De subirse a un mástil de 75 metros para retratar la bandera más grande del mundo, a fotografiar en exclusiva a Diego Maradona, entonces DT de Racing. Diez años después de su muerte, el archivo fotográfico de Daniela D’Adamo sale a la luz gracias a la FUTCON.
Primero una aclaración: la FUTCON, ¿qué es? Como su nombre permite suponer, es un gran festival de cultura futbolera. Lo hicimos por primera vez en noviembre del año pasado en el C.C. Konex y hubo conferencias, feria de camisetas, muestra de arte, todo mezclado a lo largo de dos días completos. No me quiero extender demasiado con esto, así que solo voy a decir que vayan a ver el Instagram y ahí van a entender todo.
La cuestión es que debajo del paraguas de la FUTCON y la cultura futbolera hay infinitas cosas para hacer, y una de esas fue una revista que editamos en mayo del año pasado. Una revista en papel. Hermosa mal. Sin versión online. Es decir: las notas las leyeron solo las personas que la compraron.
Pero ahora que ya pasó un año y acabamos de editar el segundo número, nos pareció que estaba bien compartir online algo del contenido de esa primera edición para los que se la perdieron. Elegimos la nota sobre Daniela D’Adamo porque la historia es verdaderamente increíble y además cada vez que contamos algo sobre ella se genera una bola de nieve gigante de cosas buenas. Ya van a ver.
Así que gracias 421 por prestarnos la web un ratito para esto. Si les gusta lo que leen pueden ir a comprar la revista nueva acá, y de paso agenden que en noviembre se viene una nueva edición de la FUTCON en el Konex.
Ahora sí, la nota.
Es la noche del miércoles 23 de abril de 1997 en Avellaneda y, mientras la hinchada de Racing orgullosa despliega por primera vez la célebre bandera “más grande del mundo” en un partido de Copa Libertadores contra River, Daniela D’Adamo da vueltas y vueltas por el Estadio Presidente Perón (mejor conocido como “El Cilindro”) en busca del rincón que le permita sacar la foto perfecta de ese momento histórico. La verdad es que está un poco preocupada. Se trata de una misión importante a nivel personal. Luisito, el tercero de seis hermanos (Daniela es la mayor y después vienen Marcela, Luisito, Gabriela, Silvia y Ariel), fanático de la Academia como toda la familia, está internado en el Hospital Muñiz con un diagnóstico poco alentador, y ella no concibe la idea de que se muera sin haber visto semejante bandera. Alguien tiene que sacar esa foto. Esta noche, sin embargo, Daniela fracasa. No hay manera de que los 145 metros de tela le entren en cuadro. Simplemente no le da la distancia.
“Me llama a casa y me dice: ‘Ya fui al otro arco, a la tribuna de arriba, al corner, a todos lados: ¡no se qué hacer!”, recuerda Ariel Sarmiento, su hermano menor, casi tres décadas más tarde. “A la otra semana me llama de nuevo: ‘Ari, me voy a subir al mástil. De ahí tiene que salir la bandera completa sí o sí’”.
“El mástil”, como cualquier hincha de Racing sabe bien, es una torre de 75 metros de alto que está pegada al Cilindro del lado de afuera, sobre el pasaje Omar Oreste Corbatta, cornada por un mástil propiamente dicho de 15 metros, en cuya cima flamea una bandera celeste y blanca. Hoy se usa para ubicar cámaras de televisión. En 1997, en cambio, se encontraba prácticamente abandonado, sin iluminación, lleno de vidrios rotos y de palomas vivas y muertas. “Mirá que yo conozco todos los recovecos del Cilindro”, dice Ariel, “pero al mástil nunca subí”. De más está decir que el acceso estaba vedado.
Pero Daniela sabía que era su última oportunidad, así que el domingo 11 de mayo de 1997, en la previa de un partido contra San Lorenzo, apenas dos semanas después del primer intento de registrar esa bendita bandera en una época sin celulares ni drones, no dudó. “Subimos por la escalerita caracol una atrás de la otra, como en un faro”, dice Romi Dueñas, otra hincha de Racing intensa que por aquellos años acompañaba a Daniela a partidos, entrenamientos y concentraciones, semana tras semana. “Era un asco la subida, me acuerdo de que íbamos cantando para ahuyentar a las palomas”.
