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De masas a microculturas: El nuevo ecosistema del cómic en Argentina

Cómo la historieta argentina sobrevivió al colapso de la monocultura de masas, transformándose en un refugio de tribus urbanas donde el lector ya no solo consume, sino que participa y hace comunidad.

De masas a microculturas: El nuevo ecosistema del cómic en Argentina

Durante la "Era Industrial" de la historieta (1950-1990), nuestra economía de la atención era un ecosistema basado en la escasez: cuatro canales de TV de aire, algunas AM y FM, el diario y lo que el quiosco de la esquina tuviera para exhibir. Los que crecimos en los ochenta habitamos una monocultura forzosa: todos vimos Robotech, todos orbitamos alrededor de Star Wars o Brigada A, y todos leímos Mafalda, Nippur o la Fierro. Las opciones eran acotadas y, por lo tanto, masivamente compartidas. El "nosotros" se construía por defecto.

A partir de los noventa, la monocultura comenzó a fragmentarse. El primer impulso llegó con la TV por cable y la paridad cambiaria, que desataron un tsunami de películas, libros, cómics y videojuegos importados. Esta diversificación se profundizó cuando el público descubrió que también podía coleccionar manga y superhéroes en ediciones nacionales, un fenómeno al que a menudo se culpó por la caída de la historieta local. Sin embargo, la realidad era otra: editoriales históricas como Columba o Record ya mostraban signos de fatiga y descalabro desde mediados de los ochenta. Por si fuera poco, la llegada de internet hacia 1995 abrió un abanico de distracciones hasta entonces inimaginables que, desde entonces, no ha dejado de expandirse.

A partir de los noventa, la monocultura comenzó a fragmentarse (...). Lo que antes era un fenómeno de masas, hoy es una constelación de microculturas. Pero en esa balcanización, como veremos, reside su nueva y extraña forma de supervivencia.

Hoy, los vestigios de la monocultura apenas sobreviven en el fútbol, los videojuegos y algún fenómeno mediático fortuito. Admito, con más orgullo que vergüenza, que sigo sin reconocer una sola canción de Taylor Swift; en los ochenta, en cambio, era imposible escapar de Madonna o Michael Jackson. No es azaroso que el gaming se haya convertido en el gigante que devora a las demás industrias: es el único medio donde el espectador es protagonista absoluto. En los videojuegos, la asimetría entre emisor y receptor se disuelve tras la glorificación del usuario, cuya visión subjetiva lo sitúa en el centro del mundo diegético. No existe el consumo pasivo; el usuario es el héroe o el villano que carga con el peso de sus propias decisiones.

Quiosco de revista (1971).

Mientras tanto, los grandes templos de la monocultura del siglo XX crujen. Disney es el caso testigo: el coloso que intentó monopolizar nuestro imaginario comprando Marvel, Pixar y Star Wars, hoy no logra encontrar su norte. Ni los volantazos políticos hacia la diversidad, ni los intentos desesperados por recuperar al público masculino, frenaron el derrumbe de sus acciones o la fuga de suscriptores. El diagnóstico de Disney es el de toda una época: las microculturas están devorando las bases del consumo masivo como pirañas invisibles. Lo mismo le sucede a los cómics de superhéroes: venden cada vez menos y son cada vez más caros, reduciéndose paulatinamente a un nicho más en la góndola de bienes simbólicos.

Es la misma transformación, aunque en una escala distinta, que atravesó la historieta argentina desde la Era Industrial hasta nuestros tiempos. Lo que antes era un fenómeno de masas, hoy es una constelación de microculturas. Pero en esa balcanización, como veremos, reside su nueva y extraña forma de supervivencia.

De la proximidad física a la comunidad de intereses

Este colapso de las grandes estructuras monoculturales tiene un correlato en la forma en que ha cambiado la vida urbana en los últimos cuarenta años. Nuestro círculo social, de donde surgían los grupos de amigos, las parejas e incluso los enemigos, casi siempre dependía de una coincidencia geográfica: el colegio, el club, los vecinos de la cuadra, los compañeros de vacaciones. Hoy, para el urbanita moderno que vive solo en un departamento de dos ambientes en Caballito o Rosario, el "vecino" es una categoría inexacta, antigua; un extraño con el que apenas se cruza en el ascensor. La geografía ya no es la principal moldeadora de nuestra identidad social.

