¡Imaginate una cigüeña del tamaño de una jirafa! El rey del cielo argentino fue el Thanatosdrakon amaru. Con 9 metros de envergadura, este "dragón de la muerte" patrullaba en las alturas cazando crías de titanes.
Cuando pensamos en la era de los dinosaurios, nuestra mente viaja directo a los grandes reptiles terrestres. Sin embargo, el Mesozoico argentino no solo temblaba bajo las patas de grandes e icónicos titanes; también sus cielos estaban colmados de grandes reptiles. Es un error común meterlos en la misma bolsa, pero el espacio aéreo no le pertenecía a los dinosaurios, sino a sus primos y parientes evolutivos más cercanos: los pterosaurios (conocidos popularmente como pterodáctilos). Y aunque hacia el final del período Cretácico las aves ya volaban y se diversificaban rápidamente, los verdaderos soberanos del aire seguían siendo estos reptiles alados.
El Mesozoico argentino no solo temblaba bajo las patas de grandes e icónicos titanes; también sus cielos estaban colmados de grandes reptiles
Nuestros cielos prehistóricos no fueron la excepción a la regla de los gigantes. En el año 2018, en plena Cuenca Neuquina (una de las regiones geológicas más ricas y estudiadas del país), específicamente en los sedimentos de la Formación Plottier, en Malargüe provincia de Mendoza, desenterraron los restos de dos ejemplares de pterosaurios que cambiarían lo que sabíamos sobre los voladores de la región. El paleontólogo Dr. Leonardo Ortiz David y sus colegas en 2022 bautizaron esta nueva especie como Thanatosdrakon amaru. El término combina el griego Thanatos (muerte) y drakon (dragón), con el vocablo Amaru, que hace referencia a la deidad incaica que es una serpiente alada. El "Dragón de la muerte de Amaru" significa su nombre, que es, en lo personal, uno de los nombres científicos más cancheros que hay.
Leonardo Ortiz David presentando a Thanatosdrakon amaru en el Museo de Dinosaurios de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEN) de la UNCUYO.
Los dos individuos hallados preservaron parte de la columna vertebral y huesos de las extremidades. El menor de ellos, un ejemplar juvenil, aportó unos 30 huesos al registro fósil. El mayor, en cambio, se dio a conocer a través de un único húmero de 45 centímetros de largo. Tener un nombre imponente tiene que ser por algo, ¿no? Bueno, a partir de estos restos, los investigadores calcularon que el juvenil tenía una envergadura, es decir la distancia de punta a punta de las alas, de unos 7 metros. El espécimen más grande, por su parte, alcanzaba unos 9 metros de ancho. Para que se entienda, es el triple de la envergadura del cóndor andino, que es una de las aves voladoras más grandes que existen (3-3,3 metros de envergadura). Este porte colosal lo convierte, hasta la fecha, en el pterosaurio más grande jamás descubierto en Sudamérica.
El Thanastodrakon pertenecía a un exitoso linaje de gigantes que conquistaron los cielos a finales de la era de los dinosaurios, la familia Azhdarchidae (azdárquidos). Fiel a la costumbre paleontológica de usar referencias mitológicas, el nombre del grupo proviene de la palabra persa Azhdar que en la mitología persa es un ser equivalente a un dragón o a una enorme serpiente alada.
Los azdárquidos alcanzaron una distribución mundial y vivieron durante el Cretácico Superior, entre hace 92 y 66 millones de años. Lo primero que llama la atención son sus proporciones corporales: cuellos larguísimos, patas de zancuda, cabezas enormes y mandíbulas alargadas en forma de lanza. De hecho, su anatomía era tan particular que muchas de las especies de esta familia han sido identificadas únicamente por el hallazgo de sus distintivas vértebras cervicales.
Y aunque tal vez no sean serpientes, sí eran "emplumados", ya que su cuerpo estaba cubiertos por unos finos filamentos similares al pelo, conocidos como picnofibras. Las alas estaban formadas por una amplia membrana llamada braquiopatagio, que se tensaba desde la punta de un larguísimo y modificado "dedo alar" hasta la parte exterior de cada tobillo.
Imagen comparativa de tamaño en relación a una jirafa y un humano, con dos especies de azdárquidos: Arambourgiania philadelphiae (medio) y Hatzegopteryx thambema (derecha). Imagen extraída del blog de Mark Witton.