Unos minutos antes de que arrancara el partido, entonces, cuando la hinchada empezó a bajar ese trapo inmenso, las cómplices ya estaban en la cima. “Arriba no había nada, un caballete viejo nomás”, dice Romi. Daniela hizo un par de disparos y se dio cuenta de que el ángulo seguía sin ser el mejor. Lejos de rendirse, le pidió a Romi que la agarrara bien fuerte de las piernas y asomó medio cuerpo por afuera de la torre. Tenía una mano en el mástil y la cámara en la otra. El viento le volaba los pelos. Literalmente en el aire, apuntó para abajo y volvió a disparar varias veces mientras la bandera se extendía. “Ella era así”, dice Romi. “Se le metía algo en la cabeza y lo lograba como fuera”.
La última foto de la secuencia era efectivamente como se la había imaginado. La bandera celesta y blanca, imponente, desplegada en toda su extensión. El trabajo estaba hecho. “Cuando se la llevó a Luisito al hospital, él ya andaba muy mal y no sé si tomó conciencia”, dice Ariel. “Pero Daniela le cumplió”. Todo lo que había para decir estaba resumido en el centro de esa bandera, la más grande del mundo.
Más allá de la lógica más allá de la razón te entrego mi vida y mi corazón.
Daniela D’Adamo nació el 4 de julio de 1964 y falleció de cáncer el 19 de junio de 2015. Su padre era un delincuente buscado por la justicia que se fugó a Uruguay cuando ella todavía era bebé (uno de sus robos inspiró Plata quemada, la novela de Ricardo Piglia que más adelante Marcelo Piñeyro adaptó al cine en la película del mismo nombre, protagonizada por Leonardo Sbaraglia y Pablo Echarri). Su madre, luego de ese hecho, formó pareja con Luis Sarmiento, un hincha de Racing que en esa época paraba con la barra, y así fue como Daniela prácticamente se crió en el Cilindro. Racing era su vida, o al menos su vida giraba casi todo el tiempo alrededor de Racing.
Quizás por eso, cuando se interesó por la fotografía a los veintipico, lo que más le interesaba registrar con su Kodak Star 235 (una cámara analógica compacta muy sencilla, de foco fijo y rebobinado manual) era la vida cotidiana del club.
No solo se paseaba por las tribunas del estadio con total libertad, sino que además aprovechaba que en Racing la conocía todo el mundo para meterse en los entrenamientos, las concentraciones e incluso en el vestuario. Si los jugadores recién salían de la ducha, ella desde afuera gritaba: “¡Ingreso femenino!”, para que se taparan al menos con una toalla. No tenía acreditación de prensa ni mucho menos pero igual se las arreglaba para entrar a todas las canchas. Siempre sabía con quién había que hablar. Por otro lado, a fuerza de estar cada día al pie del cañón, los propios jugadores terminaban por acostumbrarse a su presencia. Era una más. “Me acuerdo de que el día del 6 a 4 en la Bombonera ella había ido en su auto, pero a la salida se armó quilombo y hubo que salir corriendo, así que los jugadores la subieron al micro y se fue con ellos”, dice Ariel. “Y así pasó muchas veces: todos la cuidaban”.
Con el correr de los años fue invirtiendo en su formación. Se compró una cámara semiprofesional Canon EOS 5 e hizo algunos cursos, incentivada por sus charlas con Carlos Bairo (hoy jefe de fotografía del diario Olé, en ese entonces fotógrafo de Clarín), a quien se cruzó por primera vez en Ezeiza durante un entrenamiento de la Selección (a partir de ese día, Bairo la haría pasar a los partidos de Argentina siempre que pudiera). Nunca trabajó para un medio tradicional, aunque llegó a colaborar en Racing XXI, una revista partidaria opositora dirigida por los periodistas Carlos Juvenal (h), Sebastián Acosta y Mariano Bourgarel. “No era que nosotros le pedíamos fotos”, dice Bourgarel. “Ella simplemente venía y te decía: ‘Mirá, tengo esto’, y ahí siempre surgía algo, porque el material era buenísimo”. Nadie más miraba lo que miraba ella.
Por ejemplo: cuando en los 90, con Racing en la quiebra, un grupo de hinchas se ocupó de convertir 14 hectáreas de un terreno empantanado en el actual Predio Tita Mattiussi, Daniela estaba ahí cada día, sacando fotos pero también removiendo escombros o cortando yuyos con las manos, porque no tenían herramientas. “Todos los sábados al mediodía pasaba por casa y me decía: ‘Ari, dale, vamos para el predio’”, dice Ariel. “Y yo era un pendejo: ‘No me rompas las bolas’. Fui las primeras veces y cuando vi lo que era el lugar, pensé: ‘Esto es imposible, están todos locos’. Pero, bueno, lo hicieron: hoy el predio existe”.
