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Curtis Yarvin: el pueblo nunca tiene razón

Juan Ruocco lee a Curtis Yarvin —Mencius Moldbug— cinco años después: del anonimato en internet a profeta de la neorreacción. Un réquiem por sus ideas sobre democracia, monarquía y poder.

Curtis Yarvin: el pueblo nunca tiene razón

Llevo unos cinco años postergando este artículo por razones que para mí son obvias pero para ustedes no lo son. Por suerte, no viven adentro de mi cabeza. Las razones comparten características con el texto: son muy obvios.

Todo el tiempo que pasó desde la primera vez que leí Unqualified Reservations hasta ahora preferí el camino de las referencias indirectas. Siempre me dio algo de incomodidad tener que explicar los chistes. Mucho más a los autores. Pero en términos de volumen de lecturas explicar el chiste es lo que mejor me funcionó. Es así como mi, hasta entonces, modesto recorrido por la escritura profesional (apenas algunas notas en un suplemento de un diario de tirada nacional) pegó un salto exponencial con el artículo sobre el lenguaje memético de 4chan (2019) y derivó finalmente en la publicación del libro “¿La democracia en peligro?” (2023). Explicar los chistes sells, ¿but who’s buying?

Todo el tiempo que pasó desde la primera vez que leí Unqualified Reservations hasta ahora preferí el camino de las referencias indirectas. Siempre me dio algo de incomodidad tener que explicar los chistes. Mucho más a los autores.

En definitiva, trataré de explicar algunos conceptos que habitan Internet y que a mí me resultan obvios, pero para un montón de personas no lo son (y no tienen por qué serlos). Algunos, acaso, encuentren placer en leer algo que ya conocían, pero escrito desde otro enfoque. Para otra parte de los lectores, probablemente, yo sea simplemente un lector tardío de fenómenos extintos. Casi como un astrónomo que se dedica a ver la luz que emana de un universo de estrellas que ya se apagó. Quizás, en definitiva, todas estas apreciaciones sean ciertas.

Hablar de Curtis Yarvin en pleno año 2026 es casi hablar de una pieza de museo de Internet. Pero allá vamos.

Moldbug como contraseña del foro

El primero en decirme que tenía que leer a Curtis Yarvin (cuando todavía usaba el seudónimo Mencius Moldbug) fue Santiago Chamé, un compañero de filosofía, una tarde entre pintas de cerveza en el microcentro cuando todavía existían las cervecerías artesanales y el microcentro. Nos habíamos juntado a charlar a partir de un artículo mío, y yo le venía contando sobre las lecturas de manifiestos extremistas como el de Anders Breivik “2083: una declaración de independencia europea”, y que, tirando de la soga, había llegado a la lectura obligatoria de “La sociedad industrial y su futuro” de Ted Kaczynski. Más allá de las posturas radicalizadas de ambos personajes, nos quedamos hablando especialmente del apartado de Kaczynski donde enarbola el concepto de “sobresocialización” y cómo la izquierda de origen académico universitario tiene una tendencia a aceptar sin chistar las convenciones sociales, hecho que los empuja, a su vez, a volverse comisarios políticos de su aplicación.

“Por ‘sobresocialización’ nos referimos al proceso por el cual la sociedad somete a los individuos de tal manera que sus pensamientos y comportamientos están condicionados por las normas sociales, hasta el punto de que cualquier desviación de estas normas le provoca al individuo un sentimiento de culpa o de autorreproche”.

Kaczynski (1995).

A raíz de esto, Santiago me sugirió la lectura de Mencius Moldbug, seudónimo del ingeniero y escritor Curtis Yarvin, que tenía una teoría mucho más desarrollada sobre este tipo de personalidades y su rol en los Estados democráticos. Ahí empezó un derrotero donde me puse a leer el blog casi completo, a veces fragmentariamente, o saltando de un libro a otro. Así descubrí la fuente original del concepto de red pill, neoreacción, ilustración oscura y demás nomenclaturas que había adquirido de mi derrotero por los imageboards. De nuevo, aquello que me parecía una novedad por entonces (2019), gozaba de al menos una década de popularidad entre los círculos de gordos internet. Al poco tiempo lo empecé a citar en algunos artículos y postear algunos pasajes de sus textos en el extinto Twitter. Eso me hizo entrar en contacto con un pequeño grupo de usuarios que también eran lectores del gordo loco y lo comentaban abiertamente en el foro. Funcionaba como una contraseña.

Puedo citar casi de memoria a Leandro Ocón, Rodrigo Baraglia, Sasha Pak (por ese entonces aún @fullmetalsofi), Reaxionario e Iris Speroni. Además, Lady Astor me escribía cada tanto que estaba en contacto con él o con su pareja, y que siempre les decía que tenían que venir a conocer Argentina. Speroni solía traducir los textos de Yarvin en su blog Restaurarg. El derrotero de ese grupo es bastante notable. Reaxionario trabaja para el gobierno, Iris creo que es asesora de Villarruel, Sasha siguió su camino como publicista y analista de guerra cognitiva tras un breve paso por la función pública, Ocón abandonó el rubro de defensa y se volvió DJ. Baraglia programa en Rust (creo) y es padre de dos, y el querido Chamé creo que se instaló en la academia alemana para estudiar a Aristóteles.

Yo por mi parte continúo mi camino para convertirme en un magnate de los medios.