Una de las especies más completas y estudiadas de azdárquido es el Quetzalcoatlus. Descubierto en 1975 en los sedimentos maastrichtianos de Texas (Estados Unidos), este género es uno de los más completos y la especie Quetzalcoatlusnorthropi es el pterosaurio más grande hallado hasta la fecha. Siguiendo la tradición de la familia, su nombre es un homenaje a Quetzalcóatl, la famosa serpiente emplumada de la mitología azteca. Estimaciones recientes sugieren que la envergadura del Quetzalcoatlus northropi rondaba entre los 10 y 11 metros, lo que lo convierte en el vertebrado volador más grande que haya existido. Para tener mejor una idea del tamaño de este animal, un azdárquido como Quetzalcoatlus medía entre 2 y 3 metros de altura hasta la cruz (los hombros), y a eso hay que sumarle su largo cuello, alcanzando así los 4 metros de altura, lo que sería tan alto como una jirafa adulta.
¿Voladores o atrapados en la tierra?
Los azdárquidos incluyen a algunos de los animales voladores más grandes de todos los tiempos, pero entender exactamente cómo volaban (o si realmente lo hacían) sigue siendo uno de los mayores dolores de cabeza de la paleontología. El principal problema de la controversia tiene que ver con el peso.
Estimar la masa corporal de Quetzalcoatlus, por ejemplo, es un desafío porque no existe ningún animal vivo hoy en día con una estructura corporal similar. Por mucho tiempo (y dependiendo del autor), el peso variaba de unas decenas a varios cientos de kilogramos, pero la mayoría de las estimaciones publicadas desde principios de los 2000 coinciden en que estos gigantes rondaban de los 200 a los 250 kg.
Entender exactamente cómo volaban (o si realmente lo hacían) sigue siendo uno de los mayores dolores de cabeza de la paleontología. El principal problema de la controversia tiene que ver con el peso.
Acá capaz te surge la pregunta: ¿cómo puede un animal del tamaño de una jirafa pesar apenas 200 kilos? El secreto está en su anatomía. Al igual que las aves actuales (y como vimos en notas anteriores sobre cómo los titanosaurios lograron ser tan gigantes), los pterosaurios poseían una adaptación clave llamada neumaticidad. Su sistema respiratorio contaba con sacos aéreos especializados que penetraban los huesos (vertebras y cinturas) y los ahuecaban.
A esto además hay que sumarle un adelgazamiento de las paredes corticales de los huesos de las extremidades (brazos y piernas). En lugar de tener estructuras macizas y pesadas, sus esqueletos se transformaron en una red de tubos huecos, livianos pero reforzados internamente por pequeños puntales óseos (trabéculas). Todo esto creaba un esqueleto extremadamente liviano pero súper resistente, sin comprometer su estructura.
Al límite de la física
Incluso siendo un "esqueleto de aire", el debate sobre el vuelo de los azdárquidos sigue en pie. Las propuestas de los investigadores son variadas: algunos sugieren un vuelo lento y de planeo continuo; otros apuestan por un vuelo rápido y dinámico; e incluso hay quienes plantean que su distribución del peso solo les permitía vuelos cortos terminados en aterrizajes aparatosos. En el lado más extremo, algunos autores proponen que, directamente, no volaban en absoluto.
¿Por qué tanta controversia? Porque los azdárquidos se encontraban al límite absoluto del tamaño posible para que un animal se sostenga en el aire. Para que un vertebrado logre volar, la sustentación aerodinámica de sus alas debe vencer a la gravedad. Acá entra en juego la carga alar, que es la relación entre la masa total del animal y la superficie de sus alas.
Para poder despegar, este valor no puede superar un umbral crítico (aproximadamente 25 kg/m²). Un animal de 200 kg y 11 metros de envergadura enfrenta cargas alares altísimas, de tal forma que una envergadura mayor necesitaría más masa muscular y huesos más reforzados, pero eso aumenta el límite de masa para el despegue. Si el animal pesa demasiado en proporción a sus alas, no se levanta. Y esto genera una trampa: para levantar más peso necesitás alas más grandes; pero mover alas más grandes requiere músculos más potentes, y tener más músculo significa… Exacto, más peso.