Es evidente que nada de todo esto Daniela lo hacía por la plata. Sin embargo, dentro de su informalidad, diseñó un pequeño modelo de negocios que más o menos le funcionaba. “Le vendíamos a la gente”, dice Romi. “Caminábamos la platea de punta a punta hasta que alguno nos decía: ‘Che, ¿me sacás una foto con mi hijo?”. Después repartían una tarjeta con un número y esperaban el llamado. También iban a eventos en filiales (eso era como pescar en una pileta: los asistentes siempre querían una foto con los jugadores invitados), o intermediaban entre los hinchas y las figuras del club para conseguir algún autógrafo. “Vos me dabas la camiseta de tu sobrino Tomás, y yo iba al entrenamiento y le pedía al ‘Lagarto’ Fleita: ‘Para Tomás’”, dice Romi. “O le hacíamos firmar fotos a Nacho González, que era el jugador más fachero de la época. De esas vendimos un montón”.
Vale la pena aclarar que en esa época Romi todavía era una nena en edad escolar, lo cual le daba al dúo una capa extra de rareza. Se habían conocido en Córdoba, en la previa de un Belgrano - Racing. Romi tenía 14 años y había viajado sola. Cuando Daniela –que rondaba los 30– vio a esa nena en la puerta del hotel esperando a los jugadores, enseguida la puso bajo su ala y nunca más se separaron. “Me adoptó”, dice Romi. “Siempre fue mi segunda mamá”.
Por lejos, la foto con la que más plata recaudaron fue la de la bandera que Daniela sacó desde el mástil. Nadie más que ellas se había animado a esa aventura. Su coraje les dio la exclusividad. Además, dos semanas después de ese día, al Cilindro le pusieron un techito y ya fue imposible volver a hacer una foto igual. “Te vendían directamente el cuadro enmarcado, y vendieron a lo pavote”, recuerda Bourgarel. “La veías a Daniela por la cancha toda cargada de cuadros, era gracioso”. ¿Cuánta plata hicieron? “Tampoco es que nos pudimos ir a Brasil”, dice Romi. “A lo sumo llegamos a Santa Fe para ver Colón - Racing”.
Daniela no tenía oficina: el baúl del auto era su pequeño laboratorio rodante. Su miedo más grande era que le robaran la cámara, así que, por seguridad, la barra de Racing la dejaba estacionar en el pasaje Corbatta, donde estacionaban ellos. En el baúl llevaba también las hojas de contactos de sus negativos, que le servían para mostrarle a la gente el material sin tener que revelar los rollos completos. Por una cuestión presupuestaria, solo revelaba las fotos que podía ubicar. Esto significa que casi la totalidad de su archivo está compuesto de imágenes inéditas.
Si bien falleció en 2015, en 2001 Daniela ya estaba enferma y su presencia en la cancha dejó de ser costumbre para convertirse en excepción. Del Racing campeón de Mostaza Merlo tiene poquitas fotos. El grueso de su trabajo coincide con la década del 90. “En un momento le perdimos el rastro”, dice Dany Bevilacqua, un coleccionista que el año pasado se encargó de digitalizar por primera vez buena parte del archivo de Daniela. “Hasta que un día, en 2005, la volvimos a cruzar en el Predio y con mi socio [el archivista conocido en redes como HernandoRC] le preguntamos: ‘Che, ¿qué pasó con tus fotos?’”
Resultó que Daniela tenía todo en un altillo al que ya le costaba subir, así que al final nunca terminaron de coordinar para juntarse. Pero, antes de morir, ella se encargó de dejarle los negativos a Ariel y las muestras a Romi, los dos mejores guardianes que podía pedir ese patrimonio invaluable. Ariel sabía que había dos hinchas de Racing que se dedicaban a rescatar fotos históricas (de hecho siempre les dejaba comentarios en Instagram), y un día se decidió a escribirles: “Soy el hermano de Daniela, los primeros que van a tener el material van a ser ustedes”.
“Tardó unos cuantos años, pero cumplió”; dice Bevilacqua. “Cayó a la parrilla donde paramos antes de los partidos y dijo: ‘Tomá, esto es para vos’. Era una carpeta con cinco mil negativos. Te juro que yo no quería ni entrar a la cancha: me quería ir a mi casa a ver qué había”.