Bloguero de la cuna al cajón

En estos años que pasaron, Yarvin dejó de ser una curiosidad de gordos foreros y se convirtió de alguna manera en un símbolo de la neorreacción: una etiqueta muy trillada para explicar, entre otras cosas, un movimiento de retracción a la última ola progresista que sería etiquetada posteriormente como woke. El asunto con reponer debates culturales de Estados Unidos es que uno siempre termina haciendo una especie de taxonomía de neologismos. La neorreacción puede o no, según cada analista, incluir el ascenso de Trump al poder, su forma particular de gestionarlo, la emergencia de la “alt right” (la alt right no existe) y todo ese ideario de derecha contemporáneo que significó un quiebre con la derecha anterior (la experiencia republicana Reagan-Bush-Bush), al menos entendida en el contexto de Estados Unidos.

Es cierto que Yarvin tuvo tapas en el New York Times, perfiles en la New Yorker, Washington Post, etc., etc. Algo típico de la prensa norteamericana: la relevancia de un autor se consolida cuando alguien del poder cita sus ideas, en este caso, J.D. Vance, vicepresidente ahora caído en desgracia (Hola, Marco Rubio). Sin embargo, la influencia de Yarvin fue, durante años, subterránea, en diferentes estratos de la Internet y al margen del foco de los medios tradicionales, solo traficado como moneda de intercambio por gordos foreros. Desde ese lugar subrepticio y marginal construyó su relevancia, totalmente adelantado a su época, hasta que la época lo encontró.

La influencia de Yarvin fue, durante años, subterránea, en diferentes estratos de la Internet y al margen del foco de los medios tradicionales, solo traficado como moneda de intercambio por gordos foreros.

Con un simple blog, bautizado “Unqualified Reservations”, Yarvin encaró una crítica a la corrección política, al “gobierno de científicos”, al cambio climático, a los movimientos igualitaristas línea Black Lives Matter, incluso mucho antes del ascenso meteórico del feminismo de la cuarta ola. A Yarvin le alcanzó con escribir contra el gobierno de Barack Obama y Hillary Clinton para devenir faro de la reacción a una ola que todavía no había llegado a la costa. Con los conceptos de “Red Pill” y “Catedral”, anticipó la reacción al progresismo aún antes de que existiera el vocablo “woke”. Incluso este concepto es, en gran medida, una versión popular de la idea de Catedral de Yarvin (que veremos más adelante).

Desaparecido por años y dedicado al desarrollo de un software incomprensible (Urbit) reapareció en 2021 desde Substack (Gray Mirror), imponiendo este nuevo espacio como el ágora intelectual nativa de Internet y, además, cumpliendo el sueño de cualquier gordo forero: vivir de las suscripciones de una audiencia permanente desde una trinchera de Internet. Así, muy de a poco y casi manejando la velocidad memética a las que sus ideas se replicaban, Yarvin construyó una relevancia ideológica por fuera de los circuitos clásicos. Fue el gran forero y modelo de intelectual de Internet.

Este artículo no pretende mostrar por qué Yarvin es relevante o cómo construyó su relevancia. Eso es algo que, a esta altura del partido, ya fue dicho. En este artículo vamos a tratar de acomodar el pensamiento yarviniano, a partir de tres de sus textos, creo yo, más relevantes, e intentar esbozar cuál es el subconjunto de ideas que conforman su pensamiento “neorreaccionario”. Me da gracia escribir neorreaccionario; creo que es el tipo de etiquetas que ama el sentido común periodístico y de la industria editorial. Una etiqueta que con el suficiente poder de lobby te puede hacer publicar un libro. Ah, sí, compren mis libros sobre memes y alt right. Alt Right en Big 2026.

Land, Sloterdijk y Yarvin

Este artículo culmina una serie de tres artículos que empezó con Nick Land, siguió con Peter Sloterdijk y ahora culmina con Yarvin. A diferencia de los otros dos personajes que conforman esta tríada Yarvin no tuvo ni tiene una etapa académica. Pese a venir de la ciudad más progre del planeta, San Francisco, de la universidad más progre, Berkeley (lo cual puede explicar muy bien su encono con la progresía académica), Yarvin fue siempre un gordo bloguero. Y desde ahí construyó su personaje y el modo de circulación de sus ideas. El triunfo de su programa teórico está intrínsecamente relacionado con este hecho. Él mismo es consciente de esto. Yarvin es uno de los primeros autores que usaron el concepto de meme como categoría de análisis, que escribieron seriamente sobre bitcoin (uno de los mejores textos que leí al respecto, pero por lejos), que usaron el concepto de operaciones psicológicas (psyops) y la difusión de ideas políticas como complejos meméticos (memeplex), lo cual lo volvía particularmente consciente del alcance que podían llegar a tener las suyas propias. Como se puede ver, es un tipo de una amplia variedad de gustos, al cual, particularmente, le debo mucho. Yarvin parecía tener conciencia de lo que proponía y de cómo hacerlo. Pienso en blogs de la época como “The Oatmeal” o “Wait but why?” y cosas por el estilo, completamente mimetizados con el espíritu de la época (Kickstarter, cambiar el mundo y la boludez alegre de la inteligencia colectiva, con todo el debido respeto) y estoy seguro que, como contemporáneo y en una vereda totalmente opuesta, Yarvin ya sabía cuál era su mejor jugada. Respeto.

Por otro lado, este artículo completa a los otros dos mencionados, en el sentido de que nos provee una teoría del poder contemporánea. Mientras que Land nos da una hipótesis acerca del funcionamiento del capital, Sloterdijk sobre la reproducción cultural a lo largo del tiempo (domesticación) y Yarvin completa la tríada. Tener una teoría del poder adecuada nos hace saber cómo confrontar y negociar con ese poder, además de ser capaces de desarrollar una técnica de supervivencia colectiva viable, mientras surfeamos la imparable ola del capital replicándose a sí mismo en rizos de retroalimentación positiva cada vez más intensos. Con este artículo, la serie queda completa.