Entonces, ¿cómo resolvieron los pterosaurios gigantes este problema?
Huellas del despegue
El mayor obstáculo no es mantenerse en el aire, sino tener la fuerza suficiente para arrancar todo el peso del suelo y producir el primer aleteo. Para resolver el enigma de su despegue, los paleontólogos primero tenían que saber cómo se paraban en tierra firme.
Una pista llegó desde Corea del Sur en forma de huellas fósiles, llamadas Haenamichnus. Estas pisadas coinciden con la edad, la forma del pie y el tamaño de los azdárquidos (se calcula que quienes las dejaron tenían envergaduras de entre 5 y 10 metros). Estas extensas rastrilladas demostraron que, a diferencia de otros pterosaurios que caminan “reptando”, los azdárquidos caminaban con las extremidades ubicadas directamente debajo del cuerpo, lo que los convertía en caminantes muy sueltos y ágiles en tierra.
Rastros de huellas asignadas a Haenamichnus (izquierda), figura extraída de Hwang y colaboradores 2002. Reconstrucción de postura de caminata de un azdárquido (derecha), extraída de Witton & Naish, 2008.
Para no tropezarse con sus propias e inmensas alas, utilizaban una "marcha en ambladura" (un paso cadencioso similar al de los camellos). Para evitar que las patas se chocaran, movían casi en simultáneo las patas de un mismo lado del cuerpo, primero ambas extremidades izquierdas, luego ambas derechas. Entender esta postura en el suelo nos ayuda a plantear hipótesis sobre su despegue.
¿Despegue cuadrúpedo o bípedo?
La clave esta en descifrar ese despegue. En la actualidad, existen dos grupos de vertebrados voladores y cada uno tiene su propia maniobra de despegue: las aves y los murciélagos.
Por un lado, las aves utilizan un despegue estrictamente bípedo. Si observamos a un ave levantando vuelo veremos que el 80% o 90% del esfuerzo inicial viene de un salto explosivo impulsado por sus patas traseras. Muchas de ellas, de hecho, necesitan tomar una pequeña carrera previa para ganar envión y saltar. Por otro lado, están los murciélagos. Su postura en el suelo es análogamente parecida a la de los pterosaurios, caminan apoyándose sobre sus alas plegadas. Para despegar, los murciélagos no saltan con sus patas traseras, sino que hacen una especie de flexión explosiva, empujando el suelo con sus brazos y piernas al mismo tiempo para catapultarse hacia arriba.
Modelo de propulsión de los murciélagos. Figura extraída de un trabajo sobre mecánica de vuelo de murciélagos de Schutt y colaboradores (1997).
Si aplicamos el modelo anatómico de las aves a un animal de 200 kilos, nos encontramos con el problema mecánico que mencioné más arriba: las patas tendrían que ser tan masivas para poder levantar ese peso a pura fuerza muscular que se convertirían en "peso muerto" con el que el animal tendría que lidiar para poder despegar. Las aves necesitan dos "cinturas" grandes: una en los hombros para volar y otra en la pelvis para saltar (con mucha musculatura en ambas). Los pterosaurios poseen una estructura asimétrica, donde los hombros y brazos son grandes y masivos en comparación con sus patas traseras. Entonces, es ahí que el modelo de catapulta de los murciélagos encaja mejor. Al utilizar las mismas extremidades delanteras tanto para despegar como para volar, ahorraron una cantidad enorme de masa muscular y estructura ósea.
Un azdárquido gigante tenía espacio para unos 50 kilos de músculo pectoral concentrado en el pecho. Esa fuerza muscular era más que suficiente para catapultar a un animal de 250 kilos hacia el cielo.
Esta es la clave para entender porqué los azdárquidos pudieron ser tan gigantes. Al no tener que cargar con un esqueleto pélvico sobredimensionado y una musculatura extra en las patas solo para el despegue, podían ser más livianos. Según estimaciones basadas en modelos volumétricos, un azdárquido gigante tenía espacio para unos 50 kilos de músculo pectoral concentrado en el pecho. Esa fuerza muscular era más que suficiente para catapultar a un animal de 250 kilos hacia el cielo.