Esta balcanización de los consumos culturales y sus comunidades, que para el marketing relacional es la panacea de estratificación de targets, para los urbanitas es tanto condena como refugio. En un mundo donde las redes sociales nos prometen una conexión global pero nos devuelven una soledad algorítmica tinderizada, los nichos culturales operan como los nuevos "clubes de barrio". La historieta argentina, al haber perdido su escala industrial masiva antes que otros fenómenos, se vio obligada a aprender antes que nadie cómo sobrevivir en la fragmentación, refugiada en las comunidades que supo construir.

La historieta como territorio

Hace tiempo que en el mundillo del cómic nacional circula una queja recurrente: las historietas solo las consumen los propios autores y otros agentes del medio. Faltan los “lectores rasos”, esos civiles sagrados; los verdaderos muggles libres de toda contaminación profesional que, al no ser productores ni competidores, representan al único sujeto genuinamente interesado solo en leer.

Parte de la nostalgia tóxica por las edades doradas del siglo XX es también la idealización de aquellas masas de consumidores pasivos; receptores puros cuya participación se limitaba, como mucho, a la sección de cartas de lectores. Hay un deseo muy extendido, y muchas veces inconsciente, por volver a esa gloriosa asimetría, siempre y cuando uno sea quien quede del lado de los “famosos autores”, es decir de los protagonistas. Todos suponemos que, si algún día regresa la masividad, no nos va a tocar ser parte de la masa anónima, claro que no.

El sujeto que se queja casi siempre se ubica en este esquema como emisor, nunca como receptor, sin tener en cuenta que, en la era industrial, los historietistas que lograban entrar en esa categoría eran poquísimos: un par de decenas. Hoy por hoy, la división emisor/receptor es una cuestión mucho más fluida e intercambiable. Si bien los lectores rasos siguen existiendo, son muchos más los que en algún momento deciden participar como emisores desde alguno de los roles posibles: guionistas, dibujantes, autores integrales, editores, gestores culturales, difusores y críticos.

Primer Bienal de la Historieta de Buenos Aires, 2026. Fuente: Facebook.

Las tribus comiqueras: entre el prejuicio y la hibridación

Hoy por hoy, en la historieta argentina cada vez son más los que van entendiendo que, en estas épocas, la comunidad ha reemplazado a la masividad. Ya no se trata de consumir, sino de participar. Y la historieta ya no es algo que simplemente se lee y colecciona: es una práctica social. Como no podría ser de otra forma, las historietas “en sí” siguen siendo el epicentro, pero ya no son el único foco; otras formas de producción de sentido corren por las comunidades para ser compartidas, discutidas y juzgadas: eventos, festivales, premios, publicaciones críticas, congresos académicos, muestras, canales de YouTube o TikTok. Los autores y editores ya no tienen el monopolio de la emisión de sentido. Me arriesgaría a afirmar, incluso, que las historietas van abandonando el centro para ser algo más parecido a una partitura, un temario sobre el cual discutir en los pasillos, redes sociales, entregas de premios y sobremesas de pizzerías.

La comunidad ha reemplazado a la masividad. Ya no se trata de consumir, sino de participar. Y la historieta ya no es algo que simplemente se lee y colecciona: es una práctica social.

El ambiente está constituido por varias comunidades distintas e intercomunicadas. La mayoría viene de una formación histórica en alguna de las anclas industriales previas, nacionales o internacionales. Así que sin que nadie me lo pida, acometo la misión de hacer una clasificación, con el peligro inevitable de sobregeneralizar y ofender a más de uno. Pido disculpas por adelantado, pero no es nada que no sepamos.

Taxonomía de las tribus comiqueras

  • Fanboys / Fangirls: Lectores de superhéroes y franquicias anglosajonas en general. Es una de las tribus mayoritarias, con sus propios protocolos y costumbres. Profesan la grieta interminable entre Marvel y DC Comics, y siempre discuten sobre el desarrollo de las continuidades, las crisis y los reinicios narrativos. En las últimas décadas, este interés se ha extendido a la evaluación del traslado de las propiedades intelectuales hacia los universos cinematográficos, los directores y los castings. En la historieta nacional, se expresan a través de versiones locales de superhéroes; una costumbre con muchos años de experiencia, desde el antiguo Sonoman de Oswal en la revista Anteojito en los sesenta, hasta el Cazador o el Caballero Rojo en los noventa, o en la actualidad los personajes de Cromacomics, Manta o Webcomic Mutante.