Tener una teoría del poder adecuada nos hace saber cómo confrontar y negociar con ese poder, además de ser capaces de desarrollar una técnica de supervivencia colectiva viable.

Mucha gente en Twitter se enojaba cuando hace años recomendaba leer a estos tres autores (por ser “de ultraderecha”). La realidad es que, tanto las visiones de Land como de Yarvin, así como la idea de antropotécnica de Sloterdijk, habilitan interpretaciones del mundo más elaboradas (y útiles) que las de sus contemporáneos de izquierda, obsesionados con las ideas de estancamiento, repetición y apocalipsis. En gran parte, producto de la influencia de Mark Fisher, el gran faro intelectual de este momento histórico. Siendo Land un compañero de Fisher en lo que fué la experiencia del "CCRU" (Cybernetic Culture Research Unit).

Tal vez la última novedad intelectual fructífera de la “izquierda” haya sido el concepto de populismo formulado por Ernesto Laclau, en tanto que permitió por un lado la caracterización de un fenómeno concreto (los gobiernos populistas de principios de los dos mil), a la vez que sirvió de herramienta para la participación política (la calibración de los frentes electorales a partir del concepto de “demanda insatisfecha” y “cadena de equivalencias”). Lo que quedó después, a grandes rasgos, estuvo compuesto de la teoría algo depresiva de Mark Fisher y su idea del futuro cancelado, el pensamiento de Slavoj Zizek (tiene muy buenos libros y conceptos, pero ninguno del 2010 para acá), devenido en slop filosófico y todos los derivados de la máquina deconstructora nietzscheana poshumanista de izquierda, también conocido como veganismo sensible. Corrientes contra las que no tengo encono particular, pero que , considero, no son fructíferas en términos de lectura del mundo. Bah, pueden serlo en un sentido que al menos a mí no me interesa. La tarea crítica deconstructiva al macho-carno-falo-logo centrismo devino en el florecimiento de identidades difusas como los Furries o los Therians. En este sentido, sigo reivindicando la centralidad del ser humano y de lo humano como concepto filosófico. De hecho, hilando fino una gran parte del pensamiento de Yarvin puede ser considerado como una versión antagónica de Laclau. El único que tuvo algún tipo de lucidez fue el coreano Han, ahora devenido un slop editorial y consumo vergonzante, el primero (o el más conocido) en desarrollar el concepto de psicopolítica. Muchas de sus ideas, vale aclarar, ya estaban presentes en “Posdata sobre las sociedades de control” de Gilles Deleuze y en toda la saga de tensiones filosóficas entre humano y técnica de Heidegger.

Hay otro movimiento que aportó al debate de ideas en la izquierda: el auge del feminismo de cuarta ola. Pero creo que gran parte de la teoría en la que se apoya el movimiento fue elaborada varios años antes de que se convirtiera en el actual fenómeno social. Desconozco igualmente su genealogía teórica, y creo que sería una importante adición a 421 poder hacer ese trazado para entender también el devenir feminista de los últimos diez o quince años. Sin duda, fue el último movimiento de izquierda con fuerza suficiente para, de nuevo, correr el eje de la sociedad hacia la izquierda. Hoy, en relación a conceptos como femicidio, igualdad de género y demás, se discute en los términos que el feminismo logró imponer a base de una construcción política multitudinaria y transversal.

Yarvin y Land, particularmente, eran dos personajes que efectivamente estaban pensando el futuro a corto y mediano plazo, con una visión que muy poco tenía que ver con la de los filósofos de la otra vereda ideológica. Land postula que el capital sigue avanzando, incluso en las etapas en las que parece “estancado”. Y cada nueva versión capitalista tiene la capacidad de aniquilar a la versión anterior, en virtud de la retroalimentación del propio sistema en su búsqueda permanente de supervivencia. Si la IA tiene que canibalizar todo lo previamente construido para instituirse como el nuevo hegemón técnico, no quedan dudas de que ese será el camino. Sin embargo, y aunque suele presentárselos juntos, las diferencias entre ambos pensadores son significativas. Mientras que Land cree en la supremacía del capital por sobre cualquier otra organización humana, Yarvin es un defensor a ultranza de la soberanía política. Básicamente cree que nada puede superar el poder de la soberanía y que, cualquier organización con suficiente poder soberano (control indiscutido sobre una porción de territorio) no importa que sea el ISIS, las FARC o la compañía de indias orientales, puede ser considerado un estado. Es decir no hay soberanía sin estado ni estado sin soberanía. Son dos conceptos que se implican mutuamente. Esta idea lo diferencia bastante de Land dado que este último cree que el capital eventualmente se independizará de cualquier tipo de soberanía.

Pero Yarvin no defiende un estado como nosotros lo entendemos, sino que está pensando en un reset de las democracias liberales o, directamente, en una clausura definitiva de la etapa histórica que inició con la Revolución Francesa.

Yarvin a través de sus textos

Pero vayamos al “pensamiento” de Yarvin o a lo que constituye el núcleo de sus ideas y por qué se volvió tan popular en Internet o, por lo menos, una de las voces más relevantes de la derecha de Internet. Categoría en la que también entran, por supuesto, Nick Land (por trayectoria más que por habitar la red) y Costin Alamariu AKA Bronze Age Pervert. A él eventualmente también le dedicaremos un texto, dado que es el último referente del pensamiento netamente derechista de Internet con reminiscencias del poeta trágico Yukio Mishima. Nacionalismo fascista gay, es decir, espartano o nietzscheano de derecha. Este autor es clave para leer en contraposición con Sloterdijk dado que ambos discuten el problema de la domesticación y la eugenesia en la política y la filosofía. Sí, todo es una gran interna entre seguidores de Nietzsche, pero es tema para otro artículo.