Cuando finalmente pudo meter las manos en la masa y empezó a mirar esos negativos a contraluz, se quedó helado. La figura de Diego Armando Maradona, Director Técnico de Racing en 1995, aparecía una y otra vez en decenas de situaciones diferentes. Sentado en el banco. Firmando autógrafos. Entrenando en el predio. Hablando con periodistas. Llegando al estadio. Comiendo un asado. Posando con la plana mayor de la barra. A esta altura uno ya está acostumbrado a que todos los días aparezca una foto inédita de Diego, pero no tantas, no todas juntas, y no de su período en Racing, que estuvo muy poco registrado.
“A mí me resignificó totalmente esa etapa”, dice Bevilacqua. “Pensá que en ese momento para el hincha fue difícil: Diego muchas veces no iba a los entrenamientos, ¡a veces ni a los partidos iba! ¡Le ganamos a Boca en su cancha después de 21 años y él no estaba! Pero ves las fotos y aparece otra historia. Hubo un vínculo fuerte entre Diego y la gente de Racing, y acá se ve clarito”.
Quizás la mayor virtud de Daniela como fotógrafa fuera su habilidad para acceder a situaciones de gran intimidad con una cámara colgada al cuello sin que eso perturbara para nada la escena. El mérito es doble en el caso de una figura como Maradona, y triple si tenemos en cuenta que Diego venía de la sanción por el doping del Mundial de Estados Unidos 94. No era nada fácil llega hasta él, y al principio incluso parecía que esa puerta iba a permanecer cerrada. “Ahí el que intercedió fue el Turco García”, dice Romi. “Estábamos en Mar del Plata, Racing siempre concentraba en el Hotel Iruña, y el Turco los presentó. Se metieron los tres en un ascensor y Daniela le explicó todo: ‘Diego, yo trabajo de esto, y desde que llegaste vos no me dejan pasar más a los entrenamientos’. Cuando salieron, Diego empezó: ‘¿Bueno, tienen dónde quedarse? Si no, se quedan acá. Si quieren comer algo, pago yo’. Y a partir de ahí ya pudimos entrar a todos lados de nuevo. La verdad que con nosotras se portó de 10”.
La otra gran virtud que tenía Daniela no se aprende en las escuelas de fotografía sino que está estrictamente ligada a su condición de hincha: seguía a Racing a todos lados. Cuando los fotógrafos profesionales se iban a su casa, ella se quedaba en la puerta del estadio esperando a que saliera el micro. Si se le cerraba una puerta, entraba por la ventana. Su amateurismo le dio sus mejores fotos. También le trajo algunos problemas. Cuando Racing salía a la cancha, por ejemplo, el fotógrafo de la revista oficial del club se paraba en la puerta del túnel y no la dejaba pasar. El tipo odiaba que Daniela entrara al campo de juego sin acreditación. Pero en algún momento él mismo tenía que entrar a sacar la foto del equipo, y en esa ventana de oportunidad Daniela se le escabullía. En la jerga futbolera podríamos decir que lo tenía de hijo.
Una vez se imaginó una foto del Cilindro desde el aire, así que… consiguió una avioneta. “¡Quería asomar la cabeza por la ventanilla!”, dice Romi. “El piloto como loco le decía: ¡’No se puede, señora!’”. Además, la idea era sobrevolar el estadio justo cuando Racing saliera a la cancha, para registrar el recibimiento de la hinchada. “Yo le decía: ‘¿Cómo vas a hacer?’”, recuerda Ariel. “Y no va que sale el equipo y desde la tribuna miro para arriba y veo pasar la avioneta… ¡y atrás el helicóptero de la policía!”.
Era intrépida, Daniela. “¿Sos de tener vértigo?”, le preguntó una vez el escritor racinguista Carlos Graneri. “Al contrario: adoro las alturas”, dijo ella. Quizás por eso, antes de morir, le avisó a Ariel que su intención era que la cremaran y dejaran las cenizas en la cima del mástil. Es la única cuenta pendiente que le queda a su hermano. Para esta nota, nos dimos el gusto de saldar otra de esas cuentas: digitalizamos por primera vez los negativos de las fotos que Daniela sacó esa noche desde el mástil. Ella había revelado solo la última del rollo, que se convirtió en cuadro y pasó a la historia. Hoy finalmente podemos ver la secuencia completa.
En la entrevista que le hizo Graneri, de la que sobrevive un pequeño fragmento que hoy circula como audio de WhatsApp, Daniela describe qué sintió cuando subió esos 283 escalones para sacar su foto más famosa. “Viste que la bandera es enorme”, dice. “Y obviamente está manejada por muchísima gente. Y yo allá arriba, ¿no? Viendo eso. Y bajó de una manera tal… tan prolija… tan perfecta… que yo en ese momento pensaba que Dios la estaba estirando. ¡Sacá fotos en ese momento si podés!”
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