considero que la industria de la moda se sostiene sobre el sustrato de las redes sociales y las 52 microtendencias que pueden surgir en un año. Pululan influencers que trafican ideología con sus Outfits of the Day o sus Get Ready With Me, una oda al sobreconsumismo, el emotional shopping y la conveniencia digital que excede con creces la necesidad básica del abrigo. En latitudes del norte, el overconsumption core constituye un hilo de hauls para presentar una estética curadísima, un símbolo de estatus y riqueza, una prueba social de la superioridad del influencer. El deseo se planta en Instagram o TikTok y la combustión psíquica nos obliga a comprar lo que no se necesita pero sí se quiere.
El deseo se planta en Instagram o TikTok y la combustión psíquica nos obliga a comprar lo que no se necesita pero sí se quiere.
Sé que podría hacer el buzo: tejer me gusta mucho y llevo mi labor a salas de espera, casas de amigues, transporte público y el sillón de mi casa. Necesito tener las manos ocupadas siempre. Byung-Chul Han cita a Roland Barthes y asegura que “el sentido del tacto es (...) 'el más desmitificador (...), al contrario de la vista, que es el más mágico.' Lo bello en sentido enfático es intocable. Impone distancia. Ante lo sublime, retrocedemos con reverencia. En la oración juntamos las manos. El sentido del tacto anula la distancia. No es capaz de asombrar. Desmitifica, desauratiza y profana lo que toca”. Todo lo que se toca es un reclamo de soberanía.
Además de tejer, me gusta bordar y hago mi propia ropa con mi máquina de coser marca Gadnic (sí, soy consciente de la contradicción). Más que una pretensión de expresividad y originalidad, es recrear independencia para suplir mis necesidades básicas. Desde diseñar o seleccionar patrones (FreeSewing es lo máximo) hasta saber cómo usar una máquina, es una constelación de saberes anclada en una búsqueda tan estética como soberana. Es un conocimiento que, incluso para nuestras abuelas, era parte de la vida cotidiana. El libro Material Literacy in 18th-Century Britain capta muy bien lo diseminados que estaban los conocimientos manuales, táctiles y tácitos que sostenían la moda, la sastrería y la producción textil. Desde aficionados y consumidores hasta profesionales expertos, las habilidades necesarias para coser, bordar y trabajar con las artes textiles eran comunes a todo género y edad. La relación entre fabricación y objeto final se redefinió cuando la Revolución Industrial transformó la producción doméstica a una industria mecanizada a gran escala. La brecha entre creador, producto y consumidor no dejó de agrandarse desde entonces.

Capitulo y compro el buzo. Moldear, cortar y coser el pantalón me llevó unas 5 horas. Hacer el suéter tejido a mano a dos agujas planas podría haberme llevado otras 60 horas, una semana de confección para la que sencillamente no tengo tiempo, el único capital del que verdaderamente dispongo. Podría haber comprado uno de segunda mano o en tiendas de moda circular, que cada vez abundan más. Podría haber elegido directamente no comprar una prenda. Podría, pero no hice nada de eso. Le coso el parche que bordé como una escarapela, como un suplicio voluntario, como un postureo ético absurdo.
Después de ir al gimnasio a levantar pesas mientras escucho la radio, me quedo tejiéndole escarpines al bebé por venir de mis amigos mientras sintonizo otro capítulo de Twin Peaks pirateado. Sobre la hornalla burbujea un guiso de lentejas vegano con soja orgánica. El pan que me gusta amasar de noche leuda silencioso, una tormenta de misterios químicos sobre la mesada.
Hay muchas cosas que no sé: no soy licenciada en ciencia política o en filosofía, jamás trabajé en una fábrica, mi formación no es en técnicas de producción, no detento títulos relacionados con esos campos del saber. Es decir: soy consciente de que tengo nula autoridad para plantear problemáticas varias (sin ir más lejos, este artículo). Mi único talento es hacerme preguntas, avergonzarme de mi ignorancia y hacerme todavía más preguntas. “Faire l’idiot”, diría Deleuze. En este momento, la pregunta es: ¿es sustentable esta forma de vida? ¿Por qué? ¿La quiero para mí?
Parafraseando a Mark Fisher, es más fácil imaginar aceptar el colapso climático y el sufrimiento humano, animal y de la tierra que dejar de usar Internet, tomar café o comprar ropa. La alfabetización material es una toma de conciencia que nace en los objetos y le da un asidero físico contra la fantasmagoría digital, una invitación a la reconexión manual de habitar el mundo corpóreo. También es una postura crítica que cuestiona la dinámica entre producción y consumo.
La alfabetización material es una toma de conciencia que nace en los objetos y le da un asidero físico contra la fantasmagoría digital, una invitación a la reconexión manual de habitar el mundo corpóreo.
No hace falta que aprendas a tejer (sería lindo que lo hicieras) o que jamás vuelvas a usar la Inteligencia Artificial (sería lindo que lo hicieras), pero habitar el mundo material exige sacudirse la anestesia, reclamar la curiosidad, forzar la fricción contra la inmediatez, crear malestar.
Lo que se dice, vivir en el mundo material.
“En el curso de la digitalización hemos perdido toda conciencia de los materiales. Una nueva ‘romantización’ del mundo tendría que presuponer su rematerialización”, dice Byung-Chul Han. Y creo que tiene razón. Si llegaste hasta acá y el tema te interesa, acá tenés seis disparadores que te pueden guiar en este recorrido.
Y a cada colaborador se le paga por su trabajo. Las dos cosas dependen de los suscriptores.