Pero volvamos al tema. Para adentrarnos en el pensamiento “clásico” de Yarvin nos vamos a valer de tres de sus textos: “A Gentle Introduction to Unqualified Reservations”, “Patchwork” y “An Open Letter to Open-Minded Progressives”. Toda la bibliografía está en inglés. Además, podríamos leer “How Dawkins Got Pwned”, donde más trabaja la idea de memeplex y cierta variedad de la cultura contemporánea atea como una variable del dispensacionalismo clásico norteamericano, pero nunca lo terminé de leer completo y me parece más tangencial, aunque es un buen libro también... Bah, divertido.

Lo clave es eso: Yarvin es un tipo divertido de leer. Tiene buenas analogías, tiene salidas simpáticas, es bastante gracioso y la lectura es amena más allá de las cosas que plantea. Es claramente un lenguaje de blog, pero con diferentes niveles de profundidad temática. Y también de repetición... Algo que me sucede cuando leo sus libros es que siempre me parecen el mismo libro. Mientras este verano releía sus textos en una carpa de Playa Grande en Mar del Plata, por momentos puteaba al aire cuando me tocaba leer la misma idea por enésima vez. Es como una piedra que va horadando lenta pero constantemente sobre lo mismo. Los tres libros podrían ser uno solo si, en vez de haber sido una recopilación de posteos del blog, hubieran sido una búsqueda sistemática de ordenar el pensamiento del autor.

Pero, bueno, basta de previas, ya vayamos al grano.

Una introducción gentil

En “A Gentle Introduction” lo primero que plantea Yarvin es la necesidad de cambiar la perspectiva de cómo vemos la historia a partir de lo que llama una “red pill”, concepto de la película The Matrix. Más allá de la propuesta del libro (una revisión completa de la historia estadounidense para llegar a la conclusión de que el país es una teocracia orwelliana), lo que se volvió archipopular en la discusión online fue el concepto de “red pill”, como metáfora de la salida de la caverna de Platón. Un meme cuya efectividad de transmisión estaba asociada también a una suerte de conversión ideológica.

“Así, la píldora roja: cualquier estímulo o estimulante, farmacéutico o literario, que comprometa de raíz dicho sistema de engaño.”

Curtis Yarvin (Mencius Moldbug), “A Gentle Introduction to Unqualified Reservations”, 2009.

Yarvin (al modo de José Bonacci) plantea en este libro que la democracia no sirve. Salvo que, como en el conocido meme de los oficinistas, si quien enuncia esto es Bonacci llamamos a Recursos Humanos, pero si lo dice Yarvin nos parece “interesante”. Ah, el precio de ser feo y no vivir en California.

Las razones por las que la democracia no funciona son varias, y gran parte del proyecto intelectual de Yarvin es hacer un inventario de todas ellas. En resumidas cuentas, el Estado democrático es, para él, una forma bastante ingeniosa de diluir la soberanía del monarca. El resultado es una burocracia opaca en la cual no existe responsabilidad última por las decisiones que se toman. La división de los tres poderes del Estado produce una lucha constante entre ellos, y la política, en el sentido exclusivo de la rosca política, sustituye al buen gobierno. Ese es el problema fundamental para Yarvin, quien, al modo del viejo Aristóteles de la Política (siglo IV a. C.), escribe para una polis en inexorable decadencia. La solución es entonces un gobierno autocrático donde toda la responsabilidad política sea ejercida de forma unilateral por una sola persona. ¿Pero no es acaso lo que sucede en una dictadura? ¿Qué sucede si el monarca enloquece, o simplemente falla como tal? ¿No es precisamente para evitar esto que nacieron las repúblicas y las democracias? Bueno, Yarvin propone la creación de un sistema que permita echar al CEO/Monarca y reemplazarlo por otro. Para evitar golpes de Estado, todo el arsenal del ejército está aislado bajo cerraduras criptográficas. Solo la autorización por parte de los accionistas del gobierno, AKA Ciudadanos, habilitaría la posibilidad de emplear las armas para sacar al Monarca/CEO retobado. Como pasa siempre en las utopías tecnocráticas, la tecnología soluciona un problema netamente político: el de la lealtad. Problema que sufre desde Javier Milei con las filtraciones de sus audios, Cristina Fernández de Kirchner con un vicepresidente que le vota en contra o los emperadores romanos asesinados por la guardia pretoriana que juró protegerlos. Ni hablar del cabezazo que le metió John F. Kennedy al proyectil de plomo que disparó, allegedly, Lee Harvey Oswald. En fin.

El Estado democrático es, para Yarvin, una forma bastante ingeniosa de diluir la soberanía del monarca. El resultado es una burocracia opaca en la cual no existe responsabilidad última por las decisiones que se toman.

Sin embargo, la propuesta de solución de Yarvin, bajo el nombre de patchwork, no es el fuerte de la obra. Como siempre, la mejor parte se la lleva el diagnóstico. A las facciones involucradas en el proceso democrático solamente les interesa ocupar los cargos electivos, lo cual hace que se repita el ciclo de rosca una y otra vez. Los gobiernos eficientes, buenos, virtuosos funcionan de la misma manera que las empresas exitosas, virtuosas: autoridad ejecutiva sin división alguna; un CEO o Monarca, da lo mismo. Una persona responsable a cargo, según Yarvin, con un simple objetivo: hacer que el precio de la tierra en la que viven sus gobernados suba. Dado que no existe lugar donde los inmuebles sean caros y que sean inseguros o políticamente fallidos, el precio de los inmuebles funge de parámetro de éxito de la gestión de un gobierno. Ah, si todo el país fuera como las calles adoquinadas de San Isidro...