Gus Casals e Ian Veneno, entre música ochentosa y superhéroes.

  • Otakus: Fanáticos del manga y el anime que disputan con los fanboys la supremacía demográfica. Desembarcaron con fuerza en los noventa y la mayor novedad con la que contribuyeron fue el equilibrio de géneros. Desde un inicio, entre los otakus se pudieron contar tantas chicas como chicos; una paridad que, de a poco, ha ido disolviendo la noción, muy anclada en nuestro país, de que la historieta era siempre una cuestión de muchachos nerds en el mejor de los casos, o en el peor, directamente incels misóginos. La publicación de manga en Argentina se da a través de gigantes como Ivrea, Ovni Press y la filial local de Planeta, además de sellos independientes como Gutter Glitter o Módena.
Cosplayers de manga anime. Crack Bang Boom. Fuente: Clapps.
  • Columberos, Fierreros y Eternauteros: Así como los fanboys y los otakus basan sus consumos en dos mercados donde el cómic todavía es una industria (el estadounidense y el japonés), los lectores de historieta nacional clásica se apoyan en la producción industrial de otras décadas en Argentina. La historieta argentina fue reconocida durante épocas como una de las mejores del mundo, y los autores nacionales han abastecido a otros mercados industriales, como el italiano, durante décadas enteras. Todo ese oceánico corpus de obra se va publicando ahora a través de varias editoriales como Primavera Revólver, Deux, Comic.ar, Triskelion, Historieteca o Loco Rabia, que rescatan ese material para darle forma de libro coleccionable.
  • Lectores de Novela Gráfica: El nuevo formato que se ha expandido por todo el mundo es la tan discutida novela gráfica, presentada muchas veces como algo distinto a la historieta industrial. Su principal característica es que se trata de un estándar global, no ligado a un país específico, lo que permite que las coediciones y reediciones internacionales se realicen fácilmente sin adaptaciones complejas a diferentes normas de impresión. En Argentina, esta es una de las comunidades de mayor crecimiento en los últimos años. Hotel de las Ideas es la editorial que mejor representa este sector, habiéndose consolidado como un punto de referencia tanto para autores como para lectores. Otras editoriales que nutren este mercado tanto para adultos como para chicos son Maten al Mensajero, Editorial Común, Sector Editorial, Musaraña y Loco Rabia.
  • Fanzineros y animadores: El lado más DIY y punk de la historieta argentina se mantiene con buena salud gracias a la siempre presente sección de fanzines y autopublicaciones que suelen encontrarse en los eventos. En estas ferias conviven producciones que exploran las posibilidades de la risografía y la serigrafía, como las de Estudio Mafia, con fanzines creados por animadores de la talla de Paula Boffo (Sukermercado), Estampita o Ezequiel Torres, junto a autores y pequeñas editoriales que apuestan por búsquedas personales como Von Chuyo, Brian Janchez, Ediciones del Cosmonauta, Iván Riskin o Natalia Novia.
  • Webcomics y webtoons: La alternativa de la publicación online se practica desde tiempos en los que aún no existían las redes sociales. Su momento de mayor furor fue hace ya veinte años, con el nacimiento de Historietas Reales en Blogger y, posteriormente, en WordPress. Desde entonces, nunca se interrumpieron los intentos por consolidar a internet como un medio propio para la producción, distribución y consumo. Hoy en día, existen historietas con públicos masivos en redes sociales como Instagram o X, así como en plataformas como Webtoon o Tapas. En Argentina, los formatos online gozan de muy buena salud, destacándose Loco Rabia Zine, Gcomics, Multiversal Ediciones y el sitio Webcomic Mutante, alojado en la web de El Destape. Este último, además de publicar historietas, realiza concursos, convocatorias y encuentros presenciales de dibujo para fortalecer su base de suscriptores así como su sentido de comunidad.