Esta eficiencia anatómica es la razón por la que vemos una diferencia tan marcada en el registro fósil en cuanto a tamaños máximos en vertebrados voladores. Debido a la limitación de su despegue bípedo, las aves alcanzan un techo evolutivo de unos 5-6 metros de envergadura y unos 40 kilos de peso (como los extintos Pelagornithidae). Mientras que los azdárquidos, por su postura cuadrúpeda, alcanzan envergaduras de 10 metros y un peso de 200 kg.
Reconstrucción de la musculatura del brazo de un pterosaurio que muestra cómo la musculatura se distribuye a lo largo de todo el brazo y no está tan restringida como en aves. Ilustración extraída del trabajo de Witton & Habib, 2010.
Este debate aun continua en pie, porque, hace poco, otros autores han argumentado que los azdárquidos tenían fuerza suficiente en sus patas traseras, y continúan proponiendo el despegue bípedo como posibilidad. En respuesta a esta controversia, el mismo autor que propuso el despegue cuadrúpedo, Mark Witton (y en el cual yo me basé para hacer esta nota) tiene un blog explicando detalladamente porqué no es lógica esta teoría, por si quieren ir a chusmear.
Grandes voladores, pero acechadores terrestres
El vuelo y el despegue de los azdárquidos no son lo único que generó debates; descubrir qué comían o cómo lo hacían también desató un sinfín de hipótesis a lo largo de décadas.
Al principio se propuso que eran carroñeros como los buitres. Sin embargo, sus picos son delgados y frágiles (incluso algunos paleontólogos compararon sus mandíbulas con un par de “palitos chinos”); es decir, no tenían la fuerza ni la anatomía en forma de gancho para desgarrar carne. Además, sus cuellos eran sumamente rígidos, mientras que las aves carroñeras poseen cuellos muy flexibles para poder meter la cabeza dentro de un cadáver.
En los ochenta se planteó que eran pescadores de superficie que volaban al ras del agua atrapando peces en movimiento. Pero para pescar así se necesita un pico muy resistente que absorba el impacto contra el agua y un cuello flexible, dos cosas que estos pterosaurios tampoco tienen. Incluso se llegó a decir que usaban el pico para hurgar en el lodo en busca de invertebrados. El problema es que los animales que hacen esto, como los flamencos, tienen patas anchas que evitan que se hundan. Las huellas de los azdárquidos no muestran esa anatomía; si lo hubieran intentado, se habrían quedado enterrados en el barro.
Reconstrucción de un azdárquido alimentándose de una cría de saurópodo. Ilustración extraída del trabajo de Witton & Naish, 2008.
Finalmente, en 2008, los paleontólogos Mark Witton y Darren Naish revisaron todas las teorías previas, las descartaron y propusieron un nuevo estilo de vida, acuñando un término para los azdárquidos: acechadores terrestres (terrestrial stalkers). Como vimos antes, eran excelentes caminantes con una marcha constante. Sus cuellos largos y rígidos les daban una posición elevada para chusmear el entorno, y la capacidad de bajar y subir la cabeza con movimientos rápidos, usando sus picos como lanzas. ¿Y cuál era su menú preferido? Al no poder masticar, tragaban a sus presas enteras. Estudios biomecánicos calcularon que un azdárquido de tamaño mediano podía cazar animales de entre 9 y 13 kilos. En ese rango entraban lagartos, pequeños mamíferos y crías de dinosaurios desprevenidas. Su equivalente ecológico actual serían las cigüeñas... Pero imagínense una cigüeña del tamaño de una jirafa cazando pequeños dinosaurios.
Entonces, con toda esta información, nos podemos imaginar a nuestro "dragón de la muerte" mendocino dominando los cielos de la Patagonia, patrullando las llanuras aluviales de los ríos sinuosos de la extensa Cuenca Neuquina, y descendiendo para cazar a los pequeños y desprevenidos juveniles de titanosaurios que abundaban en la zona. Una imagen prehistórica que le hace verdadero honor a su nombre, sembrando el terror entre pequeños titanes. Una vez más nos recuerda que la Patagonia cretácica fue el escenario de gigantes en todo su esplendor, con titanes que caminando la tierra y dragones que conquistaron los vientos del sur.
Paleontologa y doctora en Ciencias Aplicadas. Trabajo en investigación de cinodontes del Triásico. Hago divulgación en insta y tiktok sobre paleontología y evolución.
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