En “A Gentle Introduction”, Yarvin utiliza el concepto de red pill (que luego sería híperpopularizado por Internet hasta el hartazgo) para cambiar la visión de cómo uno cree que funciona el gobierno a cómo realmente funciona. La posición criticada es aquella que podríamos citar como cercana a think tanks tipo FUNDAR, donde el buen gobierno es el resultado de aplicar políticas públicas construidas a partir de “datos” y “ciencia”. Para Yarvin, toda esta “ciencia” no es más que el mecanismo que adopta un tipo humano particular (el izquierdista institucionalizado) para decirle al gobierno lo que tiene que hacer. Toda la ciencia está diseñada para satisfacer la demanda infinita del Estado y venderle soluciones de forma permanente. Este esquema de consultores expertos funciona como un gran sistema descentralizado donde diferentes instituciones hacen su juego. Los medios de comunicación necesitan de los expertos para validar sus opiniones. Y los expertos necesitan de los medios de comunicación para que sus teorías o hipótesis tengan más alcance y lleguen a los funcionarios adecuados. De esa manera, las universidades y los medios de comunicación se retroalimentan y obtienen validación por parte de funcionarios que construyen sus políticas (y las no-soluciones) a partir de lo que leen en los medios de comunicación. No hay salida ni solución fácil para este problema, según Yarvin. Se necesita un cambio de régimen. El régimen actual de control ideológico mediante la tríada medios, ONG y universidades es la famosa "La Catedral” y, junto con el concepto de red pill, es el más publicitado de su obra.

“Y la izquierda es el partido de los órganos educativos, a cuya cabeza están la prensa y las universidades. Esta es nuestra versión del siglo XX de la iglesia establecida. Aquí en UR a veces la llamamos La Catedral, aunque es esencial señalar que, a diferencia de una organización ordinaria, no tiene un administrador central.”

Curtis Yarvin, “A Gentle Introduction to Unqualified Reservations”, 2009.

La historia norteamericana es historia Whig

Yarvin se plantea una revisión completa de la historia norteamericana desde su propia lectura reaccionaria. Escribe desde el año 2008, en pleno auge de la esperanza obamista y también de la crisis económica más grande desde los años 30. Casualmente, la salida de esa crisis es la que marca, para Yarvin, la consolidación de un cambio de rumbo, ya latente en la evolución histórica del Estado norteamericano. Para el pensador, Roosevelt cumple el mismo rol que Perón para un gorila argentino. Todo el modelo de gobierno diseñado por burocracias profesionales, asociaciones no gubernamentales y Think Tanks es producto del gobierno de Roosevelt, momento en el que Estados Unidos estuvo más cerca de una dictadura socialista. Paciencia con este argumento.

Para Yarvin, Estados Unidos está cagado, está frito. Pero frito desde su misma constitución, desde su origen. ¿Cómo justifica este argumento? Básicamente comparando el estilo de vida de unos siglos atrás con el actual. Propone una premisa básica: imaginate el mundo del siglo XVII con nuestra tecnología. O sea, digamos, el palacio de Versailles con Internet satelital (el sueño pandémico de cocaína y monarquía ilustrada). ¿Pero cómo es que se fue todo a la mierda? Sencillo. Mob Política o Política por la fuerza. La historia de la revolución norteamericana es la historia del triunfo de los delincuentes y los inmorales sobre las fuerzas del orden. El núcleo del problema viene desde entonces. El triunfo de la revolución es la consolidación de un movimiento que históricamente fue corriendo año a año el límite de lo aceptable, siempre en dirección hacia la izquierda.

Para Yarvin la revolución norteamericana es la exportación de un conflicto inherente del Reino Unido y de su política facciosa: Tories y Whigs. Los Tories, defensores del orden, del statu quo y de un trato más o menos cordial con las provincias de América. Contra ellos se opone otra fuerza donde quedan adentro todos los padres fundadores: el movimiento Whig. La izquierda del bloque parlamentario inglés transformado en ideología permanente de un nuevo Estado: sanción constante de nuevas leyes para impulsar una tendencia de reforma hacia un estado de cosas más justo. Un movimiento asintótico hacia la “izquierda”, dirá Yarvin. Movimiento al que también llama “Cthulhu”.

“Cthulhu puede nadar despacio. Pero solo nada hacia la izquierda. ¿No es interesante?”

Y también:

“La derecha representa la paz, el orden y la seguridad; la izquierda representa la guerra, la anarquía y el crimen.”

Curtis Yarvin, “A Gentle Introduction to Unqualified Reservations”, 2009.

Comparemos la sociedad de esa época con la de ahora. Está clarísimo que en cuanto a políticas sociales el movimiento tiende totalmente hacia la izquierda. La necesidad de una reforma constante como un imperativo moral se apalancó en la línea más representativa del protestantismo norteamericano: la iglesia presbiteriana, o la iglesia fundante de Estados Unidos. Y, fundamentalmente, en los cuáqueros. Una versión filo izquierdista de la iglesia protestante. Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Henry David Thoreau. La ideología del Estado de Massachusetts. Universalismo pacifista con justicia social.

Los herederos actuales (y responsables de llevar adelante la política del Estado norteamericano) reciben, como dijimos, el nombre de La Catedral. Son una especie de oligarquía teocrática (los valores del universalismo progresista cuáquero) y se articulan como un dispositivo ideológico orwelliano, aunque cualquiera que haya cursado sociología del CBC puede reconocer el concepto de “aparatos ideológicos del Estado” del académico marxista francés Louis Althusser. Además, el nombre surge del reconocido texto “La catedral y el bazar” de Eric S. Raymond que propone estos dos nombres para dos arquitecturas del conocimiento diferentes entre sí. No ahondaremos ahora en eso pero es uno de los textos fundamentales de la informática.