Los lectores omnívoros y la comunidad en eterno conflicto

La realidad del campo nos muestra que estas tribus no son compartimentos estancos, sino territorios sumamente porosos. Si bien existen lectores "talibanes" que no leen otra cosa que Batman o Ivrea, es muy común que el consumidor de historieta actual, en la medida en que participa del campo, termine como un lector omnívoro y crecientemente desprejuiciado. Es habitual que las bibliotecas se conviertan en ecosistemas de contrastes donde conviven un tomo prestige de Batman, un fanzine de una autora feminista y un tomo recopilatorio de Dago.

Mariano Cholakian (de La Batea) y Andrés Accorsi (de Comiqueando). Dos generaciones de difusores de la historieta.

A este nomadismo cultural se suma la influencia del formato de novela gráfica como puente con otras tradiciones. Por esta vía ingresan con fuerza las narrativas de la historieta francobelga, desde los clásicos de la ciencia ficción de Moebius o Enki Bilal, hasta la Nouvelle BD de Marjane Satrapi o Lewis Trondheim, así como una creciente producción del resto de Latinoamérica y otros países europeos o asiáticos que escapan al mainstream de los mercados centrales. En esa convivencia de estéticas es donde la historieta argentina actual encuentra su verdadera vitalidad, pero también sus roces, sus conflictos y sus peleas palaciegas.

Eventos, ferias y otros encuentros federales

De todas las disputas que se dan en el seno de la historieta desde siempre, la más interesante (tal vez la única interesante) sea la pelea estética. Hoy tenemos una comunidad que se ensancha desde el cosplay masivo en la Argentina Comicon hasta la elegante muestra de José Muñoz en la solemne Casa de la Cultura durante la Bienal de Historieta. Son universos que con el tiempo parecen volverse irreconciliables, con estéticas y búsquedas demasiado distintas, pero que, en los contextos apropiados, continúan conviviendo.

Crack Bang Boom. Fuente: Facebook.

El ejemplo más claro de este fenómeno es Crack Bang Boom, el evento que se realiza cada año en Rosario desde el 2010 y que siempre alentó la presencia de todo tipo de tradiciones narrativas. Bajo este mismo criterio plural podríamos contar a los Premios Cinder, el Festival Argentino de Historieta (FAH!), Hoy Viñetas o Distrito Comix. Al adoptar una mirada más federal, descubrimos un espectro de encuentros desparramados por todas las provincias, como Bahistorieta en Bahía Blanca, la San Luis Comic Con o el espacio de historieta en la Feria del Libro de Santiago del Estero.

La Red Social Secuencial

Es muy común que, entre los que llevamos varias décadas recorriendo los pasillos y páginas de la historieta nacional, nuestros amigos, enemistades, equipos de fútbol, parejas y exparejas los hayamos forjado entre los cuadritos. La historieta nos ha moldeado la biografía. 

En la historieta nacional, muchas de las peores prácticas de campos más grandes y prestigiosos, como el Arte Contemporáneo o la Literatura, simplemente no existen porque no tienen dónde anclar.

Más de una vez me he planteado que, ahora sí, de una buena vez, abandono la historieta. Razones no faltan: nunca hay plata, los egos y las peleas sobran; el medio pide mucho y devuelve poco. No otorga demasiado prestigio social, más bien todo lo contrario. Pero, precisamente, eso es lo que la termina de hacer inevitablemente atractiva. En la historieta nacional, muchas de las peores prácticas de campos más grandes y prestigiosos, como el Arte Contemporáneo o la Literatura, simplemente no existen porque no tienen dónde anclar. Al no contar con instituciones oficiales, museos, grandes premios ni presupuestos estatales, la historieta es débil en lo económico y prestigiante pero autosuficiente y, sobre todo, libre de cualquier oficialidad. No es un terreno fértil para sociópatas y narcisistas que abundan en otros medios. En la guerra entre esquizos y psicopatas, la historieta, incluso a nivel mundial, es un cuartel esquizo importante.

Es por eso que, después de tantos años, no podría cambiar la historieta por otra cosa: en ningún otro lado encontraría la misma vitalidad ni esa sana inocencia para contar cualquier historia, por más pavota que sea, sin pensar en los críticos de moda, en cómo ganar un concurso cuantioso o en cómo quedar bien con el próximo jetón oficial de la cultura.

Y además, viene con dibujitos. No se puede pedir más.

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