“No vivimos en algo vagamente parecido a una teocracia puritana. Vivimos en una teocracia puritana real, genuina y en funcionamiento —aunque difícilmente sana— del siglo XXI.”

Curtis Yarvin, “A Gentle Introduction to Unqualified Reservations”, 2009.

Los dispositivos que sostienen la unidad ideológica de la Catedral se apoyan en las universidades, los medios y Hollywood. Las universidades son las grandes creadoras de ideología y las que proveen sustento a todas las teorías sociales avanzadas, progresistas, y que hacen de ariete reformista de la progresía chtulesca. Luego siguen los medios, aunque fundamentalmente el New York Times, que funciona como una especie de validador programático de lo que señala la academia y además de una cámara de resonancia. “Che, existe este problema, consultemos a los expertos”. La última pata es Hollywood, que se encarga de convertir o weaponizar todo en "sentimientos": desde las narrativas del entretenimiento así como también de la política performática del star system (solo basta ver lo que fue la campaña anti Trump de Los Avengers).

Con la tríada conformada, lo que resta es la creación del monstruo. O, fundamentalmente, según Yarvin, el núcleo del problema. El gobierno de expertos, los diseñadores de “políticas públicas” son los mismos intelectuales encargados de señalar los problemas y, por lo tanto, diseñar las soluciones. Pero este sistema no obedece a una especie de conspiración cabalística al estilo QAnon. Simplemente responde a su diseño de esquema descentralizado de poder. En algún punto es un sistema equivalente al que describía Noam Chomsky en "Consenso manufacturado", pero a la inversa. No existe alguien que efectivamente ejerza el rol de comisario político o censor dentro del consenso académico. Sencillamente, se dejan afuera las ideas que pueden ser demasiado ajenas al corpus, y luego, quienes quieren pertenecer, sencillamente se ajustan a las normas tácitas.

Entonces, este viene a ser el principio rector del pensamiento yarvinista: la historia norteamericana es la historia del triunfo del proyecto Whig, es decir, el ala izquierda del parlamentarismo inglés, que sistemáticamente fue ganando todas sus batallas políticas a través de la doble estrategia de la mob politics inciada en la guerra civil inglesa, popularizada por Cromwell y la ejecución de los monarcas.

El brazo político establece un programa de demandas. En general, es un programa de reformas progresistas (respecto a cada época). Por el otro lado, la multitud, la muchedumbre, la masa, el populacho, LOS NEGROS, funcionan como brazo armado de esas demandas, ejerciendo violencia política contra todo lo que se oponga. La única manera de frenar la violencia es cediendo a las demandas. Así, el sistema descentralizado funciona a la perfección llevando el sentido común siempre un poco más hacia la izquierda. El principal motor del movimiento Whig es la idea de que es necesario “cambiar al mundo” para hacerlo más justo. Para Yarvin esta es la causa de la perversión y el estado deplorable de cosas.

En “An Open Letter”, el pensador expande su argumento, y desarrolla un diagnóstico completo sobre las fallas del orden democrático, así como un programa de transición a lo que luego será descrito “a fondo” en Patchwork. Lo que está mal es creer, dice Yarvin, en que el Estado asuma, de forma constante, la solución de sus propios problemas. Eso es imposible: el diseño mismo del Estado democrático es lo que lo vuelve por naturaleza ineficiente, y, principalmente, la división de poderes. La autoridad tiende a funcionar mejor cuando no tiene rival ni competencia. Por eso, las empresas y los ejércitos obedecen estructuras jerárquicas con una cabeza rectora. La soberanía distribuida genera malas o pésimas decisiones. En el caso de las repúblicas modernas nunca se termina de saber quién tiene autoridad o no para ejecutar una ley: es así que las legisla un cuerpo, las ejecuta en segundo lugar otro, pero la autoridad final de aplicación es la Corte Suprema de Justicia. Y ni siquiera tiene poder absoluto, solo interviene en casos específicos.

Lo que está mal es creer, dice Yarvin, en que el Estado asuma, de forma constante, la solución de sus propios problemas. Eso es imposible: el diseño mismo del Estado democrático es lo que lo vuelve por naturaleza ineficiente, y, principalmente, la división de poderes.

La soberanía del Estado moderno tripartito está diluida, destruida y vuelve al gobierno un ente ineficiente donde nadie tiene responsabilidad última de las decisiones. Es el peor de los mundos posibles. La disolución de la soberanía en múltiples responsables da nacimiento a la rosca política. La política se termina por comer todo, dado que cualquiera aspira a ocupar el cargo que tiene inmediatamente más arriba. Si uno se pone a pensar en el escenario local y la cantidad de tiempo que la política argentina, los medios y la sociedad le dedican a la exégesis de las “internas” en cada gobierno, podríamos compartir con Yarvin que hay algo que funciona mal o, mejor dicho, funciona bien por diseño, solo que no en el sentido que la sociedad requiere. La política de la rosca es entonces, para esta concepción, un subproducto de la soberanía diluida. La solución, por lo tanto, es la máxima concentración. Este texto es una especie de segunda versión de “A Gentle Introduction”, con menos énfasis en el concepto de red pill, pero mucho más en el concepto de La Catedral, y en cómo sería una transición al sistema de Patchwork.

Patchwork: una solución final para la política

La solución, para Yarvin, es la liquidación total del Estado actual mediante un programa de transición hacia un gobierno corporativo. Pero no uno, sino miles. Cada ciudad y su área de influencia debe convertirse en un Estado independiente. Miles de Estados independientes. Es decir, lo que comúnmente se llama “balcanización”.

“…deberían ser reemplazados por una telaraña global de decenas, incluso cientos, de miles de mini-países soberanos e independientes, cada uno gobernado por su propia sociedad anónima sin atender a las opiniones de los residentes.”

Curtis Yarvin, “Patchwork: A Positive Vision”, 2008.

Esto que puede sonar a una privatización del Estado, es, en verdad, la reducción total del mismo a un ente que pueda proveer un gobierno seguro, eficiente y responsable. Yarvin piensa en micronaciones sumamente prósperas, como el caso de Mónaco, Liechtenstein o Luxemburgo. Pese a que todas han devenido, lamentablemente para el autor, en monarquías constitucionales. De hecho, la solución de Yarvin para Gran Bretaña es abandonar la monarquía constitucional y restituir a la casa de los Estuardo como herederos legítimos de la corona. Mejor dicho, a sus descendientes actuales. Esta postura es conocida como jacobismo (no confundir con jacobinismo). Recordemos que los Estuardo fueron depuestos y ejecutados por Oliver Cromwell. Quién también, casualmente, era un puritano.

Pero para llevar adelante cualquier programa de transición, el Estado actual necesita ser declarado en quiebra. Luego, básicamente ser manejado por un síndico que oficie de gerente en la transición y que finalmente dé paso al nuevo microestado en el cual cada ciudadano (propietario) se convierta en un accionista del gobierno.

En el caso de Estados Unidos, Yarvin propone que el gobierno convierta toda su deuda en billetes, con eso liquide los bienes estatales (previa asimilación de La Catedral, que funciona como un organismo paraestatal) y luego se convierta en un Estado mínimo gobernado por un CEO y una junta de representantes (una cámara, de ahí el concepto de neocameralismo) con el poder de deponerlo si no cumple su principal función, esto es, hacer crecer el valor de los inmuebles de todos los ciudadanos de la nación.

“El reino obtiene ganancias haciendo que sus bienes raíces sean lo más valiosos posible, ya sea Manhattan o algún rancho en Oklahoma.”

Curtis Yarvin, “Patchwork: A Positive Vision”, 2008.

Lo que nunca dice Yarvin es cómo se da el paso de un solo gobierno a mil gobiernos regionales. Calculo que es repetir lo mismo pero en escala. Luego la forma de gobierno, descrita en Patchwork, parece salida de un cuento de ciencia ficción. Todo el argumento de Yarvin, entiendo yo, no es para que efectivamente alguien lo haga, sino para demostrar que es posible, al menos en el mundo de la abstracción, un gobierno tal como el que él pretende. La solución es una restauración, porque la revolución, para Yarvin, es una fuente de anarquía, es decir, de caos y desorden. La anarquía es el enemigo fundacional, y está detrás de toda la historia Whig. En su búsqueda por “balancear” el poder, evitar la “tiranía”, el movimiento Whig y sus sucesores crearon un sistema que impide sistemáticamente a cualquier gobierno tener poder centralizado y unidad de acción en el Ejecutivo. Para el pensamiento Whig —o sea, liberal—, el enemigo a conjurar es la tiranía. Para Yarvin es exactamente al revés: “La causa de la revolución no es la opresión, la causa de la revolución es el gobierno débil”.

El gran problema de este programa de transición es que carece de alguien que lo ejecute. Es decir, en la solución imaginaria falta el sujeto social que encare esta tarea titánica. En varios pasajes Yarvin piensa en el ejército de Estados Unidos, dado que en definitiva es el último depositario de la soberanía real, es decir, los fierros.

Sin embargo, el ejército de Estados Unidos es uno de los grandes beneficiarios de este orden de cosas. Tiene la capacidad de más o menos orientar la política exterior del país, posee uno de los entramados científico técnicos más avanzados del planeta, tiene recursos casi infinitos y lo mejor de todo: no debe responder por ello, dado que todo el sistema republicano funciona como un escudo protector. ¿Por qué habría de perder esta posición de privilegio? ¿En virtud de qué?

El gran problema de este programa de transición es que carece de alguien que lo ejecute. Es decir, en la solución imaginaria falta el sujeto social que encare esta tarea titánica.

Entonces, si no es el ejército de Estados Unidos quien lidere la solución al estilo Patchwork, ¿qué otro sujeto histórico? ¿Serán los vecinos de Coral Gables cansados de los yacarés? ¿La gran mayoría silenciosa? Quién será la fuerza política con la suficiente capacidad de llevar adelante este plan de reformas radicales permanece como una incógnita a lo largo del libro. Creo yo que la apuesta de Yarvin es un presidente que cuente con el respaldo total de una mayoría silenciosa para hacer una reforma total. Lo raro es que esa “mayoría silenciosa” es demasiado norteamericana como para apoyar a un candidato cuya promesa sea la balcanización de Estados Unidos. De mínima, raro. Sin embargo, un material increíble para una novela de ciencia ficción. De hecho Snow Crash, de Neal Stephenson, escrita varios años antes que los libros de Yarvin, trabaja con un Estados Unidos balcanizado en millones de micronaciones sostenidas bajo el poder unilateral de una franquicia de pizzerías. Top. Básicamente, es mejor leer Snow Crash que a todo Yarvin.

La saturación del concepto de "Catedral"

¿Por qué carajo es leído Curtis Yarvin si en definitiva es una mezcla de José Bonacci y una vieja gorila de Belgrano? En primer lugar, el meme: los dos lados de la campana. La democracia funciona como el orto. Y aunque hoy sea difícil de pensar otro sistema, lo cierto es que convivimos con regímenes no democráticos exitosos (China) y fallidos (Cuba), y a lo largo de la historia tenemos ejemplos de sobra de los dos. De hecho, la mayor parte del tiempo el ser humano vivió en sistemas no democráticos y tanto Atenas como la actual democracia liberal (formateada, según Yarvin, por “La Catedral”) es más bien una excepción histórica.

Sin embargo, esta es la parte de la teoría yarviniana que menos repercusión tuvo o que recién ahora está llegando al público mayoritario, pero a través de otras vías. ¿Qué es, sino una vuelta a esta idea, el nuevo libro de Alex Karp (el socio de Peter Thiel) sobre la refundación de Estados Unidos? La tragedia yarviniana (o su éxito) reside en lo que decía Antonio Gramsci en “El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce”, cuando asevera que la única manera de que el pueblo pueda entender una filosofía es como si se tratara de una religión.

Por un lado, es lo que denuncia Yarvin y a la vez es lo que sucedió con sus ideas. Todos los jóvenes influencers y streamers “anti woke” no son más que la versión yarviniana del aliade deconstruido. Es de lo que hablamos cuando hablamos de la muerte por saturación. Hoy, la noción de reacción de Yarvin es lo suficientemente popular como para mostrar signos de estrés irrecuperable. Sus ideas, luego de su explosión en el mainstream, volverán a caer en el ostracismo merecido de cualquier propuesta surgida en un blog marginal. Quizá con el tiempo reaparezcan en una siguiente ola, cuando los Estados democráticos hayan fallado aún más en su misión de proveer una mejor calidad de vida a sus ciudadanos.

Algo sobre el final

Aclaración previa: para quienes no les interese toda la obra de Yarvin, pero quieran tener un pequeño pantallazo de primera mano, recomiendo su artículo sobre Elfos y Hobbits en Gray Mirror, y su explicación de por qué la derecha está destinada a perder siempre la "batalla cultural".

El derecho internacional clásico, aunque nunca fue perfecto, era simplemente una hermosa obra de ingeniería. Resolvía, no a la perfección pero sí con bastante eficacia, un problema que hoy nos parece irresoluble: imponer el buen comportamiento entre naciones soberanas, sin un ejecutor central. Se podría llamar una arquitectura de igual a igual (peer-to-peer) para la paz mundial (...). Me temo que lo que tenemos ahora es más bien un enfoque cliente-servidor. Funciona, más o menos. No me parece estable ni escalable. El derecho internacional fue diseñado para un mundo de iguales. Se desmoronó cuando una nación —primero Gran Bretaña y, más tarde, Estados Unidos— se atribuyó la tarea, por motivos superficialmente caritativos y fundamentalmente whigs [liberales progresistas], de actuar como ejecutor global. En ese punto, dejó de ser un instrumento de paz e independencia y se convirtió en uno de dominación y guerra. “Harina de otro costal”.

Curtis Yarvin, “An Open Letter to Open-Minded Progressives”, (2008).

El problema central que enfrentamos, entonces, es la de un poder hegemónico, cuya ideología es el puritanismo protestante, que, además de tener la misión de sostener esta línea ideológica intramuros, con lo que eso supone, es un gran exportador de este pensamiento al resto del mundo. Lo hace además de tal forma que exige a sus contrapartes diferente niveles de acatamiento ideológico, acorde también al momento y a la importancia del país en el tablero mundial. Además, al ser un imperio que de alguna forma está en contra de la noción de orden y poder, es un máquina de generar un constante desorden en la esfera internacional. Para Yarvin esta es una de las peores consecuencias del pensamiento hegemónico norteamericano. Y cómo es imposible de reformarlo, hay que cortarlo de cuajo sin más.

Es acá dónde la teoría de Yarvin, en definitiva, es una expresión sumamente antinorteamericana, ya que no intenta rescatar los valores de los fundadores de Estados Unidos y restaurar una época pasada. Lo que Yarvin está diciendo es que la forma actual de Estados Unidos es producto de haberse consubstanciado con el bando Whig y la idea de la revolución permanente. Y eso implica al mismísimo George Washington. Esta es la diferencia fundamental entre Yarvin y otras vertientes del pensamiento conservador norteamericano. Por ejemplo los militantes del derecho a portar armar, los milicianos, los preparacionistas, aquellos que se oponen a la desmedida influencia del Estado federal, digamos, al republicano moderno de línea MAGA. Incluso ese americano no se atreve a ir en contra de la Constitución y la Revolución Americana, al contrario, intenta recomponer ese ideal todo el tiempo, intenta volver ahí.

Para Yarvin no hay nada que rescatar, dado que si se vuelve a ese momento en cien o doscientos años estaríamos en el mismo lugar. La solución entonces es la disolución del Estado norteamericano (y de los países en general) en unidades administrativas tipo polis. Un proyecto político realmente difícil de vender incluso para los conservadores más radicales. Pese a todo, no deja de ser una buena caracterización de cómo funciona esta maquinaria bélico-política llamada Estados Unidos y entender, entre otras cosas, cómo es posible que la CIA hasta hace no mucho participaba de los festejos del mes del orgullo LGBTIQ+.

Sin mucho más para decir, queda en ustedes sacar sus propias conclusiones. De mi parte, agradecido al autor por estimular mi pensamiento, confrontar mis ideas a un punto extremo, a la vez que utilizar a los memes como una herramienta epistémica, hablar seriamente de bitcoin, usar metáforas de Tolkien para hablar de política, y obligarme a pensar a fondo los fundamentos de lo que considero político.

Todo lo que se dice un gordo de punta a punta.

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